"Entre la voz y el tacto, una visión verbal", ponencia disertada por Francisco José Cruz en el X Congreso Internacional de la Lengua Española, dentro del panel "Accesibilidad, inclusión e igualdad social en la cultura digital".
Claustros Universidad Nacional de San Agustín, Sala Fundadores.
Presentación de Flamencos. Viaje a la generación perdida, libro póstumo de Manuel Herrera Rodas. Intervienen en el acto: Francisco José Cruz y Carmen Herrera, hija del autor, con la actuación de Antonio Ortega Hijo (al cante) y Manuel Fernández Peroles (al toque).
Sede Olavide en Carmona, Casa Palacio de los Briones, 21 de abril de 2023.
Palabras de Francisco José Cruz, al recibir el Premio VIVE de Cultura a su labor literaria, otorgado por el Excmo. Ayuntamiento de Alcalá del Río, su pueblo natal. El acto, presentado por Esperanza Bravo, delegada de Seguridad Ciudadana y Bienestar Social, se celebró en el Teatro Municipal, el 28 de febrero de 2023, Día de Andalucía.
Con este poema, al menos hoy ante ustedes, deseo evocar no solo a mis padres, sino a quienes de manera entrañable y decisiva contribuyeron también a que desde chiquitito me integrara plenamente en la vida del pueblo, pese a mis limitaciones. Me refiero, entre otros ausentes, a mi tía Cloti, mi tío Enrique, mi abuelo Misael y, sobre todo, a mi hermano, verdadero ángel tutelar de mis correrías infantiles por estas calles.
Mucho me honra esta distinción, que ni siquiera imaginé cuando empezaba a esbozar mis primeros versos en la memoria o en mi ya vieja máquina Perkins, la misma que desde mi adolescencia, me acompaña hasta hora.
Llevo, fuera de Alcalá, treinta y un año viviendo en Carmona, donde con el imprescindible y permanente apoyo de Chari, mi mujer, he escrito mis poemas más personales y, entre otros menesteres literarios, dirigido la revista de creación Palimpsesto durante más de tres décadas. Pero la primera mitad de mi vida la he pasado aquí. En contraste con el infierno que padecí de niño los primeros años de internado en el colegio San Luis Gonzaga de la ONCE, Alcalá del Río fue mi paraíso terrenal. No obstante, desde que tuve sentido crítico, nunca comprendí que uno pudiera estar orgulloso de su lugar de nacimiento por el mero hecho de serlo. El acto de nacer es fortuito, ajeno a nuestra voluntad, y el orgullo bien entendido tiene que ver con el esfuerzo y los méritos alcanzados. Por esto, más que orgulloso, me siento agradecido de ser alcalareño. Agradecido porque aquí se forjó mi carácter, cobré conciencia de la importancia vital de la cultura y, en infinitas conversaciones con algunos amigos de entonces, compartí mis incipientes inquietudes existenciales. Además, en el n.º 2 de la calle Ilipa Magna, o sea La Laguna, donde viví con mis padres y mis hermanos casi hasta que me casé, escribí mis dos primeros libros de poemas, Prehistoria de los ángeles y Bajo el velar del tiempo. Aunque hoy no me identifico con ellos en absoluto, sí fueron en mis comienzos, ya lejanos, el gran acicate para encausar mi destino de poeta.
Frente a mi casa, en la Plaza de España, cuando todavía era de albero y los días de lluvia la encharcaban, mi hermano y yo nos encontrábamos con otros niños para jugar a lo que se nos ocurriera, casi siempre al fútbol. Años más tarde, siendo un muchacho, y estando ya la plaza asfaltada, muchas veces me paseaba ensimismado de la baranda que da al río hasta el Ayuntamiento y viceversa, aprendiéndome de memoria poemas como «Lo fatal» de Rubén Darío o «El viaje definitivo» de Juan Ramón Jiménez, que, junto a algunas experiencias fundamentales, han marcado desde entonces mi visión de las cosas y, por ende, de mi escritura. En esa época, con la ansiedad del adolescente, ya alternaba mis lecturas en braille con los libros que me leían mi tío Salvador, mi tío Enrique, mis hermanas –Gema y Mari— y, sobre todo, mi madre, cuya abnegación ha infundido en mí una gran exigencia y autenticidad en el arte de hacer versos. Uno de los pocos libros que a mi madre le gustó leerme fue Lejos de África de Isak Dinesen. En él, la escritora danesa cuenta cómo los masáis, con mudo asombro, la rodeaban mientras escribía. Ellos consideraban cualquier texto escrito algo sagrado, incapaz de mentir. Parecido fervor sentía yo entonces cada vez que tenía un libro entre mis manos.
