viernes, 9 de octubre de 2015

A TUMBA ABIERTA por Antonio Deltoro

Me es difícil escribir sobre la poesía de Francisco José Cruz por la adhesión y simpatía que tengo con ella. A tal sintonía cordial, se añade otra dificultad: sus versos dicen lo que dicen con justeza y verdad indudables, y puede uno quedar, si se atreve a una glosa, en ridículo. Por eso he permanecido, salvo alguna excepción, en silencio, escuchando germinar su belleza estricta, que no necesita más palabras que las suyas. Sin embargo, como los editores y el poeta mismo me pidieron el prólogo de Un vago escalofrío, por amor de lector y de amigo, no puedo rehusarme, pero lo haré a condición de que me permitan, cosa que no es usual en un prólogo, transcribir algunos poemas completos. Por otra parte, quisiera hacer una advertencia: me concentraré, casi exclusivamente, en una veta de la poesía de Francisco José Cruz y en la manera en que en este libro se hace más ancha, proliferante y profunda.
      El miedo, que en esta poesía desempeña un papel protagónico y por lo tanto muy característico e incluso estructural, es un miedo, paradójicamente, valiente. Nace de mantener una actitud que encara a la muerte desde la vertical, sin adornarla ni huirle. Esto se manifiesta, aun más allá de los títulos de los libros, en la sobriedad de las formas y en la diversidad de situaciones cotidianas, ordinarias y humanas que provocan sus versos, a los que rodea la muerte, a veces, por ejemplo, convertida en una mosca.
      No conozco otro caso de sequedad mayor, de adhesión a la realidad cruda, a ras de existencia, tan de frente, sin tapujos ni componendas, a tumba abierta, pero con piedad y simpatía, que los poemas de Francisco José Cruz. Sus formas, desde las más técnicas a las más personales, sus maneras de vivir y de enfrentarse al «espanto seguro de estar mañana muerto» llevan rima asonante, en grado humano, no son consonantes, a lo divino: ponen en versos medidos la incertidumbre. La belleza de esta poesía proviene de su humanidad rigurosa, atenida al sentido común, sin ornamentos, que sigue como línea la dignidad, que la hace posible y compatible con ella.
      Pese a que Francisco José Cruz ciñe el verso a la experiencia, logra que el verso nos hable de frente y al sesgo. Al sesgo nos dice una verdad poética; de frente, un hecho. A veces lo que nos dice al sesgo entra tan profundo como un machetazo de belleza; a veces también el hecho, no por cotidiano, es menos terrible. Creo que para él no hay hecho que no tenga su sesgo de misterio y de sueño, a veces de pesadilla.
      Un vago escalofrío se titula este libro. Dos libros anteriores de Francisco José Cruz se llaman: A morir no se aprende y El espanto seguro. En los tres títulos asoma el temor a la muerte y la fascinación ante nuestra predestinación a ella, que vuelve un misterio nuestra vida habitual y, a veces, incluso, un afortunado misterio, que se manifiesta con alegría (véase en este libro, por ejemplo, «Monólogo de la nieve»). El título de un libro anterior a estos dos, Maneras de vivir, parece que mira las cosas con otro fondo, pero en él también está la muerte, claro, vista desde las diferentes maneras de vivir, a través de las huellas que imprime a todo lo que vive.
      El verso del cual Un vago escalofrío toma el título pertenece al poema «Lamento de Lázaro». Quisiera valerme de este poema, que es el penúltimo del libro:

Qué desgracia, Jesús,
que tu así te dejaras
llevar por el inmenso
dolor de mis hermanas.

Ahora, en el fondo, nadie
desea estar conmigo
y a ellas mismas les doy
un vago escalofrío.

Te olvidaste de mí
ante la maravilla
de levantar mi cuerpo
e infundirle la vida.

Tu maldito poder,
ay, cómo me condena
a morir otra vez.

      La conciencia de su predestinación a la muerte le viene a Lázaro reforzada por su resurrección, de allí su terror y el terror de los que lo rodean: Lázaro, en este poema, no es un héroe, sino una víctima, un pobre hombre, un ser como todos, escogido como un ejemplo del «maldito poder». Incluso sus hermanas, que lo querían hasta el grado de provocar un milagro, le temen y le huyen. Hay otro poema, terrible y muy humano en un libro anterior, El espanto seguro, que vinculo con este de Lázaro:

Pesadilla

Mis padres murieron hace doce años.
A veces sueño que vuelven y que tratan
de vivir como si fuéramos los mismos

y desde entonces nada hubiera cambiado.
Cómo explicarles que ya no tienen casa,
que muebles y dinero los repartimos,

naturalmente, entre todos los hermanos.
Nos miramos sin decir una palabra
hasta que me despierto con gran alivio.

