jueves, 23 de mayo de 2013

PEDRO LASTRA, EL POETA


Siempre recordaré con inmensa gratitud cómo conocí a Pedro Lastra. Nos presentó nuestro común y llorado amigo Eugenio Montejo, quien ya venía hablándome tiempo atrás de su excelencia humana y creadora. Así que, cuando coincidimos por primera vez en unas jornadas poéticas organizadas por la Universidad Internacional Menéndez Pelayo en Sevilla, a finales de 2000, o sea, a caballo de dos siglos, surgió entre nosotros un recíproco e inmediato afecto, mantenido con creces hasta hoy. En estos casi trece años de entrañable amistad, hemos emprendido juntos, a instancias de Juan Carlos Marset, entusiastas empresas, como el frustrado proyecto de levantar la Casa de los Poetas de Sevilla y la fructífera formación de la Biblioteca Sibila, cuyo propósito de revisar y difundir las diversas tradiciones poéticas de los países hispanohablantes continúa la familiar tarea editorial de Pedro Lastra, iniciada en los años 60, al dirigir la colección «Letras de América» de la Editorial Universitaria de Santiago de Chile.
      Dentro de este campo, descubrimos su decidido y persistente interés por los poetas marginales, sobre algunos de los cuales ha escrito oportunas páginas para sacarlos del injusto ostracismo. A quienes leemos y tratamos a Pedro Lastra, este noble empeño suyo no nos sorprende si tenemos en cuenta su finura de espíritu, tan acorde con su profundo y delicado conocimiento de la literatura hispanoamericana, desde la época colonial hasta hoy, donde ni las teorías académicas ni las esporádicas modas han condicionado sus gustos de lector, «lector de todas las horas», como se autocalifica en una entrevista que tuve la fortuna de hacerle. Se pueden decir de Pedro Lastra las mismas palabras que él dijo de Jorge Teillier, «quien siempre tenía presentes a los poetas perdidos de Chile». Estoy convencido de que, por debajo de esta necesaria llamada de atención crítica, late en Lastra un íntimo sentimiento de pertenencia a esa cambiante nómina de poetas situados al margen del prestigio o la fama por una u otra circunstancia, pese al considerable reconocimiento público de su poesía en los últimos años. Dado su discreto talante ante la vida y, por ende, ante el fenómeno artístico, uno está tentado de creer que, si no ha buscado dicha marginalidad, al menos se siente cómodo fuera de foco, dejando, sin resentimiento alguno, que su tan apreciada labor docente ocupara el primer plano de sus actividades públicas. En el fondo, su modestia nos revela la auténtica posición del poeta de hoy y nos previene contra el afán desorbitado de estar en el candelero, como si esto fuera una cualidad estética.
      Esta lección moral, infrecuente en los cenáculos literarios, ha influido decisivamente, a mi parecer, en el tono y los enfoques de su poesía, la cual, según Gonzalo Rojas, posee «la cortesía del recato», frase que no puede aunar mejor sus maneras de hombre y de poeta. La pulcra concisión de su escritura se distancia de la corriente más oceánica y experimental de la tradición chilena, aunque no desdeñe de ella ciertos sondeos imaginativos. En realidad, Pedro Lastra ha publicado a lo largo de su dilatada vida un solo libro, al que en sucesivas ediciones, bajo distintos títulos, ha añadido y eliminado este o aquel poema. En este sentido, sin llegar al desaforado inconformismo de Juan Ramón Jiménez, la poesía de nuestro chileno también está en marcha, aunque, a diferencia de la del poeta de Moguer, es breve, tanto en número de poemas como –salvo contadas composiciones– en la extensión de los mismos. Sin duda, Lastra firmaría el pensamiento del cineasta Robert Bresson, según el cual «no se crea agregando, sino suprimiendo». Se podría pensar, en una primera y apresurada lectura, que la unidad de su obra poética no va más allá de un tono sostenido, de unos temas recurrentes y de ciertos poemas que se han mantenido en todas las entregas a modo de columna vertebral de su poesía. Sin embargo, dicha unidad resulta de mayor alcance si se advierten las relaciones temáticas o de clima que unos poemas establecen con otros, como si, al complementarse, formaran las dos caras de una moneda. Por ejemplo los vínculos más o menos evidentes entre «Copla» y «Contracopla», «Balada para una historia secreta» y «Lección de historia natural», «Carta de navegación» y «Nostradamus», «Noticias del maestro Ricardo Latcham...» y «Noticias de Roque Dalton», «Puentes levadizos» y «Plaza sitiada»…
      La brevedad, la limpieza del verso –cuyo periodo rítmico, sin el sobresalto del encabalgamiento, suele coincidir con la idea y los cambios respiratorios– invitan a aprender poemas de memoria. Pulidos y amortiguados, su tersura es tal que parecen hechos de una sola pieza. A su vez, la brevedad los aparta del énfasis, favoreciendo la sugerencia, la reticencia y la evocación en voz baja. Raros son los poemas en que Pedro Lastra describe una anécdota hasta sus últimas consecuencias, aunque no desestime el dato personal ni siquiera, a veces, cierto desarrollo narrativo. En general, son imágenes y sensaciones fugaces las que tejen con indeleble sutileza el tapiz de una emoción o una idea. De ahí, cierta impresión anonadada que nos transmiten muchos poemas suyos, donde las palabras crean antes una atmósfera que un discurso. Ya reza un verso de Luis Rosales que «la ambigüedad es el pulso corporal del poema».
      Poesía desconcertada, no desconcertante, que desdibuja la frontera entre pasado y presente y se desliza entre la vigilia y el sueño para mostrar la condición inestable, escurridiza y fantasmagórica de la existencia. Estos poemas narran un sueño como si rasgos de la vigilia lo enmascararan. El sueño representa a veces un último reducto, un espacio propicio al encuentro, como la memoria. En este sentido, hay poemas centrados en describir un sueño sin la previa advertencia de que lo es, como, por ejemplo, «Informe para extranjeros», en el que la incoherencia interna de los hechos narrados, lejos de dejarnos fuera de su significado, intensifica la perplejidad y la esencial descolocación de los seres, verdadera intención del poema:

mis hermanos me miran y no me reconocen,
me preguntan quién soy, por qué he venido
tan tarde, ya es de noche, no sé qué contestar,
mi padre abre una puerta y alguien entra,
yo sigo dando cuerda a una caja de música
que se rompe en mis manos

      La angustia que queda flotando la alivia de algún modo el solitario verso final, separado del resto por un espacio de inquietante silencio:

Que no haya tristeza.

      Este sesgo estoico es otra característica, más o menos perceptible, de toda esta poesía. Estoicismo que encuentra su natural complemento en refinadas insinuaciones irónicas, como en el poema titulado «Carta de navegación», de corte aforístico, que cito completo:

El futuro está claro
pero el presente es imprevisible

      Al contrario del tópico, el temor no es por lo que vendrá, que ya se da por hecho, sino por lo que pueda suceder aquí y ahora. La ironía, pues, funciona en esta obra como una segunda voz, que no llega a degradar o corroer la condición humana. Ironía que ya está implícita en la misma perspectiva desde la que está escrito uno de los poemas más hondos y conmovedores de Pedro Lastra, «Ya hablaremos de nuestra juventud»:

Ya hablaremos de nuestra juventud,
ya hablaremos después, muertos o vivos
con tanto tiempo encima,
con años fantasmales que no fueron los nuestros
[…]
Hablaremos sentados en los parques
como veinte años antes, como treinta años antes,
indignados del mundo,
sin recordar palabra, quiénes fuimos

      Es decir, ya hablaremos justamente cuando no podamos, cuando seamos nadie o lo que recordemos nos resulte ya ajeno. El poema, como otros de Lastra, se adelanta a lo irremediable, llenándonos de anticipada nostalgia.
      Poesía que nos recuerda a cada verso que ya no estamos en donde estuvimos o no estaremos en donde estamos. El inexorable paso del tiempo alienta el tema central de este mundo lírico, que es el exilio, entendido en un sentido existencial e incluso metafísico, sin por ello desentenderse de las circunstancias personales del autor, quien fue víctima, como tantos otros, de la diáspora que provocó el golpe de estado de 1973 en su país. En «Los días contados», título significativo al respecto, leemos:

Después de todo, el país es muy bello,
si de mí dependiera
creo que no abandonaría estos lugares

      El poema, considerado aisladamente, puede interpretarse que alude a una situación concreta, pero en el contexto de la obra adquiere una estremecedora dimensión simbólica de nuestra condición de seres provisionales, cuyo último verso, de tan eficaz sencillez emotiva, refrenda:

A mí me gustaría quedarme con ustedes.

      Así pues, más allá de acontecimientos históricos o personales, la poesía de Pedro Lastra está dominada de cabo a rabo, en palabras de Carlos Germán Belli, por «los sentimientos del forastero absoluto». De ahí que sus versos parezcan ir de puntillas, tratando de pasar inadvertido, apoyándose unos en otros sigilosamente hasta lograr eso que Óscar Hahn denomina «recóndita armonía» y que, según creo, contrarresta, mientras dura el poema, el desorden y el desconcierto del mundo. Poesía sin esperanza, pero tampoco desesperada.
      Ojalá que quienes lean a Pedro Lastra, compartan con Gonzalo Rojas que es «un poeta necesario».

Prólogo a Al fin del día (1958-2013) de Pedro Lastra (Biblioteca Sibila-Fundación BBVA, Sevilla, 2013).