En fin, la poesía ha hecho de mí la persona que soy, dándome todo lo que uno puede pedirle a la vida. Agradezco de corazón a David Ruiz, quien propuso mi nombre, y a los demás miembros del jurado por concederme el premio VIVE de Cultura del Ayuntamiento de Alcalá del Río, premio que dedico a mi hija Alicia y a mis sobrinas y sobrinos, aquí presentes, para que nunca olviden el valor humano de la Poesía. Celebro que este reconocimiento me haya traído de nuevo a mi pueblo natal junto a mi familia alcalareña, mi familia carmonense y amigos entrañables, que también son mi familia, y me haya permitido asomarme a mis raíces, ese vértigo del tiempo que, desde la mirada del niño que fui, he tratado de expresar en esta canción:
El placer de la lectura demanda esfuerzo, hábito y noción suficiente de los recursos técnicos para ir más allá del mero plano semántico y paladear a fondo, en todos sus niveles expresivos, cualquier texto con el fin de alcanzar un completo deleite. Creo, además, que el lector de poesía, debido al manejo de ciertas claves específicas, inexistentes o no habituales en otros géneros, aventaja al lector de prosa en el afinamiento de la sensibilidad comprensiva. Prueba de ello es que muchos lectores de ensayo o narrativa no se sienten capaces de leer poemas. En cambio, es muy raro el lector de versos que no lo sea también de prosa.
El acto de leer siempre será minoritario. Lo que garantiza la salud espiritual de una época no es su cantidad de lectores, sino la calidad de los mismos. Lo grave sería que ellos desaparecieran. Mientras unos pocos no se aburran de prestar atención a unas páginas bien escritas, hasta los que no leen se beneficiarán de quienes entregan su tiempo a la lectura. Es ella, por cierto, gracias a su activa concentración y a su acompasado ritmo meditativo, la base del conocimiento del mundo en todos sus órdenes, incluido el estético.
Un año más –y ya son 32 consecutivos– presentamos un nuevo número de Palimpsesto, el 37, en el que, fiel como siempre a la poesía hispanoamericana, adquiere una presencia especial el Perú, motivada por el centenario de la aparición de Trilce de César Vallejo, una de las obras más renovadoras de la vanguardia en nuestra lengua, a la que el poeta Jorge Nájar, mediante exploraciones experimentales entre el verso y la prosa, hace un peculiar tributo.
En este orden de cosas, el libro de nuestra colección está dedicado al arequipeño César Atahualpa Rodríguez (1889-1972), autor coetáneo de Vallejo y, como él, heredero de la música verbal del Modernismo, entreverada de ciertos rezagos románticos. Casi olvidado hoy en su país y desconocido por completo en el nuestro, publicamos por primera vez en España, a los cincuenta años de su muerte, Soy un poco de sombra, representativa antología, precedida de un magnífico prólogo de su compatriota Alonso Ruiz Rosas, para quien «Rodríguez fue un sonetista infatigable de imágenes rotundas, que compuso también cantos vigorosos, impregnados de historia y sabor local. El poeta escribió, además, romances, composiciones livianas a las que él mismo llamó bagatelas, poemas amorosos y de circunstancias, estampas costumbristas, poemas de corte religioso o de crítica social, artes poéticas y soberbios apuntes de paisajes y, más tarde, de viajes. En muchos de sus poemas, el tono especulativo del pensamiento, embebido de metafísica, tensa las cuerdas del desasosiego y las percepciones emotivas; en otros, la erudición libresca o el dato nimio de la experiencia prosaica tocan fibras interiores y se manifiestan en alguna de sus formas poéticas».
Asimismo, esta flamante edición de Palimpsesto reúne poemas de la también peruana Giovanna Pollarolo, del hondureño Leonel Alvarado, de la mexicana de ascendencia judía Sara Robbins y de los españoles J.R. Barat y José Manuel Benítez Ariza. Todos ellos, con sus diferencias de mundos y estilos, comparten el verso libre de tono coloquial e introspectivo.
