El 10 de junio de 2008, Humberto Ak'abal ofreció una charla sobre los textos fundadores mítico-literarios de la tradición maya. Por problemas técnicos y otros contratiempos, Televisión Carmona no grabó el acto completo. Sin embargo, este tramo de 44 minutos, tan coherente como sustancial, merece sin duda toda nuestra atención.
Chari y yo creemos necesario poner a disposición de todos los amantes de la poesía este segundo encuentro de Humberto Ak'abal en Carmona, donde dio una lectura comentada de sus poemas en la Biblioteca Municipal, el 9 de junio de 2008. A mi presentación del poeta maya, precedieron las intervenciones de José Miguel Acal (concejal de Cultura) y Francisco Hidalgo (director de la Sede Universidad Olavide en Carmona).
El 27 de junio de 2001, el poeta maya kiche' Humberto Ak'abal dio un recital de sus poemas en la Biblioteca Municipal de Carmona, con motivo de la presentación del nº 16 de la revista de creación Palimpsesto y de su antología "Todo tiene habla", publicada en la colección de libros de dicha revista.
Soy un viejo lector de la poesía
colombiana, de cuyas corrientes, estilos e inclasificables figuras ha dado
amplia cuenta Palimpsesto en muchos
de sus números y libros de la colección, al punto de ser Colombia el país con
más presencia en la revista. Pese a tan familiar trato, uno a veces no advierte
ciertas obras señeras, que solo al cabo del tiempo al fin descubre, extrañado
de no haberse fijado antes en ellas. Este es mi caso con Horacio Benavides, a
quien he empezado a leer ahora, con entusiasta aprecio, por mucho que uno de
sus principales veneros literarios ―al menos en el ámbito de su inmediata
tradición― sea la poesía de José Manuel Arango, tan cercana a mí. Con ella, la
de Benavides comparte la actitud contemplativa, un fino erotismo, la sobriedad
verbal y la capacidad de sugerencia, la cual nuestro poeta define, según
refiere a Robinson Quintero Ossa, de este gráfico modo: «un poema debe ser como
una nadadora de la que solo se ve su cabeza; el resto, el cuerpo sumergido, lo
construye el que mira»[1].
Sin embargo, a diferencia de los rasgos
analíticos e incluso dialécticos de la escritura de Arango, los primordiales
resortes de Benavides son emotivos. Prueba del predominio del sentimiento sobre
la razón es la fidelidad a su infancia, transcurrida en Bolívar, municipio de
la región del Cauca, al sur del país, en cuyos viejos caminos se cruzaron
antaño los incas con los españoles. Su ascendencia indígena y su educación
rural en la finca de su padre, cultivador de café, dotaron al poeta de una
aguda sensibilidad mestiza, tocada de compasivo estoicismo, rica en costumbres
y experiencias ancestrales, que le permitieron formar parte de la naturaleza
que le rodeaba de niño, o sea, vivirla desde dentro. De esta temprana
integración en el mundo natural y su posterior desarraigo nace la poesía de
Horacio Benavides.
Escrita ya en Cali, lejos de su
paraíso primigenio, la memoria lo devuelve a su infancia con tal fuerza que en
sus poemas el tiempo no parece haber pasado. Ajenos al curso de las horas, late
en ellos un presente trascendido en el que la realidad diaria se abre a
incitaciones imaginativas de carácter mítico. Así, animales como el cerdo, el
gato, la vaca, las hormigas, los bueyes o, sobre todo, el caballo adoptan en
este mundo poético cualidades humanas o se revisten de un halo legendario. De
ahí la recurrencia a mitos grecolatinos, bíblicos o prehispánicos, mediante los
cuales se vislumbra lo desconocido y se intuyen sus oscuros mensajes.
