martes, 30 de abril de 2013

«YO NO COPIO LA REALIDAD, YO TRASCIENDO LOS OBJETOS». Entrevista de Marisa Doctor



Prehistoria de los ángeles ha sido el libro galardonado, ex aequo con Variaciones en vísperas de olvido de María Sanz, sevillana, con el V Premio Barro de Poesía. Su autor, Francisco José Cruz Pérez, es un joven de 21 años un poco escéptico con esto de los premios «porque no siempre ganan los mejores», pero que se ha visto gratamente sorprendido al ser premiado su primer libro de poemas. Su máxima aspiración es ser poeta, y como John Milton, él también es ciego.
      Al V premio Barro de Poesía se presentaron 103 trabajos procedentes de España y del extranjero. El premio está dotado con cincuenta mil pesetas, veinticinco para cada uno de los premiados, y el derecho a la publicación de los libros ganadores. Sevilla debe estar doblemente satisfecha porque han sido dos sevillanos a los que se le ha otorgado el premio, cuando han concurrido al mismo, poetas de todas las regiones de España.
      Francisco José Cruz nació en marzo de 1962 en el pueblo sevillano de Alcalá del Río, y desde esa día se vio privado de uno de los sentidos más fundamentales del hombre, aunque no tan importante para un poeta: la vista. No tiene complejo por ello, y no le gusta que su poesía destaque por eso, sino por ella misma, «además en mi libro manejo conceptos de luz o hablo de los pájaros, por lo que no se nota que está escrito por una persona invidente», y nos recuerda al poeta inglés John Milton, cuya poesía se considera entre las mejores, y, sin embargo, poca gente sabía que era ciego.
      ―Sin embargo, ¿crees que ese defecto te hace más sensible que las demás personas?
      ―No, en absoluto. Eso es una petulancia. El hecho de que te falte un sentido es negativo porque te resta posibilidades, aunque, por supuesto, se te desarrollan más otras y te esfuerzas más por otras cosas. A lo peor, si este sentido no me faltase, sería un gamberro. Recordemos que todos los grandes poetas tenían algún defecto, por ejemplo, Juan Ramón Jiménez era un esquizofrénico. Pero lo que se pierde por un lado, se gana por otro.
      Francisco José Cruz cree que el poeta no es el que copia la realidad, sino el que la trasciende, «yo no trato de retratar mi poesía, sino sacarla de mí mismo. Yo no copio la realidad, yo trasciendo los objetos de esa realidad».
      Estudió EGB en el colegio San Luis Gonzaga de Sevilla, y después pasó al Instituto de Bachillerato de San José de la Rinconada para hacer BUP, donde ahora hace COU, porque aunque le costase doble trabajo sacar el curso, prefería hacerlo como cualquier otro chico. Al año siguiente piensa entrar en la Universidad para hacer Filosofía pura, algo un tanto contradictorio si quiere ser poeta, aunque él no opina lo mismo: «un amigo mío dice que el poeta es un filósofo asistemático, y yo estoy de acuerdo con él porque mi poesía es filosófica».
      Cernuda y Juan Ramón Jiménez son los poetas que más admira, aunque hay otros no tan consagrados por los que siente una cierta predilección y a los que tiene que agradecer el apoyo que ha recibido en estos primeros pasos de su carrera. Uno de ellos es Pedro Rodríguez Pacheco, poeta sevillano que recientemente ha recibido el Premio Cernuda. Él fue el primero que leyó Prehistoria de los ángeles, y quien animó a Francisco José a presentarlo al concurso. «Fue el primero que valoró mi libro y con el que intercambié ideas sobre el mismo, ayudándome en algunos aspectos pero sin cambiar mi estilo propio». Asegura Francisco José que su relación con Pedro Rodríguez es muy enriquecedora para su poesía, además de que le está influenciando en aptitudes personales de su vida.
      Prehistoria de los ángeles es su primer libro de poemas, aunque lleva escribiendo poesía desde los quince años, cuando sólo le preocupaba rimar unos versos con otros o copiar a los autores que más le influenciaban. Pero desde hace dos o tres años, Francisco José comenzó a tomarse en serio la poesía proyectando libros «aunque no tenía calidad». Prehistoria de los ángeles recoge 23 poemas escritos en el periodo de un año, «reflejan unas vivencias amorosas con una mujer, que en el libro le doy el nombre de Angélica. Fue una experiencia positiva pero que acabó en fracaso, por eso el título es “prehistoria”, ya que no llegó a ser historia y “de los ángeles” porque es una sublimación de ese sentimiento».
      Según Francisco José, en este su primer libro se puede apreciar rasgos del espíritu de Vicente Aleixandre, poeta al que admira mucho, aunque, como ya hemos señalado antes, sus poetas preferidos son Luis Cernuda y Juan Ramón Jiménez, andaluces como él, «tal vez por eso me gustan, pues me compenetro mejor con un poeta andaluz que con otro que no lo es, es cuestión de sensibilidad con la zona donde vives».
      A mi madre, que está lejos de mi poesía, pero muy cerca de mi corazón es la dedicatoria de Francisco José a su madre, que para él, ella es fundamental. «Cuando lees el libro en su superficie se aprecia esa vivencia amorosa de la que hablaba antes, sin embargo, profundizando, en mis poemas me pregunto una serie de cuestiones que se plantea todo ser humano, como la muerte, el destino, el no saber dónde ir ni qué hacer en este mundo. Esto lleva al origen de todo, que es lo que a mí me interesa. Y para mí, el origen es mi madre». Añade Francisco José que su madre es además quien se encarga de «ponerle los pies en el suelo» de vez en cuando.
      El Premio Barro ha significado para él un reconocimiento a su poesía y un primer paso para hacer realidad lo que era un sueño: ser poeta.
  