      Regresar de la muerte a la vida implica un estigma y un desastre, porque lo natural, aunque terrible, es ir de la vida a la muerte: para vivir tenemos que dar la espalda a los muertos (a los padres, sobre todo), desolidarizarnos con ellos y asumir que esto mismo tendrán que hacer los que nos sobrevivan. Hay un poema sobre este asunto en este libro, «Testamento» (que por cierto está escrito en liras, como varios de este libro, entre ellos, el inicial y el final) y recuerdo un poema sobre el mismo tema de A morir no se aprende, «Imaginaciones mías», del que transcribo, como excepción, solamente un fragmento:

Y en el sopor severo
de la siesta, imagino
que he muerto hace unos meses
y que tras el desorden
y el dolor de semanas
incrédulas, absortas,
mi mujer reanuda su vida con la niña
como antes de morirme.

      La vida está irremediablemente aquí, de este lado, y nada ni nadie nos puede decir que pasa, si algo pasa, al otro lado, pero esto no puede dejar de inquietarnos y de ser asunto de especulación y pesadillas. La poesía de Francisco José Cruz abunda en especulaciones y pesadillas de lo que les sucede a algunos seres que sobreviven la existencia a la que estaban destinados y continúan viviendo o muriendo en un nicho, como Lázaro, separados de todos los seres que solo viven y mueren una vez. Hay innumerables poemas y seres de este tipo en la poesía de Francisco José Cruz. Aunque esto sucede de forma especial en Maneras de vivir, también en Un vago escalofrío hay unos cuantos, pero me estoy distrayendo y, de paso, distrayendo al lector.
      En casi todos los poemas de Francisco José Cruz hay una comprensión lúcida y terrible, al tiempo cómplice y piadosa, de lo que significa vivir la muerte en carne viva. En una entrevista, que le hicimos Fabio Morabito y yo, con motivo de su libro Maneras de vivir, a una pregunta sobre la influencia del flamenco en su poesía, citaba una copla anónima de los gitanos andaluces que contiene tanto la perplejidad ante la muerte como la economía de recursos a la que aspira nuestro poeta:

Qué quieres que tenga,
que m’han dicho qu’a tu cuerpo
se lo va comé la tierra.

      Este asombro, del que nunca se acaba de salir, adquiere en Un vago escalofrío una particularidad notable. En sus páginas la muerte acecha a una pareja de amantes y amenaza dejar al que quede con vida en un desamparo incomparablemente mayor que la muerte. En Un vago escalofrío, la condena a una terrible sobrevida, a morir dos veces como Lázaro, a un espantoso paréntesis entre la muerte y la muerte, se condensa en la certeza de que se disolverá el vínculo de por vida entre el poeta y su mujer: solo es cuestión de tiempo.

El abrazo

Este miedo a quedarnos
el uno sin el otro,
a no morirnos juntos

—hagamos lo que hagamos,
aunque estemos absortos
cada cual en lo suyo—

nos trenza en un abrazo
tan carnal y redondo
que da la vuelta al mundo,

como si así los años
no pasaran del todo
mientras seamos uno…

hasta que ya el cansancio
de la vida, a su modo,
desate nuestros músculos

y quede entre mis brazos
tu ausencia sin contorno
o la mía en los tuyos.

      En Un vago escalofrío, desde un punto de vista y de ánimo diferentes, se reitera, en varios poemas, el tema de la separación de los amantes. Pero ya en El espanto seguro hay un poema que lo trata:

Coplilla de amor

Quédate conmigo,
no me faltes nunca,
que me vaya yo antes
por mucho que sufras.

      En este tema, como en otros cuantos, Francisco José Cruz se repite para profundizar. En un mundo que tiende a abarcar, a engrandecerse, a presumir, a hincharse, a desparramarse, a no contenerse, que admira al ambicioso, al hombre que se afana y tiene metas, Francisco José Cruz permanece en sí mismo, fiel a sus afectos, no se mueve demasiado: ¿para qué, si la tierra se mueve y con ella los muertos y los vivos? Tampoco es partidario de cambiarse de máscara:

No te quites la máscara

No te quites la máscara,
confúndete con ella
hasta ajustártela
célula a célula.

No te la quites
ni en soledad siquiera,
para que olvides
que la tienes puesta.

No te quites la máscara
aunque suenen huecas
a veces tus palabras
a través de ella.

No te la quites nunca
ni pruebes otras nuevas,
confórmate con una,
la que mejor te queda.