Basada en la brevedad ―con versos
irregulares, normalmente de arte menor― y en ágiles transiciones metafóricas
para evitar cualquier tentativa de discurso, esta poesía, alusiva y elusiva a
la vez, posee una transparencia misteriosa que, más que recordar, parece estar
soñando. Pero inconforme con esta dimensión onírica, movido por su empeño de
volver a vivir la realidad de entonces, el poeta escribe:
Te traigo tu mula, padre
[…]
Pasa la mano por su lomo
échale el peso
de tu carga
no me hagas
dudar, padre
No me digas
que arreo sueños
Se diría que, sabiendo su condición de
soñador, no quisiera en última instancia despertarse. En el fondo, esta
apariencia de vida acentúa la sensación de irreparable pérdida.
Sin salirse de esta atmósfera fantasmal,
transposición lírica del trasmundo de Juan Rulfo, Benavides aborda en Conversación a oscuras la violencia criminal
y sistemática que ha martirizado a Colombia durante el último medio siglo y de
la que fue víctima su hermano Javier. Poemas en que, desde múltiples perspectivas,
los muertos expresan de viva voz sus escalofriantes historias o su definitivo
desamparo, a través de recursos narrativos como el monólogo, el diálogo, el uso
de nombres propios y cierto desarrollo de la anécdota, no exenta de detalles
íntimos, que potencian más si cabe la concreta humanidad de los ausentes al
situarlos en su entorno, con sus circunstancias, deseos o planes incumplidos.
Se trata, pues, de un alucinante conjunto de pesadillas sublimadas, cuya
estructura ―en la que el verso, acorde con un ritmo más coloquial, se alarga y
se distiende― nos remite hasta cierto punto a los epitafios interconectados de Antología de Spoon River de Edgar Lee
Masters, aunque el tono y la intención de este resulten muy distintos a los del
poeta colombiano.
Pese a su recato expresivo, la obra de
Horacio Benavides ―donde presencia y ausencia se funden en un mismo plano
intemporal― es de una delicada sensualidad plástica, casi táctil, gracias a sus
precisas descripciones, repartidas estratégicamente en el poema hasta crear una
suerte de realidad compleja. Esta impresión material, al contrastar con su
carácter fantasmagórico, muestra, como señaló Octavio Paz, que la poesía no
busca la inmortalidad, sino la resurrección.
Francisco José Cruz
[1] Robinson Quintero Ossa,
«El oscuro sobretodo del poeta», en 13
entrevistas a 13 poemas colombianos [y una conversación imaginaria] (Letra
a Letra, Bogotá, 2014).
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Prólogo a Migajas de la boca del tiempo de Horacio Benavides (selección de Francisco José Cruz, Col. Palimpsesto, Carmona, 2018).
El 10 de mayo de 2018, con motivo de la Feria del Libro, Fran Cruz tuvo un encuentro con los alumnos de quinto y sexto de primaria del CEIP sevillano "Juan XXIII", en tres secciones consecutivas, donde conversó con ellos y les leyó algunos poemas suyos. Los niños estuvieron muy participativos, curiosos y atentos. Se creó un ambiente muy entrañable gracias también a la generosidad de la maestra y jefa de estudio del centro, Encarnita Cruz Gallardo, prima del poeta, mujer sensible y receptiva.
Fran Cruz, esperando a los niños en la Biblioteca
Encarnita Cruz Gallardo presenta al poeta
Fran Cruz comenta y recita su poema "En bicicleta"
Fran Cruz lee su poema "Con mi hija"
Fran y Chari, rodeados de los alumnos de primaria.
Fran muestra a un alumno una página en braille
Fran comenta y recita su poema "Canción"
Un alumno, en su nombre y en el de sus compañeros entrega a Fran Cruz un ramillete de verduras del huerto del colegio.
Dedico este acto al poeta mexicano Antonio Deltoro, entrañable amigo, quien además de colaborar frecuentemente en Palimpsesto, nos ha facilitado el
contacto con otros autores que han enriquecido nuestra revista. Él ha visitado
a título privado varias veces Carmona, pero nunca ha leído en nuestra ciudad. Sufrió
en el mes de febrero una terrible caída, de la que ojalá pueda recuperarse algún día.
