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martes, 23 de noviembre de 2021

PALIMPSESTO 35 y 36. Lectura de María Gómez Lara

Fran Cruz, María Gómez Lara y José Portillo (concejal de Infraestructuras y Medio Ambiente) ©Fernando Romero  

VÍDEO

PALIMPSESTO 35 y 36

Cada vez que sufrimos una desgracia personal o colectiva, atendemos como nunca la voz del Arte. En ella encontramos siempre algunos versos, trazos o notas que parecieran premonitorios de nuestras adversidades, cuando en realidad son recuerdos de calamidades pasadas los que refrendan las nuestras. El poeta, pues, lejos de ser un vidente, según creían los antiguos, guarda, en sus ritmos y rimas, remota memoria de la especie.
      Escribió Montaigne que «es la belleza cosa de gran interés para el trato entre los hombres; es el primer medio de conciliación de los unos con los otros, y no hay hombre tan bárbaro ni correoso que no se sienta de algún modo influido por su dulzura». Al margen de tantas crispaciones diarias, la belleza, precisamente, nos reúne hoy aquí para borrar por un rato nuestras diferencias a favor del placer común de la poesía.
Tras la forzada pausa provocada por los estragos del coronavirus, presentamos por fin los dos últimos números de Palimpsesto hasta la fecha, correspondientes al año en curso y al pasado.
      
El nº 35 recoge sendos homenajes al poeta guatemalteco Humberto Ak’abal y a la española Francisca Aguirre, en el primer aniversario de sus muertes, con reveladores textos del escritor austríaco Erich Hackl y de la profesora uruguaya Martha L. Canfield sobre el primero; y jugosas evocaciones críticas del poeta Juan Vicente Piqueras y la dramaturga Margarita Sánchez sobre la segunda. Ambos mundos poéticos, pese a ser tan distintos entre sí, echan sus raíces en la experiencia común de la pobreza, la humillación y el esfuerzo titánico por cultivarse en el amor a los libros, dentro de una visión a la vez compasiva e inconformista de la realidad.
Además del puertorriqueño José Luis Vega, la hondureña Kris Vallejo y el carmonense José Luis Blanco Garza –cuyo tono de tierno desengaño ante la vida dialoga en voz baja con versos de sus poetas predilectos hasta integrarlos en los suyos propios–, las páginas centrales ofrecen una significativa muestra de los poemas intimistas de la chilena Eliana Navarro (1920-2006), introducida por su compatriota Óscar Hahn.
      Extraídas del extraordinario archivo de Manuel Herrera Rodas, las obras que ilustran este número pertenecen al polifacético Francisco Moreno Galván, mediante las cuales, junto a algunas de sus letras, dan una nueva visión estética del flamenco. Alejada del costumbrismo, su pintura, de raigambre picassiana y trazo vigoroso, plasma retratos, bodegones y escenas del cante, del toque y del baile en los que proyecta su propia vivencia del arte jondo.