Publicado en el diario Nueva Andalucía, Sevilla 10 de enero de 1984.

jueves, 18 de abril de 2013

DEL CANTAR AL CONTAR: AMANCIO PRADA Y FRANCISCO JOSÉ CRUZ

LECTURA DE FRANCISCO JOSÉ CRUZ
El alcalde de Alcalá del Río, Juan Carlos Velasco, presenta a Francisco José Cruz.






RECITAL DE AMANCIO PRADA
Fran presenta a Amancio Prada
 






Amancio, cantando a cappella el Romance del enamorado y la muerte.



Amancio Prada, Juan Carlos Velasco (alcalde de Alcalá del Río) y Francisco José Cruz

Teatro de la Casa de la Cultura, Alcalá del Río, 10 de noviembre de 2006.

lunes, 8 de abril de 2013

FRANCISCO JOSÉ CRUZ por Víctor Manuel Mendiola


Mientras una parte considerable de la nueva poesía latinoamericana dispersa sustrae tanto el sentido como la realidad –con el fin de crear una concreción no concreta–, un número apreciable de los poetas españoles de los últimos años ha ensayado un lenguaje directo y claridoso, a veces fresco y con buen humor; y otras –hay que reconocerlo– trivial y aburrido.
      En una parte de la mejor poesía latinoamericana, la imaginación –donde existe, como dice Vicente Huidobro, lo inhabitual– y el valor autónomo de la palabra –centrado en el goce del modus vivendi del texto– ocupan un lugar principal. En cambio, en la poesía española más novedosa de los noventa, el poema busca atrapar –a través de la narración o de un realismo individualista– la mayor cantidad posible de mundo. En el primer caso, bajo el influjo sobre todo de Huidobro o de Lezama, el poema adopta asociaciones inesperadas, crea acumulaciones o trata de llevar al límite el poder expansivo de la fantasía. En el segundo caso, bajo la poética machadiana de «lo que pasa en la calle» y la divisa de Juan Ramón Jiménez «Inteligencia dame / el nombre exacto de las cosas», el poema trata de aproximarse a lo conocido sin el recelo de caer en lo común, el poema intenta tocar lo visible sin el miedo de que la hermosura del objeto verbal trasluzca la hermosura del objeto no verbal.
      En América Latina, la exigencia de invención y la necesidad de reconocer la especificidad del hecho poético ha permitido producir poemas esenciales. A quién le cabe duda. Pero también ha engendrado una vaga escritura muy complaciente bajo el prurito de un rigor verbal también muy discutible. La poesía no sólo es un placer por y para el lenguaje; es también un despejamiento en la conciencia y en el propio mundo. En contraste, cuando leemos la poesía española, sobre todo la más reciente –más o menos en oposición al esteticismo de los poetas novísimos y en consonancia con Jaime Gil de Biedma, que nació «en la edad de la pérgola y el tenis»–, observamos una búsqueda de esencialidad y de aceptación de la historia en la forma de la biografía personal, pero también sentimos una exageración del punto de vista de las experiencias del yo –dominado por un lirismo de bajo voltaje en contacto con el lenguaje coloquial, la expresión directa de emociones y la alusión constante a los objetos más corrientes. Esta exageración avasalla, en ocasiones, al poema.