      De aceptar la máscara, en su búsqueda de unidad y duración, de congruencia con sus modos y maneras, Francisco José Cruz adopta solo una. Lo caracteriza la identidad con él mismo durante, que yo sepa, toda la vida, exigiéndose una conducta, una forma de ser que vive el binomio poesía y verdad como vive el amor, la pareja protagonista de su libro, o de por vida.
      Así como todos sus libros están dedicados a su mujer, en todos se rinde tributo al romance: al «romance, río de la lengua», como diría Juan Ramón Jiménez, presencia tutelar de la relación amorosa que está en el fondo de este libro. En Un vago escalofrío hay muchos romances (como hay muchas liras y canciones), entre ellos uno, cuyo título es el que sigue: «A Jaume d’Olesa, quien en 1421, siendo estudiante en Bolonia, copió el romance más antiguo que se conserva». Conjeturo que, escritos para durar, para permanecer en la memoria, algunos de los poemas que contiene este libro, al igual que el romance copiado en el siglo xv, perdurarán, quizás anónimos, dentro de seis siglos, inmersos en el río de la lengua.
      Los poemas de Francisco José Cruz, generalmente pequeños, con rimas asonantes, distribuidos en estrofas, tienen una estructura muy sólida, bien pensada. Están sentidos con mucho tiempo, con una actitud que practica la congruencia y la fidelidad, a la que asombra, sí, la diversidad, pero sobre todo que cada uno sea uno. Cada poema de Francisco José Cruz, de igual manera, aspira a ser uno, con contornos, con rasgos, con una ley y una manera de ser. Me asombra en esta poesía su capacidad para darnos un mundo complejo y poblado, con seres que se pueden individualizar, al mismo tiempo que son productos de una perseverancia en la verdad que rechaza sin contemplaciones la mentira: los versos de Francisco José Cruz nos sueltan verdades muy fuertes, justo porque son las que todos los hombres enfrentamos; las expone encarnadas y amargas, sí, pero en poemas muy bellos, cada uno con su materia y su sueño.
      La idea que Francisco José Cruz tiene del poeta es la de un ser responsable, por eso es reacio a la pose o a la presunción en el poema o fuera de él. Le bastan las personas y las cosas mas próximas, habitantes de una geografía sentimental de radio pequeño, pero sentida y pensada con profundidad, que toca al lector para siempre. Le bastan también unas pocas formas que mezcla con maestría. Todo lo que escribe revela al andaluz seco, no florido, cuyo aspecto es el del junco bien plantado en medio de una corriente de agua; por mucho que se mueva siempre vuelve a la vertical y no pierde la compostura. A Francisco José Cruz esta posición le viene, en gran parte, de la conciencia de que esta única vida, que irremediablemente está destinada a un final, hay que salvaguardarla con honor para hacerla muy digna. Este honor, que no es el del señorito, sino el del hombre que sabe que va a morir y se comporta, es el que le exige las formas, al mismo tiempo sobrias y musicales, que su poesía practica.
      Ya a punto de terminar este texto me doy cuenta de que he bordeado una idea que no me he atrevido a decir plenamente y en pocas palabras: Un vago escalofrío es, fundamentalmente y por encima de todo, un libro de amor, de un amor no simultáneo, sino único, a una mujer y a la poesía:

Desde entonces

Como leemos juntos
desde hace tanto tiempo,
ya tu voz son mis ojos
y al oírte hasta veo
los espacios en blanco
y la pausa final de cada verso.

Así, de línea en línea,
como en lúcido sueño,
nos fundimos en uno
durante todo el texto
hasta oírme en tu voz
y tú callarte en mi absorto silencio.

Una noche de agosto,
frente al mar sanluqueño,
sacaste de tu bolso
un librito de versos
de Juan Ramón Jiménez,
cuyas hojas aún las mueve el viento.

Me leíste —leímos—
un rato en el paseo
marítimo. Esa noche
la carne se hizo verbo
o el verbo se hizo carne
y desde entonces vivimos completos.


Ciudad de México, febrero de 2015

Prólogo a Un vago escalofrío de Francisco José Cruz (Editorial Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá, 2015).