Con el nº 33, Palimpsesto, junto a su colección de
libros, cumple veintiocho años de existencia ininterrumpida, durante los cuales
―como es fácil de imaginar― ha habido vicisitudes de toda laya, favorables y
adversas que, además de influir en nuestro modo de trabajo, han delimitado las
posibilidades reales a la hora de planear los contenidos. Uno de los escollos a
superar para una revista sin ánimo de lucro estriba en los derechos de autor,
que a veces exigen laboriosos esfuerzos para obtenerlo, como ha sido el caso de
dos importantes colaboraciones que aparecen en estas páginas. Ante tales
dificultades, apelamos a la generosidad de los autores, a la de sus herederos
o, en última instancia, a sus agentes. Pero, sobre todo, según nuestra
experiencia, son la factura y el bagaje de Palimpsesto los que terminan
convenciendo a quienes, en principio, por cualquier razón o sinrazón eran
reacios a publicar en ella.
Entrando ya en materia
literaria, escribe Borges en el prólogo a una antología de Leopoldo Lugones que
«un poeta no solo es un artífice, un hacedor, sino también un hombre que siente
con intensidad y complejidad». La frase nos recuerda ―cosa que nuestra época
suele olvidar― que el valor estético de un texto depende tanto de su destreza
técnica como de su verdad humana. Si la intensidad y la complejidad deben
considerarse, en mayor o menor medida, cualidades intrínsecas de las obras
artísticas, son especialmente notorias, dados su carácter y circunstancias
personales, en los poemas que aquí se traducen de la neozelandesa Janet Frame y
el ruso Sergéi Esenin. De este, con quien se abre la revista, publicamos el
extenso poema «Hombre negro», escrito meses antes de ahorcarse en el hotel Inglaterra de la entonces Leningrado,
hoy San Petersburgo, a los 30 años de edad, en 1925. En torno a esos punzantes
versos, imbuidos de remordimientos y delirantes visiones premonitorias, los
escritores colombianos Robinson Quintero Ossa y Jorge Bustamante mantienen un
dinámico y penetrante diálogo epistolar ―un formidable ensayo a dos voces―
sobre la excéntrica figura de Esenin, relacionando su deslumbrante poesía con
su vertiginosa y desquiciada vida por culpa del alcohol, el acoso político de
los bolcheviques y el tormentoso romance con la bailarina Isadora Duncan.
Janet Frame (1924-2004) es un ejemplo
palmario de la utilidad de la función creativa, al punto de que puede afirmarse
que el ejercicio de la literatura la salvó de la miseria y de la enfermedad,
como bien se desprende de sus memorias Un
ángel en mi mesa, llevadas al cine por la directora Jane Campion. Debido a
un erróneo diagnóstico de esquizofrenia, ingresó en su adolescencia en varios
psiquiátricos. Estando en uno de ellos, ganó un prestigioso concurso de relato
de su país, hecho que modificó el criterio de sus médicos y la libró de una
segura lobotomía que la hubiera mermado para siempre. Reconocida internacionalmente
por sus cuentos y novelas, cuyos discapacitados e inadaptados protagonistas son
un trasunto de su experiencia vital, su poesía ―que solo al publicarse tras su
muerte empieza ahora a ser apreciada― expresa ese mismo desamparo de un ser
solitario y vulnerable mediante cierta dislocación sensorial e insólitas asociaciones
de imágenes, que sitúan a los versos de Frame al margen de los cánones clásicos
de la lengua inglesa. De ella damos a conocer aquí quince poemas, vertidos al
español por varias traductoras, precedidos de un orientador prólogo de Nair
Anaya y abrochados con un texto crítico de la poeta mexicana Blanca Luz Pulido.