      El nº 36 se abre con nuevos versos, escritos durante el confinamiento, del poeta argentino, ya nonagenario, Antonio Requeni, acompañados de una amplia entrevista donde aborda, entre otras cuestiones, su ascendencia valenciana, su entronque literario con las formas tradicionales de la lengua, la relación entre su poesía y el periodismo, que ejerció durante más de medio siglo, y los achaques de la vejez, a la que Caballero Bonald –el primer autor entrevistado de Palimpsesto, allá por 1990–, calificó como «una maldita sucesión de pérdidas». Entrañable recuerdo dejó Antonio Requeni, en la primavera de 2017, con la lectura que dio en nuestra pentamilenaria ciudad.
      El otro extenso bloque lo acapara la poeta mexicana Isabel Fraire (1934-2015), tan injustamente olvidada en su país como desconocida en el nuestro, cuya poesía, de inquietante y rara transparencia, viene avalada por los artículos de Ernesto Lumbreras y Fabio Morábito, a quien Chari y yo debemos su descubrimiento, al insertar un poema de ella en su última novela, El lector a domicilio.
      Destacan también las páginas dedicadas a Rosella di Paolo, de la que, junto a algunas composiciones suyas, se publica su discurso de recepción del premio Casa de la Literatura Peruana a su trayectoria literaria.
      Las ilustraciones pertenecen a Leo Matiz, uno de los grandes innovadores de la fotografía en Colombia y del fotoperiodismo del siglo xx. Cedidas altruistamente por su hija Alejandra, presidenta de la Fundación que lleva su nombre, forman parte del ciclo de Aracataca, el Macondo de García Márquez, y plasman, en palabras de Gerald Martin, «no solamente la resistencia y dignidad de los habitantes de la costa colombiana, sino también cierto halo mágico que los relaciona con su entorno de una manera muy específica y especial».
      Completan el número su compatriota María Gómez Lara, nuestra invitada de hoy —con unos bellísimos y actuales monólogos de personajes del Quijote—, los españoles Lola Mascarell y David Leo García, además de la palestina Asmaa Azaizeh, traducida por Frances Simán. Esta joven traductora generosamente nos ha abierto la puerta, tan escondida, de la poesía de su país, Honduras.
      Gracias a su indesmayable labor mediadora, sumamos dos nuevos libros a nuestra colección: El ladrido de los pájaros de José González y Papeles del solo de Rigoberto Paredes. Se trata de los primeros volúmenes antológicos editados en España de estos maestros de la lírica hondureña. Unidos por su sesgo irónico, los distinguen, sin embargo, sus estilos y enfoques. La poesía de José González, desconcertante e imaginativa, crea un mundo intransferible, trenzado por el sueño y la memoria. La de Rigoberto Paredes, más sombría y ácida, se caracteriza por un lúcido desencanto, de gran riqueza formal.
      En definitiva, como los jóvenes personajes del Decamerón de Boccaccio que, encerrados en una villa idílica a las afueras de Florencia, se defienden de la peste de 1348 contándose cuentos unos a otros para aliviar sus penas y sus miedos, estos dos números de Palimpsesto son un modesto empeño por tender puentes en medio del gran aislamiento de la pandemia y, por ende, un refugio espiritual más necesario que nunca.
©TVCarmona