martes, 8 de septiembre de 2015

HOMENAJE A EUGENIO MONTEJO

© Mª Esther Almao

Algunas palabras sobre Eugenio Montejo
por Francisco José Cruz

Me resulta tan grato como difícil hablar de Eugenio Montejo, maestro y entrañable amigo durante sus últimos dieciséis años, en los que la admiración y el afecto se hicieron uno dentro de mí. Al evocarlo, me embargan la emoción por su ausencia y el temor de no estar a la altura de su recuerdo. Ausencia y recuerdo, esos dos vasos comunicantes de su indeleble obra poética, donde la vida y la muerte borran sus fronteras en un acto de compasiva rebeldía contra el paso del tiempo, haciéndonos sentir, mediante una honda memoria afectiva, parte de un todo que gira confiado con la Tierra.
      Compartí con Eugenio Montejo vicisitudes de toda índole para darme cuenta del estrecho correlato existente entre su poesía y su vida, alimentándose la una a la otra sin solución de continuidad. En este orden de cosas, me viene a la memoria la primera vez en que Chari y yo –meses después de recibirlo en nuestra casa de Carmona junto a Aymara, su mujer y a su hijo Emilio– lo visitamos en la suya de Lisboa, ciudad donde, a finales de 1992, aún ejercía de consejero cultural en la Embajada de su país. En aquellos familiares días en los que nuestra amistad iba arraigando, comprobé el celo con que llevaba a cabo sus tareas diplomáticas, difundiendo la excelencia artística venezolana con el mismo esmero con que leía a un poeta querido o cuidaba de sus propios versos. Siempre relacioné este fervor natural suyo –tan afín a la idea del trabajo gustoso defendida por Juan Ramón Jiménez– con esa suerte de discreta habilidad que empleaba para sembrar nuevas amistades entre unos y otros.
      Así, Eugenio me habló del proyecto musical de Chamario conforme iban surgiendo las canciones del Taller de los juglares, mucho antes de que yo escuchara y apreciara sin paliativos la loable labor artística de Andrés Barrios y Bartolomé Díaz Sahagún, a quienes, gracias a Aymara Montejo, conocí precisamente en el apartamento donde vivió con ella nuestro añorado amigo. Allí fructificó la semilla del cariño que siento hoy por estos entusiastas músicos.
      Según una nota de Eduardo Polo, «escribir para niños es algo perfectamente serio». Esta atinada frase afianza mi idea de que los lúdicos poemas del Chamario, con sus invenciones verbales –siempre dentro, sin embargo, de moldes clásicos– y su tierno humor, reflejan a la vez la rigurosa libertad creadora de Eugenio Montejo y su abierta predisposición al misterio del mundo, cualidades humanas opuestas por completo al monolítico discurso del poder, incapaz siquiera de una broma. Se diría, leyendo o escuchando las ingeniosas historias del Chamario, que el amor por la vida nace de su atrevido juego de palabras, mecidas por viejos y sencillos ritmos.
      ¡Cuántas veces he deseado saber la opinión de Eugenio Montejo sobre este o aquel libro y contarle cualquier circunstancia de mi vida diaria! Desde su muerte, imagino con frecuencia sus respuestas y sus prudentes consejos, como el que me dio en un momento en que me notaría demasiado intransigente con algún error mío: «Fran, tienes que ser más cordial contigo mismo». Es esa cordialidad machadiana la que animó mi trato personal con Eugenio Montejo, cuyo ejemplo moral y estético procuro no olvidar nunca.
      En diciembre de 2011 escribí «Cantos de un triste gallo», poema aún inédito en que el carácter claustrofóbico de mi poesía se da la mano con la condición fantasmal de la suya. Quizá mejor que esta titubeante semblanza, mis versos expresen hasta qué punto me acompaña su magisterio:

Cantos de un triste gallo
  
Cantos de un gallo llegan hasta aquí
desde cualquier azotea cercana,
cantos de un triste gallo que enjaulado
ni tendrá espacio para abrir sus alas.

Lo imagino sin hembras ni corral,
haciendo de su canto una plegaria
a quien pueda escucharla como yo
o acaso solamente a la mañana.

Canto febril de un gallo solitario
que en estas calles no me lo esperaba,
calles donde lo propio es ya el ruido
de los coches y las motos que pasan.

Gallo que en versos de Eugenio Montejo
es un eco remoto de la infancia,
cuyo canto se enreda en las antenas
de ciudades insomnes o sonámbulas.

Cantos de un gallo como agudos gritos
llegan intermitentes a mi casa,
gallo sin grito cuando al fin lo maten
para esta Nochebuena,
                                              si lo matan.

Texto leído en el acto de homenaje
por Bartolomé Díaz Sahagún

© Rafael Hernández
Andrés Barrios © Mª Esther Almao
© Rafael Hernández
Bartolomé Díaz Sahagún © Rafael Hernández 
© Rafael Hernández
© Mª Esther Almao
La guitarra Aixa © Mª Esther Almao

Biblioteca Los Palos Grandes, Sala Eugenio Montejo, Caracas, 2 de julio de 2015

lunes, 10 de agosto de 2015

CARRERA DE CABALLOS

                                            Playa de Sanlúcar de Barrameda

Aquel caballo que en mi infancia
a mitad de carrera se partió
las patas delanteras,

cada verano se levanta
y se confunde con los que ahora mismo
galopan en tropel hacia la meta.

Cuando el sol se ponía
sobre la bajamar, en una tarde
tan expectante como ésta,

aquel caballo lo tumbó
de una inyección letal mi tío Fernando
para que no sufriera.

Cómo me impresionó cuando sentí,
entre el revuelo de la gente,
su cuerpo golpear
                                  contra la arena,

el que cada verano se levanta
para correr con los caballos
que ya cruzan la meta.