viernes, 10 de mayo de 2013

LAS MANERAS DE VIVIR DEL POETA FRANCISCO JOSÉ CRUZ por Ramelis Velásquez


La poesía es un asumir la vida desde miradas que no se pliegan a nada ni a nadie. La poesía es autónoma, libre, insubordinada incluso a lo inútil. Tal como es justo concebirla, hacerla y sentirla, constituye una filosofía que interroga y nombra los elementos más simples, los más pequeños, los que no se pueden asir tanto como los que ocupan inmensas sombras en el universo. Se hace poesía para retener algo, para procurar darle alguna forma temporal, efímera, aunque se tenga la certeza de que todo lo que existe contiene en sí mismo lo amorfo, el rechazo, la desmemoria y el olvido. Es innegable que la poesía representa un reconstruirse constante del hombre ante el ineludible desvanecimiento de lo que ya se ha vivido. En palabras de María Zambrano «el hombre no es tan siquiera una criatura incompleta, sino simplemente encubierta, envuelta en los velos del olvido. La verdad, desgarrando sus velos le devuelve a la unidad su origen, le reintegra». La poesía reintegra al hombre a la luz, es su única verdad, lo hace pleno por instantes, pero luego le restituye su orfandad, sus carencias, sus sombras o su estar en ellas. El poeta, que es un ser incompleto, pugna en la búsqueda que le dará su unidad y en ese tránsito otorga materia a lo inmaterial, sonido a lo que calla, sentir a lo inerte, hurga en la memoria y salva a deudores, y a sí mismo, con su propia palabra. Dice José Gorostiza que «el poeta se adueña de los poderes escondidos del hombre y establece contacto con aquel o aquello que está más allá». Se adueña del verbo que ha hecho al hombre, inalcanzable en la monótona tarea de decantar el día. Es el poeta quien activa las fuerzas ocultas del idioma y, como un encantador de serpientes, que sueña con abolir el libre albedrío de la naturaleza, intenta hacer que el lenguaje se subordine a él, se incline y le obedezca (Paz, 1973). Nada ajeno a la palabra de Francisco José Cruz en el libro Hasta el último hueso (2007), editado bajo el sello El otro@el mismo, una hermosa edición al cuidado del escritor Víctor Bravo y con prefacio del poeta Eugenio Montejo. Como es evidente, la poesía desde diversos ángulos hace posible que lleguen a nuestras manos libros como éste del poeta sevillano Cruz con poemas que pertenecen a un lapso comprendido entre 1998-2007.
      La obra de Francisco José Cruz nos ubica ante un mundo donde el sentir de cada elemento cotidiano es un asunto vital, de respiración, de pulsación. En toda su poesía domina una visión irónica del equilibrio, de esa estacionaria manera de vivir o de construirse la existencia, casi una condena absurda, pero necesaria e ineludible como el poema «El funambulista», que nos sugiere la imagen del día destejiéndose en la cotidianidad de los otros, en la mujer que tiende su vida en los cordeles del patio, en esa tensión que si se pierde deja sólo el vacío, una búsqueda interior profunda e infinita. Sin duda, el equilibrio es propiedad de las cosas acabadas. Por lo tanto, nada en el espacio nombrado por la voz poética contiene esa cualidad, nada se apega a la quietud ni al reposo. Ni siquiera el poema en «El travieso» que debe hacer presencia en su propia creación para trazar las señales en el hacer poético o ser el lazarillo de quien se empeña en imprimir sus huellas. Si fuese así, si el poema apareciese sólo porque la voz poética lo pide, lo interpela, sin piedras, ni obstáculos, aceptando lo impuesto por sublime y amoroso que fuere, nada tendría sentido. El poema no acepta riendas y naufraga en el intento por ser para dar paso a otro comienzo, a otro nacimiento. Hay, pues, un acto violento en la creación poética, una lucha del poeta por dotarse de palabras y una resistencia del poema por definirse totalmente. Por eso intenta escurrirse, como lo advierte Paz, cuando habla del desarraigo de la palabra, su desprendimiento del «equilibrio» común en la lengua y su dramático regreso convertida en otra cosa. Se trata de un desdoblamiento doloroso, el momento más fuerte, más tenso para el poeta: ¿Cómo capturar la palabra? ¿Cómo obligar al poema?
      Francisco José Cruz aborda con sobrado detalle la quietud del objeto, su signo material, y eleva esa supuesta pasividad de la cosa otorgándole voces y estados de conciencia, vida y razón. Como el barro que sabe de las manos que lo han transformado, que han cambiado su forma y su destino, lo que era y para lo que era, su función originaria, y lo han dotado de una concreción material definida, lo que es, para lo que sirve, un presente finito, en «Habla el barro». O cuando el tiempo ha obligado a las cosas a perder sus nombres, la memoria de su propia razón de vida y las ha confinado a la materialidad de la irónica realidad que suponen, en «Lanza o remo».