A diferencia de la poesía de la escritora
neozelandesa, la del argentino Conrado Nalé Roxlo (1898-1971) se enmarca de
lleno en la tradición más clásica española. Amigo de Federico García Lorca, al
que le dedica una elegía, recogemos aquí una representativa muestra de sus tres
libros de poemas, acompañada de la impecable introducción de su compatriota,
Antonio Requeni, quien destaca en sus versos la sugestión emotiva, el humor, la
claridad y el misterio en un aire de fresco lirismo.
A estos tres bloques principales, se
suman poemas del español José Iniesta, la hispano-mexicana Carmen Nozal ―ambos
nacidos en la década de los 60’ del siglo pasado― y de la jovencísima mexicana,
de origen mixteco, Nadia López García, poetas tan distintos entre sí como
intensos y auténticos en sus búsquedas creadoras.
Se cierra el número con un entrañable homenaje
al maestro venezolano Eugenio Montejo, con motivo del décimo aniversario de su
muerte y de los ochenta de su nacimiento. Para conmemorarlo, evocan su vida y
su obra el profesor inglés Nicholas Roberts, la librera Katyna Henríquez Consalvi
y el ensayista Rafael Castillo Zapata, a cuyos testimonios se añaden dos inquietantes
poemas de Montejo, afines a estas efemérides.
Las ilustraciones en esta ocasión
pertenecen al fotógrafo italiano Ferdinando Scianna (Sicilia, 1943), a quien
Henri Cartier-Bresson le abrió las puertas de la prestigiosa Agencia Magnum en 1982,
hecho capital en su trayectoria, que le permitió viajar por medio mundo y
ampliar su horizonte profesional, alternando desde entonces el fotoperiodismo
con la publicidad y la moda. En sus imágenes resaltan las fuerzas de los
rostros y la calidad de los contrastes. Considerado uno de los fotógrafos más
importantes del último medio siglo, sus estrechos vínculos con algunos
escritores ―a los cuales ha retratado, como a Borges― le han permitido
desarrollar un valioso pensamiento teórico que cuestiona la condición artística
de la fotografía para devolverla a su función original de documento y
testimonio. En 1983, Scianna vino a Carmona para cubrir el rodaje de la película
Carmen, dirigida por Francesco Rosi, de la que es testigo la portada de nuestra
revista. A partir de entonces, ha visitado varias veces la ciudad a título
privado. Frutos de sus estancias durante la década de los ochenta son, entre
otras muchas, las fotografías que ilustran este número de Palimpsesto. Ellas
muestran, según sus propias palabras, «mi enamoramiento por España, sobre todo
por el sur, tan afín a Sicilia. Hay algo en Andalucía que me hace sentirme en
casa».
El libro de nuestra colección está dedicado
al poeta colombiano Horacio Benavides (1949), de quien publicamos la primera
antología de su obra en España, Migajas
de la boca del tiempo, y, según él mismo reconoce, la más completa de las
suyas hasta le fecha, al incluir, además de poemas de todos sus libros, un
delicioso ramillete de sus tres volúmenes de adivinanzas, inspiradas en los
talleres que ha dado a los niños. Su poesía, alusiva y elusiva a la vez, rescata
gracias a la fuerza del recuerdo, así sea de manera fugaz e ilusoria, la
plenitud de una infancia en comunión con la naturaleza. De ahí la constante
presencia de los animales en este mundo poético, donde, debido a su concepción
sagrada de todo, mitos grecolatinos y precolombinos nutren la sensibilidad
mestiza de Benavides, en cuyos versos, concentrados y breves, hablan también en
primera persona, al modo de las sombras de Juan Rulfo, las víctimas indefensas
de la violencia criminal y sistemática que ha martirizado a Colombia durante el
último medio siglo, refiriendo sus historias como si no se dieran cuenta de que
están muertas. Estamos, pues, ante una obra poética misteriosa y sutil de
primer orden, que empieza por fin a darse a conocer en nuestros lares.