      Maneras de vivir (Renacimiento, Sevilla, España, 1998, 56 págs.) de Francisco José Cruz (Sevilla, 1962) puede darnos la impresión de que pertenece a la poesía de la experiencia. Los temas sencillos (el elefante o la mesa), la expresión de sentimientos alrededor de situaciones o personajes familiares (el padre, la madre o la hija) y el sonido de un verso entonado (combinaciones libres pero en general armoniosas de acentuaciones pares) de entrada nos hacen colocarlos en una dimensión perfectamente definida desde el punto de vista temporal y espacial. Nos encontramos en un sitio y una fecha determinados, aunque no estén apuntados los nombres de las coordenadas. El título mismo del libro, Maneras de vivir, nos encamina en esa dirección, nos hace pensar no sólo en un lenguaje que expresa fórmulas del habla, sino en distintas actitudes de afrontar la existencia y en las variadas formas de mirar la corriente de la vida. Sin embargo, al terminar de leer Maneras de vivir caemos en la cuenta de que la experiencia, en más de uno de los poemas de este pequeño libro (32 poemas), se transforma en los mejores momentos en la compresión de un hecho inmediato. Francisco José Cruz habla de sí mismo no para hacer un retrato de su yo entusiasmado o atribulado, según sea el caso, sino como una forma de ir al meollo de una situación. En este acercamiento, las relaciones entre el hombre y las cosas se precisan haciendo evidente su utilidad, no menospreciándola. El poema «Maneras de jugar», tal vez uno de los mejores del libro, muestra bastante bien este procedimiento. En esta pieza, la función referencial y pragmática de las palabras y el cuchicheo del yo biográfico sirven para mostrarnos el carácter insólito y en constante elaboración de la presencia del hombre. El poema dice: «Mi hija ha descubierto / que las puertas se mueven / sin irse de los sitios. // No sabe que es el aire / quien las abre y las cierra a su capricho». Y dos estrofas más adelante continúa diciendo: «Mi hija, a su manera, / ya percibe que el mundo / es fronterizo: // entra y sale de todo, / pero aún no distingue / si ha entrado o si ha salido. // Y no sabe, además, / que tras alguna puerta / se esconde su destino». Es muy interesante notar que el aspecto utilitario (abrir y cerrar) de un objeto (la puerta) es precisamente lo que permite saltar hacia afuera del lado vulgar de ese objeto. El yo biográfico (el padre de una niña) a través de la reflexión transforma la experiencia y nos deja ver cómo una operación práctica se desdobla, cuando afirma «ya percibe que el mundo / es fronterizo», mostrándonos un pliegue espiritual. En distintos poemas de Francisco José Cruz encontramos esta capacidad de esencializar en la concreción, como cuando –muy, pero muy cerca del poema «Árboles» de Juan Ramón Jiménez– dice: «En medio de estas dos filas / de cipreses, la mirada / con la lentitud intima. // A ninguno se le ocurre / apartarse de su fila: / el orden da certidumbre. // Acaso están esperando, / con infinita paciencia, / que yo también me haga árbol». Por aquí y por allí, el lector podría hacer algunos reparos: versos cacofónicos o malas aliteraciones («sin irse de los sitios»), un soneto con rimas dudosas con tres gerundios, algunos versos cojos cuando todo viene con un ritmo controlado y frases un tanto cuanto bobas como: [los bueyes] «se tragaron el tiempo hace ya muchos tedios y son por eso montes». Pero se trata, sin perder de vista la autenticidad de la búsqueda, de pequeñeces. Tiene sentido apuntar estos reparos para evitar en un nuevo libro estos tropiezos. Frente a los numerosos hallazgos conseguidos gracias a la linealidad del significado, quizá sería muy interesante hacer conciencia de que ha comenzado a surgir una nueva poesía de las cosas, de la realidad y hasta un realismo individualista o sucio donde el lenguaje cobra un nuevo matiz.
  