      En los poemas no sólo es una constante la relación de identidad necesaria con el objeto o con el elemento lograda magistralmente por Francisco José Cruz. También se observa que intenta sumarse a la esencia del cuerpo que describe como si quisiera sentir el silencio que domina, por ejemplo, a los árboles en «Camino de cipreses» o vivir por un instante la certidumbre que da el orden visible, la aparente simetría que muestra la naturaleza y ese extraño acomodo a lo predecible. Aunque sabemos que la quietud es sólo un espejismo, no tiene caso negarse a la atracción por tenerla con la certeza de que en el fondo a los cipreses los mueve la intranquilidad.
      Hay una construcción de las imágenes en un reiterado juego de contrarios, en una significación dual, paralela, casi al extremo cruel de no mostrar asombro ni incomodidad por ese carácter rutinario de la existencia, que nos recuerda la cíclica ocupación temporal del espacio y el dramático abandono de éste. Tal como la sombra de la rama que queda temblorosa cuando pierde su materia en «Maneras de desarbolar» o la jaula que sólo alberga las alas del viento y se consuela en su vacío en «Muerte de un pájaro», así, en «Revisión», los miembros de dos seres se hacen y deshacen sin tiempo, ocupan y desocupan el umbral en un movimiento constante de construcción y destrucción, de comienzo y final. Ante esa pendulante afirmación y negación de la existencia que el hombre común esquiva, que evita nombrar y sopesar en sus no menos habituales cuentas del día, el poeta se impone con esa doble mirada incisiva y revela que «la realidad poética no sólo es la que hay, la que es; sino la que no es; abarca el ser y no ser en admirable justicia caritativa, pues todo, todo tiene derecho a ser hasta lo que no ha podido ser jamás» (María Zambrano).
      Cada poema enfatiza la distancia entre el hombre cotidiano que vive con indiferencia el olvido, la muerte, la ausencia, el tiempo, el cuerpo, la enfermedad, el vacío, signos de connotación afín e indisoluble, y el poeta que, al estar consciente de ello, se resigna ante lo inexorable, pero sin abandonar el empeño por restituir lo que fue. En este sentido, un dejo dramático subyace al poema «No tenía importancia» al reconocer la voz poética que en esa rutinaria urgencia de vivir y olvidar despojamos de importancia al hecho de establecer diálogo con alguien cercano o prestar la debida atención a eso de lo que adolecemos: «Quedé en llamarlo por la tarde a su casa / pero cuando me acordé ya estaba muerto /… / Quedé en llamarlo por la tarde a su casa, / seguro de que le dolería menos» . La poesía de Cruz se mueve en el medio de la dualidad y a través de ésta indaga honda y minuciosamente en los resquicios de sí mismo, de lo que le rodea e intenta cubrir «con pegotes resecos de memoria», como el abuelo de «Manera de dormir», cada grieta que se abre en su alma. La segunda estrofa del poema «En defensa del tiempo» resume esta idea con una marcada concisión: «A la muerte le da igual / que estemos casi empezando / o a punto de terminar».
      La infancia es un canto, una melodía, que no escapa a la crudeza en los poemas de Francisco José Cruz. Unos juguetes sin la niñez que los tuvo a un tiempo y la imposibilidad de ser animados o destruidos por las manos de otros niños porque fueron confinados por los adultos a una atmósfera fría y aislada, circunscrita a los límites de un vidrio en el poema «Orfandad», nos muestra que la eternidad sin libre albedrío es una condena tan cruel como la quietud y el olvido. La voz de la madre pidiéndole a su niño enfermo que se duerma, pero que no muera, en «Canción de cuna», nos pone una vez más ante la ineludible ausencia que la madre anticipa. En franco diálogo con esta concepción irónica de la vida y la muerte, ante las cuales no hay privilegio alguno por más puro que sea lo creado, se encuentra el poema «Con mi hija» que plantea la pregunta «Papá ¿los niños también se mueren?». La niña parece seguir el canto de la madre que mece al niño enfermo. Es, si se quiere, la voz de todos los niños negándose a la muerte y reafirmando la vida en la idea del juego y la imaginación «Y si no subo al cielo, / ¿qué hago dormida en una caja / todo el tiempo?/ Todo el tiempo voy a aburrirme. / Papi, cuéntame un cuento» (p. 84). En este tejido de imágenes, todos los poemas que nombran la niñez aparentan estructurarse en un solo poema.
      La palabra de Francisco José Cruz nos toma de la mano, nos mantiene en el filo del asombro durante el camino, da certidumbre sobre lo aparente en ese continuo hilar la memoria de lo que somos y dejaremos de ser. Pero, ya sintiéndonos plenos e impactados en esa sublime sensación de certeza que da la poesía, nos abandona a nuestra suerte, nos suelta, nos hace naufragar como el poema que cae en el vacío y que sólo lo podrá salvar la misma poesía. 
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Referencias bibliográficas:
Francisco José Cruz, Hasta el último hueso (Mérida, Venezuela, Ediciones El otro@el mismo 2007).
José Gorostiza, Poesía (México, Fondo de Cultura Económica, 1985).
Octavio Paz, El arco y la lira (México, Fondo de Cultura Económica, 1973).
María Zambrano, Filosofía y poesía (Madrid: Fondo de Cultura Económica, 1993).