La misma libertad creadora se respira en las composiciones de la poeta afrocubana Georgina Herrera, con la que abrimos este número 37, ofreciendo una significativa selección de su poesía, junto a un «Requiem» escrito por su hijo Ignacio T. Granados Herrera, donde define sagazmente la controvertida personalidad de su madre, y un esclarecedor estudio a cargo de la profesora Aída Elizabeth Falcón Montes, quien relaciona las difíciles vicisitudes de la vida de la autora con los temas centrales de su obra y los modos de enfocarlos.
GEORGINA HERRERA
Georgina Herrera nació en Jovellanos (Matanzas), el 23 de abril de 1936, en un entorno familiar conformado en su mayoría por descendientes de esclavos. Empezó a escribir con nueve años de manera intuitiva, percibiendo ya entonces su condición de mujer negra y pobre, al punto de que, según sus palabras, «quería ser blanca, y para lograrlo, a escondida de mi mamá, me planché el pelo y ¡me quemé! Con un palito de tender la ropa me prendí la nariz para ver si se me estiraba y ¡pasé tremendo dolor!».
En 1956, se trasladó a La Habana, donde, mediante la escritura, trató de entender sus circunstancias personales como el mutismo de su madre, el autoritarismo de su padre y las carencias económicas. Durante un tiempo, para mantenerse y estudiar secretariado en una escuela nocturna, trabajó de sirvienta doméstica. En 1961, se relacionó con los miembros de Ediciones El Puente, quienes un año más tarde le editaron su primer libro, GH, título alusivo a las iniciales de su nombre y apellido. A partir de aquí, guiada por el interés en sus raíces ancestrales, compuso poemas inspirados en la mitología afrocubana, recogidos en Gatos y liebres o Libro de las conciliaciones (1978).
En 1963, ingresó en Radio Progreso, donde durante cuarenta años escribió radionovelas centradas en los conflictos raciales de Cuba, sufrido especialmente por la mujer negra, cuya imagen estereotipada transformó y enriqueció en sus historias radiofónicas. Junto a estas preocupaciones sociales, ajenas al panfleto político, el tono coloquial e intimista de su poesía, salpicado de hallazgos imaginativos, aborda con singular perspectiva, el disfrute del amor, la maternidad y la pena por la muerte de su madre y su hija en libros como Gentes y cosas (1974), Gustadas sensaciones (1996) o Gritos (2004). Traducida a varios idiomas, obtuvo, entre otros reconocimientos, la Medalla Alejo Carpentier y la Distinción Honorífica de la Cátedra Nelson Mandela.
Georgina Herrera murió en La Habana el 13 de diciembre de 2021, a los 85 años de edad, a causa del Covid 19. Pero, gracias al Hada Cibernética (en tan atinada expresión de Carlos Germán Belli), la tenemos presente hoy en Carmona con el documental Cimarroneando con GH, realizado en 2011 por Juanamaría Cordones-Cook, profesora de la Universidad de Missouri, a quien agradecemos su autorización expresa para proyectarlo.
Peruano es también Francisco Espinoza Dueñas (Lima, 1926-Carmona, 2020), cuyas obras ilustran la portada y el interior de la revista. Brillante grabador, pintor y ceramista, creció en un barrio muy pobre de la capital, al lado de un cementerio, circunstancia que influyó en su actitud vital y estética. A fuerza de sacrificio y denodado empeño, estudiando de noche, logró ingresar en la Escuela Nacional Superior de Bellas Artes, donde se graduó con honores. Como muchos de sus compañeros de generación, obtuvo una beca del Instituto de Cultura Hispánica, que le permitió residir en Madrid entre 1955 y 1958. Cursó entonces estudios de pintura mural en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando y afianzó su pasión por el grabado, especializándose en litografía, en la Escuela Nacional de Artes Gráficas. Espinoza Dueñas partió luego a París para perfeccionar sus estudios en la Escuela de Bellas Artes y formarse como ceramista en la Manufactura Nacional de Sèvres, siendo distinguido por el Museo Cantini, dentro de la Bienal de Marsella, con el Gran Premio Internacional de Cerámica, el más prestigioso del mundo. Precisamente, Mario Vargas Llosa, que lo conoció por esas fechas, señaló: «yo admiro profundamente esa convicción orgullosa, insolente, que singulariza a Espinoza Dueñas entre los artistas de su