Publicado en Sin cera de Víctor Manuel Mendiola (Universidad Nacional Autónoma de México, Serie Diagonal, 2001).

miércoles, 20 de marzo de 2013

LAMENTO DE LÁZARO


                  Cristo dijo a Lázaro: Levántate y anda. Tal vez
                              hubiera sido preferible que le dijera: levántate y habla.
                                                                              Roberto Juarroz

Qué desgracia, Jesús,
que tú así te dejaras
llevar por el inmenso
dolor de mis hermanas.

Ahora, en el fondo, nadie
desea estar conmigo
y a ellas mismas les doy
un vago escalofrío.

Te olvidaste de mí
ante la maravilla
de levantar mi cuerpo
e infundirle la vida.

Tu maldito poder,
ay, cómo me condena
a morir otra vez.


Publicado en Sibila, revista de arte, música y literatura, nº 40 (Sevilla, octubre de 2012).

jueves, 14 de marzo de 2013

HASTA EL ÚLTIMO HUESO por Alberto Hernández

1
El lector, ese prestigio o amago de intenciones, entra en una poética. Levanta la mirada más allá del paisaje y regresa a la «materia» de lo escrito con la venia de quien lo trazó en el papel y en el adentro:

Siempre hay que recordarle al poema
que tiene que ayudarnos a escribirlo.

      Esa confianza en el sujeto poema nos resigna a estar más cerca de la angustia que de la celebrada felicidad de los conformes. El poeta de esta «travesura», el sevillano Francisco José Cruz, concita el encuentro gracias a la antología Hasta el último hueso (Poemas reunidos 1998-2007) que publicara el otro@el mismo (Mérida, Venezuela, septiembre 2007), dirigida por Víctor Bravo, y que ha propiciado tantas sorpresas agradables a los lectores de éste y del otro lado del hemisferio de habla castellana.

      El autor de estos poemas, vidente de todos los mundos de la palabra, se anuda a la imagen que lo ha hecho decir en una entrevista: «Procuro que sea el lector el que ponga los sentimientos ante lo que se le muestre». Y así lo ha dejado sentado en el prólogo del volumen antológico el poeta venezolano Eugenio Montejo.

El poema no aguanta aquí sentado
y a los pocos renglones ya desobedece,
trazando con los pies
los garabatos que le van saliendo
a la vez que se acerca hasta la orilla
del folio y allí naufraga,
como un niño advertido del peligro
que implica no hacer caso a quien lo cuida.

      «El travieso», el poema/niño, el poema/rebelde, el desobediente, el que se suelta de la mano del padre y desbarata el mundo, dialoga con su creador, lo silencia y hasta lo conmina muchas veces a callar. Esta sensibilidad la encontramos en toda la poesía de Francisco José Cruz (Alcalá del Río, 1962): se trata de un creador que vibra con su propia libertad. Andaluz al fin, se regodea en su ambulante imaginación. Gitano de los sonidos, canta su poética, la acomoda a la gracia de saberse sujeto a riesgos y aventuras. El poema –qué bien suena en Cruz– es un juego: suerte de maravilla que se agita en las manos del niño que lo inventa. Juguete, la palabra se hace visible a través del mundo que el poeta re-crea, instruye con el fraseo diario de la inteligencia, de una especial sensibilidad, cuyo referente está en la «perplejidad de quedarnos un instante entre lo que fue y lo que podría ser».

2
Tres son los libros que aparecen en esta selección: Maneras de vivir (1998), A morir no se aprende (2003) y El espanto seguro (2007). En ellos, según palabras del mismo Cruz, ha quedado el paso del tiempo, lo que ha dejado en su discurrir. Más que el tiempo, sus sobras, los poemas, pero sin aspavientos, sin adornos que los hagan más cercanos, más hechos del barro con que es moldeado el ser humano. No tanto la tradición de que se vale, más de esa prosodia que tanto nos ha hecho andaluces a los que vivimos, soñamos y morimos en esta herencia llamada Hispanoamérica. Se trata de una poesía que se pasea por los laberintos del autor y logra salir luminosa, limpia de las sombras del cuerpo y del alma. Sus referentes no tienen fronteras: todo tema se hace transparencia, poema para consumir, para danzar con la inflexión de cada sonido. Podemos decir que bailamos con esta lectura, que nos sacudimos la timidez y nos hacemos lectores desengañados. Cada poema de Francisco José Cruz es la inauguración de una sorpresa. No es la sorpresa per se. No; se trata de la víspera de lo que nos espera, de lo que nos dará el poema con el primer encuentro.