LA VOZ AGÓNICA DE MARÍA GÓMEZ LARA

©Chari Acal  
No solo en la música o la pintura surgen artistas precoces, también en la poesía, como es el caso de María Gómez Lara quien, a punto de cumplir 32 años, cuenta ya con tres libros publicados, dos de los cuales –Contratono y El lugar de las palabras– llaman la atención por su madurez humana y audacia literaria. Sus circunstancias personales, sin duda, habrán contribuido a ellas. Hija de un ex-ministro de Justicia de su país y de una renombrada periodista política, desde niña llevó guardaespaldas a todas partes y hace cuatro años fue operada de un tumor cerebral. Ambas experiencias le dieron muy pronto sensación de peligro, inseguridad e incertidumbre, que sus versos asumen sin tapujos:

                    Nadie nos quita la muerte

                    la llevamos en los huesos en la sangre
                    se nos cuela en los recodos de la piel

                    y se sienta a esperar
                    el momento de arrastrarnos

      Antes de leer sus poemas, los escuché en su propia voz cuando, en octubre de 2020, clausuró on line las Jornadas de Poesía en Español de Logroño, dirigidas por Paulino Lorenzo, en las que yo también tuve el honor de participar. Como comprobarán ustedes ahora, la fuerza declamatoria de María se acompaña de una intensa expresividad física que, al menos a mí, me retrotrae, según los imaginé siempre, a antiguos juglares. Las modulaciones de la voz, sus cambios de tono, de volumen e, incluso, el dinamismo gestual, potencian la actitud agónica de esta poesía, agónica en el sentido etimológico de lucha, de esfuerzo titánico por transmutar el dolor en arte. Al leer sus poemas, me di cuenta de que, en aquella lectura riojana, nuestra joven poeta interpretaba una partitura hecha de versos largos y cortos, ajenos a las medidas clásicas, cuya flexible alternancia recoge los más sutiles sentimientos encontrados. Me refiero, especialmente, a El lugar de las palabras, su último libro hasta la fecha, concebido como un sui generis diario de la enfermedad, donde ella registra el proceso de sus altibajos anímicos anteriores y posteriores a la operación del tumor. Y lo hace con el habla de todos los días, a tumba abierta y el miedo a flor de piel. De ahí la extrema desnudez de esta escritura que, descargada de figuras retóricas, desprovista de mayúsculas y signos de puntuación, lo fía todo al ritmo de su afán comunicativo, en el que la alta temperatura emocional se templa un poco con las objetivas informaciones médicas, intercaladas en el discurso. Por esto, lúcida siempre ante la angustia que la embarga, nos confiesa:

                    yo

                    que tanto necesito explicaciones
                    trato de quedarme en lo concreto

      Pero El lugar de las palabras no es solo un libro sobre el padecimiento de una grave enfermedad, sino también una reflexión sobre el lenguaje y el temor a perderlo. El carácter polisémico de este título alude tanto a la razón de ser de la poesía misma como al espacio que las palabras ocupan en el cerebro. Por consiguiente, si el lenguaje forma parte física del cuerpo, resultará tan frágil como este.
      Contratono, su libro anterior, contiene poemas breves, de visos simbólicos y, por ende, menos narrativos. Sin embargo, ambos comparten esta aguda consciencia de la precariedad del cuerpo y de la materia entera:

                    recuerda que tienes cuerpo
                    porque la piel estalla
                    la cabeza se quiebra
                    y las manos tiemblan solas sin que puedas controlarlas

      Se diría que el decidido desengaño de Contratono abona el terreno al realismo demoledor de El lugar de las palabras.
      Heredera de la mejor corriente conversacional de Colombia, representada entre otros por Mario Rivero, Elkin Restrepo, Darío Jaramillo o María Mercedes Carranza, la poesía de María Gómez Lara está, como reza este verso suyo:

                    escrita con los huesos con la sangre

Francisco José Cruz

©Chari Acal

©Isabel Pulido

©Fernando Romero
Celebrando en el restaurante Molino de la Romera con unos amigos, 
fieles lectores de Palimpsesto, la noche de María Gómez Lara. ©Fernando Romero

Aula Maese Rodrigo, Carmona, 19 de noviembre de 2021

martes, 15 de diciembre de 2020

Francisco José Cruz en el I Encuentro Internacional de Poesía de Funza

 Francisco José Cruz participó en el I Encuentro Internacional de Poesía, dentro del XXIII Festival de Arte y Cultura Zaquesazipa de Funza, con una lectura de poemas y en un conversatorio sobre la traducción poética, los días 19 y 20 de noviembre de 2020.

https://www.youtube.com/watch?v=Z4Y9v0u5Ghk

RECITAL DE POESÍA. CARTOGRAFÍA DEL SILENCIO



CONVERSATORIO:
INTERPRETAR EL VÉRTIGO. LA TRADUCCIÓN POÉTICA
ANTE LOS NUEVOS ENTORNOS COMUNICATIVOS


Funza, Cundinamarca, Colombia, 19 y 20 de noviembre de 2020

jueves, 10 de diciembre de 2020

Conversación entre Manuel Borrás y Francisco José Cruz en XXII Jornadas de Poesía en Español

El 29 de octubre de 2020, dentro de las XXII Jornadas de Poesía en Español, dirigidas por Paulino Lorenzo y celebradas en la capital riojana, Manuel Borrás y Francisco José Cruz mantuvieron un diálogo en torno a la edición de poesía. Moderó el acto el poeta y librero Alfonso Martínez Galilea. 
Vídeo:

XXII Jornadas de Poesía en Español, Logoño, 29 de octubre de 2020

miércoles, 9 de diciembre de 2020

Francisco José Cruz en P&p+Arte nº 3

Conversación con el poeta Francisco José Cruz 
a cargo de Elkin Restrepo y Claudia Ivonne Giraldo. 
Presenta: Male Correa
VÍDEO:
https://www.facebook.com/prosapoesiayarte/videos/2845103329043540/


Fiesta del Libro y de la Cultura de Medellín, 10 de octubre de 2020

jueves, 15 de agosto de 2019

VIII Velada de vino y versos


El 9 de agosto de 2019, ante la portada gótica de la iglesia de Santa María de Requena, cuya plaza estaba abarrotada de público, se celebró la VIII Velada de Vino y versos, dirigida y presentada de manera impecable por Juan Vicente Piqueras. En el acto se rindió un emotivo homenaje a los poetas, recientemente fallecidos, Francisca Aguirre y Antonio Cabrera. Participaron las portuguesas Filipa Leal y Mafalda Veige, junto a los españoles David Leo García, Juan Carlos Mestre y Francisco José Cruz, quien recitó sus poemas de memoria. El ambiente, el entorno, el trato y la consideración a la poesía fueron tan cálidos y estimulantes como exquisitos.
El poeta Juan Vicente Piqueras, director de la Velada, abre el acto   ©Ayuntamiento de Requena 

                                             Juan Vicente Piqueras     ©Chari Acal

                                                                                  ©Ayuntamiento de Requena 
La mujer y la hija del poeta Antonio Cabrera leen sendos poemas de este en su memoria ©Chari Acal  
La poeta portuguesa Filipa Leal. Traduce sus poemas Juan Vicente Piqueras 
©Ayuntamiento de Requena 

Fran Cruz con David Leo García     ©Chari Acal  
David Leo García   ©Ayuntamiento de Requena 
 ©Ayuntamiento de Requena 
Francisco José Cruz             ©Ayuntamiento de Requena 

"No te quites la máscara"
"En el tren"
"No llames a la puerta"
 ©Laura Rosal
Juan Carlos Mestre                 ©Chari Acal 
 ©Ayuntamiento de Requena 
Mafalda Veige          ©Chari Acal 

 ©Ayuntamiento de Requena 
Fran Cruz con Daniel Cabrera       ©Chari Acal 
 ©Laura Rosal
 ©Laura Rosal 