Publicado en Poda, Revista Latinoamericana de Poesía, Año 4, nº 6 (Barcelona, Anzoátegui, Venezuela, junio 2008).

martes, 30 de abril de 2013

«YO NO COPIO LA REALIDAD, YO TRASCIENDO LOS OBJETOS». Entrevista de Marisa Doctor



Prehistoria de los ángeles ha sido el libro galardonado, ex aequo con Variaciones en vísperas de olvido de María Sanz, sevillana, con el V Premio Barro de Poesía. Su autor, Francisco José Cruz Pérez, es un joven de 21 años un poco escéptico con esto de los premios «porque no siempre ganan los mejores», pero que se ha visto gratamente sorprendido al ser premiado su primer libro de poemas. Su máxima aspiración es ser poeta, y como John Milton, él también es ciego.
      Al V premio Barro de Poesía se presentaron 103 trabajos procedentes de España y del extranjero. El premio está dotado con cincuenta mil pesetas, veinticinco para cada uno de los premiados, y el derecho a la publicación de los libros ganadores. Sevilla debe estar doblemente satisfecha porque han sido dos sevillanos a los que se le ha otorgado el premio, cuando han concurrido al mismo, poetas de todas las regiones de España.
      Francisco José Cruz nació en marzo de 1962 en el pueblo sevillano de Alcalá del Río, y desde esa día se vio privado de uno de los sentidos más fundamentales del hombre, aunque no tan importante para un poeta: la vista. No tiene complejo por ello, y no le gusta que su poesía destaque por eso, sino por ella misma, «además en mi libro manejo conceptos de luz o hablo de los pájaros, por lo que no se nota que está escrito por una persona invidente», y nos recuerda al poeta inglés John Milton, cuya poesía se considera entre las mejores, y, sin embargo, poca gente sabía que era ciego.
      ―Sin embargo, ¿crees que ese defecto te hace más sensible que las demás personas?
      ―No, en absoluto. Eso es una petulancia. El hecho de que te falte un sentido es negativo porque te resta posibilidades, aunque, por supuesto, se te desarrollan más otras y te esfuerzas más por otras cosas. A lo peor, si este sentido no me faltase, sería un gamberro. Recordemos que todos los grandes poetas tenían algún defecto, por ejemplo, Juan Ramón Jiménez era un esquizofrénico. Pero lo que se pierde por un lado, se gana por otro.
      Francisco José Cruz cree que el poeta no es el que copia la realidad, sino el que la trasciende, «yo no trato de retratar mi poesía, sino sacarla de mí mismo. Yo no copio la realidad, yo trasciendo los objetos de esa realidad».
      Estudió EGB en el colegio San Luis Gonzaga de Sevilla, y después pasó al Instituto de Bachillerato de San José de la Rinconada para hacer BUP, donde ahora hace COU, porque aunque le costase doble trabajo sacar el curso, prefería hacerlo como cualquier otro chico. Al año siguiente piensa entrar en la Universidad para hacer Filosofía pura, algo un tanto contradictorio si quiere ser poeta, aunque él no opina lo mismo: «un amigo mío dice que el poeta es un filósofo asistemático, y yo estoy de acuerdo con él porque mi poesía es filosófica».
      Cernuda y Juan Ramón Jiménez son los poetas que más admira, aunque hay otros no tan consagrados por los que siente una cierta predilección y a los que tiene que agradecer el apoyo que ha recibido en estos primeros pasos de su carrera. Uno de ellos es Pedro Rodríguez Pacheco, poeta sevillano que recientemente ha recibido el Premio Cernuda. Él fue el primero que leyó Prehistoria de los ángeles, y quien animó a Francisco José a presentarlo al concurso. «Fue el primero que valoró mi libro y con el que intercambié ideas sobre el mismo, ayudándome en algunos aspectos pero sin cambiar mi estilo propio». Asegura Francisco José que su relación con Pedro Rodríguez es muy enriquecedora para su poesía, además de que le está influenciando en aptitudes personales de su vida.
      Prehistoria de los ángeles es su primer libro de poemas, aunque lleva escribiendo poesía desde los quince años, cuando sólo le preocupaba rimar unos versos con otros o copiar a los autores que más le influenciaban. Pero desde hace dos o tres años, Francisco José comenzó a tomarse en serio la poesía proyectando libros «aunque no tenía calidad». Prehistoria de los ángeles recoge 23 poemas escritos en el periodo de un año, «reflejan unas vivencias amorosas con una mujer, que en el libro le doy el nombre de Angélica. Fue una experiencia positiva pero que acabó en fracaso, por eso el título es “prehistoria”, ya que no llegó a ser historia y “de los ángeles” porque es una sublimación de ese sentimiento».
      Según Francisco José, en este su primer libro se puede apreciar rasgos del espíritu de Vicente Aleixandre, poeta al que admira mucho, aunque, como ya hemos señalado antes, sus poetas preferidos son Luis Cernuda y Juan Ramón Jiménez, andaluces como él, «tal vez por eso me gustan, pues me compenetro mejor con un poeta andaluz que con otro que no lo es, es cuestión de sensibilidad con la zona donde vives».
      A mi madre, que está lejos de mi poesía, pero muy cerca de mi corazón es la dedicatoria de Francisco José a su madre, que para él, ella es fundamental. «Cuando lees el libro en su superficie se aprecia esa vivencia amorosa de la que hablaba antes, sin embargo, profundizando, en mis poemas me pregunto una serie de cuestiones que se plantea todo ser humano, como la muerte, el destino, el no saber dónde ir ni qué hacer en este mundo. Esto lleva al origen de todo, que es lo que a mí me interesa. Y para mí, el origen es mi madre». Añade Francisco José que su madre es además quien se encarga de «ponerle los pies en el suelo» de vez en cuando.
      El Premio Barro ha significado para él un reconocimiento a su poesía y un primer paso para hacer realidad lo que era un sueño: ser poeta.
  
Publicado en el diario Nueva Andalucía, Sevilla 10 de enero de 1984.

jueves, 18 de abril de 2013

DEL CANTAR AL CONTAR: AMANCIO PRADA Y FRANCISCO JOSÉ CRUZ

LECTURA DE FRANCISCO JOSÉ CRUZ
El alcalde de Alcalá del Río, Juan Carlos Velasco, presenta a Francisco José Cruz.