Desde que conocí a Alonso Ruiz Rosas
en mayo de 2015, durante un homenaje dedicado a su compatriota Carlos Germán
Belli en la capital de España, he tenido más trato con sus versos que con su
persona, aunque estas dos jornadas que hemos compartido juntos, paseando por
Carmona, me ha permitido estrechar algo más los lazos afectivos con él. Ya en
aquellos gratos días madrileños conversamos muy poco, pero tuve la impresión de
estar ante un hombre afable, recatado y de avispada discreción, que no deja
entrever siquiera al poeta expansivo, agónico y visceral que lleva dentro. Pese
a ello, la cordialidad del ambiente nos animó a intercambiar algunos libros. Empecé
a leer su poesía con creciente y entusiasta admiración, cuyo insólito
despliegue formal y temático, siempre en tenso diálogo con las diversas
herencias artísticas que la nutren, hace de él un poeta tentacular, embargado
por un primigenio sentimiento de derrota donde la ironía y la compasión se entrelazan
ante el destino trágico del ser humano. Los estragos del tiempo, los desvaríos
del poder, los derroches del lujo, el amor, el arte y, en definitiva, la
inevitable mudanza de todo conforman una visión del mundo que se reconoce en
las constantes referencias mitológicas, históricas y religiosas –procedentes de
culturas de ayer y de hoy–, las cuales, lejos de ser elementos decorativos,
superpuestos al curso del poema, se integran en él como parte de la realidad
más cotidiana hasta reflejar, al modo de incisivos espejos, la grandeza y la
miseria de nuestra especie. Una y otra generan un doble movimiento contradictorio:
la tentación de la trascendencia y la caída en el barro. En esta irresoluble
tensión entre lo celeste y lo terrestre, el espíritu y la materia, el
pensamiento y el instinto, se encuentra suspendido el hombre, única criatura
desconcertada y radicalmente insatisfecha. Como consecuencia de ello, la poesía
de Ruiz Rosas expresa, con todos los recursos a su alcance, una insaciable inconformidad
emotiva, cercana al lúcido desahogo que explora sin remilgos las pulsiones
primordiales de la existencia.
Acorde con su afán abarcador, la técnica
compositiva más peculiar y dominante de esta obra estriba en la acumulación de
materiales de muy diversos campos y épocas en un mismo discurso poético, donde
cierto tono elevado e incluso anacrónico a veces, es sutilmente rebajado por un
fino humor. A esta operación aglutinante, orquestada sobre expansivas
numeraciones y profusas imágenes, contribuye el recurso, habitual en Ruiz
Rosas, de insertar versos ajenos entre los suyos, con un sentido distinto o
idéntico, según los casos, al que tienen en sus obras originales. Se diría que
la gran tradición poética peruana y, por ende, hispánica, tan rica de matices y
de acentos, se concentra en este proteico estilo en el que todo parece posible
de ser reciclado por una aguda conciencia del desgaste creativo, gracias a la
cual, paradójicamente, brota una vigorosa planta renovadora en pos de un vasto
mundo propio.
El pasado nº 31 de Palimpsesto, aparecido en 2016, se abre con una selección de sus
poemas, seguida de una entrevista en la que, entre otras muchas cosas, confiesa
que «la poesía busca conectar las soledades de los individuos y conectar al
pobre ser mortal con el universo inmortal o inabarcable y en eso se acerca mucho
a lo religioso. Mis poemas tienen también algo de plegarias». .
Inmaculada Lergo, Chari Acal, Fran Cruz, Alonso Ruiz Rosas, Juliana Bouroncle, Carmen Herrera (diseñadora de Palimpsesto) y José Mª Sousa (técnico de Cultura del Ayuntamiento de Sevilla)
Juliana Bouroncle, Inmaculada Lergo, Fran Cruz, Francisco Hidalgo (director de Olavide en Carmona), M Carmen Fernández, Chari Acal, María Ávila, Isabel Pulido, Alonso Ruiz Rosas y Antonio C. Laula.
Celebrando en el restaurante del Museo de la Ciudad con unos amigos, fieles lectores de Palimpsesto, la noche de Alonso Ruiz Rosas.