   Requena, 9 de agosto de 2019










lunes, 10 de junio de 2019

UN VAGO ESCALOFRÍO. FRANCISCO JOSÉ CRUZ por Inmaculada Lergo


                                                                                             © Andrea del Zapatero

Para comenzar, haré un brevísimo apunte sobre Francisco José Cruz, aunque muchos de los que estáis aquí lo conocéis ya. Además de poeta, Francisco José Cruz fue codirector de la revista Ritmo de viento (1986-1989);
creador –junto a su pareja Chari Acal– y director de la revista Palimpsesto, auspiciada por el Ayuntamiento de Carmona y que cuenta ya nada menos que con 30 años de trayectoria; también bajo su supervisión y cuidado se ha editado la colección de poemarios de Sibila, y se sigue editando la prestigiosa y hermosísima revista del mismo nombre; fue el fundador, tras una propuesta de Juan Carlos Marset, de la Casa de los Poetas de Sevilla, y su director, durante unos años en los cuales consiguió reunir a reconocidos escritores de ambos lados del Atlántico, en unos encuentros de gran nivel, muy enriquecedores, que desgraciadamente no se han repetido desde entonces. Y tiene en su haber una serie de trabajos como antólogo, prologuista y articulista en el ámbito de la literatura hispanoamericana, que es el que nos unió inicialmente. Y ya centrándonos en la poesía, cuenta con seis poemarios publicados entre 1984 y 2019, así como un par de antologías.
      He de decir, antes de compartir con ustedes mis impresiones sobre este libro que, contrariamente a lo que pudiera pensarse, mi amistad con él y mi admiración por su obra me lo ponen más difícil. Sé que a él le molestaría mucho una apología impostada y poco seria, pero inevitablemente, porque lo siento, he de alabar sus logros, así que ahí procuraré mantener el equilibrio.
      Por forma de entender la poesía y por voluntad propia, la obra de Francisco José Cruz no es muy extensa, teniendo en cuenta que se desarrolla a lo largo de 35 años. ¿Cuáles son las razones? Podríamos decir que Francisco José Cruz no se siente por encima de la Poesía, ni un iluminado por ella, ni quiere «utilizarla», servirse de ella; la respeta sobremanera y la ama, y ese amor y ese respeto lo han llevado en primer lugar a observarla, a través de múltiples lecturas, después a esforzarse por conocerla, y finalmente a escribirla, desde la mayor consideración y la mínima arrogancia. A modo de ejemplo, voy desvelar aquí algo que me contó hace unos días: a la propuesta de una editorial que le pedía un nuevo poemario y le daba un plazo de dos años para entregarlo, contestó que no, porque sentir que escribe para cumplir un compromiso adquirido es una traición a sí mismo y a la propia creación. ¿Quién hace eso hoy en día? Oído a esto los poetas jóvenes y los que empiezan.
      Pero vamos ya con Un vago escalofrío, el último poemario de Francisco José Cruz, en edición de Pre-textos, una editorial –hay que decir estas cosas– que publica con un cuidado y elegancia que es de agradecer. Me he acercado a él en esta ocasión para compartirlo con ustedes, desde una perspectiva muy personal, guiándome expresamente por el impulso y el sentimiento que la lectura de sus poemas me ha sugerido. Por justificar esto con un argumento de autoridad, recordaré aquí que Dámaso Alonso, que como saben ha sido uno de los grandes teóricos de la estilística, partía de la base de lo que llamó «eterno misterio de la poesía», y decía que, para el acercamiento a ella, lo mejor era no seguir un criterio racional, sino intuitivo, porque en cada estilo, en cada autor, añadiría yo, la indagación estilística resulta distinta, única y nueva.
      De inicio, lo que nos llega al leer la poesía de Francisco José Cruz es la constatación de que la suya es una voz muy particular, una voz propia que ha ido buscando hasta encontrarla, y moldearla a lo largo del tiempo. Y es una voz, además, que resulta bastante singular dentro del panorama poético actual y de las últimas décadas. Una voz en la que predomina la sencillez, la claridad, la cercanía, yo diría que la discreción desde el punto de vista cervantino del término y todo lo que conlleva. Una voz que, en numerosas ocasiones, sale de él para dársela a objetos, personas o situaciones, como en «Monólogo de la nieve» o «Lamento de Lázaro»; una voz con gran poder de sugerencia, como sucede en «Canción de la marea»; que gusta a veces sorprender al lector en los versos finales; como pasa en «Aquí y ahora» y «En el tren»; y que disfruta a ratos con un sabroso tono juguetón, como verán en «Con Gerardo Diego en Soria» o en «Cantos de un triste gallo», tono que en algún momento me ha recordado al de nuestro admirado Carlos Germán Belli; así ocurre muy claramente en el poema «Ante el David de Miguel Ángel», que me gustaría leerles:

¿Cómo es que no has lanzado
todavía la piedra a ese gigante
después de tantos siglos?
¿A qué esperas, David,
mirando sin cesar a un punto fijo?

Petrificado, absorto,
¿desconfías, en el último instante,
de tu fuerza y tu tino?
En eterna amenaza
se quedarán, David, todos tus bríos.

Tira la piedra ya,
aunque a nadie le des y, finalmente,
se pierda en el vacío
del tiempo, y tú con ella,
sin que cumplas, David, con tu destino.

Es una ironía en la que funcionan los silencios, en los cuales se esconde realmente la profundidad del poema, es eso que hay detrás de la media sonrisa que nos provoca y que hace resonar simultáneamente un eco contrario en nuestro interior; en otros poemas se vislumbra una voz de denuncia, pero que se hace, no desde la atalaya del ideólogo convencido de su verdad, sino del observador que ha comprobado que así es la vida. Veámoslo por ejemplo en «Paloma muriéndose», poema en el que una paloma está muriendo, echada patas arriba, mientras las otras se mueven con naturalidad, ignorándola, y que concluye:

En el sol de mediodía,
su indiferencia me agobia,
tan ajenas al dolor
de la otra.