RECITAL DE AMANCIO PRADA
Fran presenta a Amancio Prada
 






Amancio, cantando a cappella el Romance del enamorado y la muerte.



Amancio Prada, Juan Carlos Velasco (alcalde de Alcalá del Río) y Francisco José Cruz

Teatro de la Casa de la Cultura, Alcalá del Río, 10 de noviembre de 2006.

lunes, 8 de abril de 2013

FRANCISCO JOSÉ CRUZ por Víctor Manuel Mendiola


Mientras una parte considerable de la nueva poesía latinoamericana dispersa sustrae tanto el sentido como la realidad –con el fin de crear una concreción no concreta–, un número apreciable de los poetas españoles de los últimos años ha ensayado un lenguaje directo y claridoso, a veces fresco y con buen humor; y otras –hay que reconocerlo– trivial y aburrido.
      En una parte de la mejor poesía latinoamericana, la imaginación –donde existe, como dice Vicente Huidobro, lo inhabitual– y el valor autónomo de la palabra –centrado en el goce del modus vivendi del texto– ocupan un lugar principal. En cambio, en la poesía española más novedosa de los noventa, el poema busca atrapar –a través de la narración o de un realismo individualista– la mayor cantidad posible de mundo. En el primer caso, bajo el influjo sobre todo de Huidobro o de Lezama, el poema adopta asociaciones inesperadas, crea acumulaciones o trata de llevar al límite el poder expansivo de la fantasía. En el segundo caso, bajo la poética machadiana de «lo que pasa en la calle» y la divisa de Juan Ramón Jiménez «Inteligencia dame / el nombre exacto de las cosas», el poema trata de aproximarse a lo conocido sin el recelo de caer en lo común, el poema intenta tocar lo visible sin el miedo de que la hermosura del objeto verbal trasluzca la hermosura del objeto no verbal.
      En América Latina, la exigencia de invención y la necesidad de reconocer la especificidad del hecho poético ha permitido producir poemas esenciales. A quién le cabe duda. Pero también ha engendrado una vaga escritura muy complaciente bajo el prurito de un rigor verbal también muy discutible. La poesía no sólo es un placer por y para el lenguaje; es también un despejamiento en la conciencia y en el propio mundo. En contraste, cuando leemos la poesía española, sobre todo la más reciente –más o menos en oposición al esteticismo de los poetas novísimos y en consonancia con Jaime Gil de Biedma, que nació «en la edad de la pérgola y el tenis»–, observamos una búsqueda de esencialidad y de aceptación de la historia en la forma de la biografía personal, pero también sentimos una exageración del punto de vista de las experiencias del yo –dominado por un lirismo de bajo voltaje en contacto con el lenguaje coloquial, la expresión directa de emociones y la alusión constante a los objetos más corrientes. Esta exageración avasalla, en ocasiones, al poema.
      Maneras de vivir (Renacimiento, Sevilla, España, 1998, 56 págs.) de Francisco José Cruz (Sevilla, 1962) puede darnos la impresión de que pertenece a la poesía de la experiencia. Los temas sencillos (el elefante o la mesa), la expresión de sentimientos alrededor de situaciones o personajes familiares (el padre, la madre o la hija) y el sonido de un verso entonado (combinaciones libres pero en general armoniosas de acentuaciones pares) de entrada nos hacen colocarlos en una dimensión perfectamente definida desde el punto de vista temporal y espacial. Nos encontramos en un sitio y una fecha determinados, aunque no estén apuntados los nombres de las coordenadas. El título mismo del libro, Maneras de vivir, nos encamina en esa dirección, nos hace pensar no sólo en un lenguaje que expresa fórmulas del habla, sino en distintas actitudes de afrontar la existencia y en las variadas formas de mirar la corriente de la vida. Sin embargo, al terminar de leer Maneras de vivir caemos en la cuenta de que la experiencia, en más de uno de los poemas de este pequeño libro (32 poemas), se transforma en los mejores momentos en la compresión de un hecho inmediato. Francisco José Cruz habla de sí mismo no para hacer un retrato de su yo entusiasmado o atribulado, según sea el caso, sino como una forma de ir al meollo de una situación. En este acercamiento, las relaciones entre el hombre y las cosas se precisan haciendo evidente su utilidad, no menospreciándola. El poema «Maneras de jugar», tal vez uno de los mejores del libro, muestra bastante bien este procedimiento. En esta pieza, la función referencial y pragmática de las palabras y el cuchicheo del yo biográfico sirven para mostrarnos el carácter insólito y en constante elaboración de la presencia del hombre. El poema dice: «Mi hija ha descubierto / que las puertas se mueven / sin irse de los sitios. // No sabe que es el aire / quien las abre y las cierra a su capricho». Y dos estrofas más adelante continúa diciendo: «Mi hija, a su manera, / ya percibe que el mundo / es fronterizo: // entra y sale de todo, / pero aún no distingue / si ha entrado o si ha salido. // Y no sabe, además, / que tras alguna puerta / se esconde su destino». Es muy interesante notar que el aspecto utilitario (abrir y cerrar) de un objeto (la puerta) es precisamente lo que permite saltar hacia afuera del lado vulgar de ese objeto. El yo biográfico (el padre de una niña) a través de la reflexión transforma la experiencia y nos deja ver cómo una operación práctica se desdobla, cuando afirma «ya percibe que el mundo / es fronterizo», mostrándonos un pliegue espiritual. En distintos poemas de Francisco José Cruz encontramos esta capacidad de esencializar en la concreción, como cuando –muy, pero muy cerca del poema «Árboles» de Juan Ramón Jiménez– dice: «En medio de estas dos filas / de cipreses, la mirada / con la lentitud intima. // A ninguno se le ocurre / apartarse de su fila: / el orden da certidumbre. // Acaso están esperando, / con infinita paciencia, / que yo también me haga árbol». Por aquí y por allí, el lector podría hacer algunos reparos: versos cacofónicos o malas aliteraciones («sin irse de los sitios»), un soneto con rimas dudosas con tres gerundios, algunos versos cojos cuando todo viene con un ritmo controlado y frases un tanto cuanto bobas como: [los bueyes] «se tragaron el tiempo hace ya muchos tedios y son por eso montes». Pero se trata, sin perder de vista la autenticidad de la búsqueda, de pequeñeces. Tiene sentido apuntar estos reparos para evitar en un nuevo libro estos tropiezos. Frente a los numerosos hallazgos conseguidos gracias a la linealidad del significado, quizá sería muy interesante hacer conciencia de que ha comenzado a surgir una nueva poesía de las cosas, de la realidad y hasta un realismo individualista o sucio donde el lenguaje cobra un nuevo matiz.
  