época y lo lleva a aferrarse con una tenacidad que tiene algo de desafío y de provocación […] Su arte no es mimético, no duplica lo real, no reproduce las imágenes cotidianas del mundo, sino, más bien, traduce en líneas y colores, en objetos plásticos, ciertos contenidos profundos del espíritu humano: la cólera, la humillación, el estupor». De 1965 a 1968 fue profesor en La Habana y realizó allí diversos murales en instituciones públicas. En 1969, se instaló en Burgos, ciudad de su esposa Pilar, en la que desarrolló una intensa actividad pedagógica y creadora. En 1983, hizo un mural con mosaicos, dedicado a César Vallejo, en la Vía Expresa de Lima. Desde este momento, los talleres cobraron relieve durante su estancia en Estados Unidos en los años 80, donde fue invitado para dar clases y seguir con sus particulares lecciones magistrales en directo, con murales pintados en Filadelfia, Nueva York o Nueva Jersey. A partir de 1989, se afincó en Constantina, donde prosiguió su febril labor creadora y didáctica, así como en otros pueblos de la sierra norte de Sevilla (El Pedroso, Cazalla de la Sierra, Las Navas de la Concepción…). Sus talleres experimentales sirvieron para llevar el proceso creativo al gran público, explicando sus técnicas ante personas de todo tipo (pensionistas, desempleados, estudiantes…). Para Fernando Iwasaki, «el legado de Espinoza Dueñas no solo es inmenso, sino que su obra producida en España representa una novedad con respecto a la que atesoran museos de Francia, Cuba, México, Perú y Estados Unidos, correspondientes a su etapa de 1958-1970. En realidad, desde su regreso a España, el artista peruano se mantuvo al margen de las veleidades del mercado, las ferias y los galeristas». En 2011, la Fundación Caja Rural del Sur le dedicó, en Huelva y Sevilla, una muestra retrospectiva de su obra, en la que, según Fernando Chueca Goitia, «la pintura, la cerámica, el mosaico o el grabado, lo que salga de las manos de Espinoza, tiene algo de fuerza telúrica, de volcán en erupción, de luciérnaga en la noche sideral, de crispación de un viejo dios atormentado». Calificado por el poeta José Hierro de «obrero de una artesanía ritual», Francisco Espinoza Dueñas pasó los últimos diez años de su vida en Carmona, donde, a pesar de su paulatina pérdida de memoria, nunca se olvidó de pintar. Murió en la Residencia San Pedro de nuestra ciudad pentamilenaria. Agradecemos a sus hijas Amaya y Adriana que nos hayan facilitado de manera altruista las obras reproducidas en estas páginas y cedidas para la exposición que se inaugura hoy en este Museo, al cuidado del artista Aurelien Lortet y que estará abierta al público hasta el 11 de noviembre de 2022.
El poeta español Félix Grande ofreció una conferencia titulada " El Cancionero anónimo olvidado", el 19 de noviembre de 2005 en el II Encuentro Sevilla, Casa de los Poetas, "La poesía y los sentidos", dirigido por Francisco José Cruz, bajo los auspicios del Ayuntamiento hispalense, siendo delegado de Cultura Juan Carlos Marset.
Sevilla, Salón de la Caja de San Fernando, 19 de noviembre de 2005
Presentado por Ramón Gavira, concejal de Cultura y Patrimonio, Francisco José Cruz dio el pregón de la I Feria del Libro de Carmona, en la Casa Palacio de los Briones, sede de la Universidad Pablo de Olavide, el 21 de mayo de 2022.
Carmona, Casa Palacio de los Briones, 21 de mayo de 2022.
Cada vez que sufrimos una desgracia personal o colectiva, atendemos como nunca la voz del Arte. En ella encontramos siempre algunos versos, trazos o notas que parecieran premonitorios de nuestras adversidades, cuando en realidad son recuerdos de calamidades pasadas los que refrendan las nuestras. El poeta, pues, lejos de ser un vidente, según creían los antiguos, guarda, en sus ritmos y rimas, remota memoria de la especie.
Escribió Montaigne que «es la belleza cosa de gran interés para el trato entre los hombres; es el primer medio de conciliación de los unos con los otros, y no hay hombre tan bárbaro ni correoso que no se sienta de algún modo influido por su dulzura». Al margen de tantas crispaciones diarias, la belleza, precisamente, nos reúne hoy aquí para borrar por un rato nuestras diferencias a favor del placer común de la poesía.