      En su conjunto, es el «estupor y la incertidumbre» lo que vibra siempre en la palabra y en los silencios de su poesía. Estas son palabras de un poema dedicado a Wislawa Szymborska, que él atribuye al trabajo de esta poeta polaca, pero que, en realidad, son suyas. La poesía es identificación, y aquí se ve claramente. Es en este poemario y en los anteriores ese «vago escalofrío» que siente –como las hermanas de Lázaro en el citado poema– al observar y reflexionar sobre la vida. Antonio Calvo Laula, en la presentación del libro que se hizo en Carmona el pasado abril, lo definió como un «amable pesimismo», «una suerte de vanitas doméstica, un memento mori desdramatizado en el que el autor, con verdadera gentileza, ha sabido silenciar las campanadas fúnebres».
      La disparidad de las voces que Francisco José Cruz confiesa que le han influido van desde Carlos Germán Belli a Wislawa Szymborska, por nombrar dos formas muy distintas de hacer poesía, de Miguel Hernández a Antonio Machado, de la lírica griega al Romancero y el flamenco, y las mejores voces de la poesía hispanoamericana del siglo xx. Su poética aparece aquí y allá en varias composiciones del libro; por ejemplo en «Carta póstuma a Wislawa Szymborska», donde en las últimas estrofas dice:

Estupor e incertidumbre,
esos hermanos eternos,
parecen entre tus líneas
encontrarse en su elemento.

Tus palabras se conforman
con dar el tono concreto
para que hablen por sí solos
las situaciones, los hechos.

Ahora que ya te has ido,
con gratitud te confieso
que he tratado de callarme
a tu manera en mis versos,

callarme con otros ritmos,
otra métrica, otros ecos,
no los tuyos, y nombrar,
sin nombrar, mi desconcierto.

Qué bien me entiendo a mí mismo
cada vez que te releo.

      Además de todo esto, y junto a todo esto, es una voz que apuesta por el cuidado formal, incluso por el uso de la rima, como hace de forma muy directa en «Ante la tumba de Joseph Brodsky».

He venido a agradecerte
tu defensa de la rima,
pues te debo en parte el gusto
con que la empleo en mis versos,
aunque sea una rima pobre,
sin resonancias ni lujos.