Publicado en Sin cera de Víctor Manuel Mendiola (Universidad Nacional Autónoma de México, Serie Diagonal, 2001).

miércoles, 20 de marzo de 2013

LAMENTO DE LÁZARO


                  Cristo dijo a Lázaro: Levántate y anda. Tal vez
                              hubiera sido preferible que le dijera: levántate y habla.
                                                                              Roberto Juarroz

Qué desgracia, Jesús,
que tú así te dejaras
llevar por el inmenso
dolor de mis hermanas.

Ahora, en el fondo, nadie
desea estar conmigo
y a ellas mismas les doy
un vago escalofrío.

Te olvidaste de mí
ante la maravilla
de levantar mi cuerpo
e infundirle la vida.

Tu maldito poder,
ay, cómo me condena
a morir otra vez.


Publicado en Sibila, revista de arte, música y literatura, nº 40 (Sevilla, octubre de 2012).

jueves, 14 de marzo de 2013

HASTA EL ÚLTIMO HUESO por Alberto Hernández

1
El lector, ese prestigio o amago de intenciones, entra en una poética. Levanta la mirada más allá del paisaje y regresa a la «materia» de lo escrito con la venia de quien lo trazó en el papel y en el adentro:

Siempre hay que recordarle al poema
que tiene que ayudarnos a escribirlo.

      Esa confianza en el sujeto poema nos resigna a estar más cerca de la angustia que de la celebrada felicidad de los conformes. El poeta de esta «travesura», el sevillano Francisco José Cruz, concita el encuentro gracias a la antología Hasta el último hueso (Poemas reunidos 1998-2007) que publicara el otro@el mismo (Mérida, Venezuela, septiembre 2007), dirigida por Víctor Bravo, y que ha propiciado tantas sorpresas agradables a los lectores de éste y del otro lado del hemisferio de habla castellana.

      El autor de estos poemas, vidente de todos los mundos de la palabra, se anuda a la imagen que lo ha hecho decir en una entrevista: «Procuro que sea el lector el que ponga los sentimientos ante lo que se le muestre». Y así lo ha dejado sentado en el prólogo del volumen antológico el poeta venezolano Eugenio Montejo.

El poema no aguanta aquí sentado
y a los pocos renglones ya desobedece,
trazando con los pies
los garabatos que le van saliendo
a la vez que se acerca hasta la orilla
del folio y allí naufraga,
como un niño advertido del peligro
que implica no hacer caso a quien lo cuida.

      «El travieso», el poema/niño, el poema/rebelde, el desobediente, el que se suelta de la mano del padre y desbarata el mundo, dialoga con su creador, lo silencia y hasta lo conmina muchas veces a callar. Esta sensibilidad la encontramos en toda la poesía de Francisco José Cruz (Alcalá del Río, 1962): se trata de un creador que vibra con su propia libertad. Andaluz al fin, se regodea en su ambulante imaginación. Gitano de los sonidos, canta su poética, la acomoda a la gracia de saberse sujeto a riesgos y aventuras. El poema –qué bien suena en Cruz– es un juego: suerte de maravilla que se agita en las manos del niño que lo inventa. Juguete, la palabra se hace visible a través del mundo que el poeta re-crea, instruye con el fraseo diario de la inteligencia, de una especial sensibilidad, cuyo referente está en la «perplejidad de quedarnos un instante entre lo que fue y lo que podría ser».