Publicado en Sibila, revista de arte, música y literatura, nº 44 (Sevilla, octubre de 2014) e incluido en Un vago escalofrío (Bogotá, 2015)

miércoles, 1 de julio de 2015

PALIMPSESTO 30 celebra su XXV aniversario con el concierto LAS IDAS Y LAS VUELTAS

© JM Rodríguez Muniz
© Fernando Romero
Juan Ávila (alcalde de Carmona) y Francisco José Cruz. ©JM Rodríguez Muniz

PALIMPSESTO 30

© JM Rodríguez Muniz
Con el nº 30, Palimpsesto cumple veinticinco años de existencia ininterrumpida, gracias al permanente y exclusivo patrocinio de las sucesivas corporaciones municipales. Esta fidelidad nos ha permitido, con el tiempo, afianzar aspectos técnicos y afinar los criterios estéticos hasta encontrar un espacio propio dentro de la vorágine literaria del presente. Recuerdo que cuando salió el primer número, en la primavera de 1990, aún no estaban abiertas ni la Biblioteca ni la Oficina de Turismo y que nuestra revista era la única publicación periódica bajo los auspicios del Ayuntamiento, como lo es hoy, aunque, a diferencia de entonces, Carmona ofrece ahora una variada oferta cultural a la altura de sus consolidadas instituciones. Así pues, al cabo de un cuarto de siglo, Palimpsesto, desde la inevitable marginalidad de la poesía, forma también parte del cada vez más rico mosaico de esta ciudad pentamilenaria.
      Toda fecha redonda es digna de destacarse y, más aún, si tenemos en cuenta que, salvo meritorias excepciones, la vida de las revistas literarias suele ser muy corta, ya por falta de sustento económico, por desavenencias entre sus miembros o por ponerse al servicio de movimientos o escuelas que pronto se agotan. Esta fugacidad, sin embargo, contrasta con la constante proliferación de nuevas revistas. Sin este fenómeno editorial, no se entendería cabalmente la compleja historia de la poesía contemporánea: una revista, por modesta que sea, hecha con el debido rigor, favorece el diálogo entre poetas de diversos países, generaciones e idiomas, en aras a la imprescindible continuidad del legado poético y, por ende, de la memoria escrita de tantos autores olvidados.
      Para celebrar la sostenida trayectoria de Palimpsesto, de acuerdo con su vocación hispanoamericana, ilustran las páginas de este número imágenes que, procedentes de diversos campos artísticos, nos hablan de un fructífero mestizaje entre España y los pueblos del nuevo continente, cuyo encuentro, desde 1492, a la vez con felices y penosas consecuencias (como siempre ha ocurrido en la historia del hombre), irriga decisivamente todos los ámbitos de la vida, empezando y acabando por el de la lengua, pues, como bien dicen estos versos de Eugenio Montejo, «algunas de nuestras palabras / son barcos cargados de especias; / vienen y van según el viento / y el eco de las paredes. // Otras tienen sombras de plátanos, / vuelos de raudos azulejos / […] Detrás de todas queda el Atlántico».
      La colaboraciones de este número, de un modo u otro, ponen de manifiesto este sin par sincretismo creador. Así, Beatriz Barrera, profesora de la Universidad hispalense y estudiosa de la literatura colonial, nos presenta al desconocido poeta Luis de Ribera (nacido en Sevilla a mediados del siglo XVI), quien en su juventud viajó a México y Perú, donde escribió sus Sagradas poesías, salpicadas de alusiones bíblicas de insólito erotismo. El impecable ensayo sitúa a la obra de Ribera en su contexto histórico e intercala, al hilo de sus explicaciones, algunos de sus sonetos más llamativos.
      Al contrario de Luis de Ribera, el poeta colombiano Jaime Jaramillo Escobar ha ejercido gran influencia en el curso de la poesía colombiana desde su primer libro, Poemas de la ofensa, aparecido en 1968. Por este motivo, Robinson Quintero Ossa mantiene una chispeante conversación con Jaramillo Escobar en torno a los peligros y hallazgos, defectos y virtudes de la obra inicial de un autor novel. El hecho de que el entrevistador se enmascare en la figura ficticia de un maestro de taller de poesía, pensando en sus jóvenes alumnos, le da al diálogo una perspectiva desacostumbrada.
      Acompañan a estos dos amplios bloques poemas del mexicano Antonio Deltoro (hijo de españoles exiliados tras la guerra civil), en los que el asombro y la lucidez se entreveran con la ironía metafísica y una lúdica aceptación de la vejez; del cubano, afincado en Estados Unidos, Alejandro Anreus, donde se unen el tono coloquial y el carácter ético; de la italiana Patrizia Cavalli, de gran densidad introspectiva, traducidos por Fabio Morábito; del español Antonio Moreno, imbuidos de meditación contemplativa; de la jovencísima chilena Micaela Paredes, cuyo dominio formal augura un prometedor mundo propio; del músico y artista plástico venezolano Andrés Barrios, que con su tono desenfadado, grotesco e irreverente se ríe de toda trascendencia y, al hacerlo, pone de relieve nuestras vergüenzas y debilidades, al estilo de un viejo juglar. Abre el número un conjunto de veintisiete poemas breves del maestro chileno Pedro Lastra, titulado «Transparencias», donde una admirable decantación expresiva recoge un personal mundo de silenciosas perplejidades en que la frontera entre el sueño y la vigilia se difumina.
      En las últimas páginas de la revista, el poeta cubano Manuel Díaz Martínez conmemora los cien años de la Antología de Spoon Rivers, libro único de la poesía en lengua inglesa y, por ende, del siglo XX, escrito por el estadounidense Edgar Lee Masters, cuyos poemas son monólogos en forma de epitafios, a través de los cuales los mismos muert0s, ya libres de las obligadas apariencias de la vida, narran entre todos la intrahistoria de un pequeño pueblo de su Illinois natal, con sus miserias y grandezas cotidianas, resultando un gran friso de la sociedad de la época, compasivo y crítico a la vez.
      Si cosmopolita es el contenido de la revista, lo es también la poesía del puertorriqueño Luis Palés Matos (1898-1959), de quien el escritor Toni Montesinos ha preparado para nuestra colección una muy cuidada antología de sus poemas. La poesía de Palés Matos alterna el tono intimista en serenas y equilibradas estructuras clásicas con la desatada voluptuosidad de los ritmos afrocaribeños, donde el verso suena de tal manera que podría bailarse, dejándose llevar a un tiempo por el ir y venir de las poderosas imágenes del trópico.
©JM Rodríguez Muniz