Sabe que el desprecio hacia la métrica es, en la mayoría de los casos, un esnobismo que esconde falta de rigor. Eso que llamamos estilística, y que equivocadamente se simplifica en la suma de rima más versos contados, no gozó en los últimos tiempos de mucho aprecio, porque se asociaba a normas coercitivas que encorsetan la libertad creadora, de las que es preciso liberarse, de la misma manera que Francisco de Asís se despojó de sus ricas vestiduras para quedarse al desnudo; pero, cuidado, porque también con ese mismo discurso de liberación, diversos tipos de intransigencias ideológicas han arrasado con legados culturales, dinamitado obras de arte o quemado bibliotecas. El pecado está, creo yo, en la falta de información y de formación. Cuando se dice que un poeta utiliza metro y rima, como lo hace Francisco José Cruz –rima asonante es la suya–, parece que irremediablemente nos instalamos en la premisa de imaginarlo anclado en formas rancias y retóricas, en un estadio anterior a las innovaciones de todo punto esenciales que ha tenido la poesía desde el modernismo y las vanguardias hasta hoy, y que por suerte no tienen vuelta a atrás. La lectura de cualquiera de los poemas de este libro despeja este grave error, y nos enseña que, en cada composición, la medida, el ritmo, la cadencia, las palabras, los sentimientos, los silencios, la emoción y lo que se dice en él están intrincados de tal manera que son un todo indisociable, son una misma materia, un mismo objeto. Un poema donde esto se puede apreciar muy claramente es en «Canción de la marea». En Un vago escalofrío encontraremos versos y composiciones breves, con formas estróficas sencillas (pareados, coplas, lira sin rima, y de formas variadas, el sonido del romance), o lo que llamamos sencillas por su apariencia, pero que no lo son, y un tono expresamente distante de esa poesía llamada oscura, que ha tenido también durante un tiempo bastante prestigio. Podríamos decir que es el Góngora de las coplillas, no el del Polifemo.
      Igualmente sucede con la estructura del libro. No hay un armazón previo sobre el que encajar los textos. Cada poema, 40 en total, es soberano, pero el conjunto es unitario, porque las composiciones se encardinan y encajan hasta formar una pieza que podemos contemplar en su conjunto. Si reunimos los títulos de los poemarios de Francisco José Cruz, observamos que hay una continuidad: Maneras de vivir, A morir no se aprende, El espanto seguro, y Un vago escalofrío. Incluso una de sus antologías se titula Con la mosca detrás de la oreja. Es algo que no descubro yo, que se ha dicho ya, pero que creo interesante repetir. Estos títulos sombríos, sus incertidumbres y estupores, especialmente alrededor principalmente de la contundencia e inexorabilidad de la muerte, son tema principal y recurrente en todos ellos, y también en este que presentamos hoy. En la obra de Francisco José Cruz no es un motivo que haya ido apareciendo cuando ha ido cumpliendo años, como es común que suceda, sino que ha estado ahí desde siempre. Unido a ello, la reflexión sobre el tiempo, en la que predomina el instante presente, que defiende, pero no a la manera reiterada del tópico del carpe diem sino con la cotidianidad que lo caracteriza («Aquí y ahora»).
      El mar es otro elemento muy presente, pero no es un mar profundo, lejano y misterioso, es nuevamente cercano, es el que baña sus pies, el que lleva a la orilla las mareas. Como lo son esos poemas en que nos regala una reflexión que le provoca algún objeto o situación, que suele ser cotidiana y cercana, como, por ejemplo, unas sillas, un caracol pegado en el quicio de una puerta, su máquina de escribir, el canto de un gallo, un pañuelo que le regaló su madre, etc.
      El libro se cierra con un peculiar «Vía crucis», en el que se siguen las 14 estaciones propias de este rito, pero que encabeza, dándonos la clave de su punto de vista, una cita de Borges que dice así: «¿De qué puede servirme que aquel hombre / haya sufrido, si yo sufro ahora?». De nuevo el estupor y la incertidumbre.
      Pero Un vago escalofrío es también un libro de amor. El amor ha sido y sigue siendo uno de los temas recurrentes y más vigorosos en su poesía. No es ni el amor impostado, ni el erotismo carnal tan recurrentes entre los poetas, es una unión real, cierta, que comparte con Chari, su pareja de siempre y a quien ha dedicado todos sus libros. Pero es también, y a la vez, un amor a la poesía. El uno y el otro desdibujan sus perfiles, al punto de no saber a veces a quién debemos adjudicarlo, si a la una, a la otra, o a ambas. Como tengo la suerte de contar con su amistad y cercanía, sé que ambas cosas son inseparables para los dos, y que serían personas diferentes, y una pareja diferente, si la poesía no formase parte de ellos, de sus vidas.
      Y concluyo ya, aunque es mucho lo que podría seguir diciendo. Solo dos últimas frases que creo pueden resumir todo lo dicho: la primera del poeta Antonio Deltoro, que en un comentario a este libro dice que los versos de Francisco José Cruz «son productos de una perseverancia en la verdad». Y la segunda del propio poeta, que en una entrevista afirmó: «la poesía ha hecho de mí quien soy».

                                                                                                                                          © Chari Acal
VÍDEO
                                                                                                                                   © Efraín Espinoza
                                                                                                                                             © Chari Acal
                                                                                                                            © Andrea del Zapatero
     Casa del Libro, Sevilla, 6 de junio de 2019