2
Tres son los libros que aparecen en esta selección: Maneras de vivir (1998), A morir no se aprende (2003) y El espanto seguro (2007). En ellos, según palabras del mismo Cruz, ha quedado el paso del tiempo, lo que ha dejado en su discurrir. Más que el tiempo, sus sobras, los poemas, pero sin aspavientos, sin adornos que los hagan más cercanos, más hechos del barro con que es moldeado el ser humano. No tanto la tradición de que se vale, más de esa prosodia que tanto nos ha hecho andaluces a los que vivimos, soñamos y morimos en esta herencia llamada Hispanoamérica. Se trata de una poesía que se pasea por los laberintos del autor y logra salir luminosa, limpia de las sombras del cuerpo y del alma. Sus referentes no tienen fronteras: todo tema se hace transparencia, poema para consumir, para danzar con la inflexión de cada sonido. Podemos decir que bailamos con esta lectura, que nos sacudimos la timidez y nos hacemos lectores desengañados. Cada poema de Francisco José Cruz es la inauguración de una sorpresa. No es la sorpresa per se. No; se trata de la víspera de lo que nos espera, de lo que nos dará el poema con el primer encuentro.

3
Quiero quedarme en un texto que «piensa», que nos imagina como sujetos de experiencia, porque todo lector al ser invitado a compartir el ágape, algún diálogo genera un espacio, el trozo de silencio que ocupa un lugar y forma parte de atracciones y rechazos. Digo: me quedo con este poema, «La mesa», para regocijarme con este Francisco José Cruz que sabe verlo todo, que viaja por la luz y por la sombra, por las señas de identidad de los objetos renovados, hechos al gusto con los insumos de la imaginación, sin recargo de «belleza innecesaria»:

Si una cosa de las que tiene encima
le dijera que siempre no fue mesa,
que sus patas fueron antes raíces
aunque las tenga lisas, torneadas,
lo negaría con todos sus clavos,
barnices y molduras a pesar
de las vetas o venas que la cruzan.

Nunca ha echado de menos una rama
flexible, acogedora. Sin embargo,
siempre dispuesta todo lo recibe
sin quejarse del peso ni del roce.
Necesita sentir encima cosas
como si fueran pájaros dormidos,
confiados al ser de la madera.

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Leo al desgaire, a placer, con la libertad que me brinda este saludable poeta. A tanto ha dado el tiempo, que deja sobre la misma mesa, bajo el cielo entreverado, las voces de quienes recuperaron la edad en el silencio definitivo. En «Manera de decir» Francisco José Cruz reafirma su condición de heredero del tiempo, de lo que ha dejado en el camino. Toda la poesía del sevillano es una provocación al lector. Él mismo lo admite y así lo recalca: «Intento involucrarme lo menos posible en el poema para crear en el lector, no en mí, ese estado de perplejidad al que aludí antes». El poeta se nos entrega, afirma su presencia con la participación de quien habla con los objetos, como el mismo autor lo dice. Y digo al desgaire para entrar y salir de los sonidos que repetimos en el silencio de la soledad, eco respetuoso de quien trabaja el tiempo acumulado:

Escucho en una grabación antigua
las voces de poetas que ya han muerto.
         Son voces bien despiertas,
ajenas por completo a la ceniza
de las gargantas que las alentaron.

Tiene la eternidad que esas gargantas
ni siquiera soñaron y, no obstante,
         sólo pueden decir
estas pocas palabras que han quedado
al margen del silencio, cuyo cauce

divide para siempre la memoria
del olvido. Las palabras son claras,
         parecen recién dichas,
pronunciadas ahora que las oigo,
como si nunca hubieran conocido

garganta, lengua, labios. Voces solas
hablando decididas de la ausencia
         sin que puedan callarse.
Tal vez están diciendo lo que aquellos
poetas no dirían si volviesen.

5
Si bien poema y poetas vertebran la respiración de Francisco José Cruz, la materia prima, la materia, también se aproxima a los motivos de su pasión por vivir. Dejemos que sea el más adentro de su indagación el que cante, el que nos lleve de la mano al sótano de una mirada cuyo silencio es el mismo poema:

Mis padres murieron hace doce años.
A veces sueño que vuelven y que tratan
de vivir como si fuéramos los mismos
y desde entonces nada hubiera cambiado.
Cómo explicarles que ya no tiene casa,
que muebles y dinero los repartimos,
naturalmente, entre todos los hermanos.
Nos miramos sin decir palabra
hasta que me despierto con gran alivio.
                                                               («Pesadilla»)

Restos del tiempo, de unas vidas que rescatan su espacio en la memoria.
      Uno lleva ventaja cuando oye al autor decir sus poemas. Francisco José Cruz lee «desde adentro”, desde la iluminación de su invidencia, y nos acerca más a ser ángel o demonio, luz o sombra, vida o muerte, verano o invierno, esos contrarios que dice bien Montejo. Por eso, recurro a esta «Canción de sepultura», tan de la tradición de su patio como el limonero en el soleado de Lorca:

Púdrete, amor mío,
que no hay más remedio,
púdrete sin mí,
que aún no me he muerto.

Púdrete, púdrete
dentro de tu sueño,
púdrete aunque yo
sin ti ya no duermo.

Púdrete, amor mío,
que no hay más remedio,
púdrete, púdrete
hasta el último hueso.

      Con este último verso, nos damos por satisfechos. Mortalmente satisfechos, vivamente urgidos por alcanzar el próximo poema, la próxima estación que dice Virgilio Piñera: «Escribimos también lo que no vivimos», citado para dejar claro que entre la vida y la eternidad casi no hay distancia.

Publicado en el blog Historiografías, 4 de julio de 2008.