3
Quiero quedarme en un texto que «piensa», que nos imagina como sujetos de experiencia, porque todo lector al ser invitado a compartir el ágape, algún diálogo genera un espacio, el trozo de silencio que ocupa un lugar y forma parte de atracciones y rechazos. Digo: me quedo con este poema, «La mesa», para regocijarme con este Francisco José Cruz que sabe verlo todo, que viaja por la luz y por la sombra, por las señas de identidad de los objetos renovados, hechos al gusto con los insumos de la imaginación, sin recargo de «belleza innecesaria»:

Si una cosa de las que tiene encima
le dijera que siempre no fue mesa,
que sus patas fueron antes raíces
aunque las tenga lisas, torneadas,
lo negaría con todos sus clavos,
barnices y molduras a pesar
de las vetas o venas que la cruzan.

Nunca ha echado de menos una rama
flexible, acogedora. Sin embargo,
siempre dispuesta todo lo recibe
sin quejarse del peso ni del roce.
Necesita sentir encima cosas
como si fueran pájaros dormidos,
confiados al ser de la madera.

4
Leo al desgaire, a placer, con la libertad que me brinda este saludable poeta. A tanto ha dado el tiempo, que deja sobre la misma mesa, bajo el cielo entreverado, las voces de quienes recuperaron la edad en el silencio definitivo. En «Manera de decir» Francisco José Cruz reafirma su condición de heredero del tiempo, de lo que ha dejado en el camino. Toda la poesía del sevillano es una provocación al lector. Él mismo lo admite y así lo recalca: «Intento involucrarme lo menos posible en el poema para crear en el lector, no en mí, ese estado de perplejidad al que aludí antes». El poeta se nos entrega, afirma su presencia con la participación de quien habla con los objetos, como el mismo autor lo dice. Y digo al desgaire para entrar y salir de los sonidos que repetimos en el silencio de la soledad, eco respetuoso de quien trabaja el tiempo acumulado:

Escucho en una grabación antigua
las voces de poetas que ya han muerto.
         Son voces bien despiertas,
ajenas por completo a la ceniza
de las gargantas que las alentaron.

Tiene la eternidad que esas gargantas
ni siquiera soñaron y, no obstante,
         sólo pueden decir
estas pocas palabras que han quedado
al margen del silencio, cuyo cauce

divide para siempre la memoria
del olvido. Las palabras son claras,
         parecen recién dichas,
pronunciadas ahora que las oigo,
como si nunca hubieran conocido

garganta, lengua, labios. Voces solas
hablando decididas de la ausencia
         sin que puedan callarse.
Tal vez están diciendo lo que aquellos
poetas no dirían si volviesen.

5
Si bien poema y poetas vertebran la respiración de Francisco José Cruz, la materia prima, la materia, también se aproxima a los motivos de su pasión por vivir. Dejemos que sea el más adentro de su indagación el que cante, el que nos lleve de la mano al sótano de una mirada cuyo silencio es el mismo poema:

Mis padres murieron hace doce años.
A veces sueño que vuelven y que tratan
de vivir como si fuéramos los mismos
y desde entonces nada hubiera cambiado.
Cómo explicarles que ya no tiene casa,
que muebles y dinero los repartimos,
naturalmente, entre todos los hermanos.
Nos miramos sin decir palabra
hasta que me despierto con gran alivio.
                                                               («Pesadilla»)

Restos del tiempo, de unas vidas que rescatan su espacio en la memoria.
      Uno lleva ventaja cuando oye al autor decir sus poemas. Francisco José Cruz lee «desde adentro”, desde la iluminación de su invidencia, y nos acerca más a ser ángel o demonio, luz o sombra, vida o muerte, verano o invierno, esos contrarios que dice bien Montejo. Por eso, recurro a esta «Canción de sepultura», tan de la tradición de su patio como el limonero en el soleado de Lorca:

Púdrete, amor mío,
que no hay más remedio,
púdrete sin mí,
que aún no me he muerto.

Púdrete, púdrete
dentro de tu sueño,
púdrete aunque yo
sin ti ya no duermo.