PALIMPSESTO CON LAS IDAS Y LAS VUELTAS

Arcángel  ©JM Rodríguez Muniz   
Pocos conciertos habrá más idóneos para celebrar las Bodas de Plata de Palimpsesto con la poesía del nuevo continente que Las idas y las vueltas, cuyo título ya evoca el incesante trasiego cultural entre las dos orillas del Atlántico desde los viajes colombinos. Resulta tan frustrante hablar de música con un lenguaje ajeno a ella, cuando lo suyo es escucharla, que uno tiene la tentación de callarse y dar paso inmediato al espectáculo. Sin embargo, nunca está mal ponerse en situación, máxime, como es el caso, si el arriesgado propósito y singular hallazgo de esta obra lo sugieren. Dirigida por Fahmi Alqhai e interpretada por Arcángel y la Accademia del Piacere, en ellas dialogan, con una desenvoltura sin precedentes, la música colonial del barroco y el cante jondo, dos estilos tonales y temáticos tan distintos que parece imposible que entren en contacto sin caer en una especie de fusión caprichosa o aleatoria sucesión de piezas. Lejos de dar esta impresión, la riqueza de ambos mundos musicales, sin renunciar a sus características ni interferir uno en el otro, logra que el flamenco y la música antigua compartan el espacio de una misma canción y que alternen en una continuidad armónica, gracias a la dulzura y versatilidad de Arcángel, cuya voz alcanza por momentos acentos líricos, y a la sintonía de las violas de gambas con la guitarra flamenca, capaces de acompañarse mutuamente, pasando de las delicadas insinuaciones cortesanas del violín a los duros rasgueos raciales de la guitarra hasta convencernos de la necesidad de esta insólita comunión melódica.
Fahmi Alqhai ©JM Rodríguez Muniz
Entre la 
toná del comienzo y la alegre guaracha-guajira del final van y vienen por las ondas sonoras y atlánticas granaínas, romances, folías, siguiriyas y alegrías para crear un océano musical y poético, que es el privilegio de las culturas mestizas como la hispanoamericana. Les dejo ya con este bellísimo concierto, recordando estas palabras de Miguel de Cervantes –quien no pudo cumplir su reiterado deseo de ir a América–, puestas en boca de la hermosa Dorotea, fino personaje del Quijote, de cuya segunda parte se conmemora este año el IV centenario de su publicación: «La música compone los ánimos descompuestos y alivia los trabajos que nacen del espíritu». Con ustedes, Las idas y las vueltas.

©JM Rodríguez Muniz
©JM Rodríguez Muniz
©JM Rodríguez Muniz
© Fernando Romero
Rami Alqhai, Johanna Rose, Fahmi Alqhai, Arcángel, Dani de Morón y Agustín Diassera  © Fernando Romero
Chari Acal, Fahmi Alqhai y Fran Cruz  © Fernando Romero
Rami Alqhai, Arcángel, Fran Cruz, Chari Acal y Juan Ávila (alcalde de Carmona)
© Fernando Romero
Celebrando el XXV aniversario de Palimpsesto con los amigos en la Sala Iluminada, Alameda Alfonso XIII
© Fernando Romero

VÍDEOS:

Presentación de Palimpsesto 30  © KARCOMEN


TELEVISIÓN CARMONA: http://play.televisioncarmona.es/v/Uq1bx0OcCZGGhQBuc3/



"Las morillas de Jaén"  © KARCOMEN


Fahmi Alqhai y Arcángel hablan de Las idas y las vueltas © KARCOMEN

"¡Ay, que me abraso!" Guaracha-guajira © KARCOMEN



Carmona, 5 de junio de 2015

lunes, 1 de junio de 2015

Jornadas en homenaje a CARLOS GERMÁN BELLI

Cal, arena, carne y alma
ENCUENTRO CON EL POETA CARLOS GERMÁN BELLI
Casa de América, 19 de mayo

Carlos Germán Belli y Francisco José Cruz en el Sala Wilfredo Lam de Casa de América
 Fran Cruz, Chari Acal, Carlos Germán Belli e Inmaculada Lergo (directora de las jornadas)
Inmaculada Lergo, Mario Vargas Llosa, Carlos Germán Belli y J.M. Caballero Bonald
VÍDEO: 

Mañana, tarde y noche
RECITAL POÉTICO
Residencia de Estudiantes, 20 de mayo

Jesús Munárriz, Carlos Germán Belli y Fran Cruz

En alabanza de Carlos Germán Belli
por FRANCISCO JOSÉ CRUZ

Fran Cruz presentando la lectura de Carlos Germán Belli
Reconozco que en mi titubeante juventud literaria no estuve, ni mucho menos, a la altura de la exigente obra de Carlos Germán Belli. Por este simple motivo, tardé bastantes números, o sea años, en publicarlo en Palimpsesto, revista de poesía que, bajo los auspicios municipales, fundamos en Carmona Chari –mi mujer– y yo en 1990, y de la que por estas fechas se cumple su veinticinco aniversario. Sólo cuando, pasada una década, mi añorado Eugenio Montejo me lo presentó en Sevilla, donde ambos participaban en unas jornadas poéticas organizadas por la Universidad Menéndez y Pelayo, en otoño de 2000, empecé a interesarme de verdad en su escritura y tuve el honor de editar en 2003, dentro de la colección Palimpsesto, anexa a nuestra revista, ¡Salve, Spes!, uno de los grandes poemas de largo aliento escritos en nuestro lengua. Desde entonces, no he dejado de hincarle el diente a los prolijos versos del maestro peruano con insaciable fruición golosa. El trato, a la vez discreto y cálido, de Carlos Germán Belli, siempre más atento al prójimo que a sí mismo, fue un grato acicate para entrar por fin en su poesía, en la cual advertí, junto a otras tantas cosas, la íntima correspondencia entre su modestia personal y la del atribulado hablante de sus poemas, cuya condición marginal –presente en más de un sentido en su obra– asoma ya en las entreveradas expresiones en desuso de sus conversaciones como ecos de su timidez e inusual cortesía.
      Pero, naturalmente, mi devoción por sus versos y su desprendida actitud ante ellos no la sostiene nuestra ya larga y entrañable amistad. Aquel lejano encuentro hispalense, al que le siguieron otros en Cajamarca, Lima, México, Guadalajara, Texas, Madrid o Carmona, coincidió con mi creciente necesidad creadora de cultivar y rehacer a mi manera ciertas formas cerradas de la tradición. En esta búsqueda, encontré un oportuno e indispensable estímulo en el exacto equilibrio estrófico de su poesía, tan nutricia y tentacular como abarcadora. Este afán constructivo acoge y moldea contenidos tan singulares y ricos en perspectivas imaginativas que contagian a estas rígidas estructuras de una elasticidad insólita.
      Por sus planteamientos formales y consecuente visión de la vida, la obra de Carlos Germán Belli posee un carácter único, sin parangón en la poesía actual de nuestra lengua. La amalgama de sus registros, provenientes de distintas épocas –sobre todo de la barroca–, desarrolla un vasto y dinámico mundo propio, capaz de autoabastecerse a través de sus afinadas correspondencias en todos los niveles de la escritura, cuyas exigencias recompensan con creces los esfuerzos del lector para no perderse un ápice de la riqueza expresiva de esta poesía, que va de un aplastante sentimiento de insignificancia a una entrelazada plenitud amorosa y espiritual.
     Al lado de causas personales, dos procedimientos aglutinantes favorecen, a mi juicio, dicha evolución: la metamorfosis y el aparente anacronismo del lenguaje. La primera ya alienta en los tempraneros y tenebrosos poemas de Belli, imbuidos de desazón kafkiana. La ductilidad imaginativa –que del claustro materno al más allá transita por todos los tiempos y los tres reinos naturales– irá minando, poco a poco, el pesimismo a ultranza y la demoledora falta de autoestima, sin que para ello sea necesario renovar las imágenes. A partir de Oh Hada Cibernética (1962) Belli adoptó, sin abandonarla ya más, su inconfundible amalgama de recursos retóricos, donde arcaísmos, neologismos, pronombres enclíticos e hipérbatos, al convivir con la jerga peruana, frases hechas e imágenes ultramodernas, conforman un intrincado espesor verbal y sintáctico que en ningún caso rebaja la emoción del poema, sino que la potencia, como si la calidad humana de su contenido emanara íntimamente de tan compleja estructura. Por esto, la apariencia anticuada de este abigarrado estilo refuerza tanto la situación degradada e incluso despersonalizada del hablante como anticipa las pautas para salir de ella. Hasta que Belli no empieza a usar la estrofa regular, con su inalterable distribución métrica, los poemas dominados por el resentimiento y el fracaso –aunque dentro de su tono más propio y de una medida fija– son breves, concentrados, casi constreñidos, acordes con el exabrupto, la queja o el desahogo. La aparición de la estrofa –conductora de un lenguaje cada vez más proteico y rico en paladeables aliteraciones, herederas del mejor modernismo– revela un afán orgánico que, sin modificar de inmediato la visión negativa de las cosas, aumenta la confianza del hablante en sí mismo y, subrepticiamente, amplía la mirada del poema en consonancia con su mayor o menor despliegue formal. Así pues, la amplitud de miras ayuda a descubrir los aspectos positivos de la vida –antes escamoteados por sistema–, sus goces efímeros y, más adelante, coincidiendo con las extensas estancias petrarquescas, el deleite amoroso, donde la amada es carnal y celeste a la vez, fruto de una visión deudora de la mística.
     Sin embargo, ciertos altibajos anímicos no desaparecen del todo de la poesía de Belli, pero alcanzada la transformación vital, incluso los poemas más desengañados, mantienen un fondo compasivo y paciente que los distinguen del nihilismo, la ironía corrosiva y el humor negro de sus libros iniciales. En dicha conversión interior –que va de la intrascendencia a la trascendencia–, los temas y los símbolos tópicos de este mundo poético, como el bolo alimenticio o el Hada Cibernética, sin dejar de ser centrales, adquieren un sentido ambivalente de carencia o placer según los casos. De ahí que los poemas de madurez hagan frecuentes guiños a los de juventud en pos de una indeleble unidad y de una suerte de propósito de enmienda, que es también esta obra.
      Sus recreaciones de determinados esquemas clásicos –que suponen una vuelta de tuerca y una llamada de atención crítica sobre la progresiva pérdida de significación formal del poema– separa la obra de Belli de la de compañeros de su generación como Blanca Varela, Jorge Eduardo Eielson o Javier Sologuren, aunque comparta con ellos su afán renovador y sus comienzos vanguardistas, cuya impronta está dentro de algunos de sus mecanismos expresivos, y justifica su atrevida decisión de volver hacia atrás.
      La poesía de Carlos Germán Belli está a la vez dentro y fuera de nuestro tiempo, aquí y allá hasta anudar las dos orillas del Atlántico. Por ello, sus hospitalarias estrofas, cerradas como entrañables refugios contra los embates de la vida y recitadas por él con su particular y demorado tono salmódico, nunca nos dejan solos ante las eternas incógnitas.
Carlos Germán Belli, firmando ejemplares de su antología
Estos que son aquí (Point de Lunettes, Sevilla, 2015)
Fran Cruz con el poeta Jesús Munárriz (director de la editorial Hiperión)

VÍDEO:



Carlos Germán Belli, el poeta del Hada Cibernética
EXPOSICIÓN BIBLIOGRÁFICA
Instituto Cervantes, 21 de mayo

Rafael Roncagliolo (embajador del Perú en España), Carlos Germán Belli,
Alonso Ruiz Rosas (director del Centro Cultural Inca Garcilaso) y Víctor García de la Concha (director del Instituto Cervantes)
¡Salve, Spes! (col. Palimpsesto, Carmona, 2003), entre las demás ediciones del maestro peruano expuestas en la vitrina.

VÍDEO:


Fran Cruz conversa con la profesora Inmaculada Lergo (comisaria de la exposición)
Francisco José Cruz con el poeta peruano Alonso Ruiz Rosas (director del Centro Cultural Inca Garcilaso del Ministerio de Relaciones Exteriores del Perú)
Carmela Benavente de Belli, Carlos Germán, Chari Acal y Fran Cruz en la Residencia de Estudiantes
Madrid, del 19 al 21 de mayo de 2015