Tras la forzada pausa provocada por los estragos del coronavirus, presentamos por fin los dos últimos números de Palimpsesto hasta la fecha, correspondientes al año en curso y al pasado.
El nº 35 recoge sendos homenajes al poeta guatemalteco Humberto Ak’abal y a la española Francisca Aguirre, en el primer aniversario de sus muertes, con reveladores textos del escritor austríaco Erich Hackl y de la profesora uruguaya Martha L. Canfield sobre el primero; y jugosas evocaciones críticas del poeta Juan Vicente Piqueras y la dramaturga Margarita Sánchez sobre la segunda. Ambos mundos poéticos, pese a ser tan distintos entre sí, echan sus raíces en la experiencia común de la pobreza, la humillación y el esfuerzo titánico por cultivarse en el amor a los libros, dentro de una visión a la vez compasiva e inconformista de la realidad.
Además del puertorriqueño José Luis Vega, la hondureña Kris Vallejo y el carmonense José Luis Blanco Garza –cuyo tono de tierno desengaño ante la vida dialoga en voz baja con versos de sus poetas predilectos hasta integrarlos en los suyos propios–, las páginas centrales ofrecen una significativa muestra de los poemas intimistas de la chilena Eliana Navarro (1920-2006), introducida por su compatriota Óscar Hahn.
Extraídas del extraordinario archivo de Manuel Herrera Rodas, las obras que ilustran este número pertenecen al polifacético Francisco Moreno Galván, mediante las cuales, junto a algunas de sus letras, dan una nueva visión estética del flamenco. Alejada del costumbrismo, su pintura, de raigambre picassiana y trazo vigoroso, plasma retratos, bodegones y escenas del cante, del toque y del baile en los que proyecta su propia vivencia del arte jondo.
El nº 36 se abre con nuevos versos, escritos durante el confinamiento, del poeta argentino, ya nonagenario, Antonio Requeni, acompañados de una amplia entrevista donde aborda, entre otras cuestiones, su ascendencia valenciana, su entronque literario con las formas tradicionales de la lengua, la relación entre su poesía y el periodismo, que ejerció durante más de medio siglo, y los achaques de la vejez, a la que Caballero Bonald –el primer autor entrevistado de Palimpsesto, allá por 1990–, calificó como «una maldita sucesión de pérdidas». Entrañable recuerdo dejó Antonio Requeni, en la primavera de 2017, con la lectura que dio en nuestra pentamilenaria ciudad.
El otro extenso bloque lo acapara la poeta mexicana Isabel Fraire (1934-2015), tan injustamente olvidada en su país como desconocida en el nuestro, cuya poesía, de inquietante y rara transparencia, viene avalada por los artículos de Ernesto Lumbreras y Fabio Morábito, a quien Chari y yo debemos su descubrimiento, al insertar un poema de ella en su última novela, El lector a domicilio.
Destacan también las páginas dedicadas a Rosella di Paolo, de la que, junto a algunas composiciones suyas, se publica su discurso de recepción del premio Casa de la Literatura Peruana a su trayectoria literaria.
Las ilustraciones pertenecen a Leo Matiz, uno de los grandes innovadores de la fotografía en Colombia y del fotoperiodismo del siglo xx. Cedidas altruistamente por su hija Alejandra, presidenta de la Fundación que lleva su nombre, forman parte del ciclo de Aracataca, el Macondo de García Márquez, y plasman, en palabras de Gerald Martin, «no solamente la resistencia y dignidad de los habitantes de la costa colombiana, sino también cierto halo mágico que los relaciona con su entorno de una manera muy específica y especial».
Completan el número su compatriota María Gómez Lara, nuestra invitada de hoy —con unos bellísimos y actuales monólogos de personajes del Quijote—, los españoles Lola Mascarell y David Leo García, además de la palestina Asmaa Azaizeh, traducida por Frances Simán. Esta joven traductora generosamente nos ha abierto la puerta, tan escondida, de la poesía de su país, Honduras.
Gracias a su indesmayable labor mediadora, sumamos dos nuevos libros a nuestra colección: El ladrido de los pájaros de José González y Papeles del solo de Rigoberto Paredes. Se trata de los primeros volúmenes antológicos editados en España de estos maestros de la lírica hondureña. Unidos por su sesgo irónico, los distinguen, sin embargo, sus estilos y enfoques. La poesía de José González, desconcertante e imaginativa, crea un mundo intransferible, trenzado por el sueño y la memoria. La de Rigoberto Paredes, más sombría y ácida, se caracteriza por un lúcido desencanto, de gran riqueza formal.