Púdrete, amor mío,
que no hay más remedio,
púdrete, púdrete
hasta el último hueso.

      Con este último verso, nos damos por satisfechos. Mortalmente satisfechos, vivamente urgidos por alcanzar el próximo poema, la próxima estación que dice Virgilio Piñera: «Escribimos también lo que no vivimos», citado para dejar claro que entre la vida y la eternidad casi no hay distancia.

Publicado en el blog Historiografías, 4 de julio de 2008.

martes, 5 de marzo de 2013

DOS CARAS DEL CAOS por Francisco José Cruz

No estoy dotado para las grandes abstracciones metafísicas. El término caos, contemplado en su dimensión cosmogónica, desborda mi capacidad imaginativa, al punto de resultarme un concepto inconcebible si no fuera por el afán ordenador de Hesíodo que, a su manera, despejó las abismales nebulosas del comienzo de un mundo que ya dejó de ser el nuestro. Pero, sin ir tan lejos, múltiples manifestaciones del caos –de un caos concreto en diversos grados– afectan decisivamente a nuestra vida, entre ellas, el aliento creador y la enfermedad, temas opuestos y habituales en mi escritura. Dos poemas míos, «Habla el barro» (Maneras de vivir, 1998) y «Delirio» (El espanto seguro, 2010) muestran, sin ambages, estos extremos de la condición humana. Ambos, pese a sus contrarias realidades, se expresan en primera persona, pues, sólo a través del recurso de la empatía se puede dar voz a lo que no la tiene o a quien ya la ha perdido para siempre.
      El primero responde a mi persistente inquietud por la apariencia de las cosas cotidianas y sus cambios de función o aspecto, provocados por el curso del tiempo y las circunstancias. Me lo inspiró una visita que a mediados de los años 90 del siglo pasado hice con mi mujer al museo de artesanía popular de Paco Tito, en la ciudad andaluza de Úbeda. Allí, rodeados de piezas acabadas o a medio hacer, un hombre silencioso se atareaba en su torno, dando forma a algo que aún no la tenía. En el poema, como su título indica, es un trozo de arcilla el que va contando paso a paso, la radical transformación a que lo somete la inmemorial destreza del alfarero desde su informe estado:

Habla el barro

Unas manos sin cuerpo,
anteriores al mundo,
parece que crearon a estas manos de barro
que, cuidadosas, hacen con mi forma
una forma distinta de las suyas.
Estas manos no piensan: es el tiempo
el que infunde a sus huesos el instinto
de salvarme del caos.
Yo no hubiera durado sin ser algo concreto.
Estoy siendo una cosa:
esta masa de dedos indudables
ya se ha impuesto a la mía
y he dejado de ser lo que no era.
Me siento circular y hasta profundo,
después de que el calor de una memoria
me asignó este destino
de plato que ya tengo.
Y me plazco en el cuerpo que ahora estreno,
decidido a durar en este instante
cerrado de materia.

En efecto, su punto de partida está en el caos, pero un caos tangible, abarcable por la sensibilidad humana. Sólo en los versos del comienzo asoma un vago vértigo cósmico que de inmediato desaparece en pos de una paulatina concreción que el presente del poema refuerza. En la suave alternancia polimétrica de los versos sueltos, acompañando como en sordina al monólogo interior, sentimos la manipulación delicada de «esta masa de dedos indudables» –donde la aliteración intensifica por un instante el modelado del tacto– y el placer físico de llegar a ser un plato, ese objeto reconocible y útil que da sentido a la materia informe, originaria, fructífera.
      El segundo poema surge de mi exacerbada conciencia de la precariedad física y, por ende, a la necesidad de revelarme ante dolor ajeno –que en cualquier momento puede ser propio–, imaginando el sufrimiento. De ahí el agudo realismo, casi impúdico, con que afronto este aspecto de mi poesía. Lo escribí como al dictado –cosa rara en mí– a raíz del cáncer agónico que devoró a mi suegro. Entre sus líneas, sin dejarse notar, aún late la humillante impotencia de sus seres queridos durante tantos días al borde de la cama:

Delirio

Se extiende el tumor
por el vientre el pecho
hasta la garganta
se extiende el tumor
se extiende no puedo
ya ni beber agua
se extiende el tumor
se extiende del cuerpo
a toda la cama
se extiende y me hundo en el sopor
de las sábanas
en el colchón
que me traga
y estiro y encojo las patas de mi cuerpo
las piernas de la cama
y me hundo me hundo en este sueño
sin alas
que tornillo a tornillo hueso a hueso
me confunde con la cama
y me duele el colchón
me duelen las sábanas
manchadas de sudor
o de miedo
y me hundo me hundo en el tumor
que me traga me traga
entero

      Si «Habla el barro» va del desorden primigenio a un orden provisorio, «Delirio» muestra el proceso contrario: de la previa armonía vital, ausente en el texto, al desmoronamiento definitivo. Todos los elementos del poema están al servicio de expresar el irremediable deterioro del cuerpo, sin ahorrar detalles de sus demoledores estragos. En arte, paradójicamente, hasta el desconcierto requiere una forma y ésta subraya la última lucidez del enfermo. Los nueve primeros versos siguen un esquema fijo de metro y rima, que otorgan un deliberado equilibrio inicial al poema, pese a la existencia del tumor desde el comienzo. Todos los versos, a partir del décimo, se alargan o se acortan como espasmos, acordes con el desaforado descontrol del organismo, y dicha regularidad se viene abajo. Sin embargo, aunque ya su alternancia es caprichosa, las rimas no se pierden, cuyo ir y venir, no da respiro, como tampoco lo dan el polisíndeton, la obsesivas repeticiones de palabras, de estructuras sintácticas o incluso de versos. Estos procedimientos, unidos a la falta de puntuación, contribuyen a un grado de asfixia cada vez más agobiante y vertiginoso, al punto de que mediante recurrentes metonimias, las sensaciones se confunden en la íntima perorata del moribundo, y los contornos de su cuerpo –esos límites que defienden cualquier forma definida del caos– se borran.
      En definitiva, he recordado dos experiencias que no he vivido en persona, aunque haya sido testigo directo de ellas, y que, gracias al carácter eminentemente comunicativo de la poesía y mi confianza en todos sus niveles expresivos, he hecho propias: una como trasunto de la composición poética y otra como anticipo a esa postración final que, cuando me llegue, no podré dejar escrita. Formas inocentes, pues, de contrarrestar estas dos caras del caos: la que nos precede y la que nos acecha.
                                                                                            
                                                                                                   Carmona, enero de 2013.
Publicado en Luvina 70 (revista literaria de la Universidad de Guadalajara, México, primavera de 2013).

lunes, 25 de febrero de 2013

MANERAS DE VIVIR por Mario Rivero


En el temperamento poético de Francisco José Cruz hay el equilibrio entre una lucidez que todo lo registra, la claridad formal y la hondura de la reflexión. Es decir que, a pesar del tono contenido y atemperado del poema, subyace en él una reflexión profunda. Un discurrir poético sobre nuestra humana condición de tiempo. El hombre en marcha sobre la tierra, a quien el tiempo ha puesto por delante sus claros espejos, y que se detiene, y mira, y constata, y por eso le resulta «la muerte la forma más sencilla de que siga la vida», como él lo dice en uno de sus poemas.
      La pasión de escribir poesía, se muestra en Cruz siempre igual a la de vivir dentro de la lógica de su sensibilidad y su tradición. En el deseo de hacer vivir a su palabra, en una combinación de sutilezas y sencillez, sin desmesuras experimentales, ni rebuscamientos oscuros. Pequeños acontecimientos cotidianos de su vida, que al ser elaborados en poemas, remueven una común raíz del alma, algo del «otro» se conmueve, restableciéndose felizmente el vínculo entre el lector y el autor, en este ir de lo singular a lo general, y de lo coyuntural a lo permanente.
      Sin desatender el axioma que dice que en poesía nada puede ser explicado, se podría pensar que estas Maneras de vivir de Francisco José Cruz son sus «maneras de saber»: maneras de comprender y amar; participar, comprometerse y juzgar; construirse y reconocerse a la medida de los hombres y del mundo. Como alguien que entre sombras pone en orden el universo, en la tarea múltiple de vivir y de aprender la vida. Poesía, pues, lúcida y transparente, la que nos habla desde este libro, escrito con la aparente sencillez que caracteriza al verdadero poeta.

Prólogo a Maneras de vivir de Francisco José Cruz (Arango Editores, Bogotá, 2006).