En definitiva, como los jóvenes personajes del Decamerón de Boccaccio que, encerrados en una villa idílica a las afueras de Florencia, se defienden de la peste de 1348 contándose cuentos unos a otros para aliviar sus penas y sus miedos, estos dos números de Palimpsesto son un modesto empeño por tender puentes en medio del gran aislamiento de la pandemia y, por ende, un refugio espiritual más necesario que nunca.
No solo en la música o la pintura surgen artistas precoces, también en la poesía, como es el caso de María Gómez Lara quien, a punto de cumplir 32 años, cuenta ya con tres libros publicados, dos de los cuales –Contratono y El lugar de las palabras– llaman la atención por su madurez humana y audacia literaria. Sus circunstancias personales, sin duda, habrán contribuido a ellas. Hija de un ex-ministro de Justicia de su país y de una renombrada periodista política, desde niña llevó guardaespaldas a todas partes y hace cuatro años fue operada de un tumor cerebral. Ambas experiencias le dieron muy pronto sensación de peligro, inseguridad e incertidumbre, que sus versos asumen sin tapujos:
Nadie nos quita la muerte
la llevamos en los huesos en la sangre
se nos cuela en los recodos de la piel
y se sienta a esperar
el momento de arrastrarnos
Antes de leer sus poemas, los escuché en su propia voz cuando, en octubre de 2020, clausuró on line las Jornadas de Poesía en Español de Logroño, dirigidas por Paulino Lorenzo, en las que yo también tuve el honor de participar. Como comprobarán ustedes ahora, la fuerza declamatoria de María se acompaña de una intensa expresividad física que, al menos a mí, me retrotrae, según los imaginé siempre, a antiguos juglares. Las modulaciones de la voz, sus cambios de tono, de volumen e, incluso, el dinamismo gestual, potencian la actitud agónica de esta poesía, agónica en el sentido etimológico de lucha, de esfuerzo titánico por transmutar el dolor en arte. Al leer sus poemas, me di cuenta de que, en aquella lectura riojana, nuestra joven poeta interpretaba una partitura hecha de versos largos y cortos, ajenos a las medidas clásicas, cuya flexible alternancia recoge los más sutiles sentimientos encontrados. Me refiero, especialmente, a El lugar de las palabras, su último libro hasta la fecha, concebido como un sui generis diario de la enfermedad, donde ella registra el proceso de sus altibajos anímicos anteriores y posteriores a la operación del tumor. Y lo hace con el habla de todos los días, a tumba abierta y el miedo a flor de piel. De ahí la extrema desnudez de esta escritura que, descargada de figuras retóricas, desprovista de mayúsculas y signos de puntuación, lo fía todo al ritmo de su afán comunicativo, en el que la alta temperatura emocional se templa un poco con las objetivas informaciones médicas, intercaladas en el discurso. Por esto, lúcida siempre ante la angustia que la embarga, nos confiesa:
yo
que tanto necesito explicaciones
trato de quedarme en lo concreto
Pero El lugar de las palabras no es solo un libro sobre el padecimiento de una grave enfermedad, sino también una reflexión sobre el lenguaje y el temor a perderlo. El carácter polisémico de este título alude tanto a la razón de ser de la poesía misma como al espacio que las palabras ocupan en el cerebro. Por consiguiente, si el lenguaje forma parte física del cuerpo, resultará tan frágil como este.
Contratono, su libro anterior, contiene poemas breves, de visos simbólicos y, por ende, menos narrativos. Sin embargo, ambos comparten esta aguda consciencia de la precariedad del cuerpo y de la materia entera:
recuerda que tienes cuerpo
porque la piel estalla
la cabeza se quiebra
y las manos tiemblan solas sin que puedas controlarlas
Se diría que el decidido desengaño de Contratono abona el terreno al realismo demoledor de El lugar de las palabras.
Heredera de la mejor corriente conversacional de Colombia, representada entre otros por Mario Rivero, Elkin Restrepo, Darío Jaramillo o María Mercedes Carranza, la poesía de María Gómez Lara está, como reza este verso suyo: