jueves, 10 de marzo de 2022

ANTONIO REQUENI, POETA DE LAS EMOCIONES. Entrevista de Francisco José Cruz

Conocí a Antonio Requeni en mayo de 2017, cuando, movido por su afición viajera, decidió venir desinteresadamente a Carmona, acompañado de su esposa Virginia, para presentar en la casa palacio de los Briones —centro cultural de la Universidad Pablo de Olavide— su libro antológico
La palabra en el tiempo, que acabábamos de publicar en el nº 32 de la colección Palimpsesto. La intensa convivencia de aquellos días me confirmó la entrañable impresión que de él me causaron nuestras anteriores llamadas telefónicas. Así pues, me encontré con un hombre afable, bondadoso, tierno, ajeno a cualquier forma de vanidad y con una curiosidad por todo, impropia de sus 87 años. Su talante machadiano, receptivo y antidogmático se trasluce tanto en sus versos —imbuidos de lúcida y emotiva claridad– como en su acogedor trato humano. En febrero de 2018, aprovechando una invitación a Marruecos, volvió a visitarnos y pasamos juntos unas jornadas inolvidables para Chari y para mí, colmadas de conversaciones y de paseos por las encaladas calles del casco antiguo. Su entusiasmo y dinamismo parecían defenderlo del paso del tiempo. Al igual que el protagonista de El vejestorio, la novela inacabada de Italo Svevo, Antonio Requeni podría decir, de acuerdo con su íntima actitud vital, que «se me olvidaba que soy un viejo yo mismo». Poco después de su regreso a Buenos Aires, como si no se hubiera ido del todo de nuestra ciudad, nos envió este sentido romance de ocasión, inspirado en la densa niebla de aquella fría mañana de febrero en que nos asomamos a la entonces invisible vega carmonense:

                                          ROMANCE DE CARMONA

                                                                                            A Fran Cruz, que dictó los dos
                                                                                           primeros versos de este poema


                                         Tras el telón de la niebla
                                          se pone a cantar un gallo
                                          y la niebla se ilumina
                                          si el gallo sigue cantando.
                                          Carmona se despereza
                                          y murallas y palacios
                                          dialogan de piedra en piedra
                                          donde crece el jaramago. 
                                          La luz resbala en el aire
                                          y el ocre de los tejados
                                          mientras sus calles caminan
                                         –todas pintadas de blanco–
                                          Fran Cruz y su esposa Chari
                                          cogiditos de la mano.
                                          Los dos caminan, caminan,
                                          como en un silencio mágico.
                                          ¿A dónde los llevará
                                          la brújula de sus pasos?
                                          Fran Cruz y Chari visitan
                                          el taller de un artesano
                                          (poeta de la madera)[1]
                                          o la imprenta donde, acaso,
                                          le dan vida al Palimpsesto
                                          que aparecerá en verano.

                                          La niebla se ha descorrido.
                                          El día está levantando
                                          el oro de su mañana.
                                          Por el laberinto blanco
                                          de las calles de Carmona
                                          ellos siguen caminando.
                                          Fran Cruz y Chari caminan
                                          cogiditos de la mano.
                                          La ciudad se despereza.
                                          Y el gallo sigue cantando.

—Hijo de padres españoles emigrados a la Argentina, naciste en 1930 en la capital bonaerense, donde siempre has vivido, excepto desde los dos a los cinco años, cuando te trasladaste a España con tu familia para volver a tu país natal justo antes del comienzo de la Guerra Civil. ¿Qué impresiones o experiencias concretas te acompañan aún de tu infantil etapa española?

—A principios de 1933, mis padres, los dos valencianos, decidieron regresar e instalarse en Valencia con sus dos hijos: yo no había cumplido aún los 3 años y mi hermano era un año mayor. En Valencia nació mi hermana María Teresa. A mi padre no le fue bien económicamente y, en 1935, regresamos a Buenos Aires, pero siempre con la idea de volver a España. La Guerra Civil y la segunda guerra europea determinaron que nos quedáramos definitivamente en Buenos Aires. De Valencia solo conservo vagos recuerdos: la calle donde vivíamos, que se llamaba Gutenberg (¿una premonición?), un paseo por la Albufera y otro por la playa de la Malvarrosa. También unos carnavales en Ibiza, donde vivimos algunos meses. Un hermano de mi madre fue alcalde de la isla. No creo que esos dos años en España hayan tenido influencia (yo era muy pequeño), como la tuvieron después el ambiente familiar, el habla castiza de mis padres y las evocaciones nostálgicas, sobre todo de mi madre. Eso debe haber obrado en mi mente infantil con mayor intensidad.

—Háblame del ambiente familiar en que creciste y si favoreció de algún modo tu incipiente vocación literaria.

—Mi abuelo paterno, Antonio Fornes (yo me llamo Antonio por él) era dueño del café y restaurante Habana, en el centro de Valencia, a metros del Teatro Principal. Por allí pasó la bohemia literaria y artística de entonces. Uno de ellos fue Joaquín Sorolla, que además había sido condiscípulo de mi abuelo, y otro Vicente Blasco Ibáñez, que allí festejó el éxito de su novela Entre naranjos. Mi madre estudió en la Alianza Francesa (sabía francés) y había sido alumna de piano de los hermanos José y Amparo Iturbi. De pequeña compartió juegos con sus vecinitas Enriqueta Aub, hermana de Max, a quien recordaba como un chico muy travieso (les tiraba de las trenzas y les levantaba las faldas), y de Amparo Tárrega, hija del célebre compositor. A mi madre le gustaba la poesía; no escribía, pero copiaba poemas en un cuaderno que conservo: Bécquer, Campoamor, Amado Nervo... Ella alentó mi vocación. Con mi padre fue todo lo contrario. Era muy materialista y nunca se llevó bien con mi madre. Se disgustó cuando supo que yo escribía versos. Era empresario, tenía una pequeña curtiduría dedicada a fabricar suelas para el calzado y quería que sus hijos continuaran su actividad industrial. Yo lo decepcioné. En vez de dedicarme a lo más arrastrado que hay en el mundo, que son las suelas de los zapatos, me consagré a lo más elevado: la poesía. Y me gané la vida como periodista.

—¿Cuándo cobraste realmente conciencia de tu condición de poeta y quiénes te ayudaron a fortalecerla?

—Desde muy chico fui aficionado a las historietas (los tebeos, como llaman en España). Entre los 11 y los 13, devoré las novelas de Julio Verne, que fueron mi iniciación en el goce de la lectura. A los 15 o 16 me enamoré de una jovencita que viajaba en el tranvía que me llevaba todos los días de la escuela a casa, pero nunca me atreví a decirle nada. Ese sentimiento me incitó a leer los versos románticos de Bécquer. Fue mi descubrimiento de la poesía; una emoción que me llevó a buscar libros de otros poetas. Ese nuevo mundo verbal de imágenes, músicas y emotividad me cautivó. Leí mucha poesía y como de mucho leer a escribir hay un paso, me puse yo también a borronear unos versos ingenuos, candorosos, cursis, que me hicieron creer que yo también podía ser poeta.

—En numerosas ocasiones, has confesado que no te reconoces en tus cuatro primeros libros de poemas. ¿Qué encontraste en ellos para desestimarlos, después de haberlos publicado, y cómo viviste este proceso de arrepentimiento hasta descubrir tu propio tono?

—En el último año del bachillerato, tuve como profesor de Literatura a un notable poeta: González Carbalho. Pertenecía cronológicamente a la generación de Borges, pero no había entre ellos afinidad. Su generosidad lo convirtió en mi mentor y padrino literario. Me prestó libros, me enseñó a redactar sonetos tomando como ejemplo los Sonetos espirituales de Juan Ramón Jiménez, y en 1951 prologó mi primer libro, de cuyo título no quiero acordarme. En ese modesto volumen perduraba todavía aquel candor e ingenuidad que, sin embargo, González Carbalho alabó por considerarlo un rasgo de inocencia y autenticidad. El afán de publicar, la vanidad seguramente, me llevaron a dar a la imprenta, durante la década de los '50, tres libros más. Hice en ellos algún adelanto, pero aún no encontraba una voz propia. Conocí entonces a Rafael Alberti por mediación de González Carbalho, quien había sido amigo también de García Lorca cuando el granadino estuvo en Buenos Aires, y lo era de Pablo Neruda, que le dedicó un poema de su Canto general. Frecuenté, además, a otros poetas mayores que me ayudaron a crecer literariamente y a avergonzarme de aquellos pobrecitos versos iniciales. Creo haber encontrado recién un tono más personal en el libro Umbral del horizonte, de 1960, que escribí después de un largo viaje por Europa. Habría que aclarar que también influyó en mi evolución la amistad con poetas de mi edad, herederos, como yo, de la más brillante generación de poetas argentinos, los que escribieron entre 1920 y 1950.

—Opuesta a las transgresiones experimentales o al hermetismo intelectual de cierta poesía contemporánea, la tuya es siempre clara y emotiva. ¿A qué puede deberse el descrédito del sentimiento y, por ende, la pérdida del poder comunicativo en las artes de hoy y cómo ha afectado, para bien o para mal, a tu trayectoria poética?

—En el momento de escribir, no estoy pensando en el posible lector, pero subconscientemente, siempre escribo con el deseo de ser leído. Jamás me sentí atraído por la ruptura, la transgresión, por lograr una originalidad que dejara de lado la transparencia, el ritmo y la emoción, elementos que no son en sí mismos la poesía, pero contribuyen a suscitarla. En las primeras décadas del siglo pasado se produjo en el mundo un proceso de desintegración de las formas en la pintura, en la música y también en la poesía. Este fenómeno abrió nuevas dimensiones de conocimiento, pero interrumpió la función comunicativa del arte. Aquella «inmensa minoría» de personas normalmente cultas y sensibles que leían poesía dejaron de leerla. A la gente ya no le interesa la poesía porque a los poetas no les interesa la gente, sino los especialistas e iniciados. Borges dijo: «Antes los poemas se escribían para ser leídos. Ahora se escriben para ser escritos.» Puede ser que a mí me consideren un poeta anacrónico, pasatista, pero prefiero seguir escribiendo una poesía inteligible.

—En la nota autobiográfica que encabeza tu antología La palabra en el tiempo (Col. Palimpsesto, Carmona, 2017), te consideras hijo de la poesía española. ¿A qué estilos y obras te refieres en concreto? ¿Te hace sentirte extraño, dentro de la poesía argentina, esta entrañable filiación?

—En las clases de Literatura del último año del bachillerato, debíamos leer a los poetas del Siglo de Oro. A mis compañeros les resultaban aburridos y a mí me fascinaban. Siempre disfruté leyendo los clásicos; ellos contribuyeron a mi amor por la lengua y a que me afirmara en mis raíces. Amo la Argentina, donde vivo y formé una familia, pero a veces me siento como desterrado de una patria anterior; soy consciente de que fluyen en mis venas siglos de sangre valenciana. Siento una suerte de parentesco espiritual con Machado, Juan Ramón y los poetas del 27. En la Argentina, por lo general, y seguramente por la gravitación de Borges, que admiraba la cultura anglosajona y menospreciaba la española (únicamente salvaba a Cervantes, Quevedo, Gracián, Unamuno y muy pocos más), los poetas prefirieron el magisterio de poetas de otras nacionalidades. Yo soy de los pocos argentinos que –como escribió Santiago Sylvester– sigo cantando en las ramas de un árbol que hunde las raíces en la vieja poesía castellana.

—En 2003, publicaste Antirrefranero poético, una breve plaqueta que recoge un ramillete de reflexiones estéticas, partiendo de la reinterpretación de dichos y refranes populares. Uno de ellos reza: «Tanto va la poesía a la fuente que al fin parece nueva.» Se diría que, después de un siglo de experimentos e imposturas inimaginables, la vuelta a las formas tradicionales representa hoy la heterodoxia renovadora. ¿Qué encuentras en ellas y en la suave combinación de metros clásicos, como el endecasílabo y el alejandrino, que no te da el verso libre?

—La poesía no cambia, resplandece en la eternidad; lo que cambia son los caminos para llegar a ella; los versos de Neruda o Vallejo no son superiores a los de Garcilaso o Góngora. Son distintos. Cada poeta responde al espíritu de su época, a contextos que varían según las instancias sociales, psicológicas, costumbristas, etc. Volver a las fuentes no es una involución, un retroceso, sino el contacto con diferentes estilos, con otras incitaciones conceptuales y estéticas. Yo vuelvo a menudo al Siglo de Oro y hago descubrimientos que antes no había advertido (Quevedo es, en ese sentido, inagotable). En cuanto al endecasílabo y el alejandrino, creo que son los metros que mejor reflejan la belleza del verso. Yo me aficioné tanto a las once sílabas que cuando empecé a trabajar como periodista, las crónicas me salían en endecasílabos. Luego debía ir rompiéndolos para que la crónica no pareciera un poema. Últimamente los límites entre los géneros parecen borrarse. En la prosa caben los ingredientes típicos del poema como la imagen y la metáfora, pero no el ritmo; el ritmo del verso no es el mismo de la prosa. Si tomamos dos versos de la «Égloga I» de Garcilaso: «Corrientes aguas, puras, cristalinas, / árboles que os estáis mirando en ellas», y alteramos el orden de las palabras: «Aguas corrientes puras y cristalinas / en ellas se están mirando los árboles», decimos lo mismo y con las mismas palabras, pero ya no es poesía sino prosa, hemos alterado el ritmo, la música. El verso libre también puede albergar belleza y sugestión, a condición de que posea una fluencia rítmica (Whitman, Neruda, Aleixandre). Hoy se escriben versos que llaman «libres», pero, al carecer de ritmo, no son sino prosa dispuesta en la forma tipográfica del verso.

—Si no me equivoco, en tu concepción de las cosas, la poesía no es algo distinto de la vida, sino que forma parte de ella. De ahí, quizá, tu confianza en el lenguaje poético y tu felicidad por la belleza que transmite. Poemas como «Ese hombre que escribe» o «Milan Kundera» así lo atestiguan. Este último rechaza la tajante afirmación del novelista checo de que la poesía ha muerto. Háblame de cuanto te comento, relacionándolo también con tu bella e insólita «Poesía-ficción»:

                           Los poetas trabajan en sus laboratorios.
                           Encerrados en cápsulas asépticas
                           piensan el mundo, se concentran, dictan
                           a un grabador palabras en cadena
                           que generan minúsculos escándalos.
                          Por túneles de vidrio se encaminan
                          luego al salón de datos donde cambian
                          cómplices guiños, fórmulas sutiles,
                          sonrisas llenas de sabiduría.

                          Afuera están los miembros de la tribu.
                          Una manada de rinocerontes.

—Yo no sé si la vida tiene sentido, pero la poesía me hace creer que sí lo tiene. No concibo la vida sin la poesía y sin la música, que es mi otro fervor. Las dos forman parte ineludible de mi vida. Creo que ese sentimiento está presente en los dos poemas que citas. Respecto del último, «Poesía-ficción», es una ironía, una velada crítica a ciertos colegas que escriben versos muy inteligentes, muy sutiles, pero sin sujeto ni anécdota, como si fueran pensamientos que se piensan a sí mismos, y que únicamente entienden unos pocos compañeros de ruta. Como la ciencia, que solo la entienden los científicos. Jean Cocteau dijo que los poetas modernos le sugerían la imagen de un grupo de mandarines diciéndose secretos al oído. Del otro lado están los «rinocerontes», expresión que tomé prestada de Ionesco.

—Tus versos, impregnados de ternura y delicadeza, celebran la vida, precisamente, porque conocen el dolor y la fugacidad. En uno de esos antirrefranes tuyos, a los que ya hemos aludidos, dices que «El poeta sabe por viejo, pero más sabe por niño.» ¿Cómo crees que interviene en tu escritura la inocencia, esa suerte de predisposición al asombro?

—Si descartamos los primeros versos pronunciados por Dios: «Hágase la luz / y la luz se hizo», el primer poema del hombre primitivo debe de haber sido el «¡Oh!» o el «¡Ah!» que surgió de su perplejidad, de su asombro al ver abrirse una flor o al estremecerse ante un relámpago en el cielo. Creo recordar que esta reflexión ya la hizo Alfonso Reyes en su delicioso libro La experiencia literaria. El asombro genera poesía, sobre todo en los niños, que son poetas en estado puro. Dices que mis versos celebran la vida. Es verdad, creo que mi poesía, directa o indirectamente, siempre reflejó una emocionada gratitud a la vida y a su incesante misterio. Ha sido una poesía celebrante. Pero últimamente, al ir envejeciendo y tomar conciencia de la fugacidad, de que todo acabará para mí en un futuro cada vez más próximo, esa celebración ha ido adquiriendo un sesgo melancólico.

—Tu poesía serena, meditativa e íntima no escamotea, sin embargo, el dolor ajeno, abordándolo con una especie de compasión, a la vez, impotente y culpable. «Juanito Laguna», «Museo del Oro de Bogotá», «Naranjera de Asunción», «Niño dormido en un zaguán de América» o «Kaddish por un zapato roto» son ejemplos a este respecto. En este último poema, conmovido ante el holocausto, pides incluso perdón por estar vivo. En tu caso, a diferencia de poetas sociales, reivindicativos, siempre te fijas en seres humanos concretos, indefensos e inmersos en circunstancias determinadas. Háblame de esta veta testimonial de tu obra.

—El ejercicio del periodismo me dio la oportunidad de viajar. Menos Ecuador, conozco todos los países sudamericanos y algunos de Centroamérica. También de Europa, Asia y África. Admiré paisajes, monumentos antiguos, tesoros artísticos, y experimenté ante ellos la emoción del tiempo y de la historia. Pero también me interesó la vida de la gente. En ese sentido, golpeó mi sensibilidad el espectáculo de criaturas condenadas por la pobreza o la injusticia en algunos lugares de América o en una «villa miseria» de la Argentina, así como los dolorosos testimonios contemplados en el Museo del Holocausto, en Jerusalén. Al margen de consideraciones sociológicas o ideológicas, lo que me movilizó para escribir fue el aspecto humano, el sentimiento de impotencia y hasta de culpa por haber sido feliz mientras ellos sufrían. Por esos poemas, un crítico me puso la etiqueta de «poeta social». No la rechazo, pero prefiero el adjetivo testimonial. Me preguntas sobre esa veta y te respondo: creo que toda mi poesía es testimonial. Nunca escribí sobre temas abstractos. Salvo varios poemas narrativos, productos de la imaginación, siempre traté de dar testimonio de una experiencia, un sentimiento, un momento de vida.

—«Leopardi en Recanatti» o «Teorema de la relatividad», referido a Albert Einstein, son dos hondos poemas que resaltan, por encima de la importancia de sus obras, la fragilidad humana de estos personajes célebres de la cultura. ¿Es el desconocimiento del mundo, más que su revelación, el tema esencial de la poesía?

—Siempre me impresionó la vulnerabilidad humana, la insuficiencia de la vida en personas que podríamos considerar superiores mental o espiritualmente. En el poema sobre Einstein quise describir a un hombre que, después de haber descifrado relevantes incógnitas físicas o matemáticas, se descubre pequeño, humanamente frágil, ante el inconmensurable misterio de la Creación. En el poema sobre Leopardi traté de fijar el momento en el que ese joven maltrecho, giboso, precozmente erudito, que pasa las horas escribiendo y leyendo libros en seis o siete idiomas, siente que cambiaría toda su sabiduría por la sonrisa de una muchacha que vio por la ventana de la biblioteca de su padre. La perplejidad ante el desconocimiento del mundo, el tiempo y su fugacidad, el misterio de la muerte, el amor y la nostalgia son algunos de los temas esenciales de la poesía.

—De 1958 a 1994, ejerciste el periodismo en el diario La Prensa de Buenos Aires, amén de colaborar en muchas otras publicaciones con reportajes y artículos. Una selección de ellos está recogida en el volumen Temas y personajes (Prosa Editores, Buenos Aires, 2012). La profesión periodística, según tú mismo has dicho, volvió tu mirada al exterior, afinando así tu capacidad observadora, de la cual se ha beneficiado tu poesía. Pero yo te pregunto, ¿de qué manera tu sensibilidad poética te ha influido como periodista?

—Cuando empecé a trabajar como periodista, tenía 27 años y había publicado ya cuatro libros de versos. Aparte de su cuestionable calidad, podía advertirse en ellos un carácter introvertido que, en alguna medida, cambió gracias al periodismo. Dejé de mirarme el ombligo para dirigir mi mirada al exterior. Fue algo beneficioso para mi actitud ante la poesía; tuve una visión más amplia, se abrieron para mí nuevas dimensiones de la realidad. Por otra parte, el estilo austero, conciso que exigía el diario, ayudó a desentenderme de preciosismos, a escribir una poesía más sobria y a tener en cuenta al lector. La influencia de la poesía sobre el periodismo también fue gratificante. La sensibilidad poética obró sobre el reportero de modo que este, al ver y reflejar las cosas, también pusiera atención en el otro lado de las cosas. Sumar a la crónica de los hechos la intuición de sus íntimas connotaciones.

—Gracias al periodismo, no has dejado de viajar a lo largo y ancho del planeta, desde que, a finales de la década de los ’50 del siglo pasado, recorriste parte de Europa. Se podría pensar que aquel ya remoto viaje de niño a España fue, de algún modo, premonitorio. Más allá de títulos como «Toledo», «Santiago de Compostela», «Mar azul de Capri», «Sabbioneta», «Pompeya 79» o «Islas Eolias», poemas de tonos y asuntos distintos, ¿qué ha aportado a tu vida y a tu obra tu asidua experiencia de viajero?

—Aquel viaje a España con mis padres en 1933 pudo ser premonitorio, pero creo que fue durante la infancia y adolescencia, cuando la lectura de la serie de Los viajes extraordinarios de Verne y las novelas de Salgari, Stevenson y Walter Scott me inocularon el deseo de conocer otras geografías y otras gentes; un sueño que, afortunadamente, pude cumplir gracias al periodismo. Sin embargo, el viaje más importante de mi vida no estuvo determinado por el ejercicio de la profesión. En 1959, obtuve una media beca para estudiar en París. Yo trabajaba en La Prensa y pedí una licencia de seis meses. No me la concedieron porque la empresa no acostumbraba a otorgar esa clase de beneficios, pero me aconsejaron que renunciara y, al regreso, volverían a tomarme. Así fue, con la variante de que, en lugar de quedarme en Europa seis meses, permanecí prácticamente un año, de febrero a diciembre. Fue una gran experiencia. A los cuatro meses en París sumé otros meses en España, Italia, Bélgica, Holanda y Marruecos (en Marruecos vivía el mayor de mis primos y mi padrino de bautismo, que era licenciado en Letras y arabista). Fue un viaje iniciático, como el famoso Grand Tour del siglo XVIII Volví distinto, mi personalidad se enriqueció y también mi poesía. Umbral del horizonte, libro de 1960 que recoge versos de aquel período trashumante, es mejor que los que había escrito antes. Años después, gracias ya al periodismo, seguí viajando. Los viajes siempre me han abducido (de vez en cuando conviene poner una palabra rara para parecer culto). El contacto con otros ambientes, otras culturas, fueron experiencias que continuaron estimulándome para escribir. Sin duda, los viajes han sido un aporte importante en mi vida y en mi literatura.

—Entre el reportaje y el ensayo, se mueve tu Cronicón de las peñas de Buenos Aires (Ed. Corregidor, Buenos Aires, 1986), minucioso registro de la bohemia artística porteña a lo largo del siglo xx, donde, sin renunciar a hechos relevantes de la época como fondo de cuadro, se muestran los lugares en que los diversos cenáculos se reunían y las revistas en las que publicaban, algunas de gran repercusión, como Martín Fierro, la cual alcanzó una tirada de veinte mil ejemplares, algo insólito en nuestro días. ¿Qué te motivó a escribir tan singular libro?

—Cuando empecé a publicar, a principios de los años '50, asistí a alguna tertulia literaria, resabio de las que tuvieron su apogeo en las primeras décadas del siglo, promovidas por Rubén Darío cuando visitó la Argentina. Después, principalmente por razones políticas, esas reuniones bohemias se fueron disgregando. Existía algún volumen sobre los cafés porteños o sobre alguna peña literaria en particular, pero no un libro que registrara un panorama de todos esos cenáculos, una petite histoire, como dicen los franceses, de la vida literaria con sus personajes, anécdotas y vicisitudes. Durante varios años recogí testimonios de viejos escritores, pintores, músicos, periodistas, que habían sido protagonistas o testigos, e investigué en más de un archivo. Un trabajo menos literario que periodístico por el que me dieron el Primer Premio Municipal de Ensayo. En realidad, no es un ensayo, sino una crónica. O un cronicón, como lo titulé. El libro me dio muchas satisfacciones. El chileno José Donoso lo elogió, añadiendo que hacía falta un libro similar en su país. El Cronicón de las peñas de Buenos Aires se transformó en obra de consulta para otros investigadores. Me sentí feliz al escribirlo, en sumergirme en una de las épocas más brillantes de la creación literaria y artística argentina. El poeta Carlos Mastronardi decía que fue «la época de nuestros últimos hombres felices».

—En tu juventud, trataste a dos poetas de distintas generaciones y estéticas disímiles a la tuya. Me refiero a Alejandra Pizarnik y a Antonio Porchia. Háblame de tu relación con ambos y de esos rasgos, si los hay, que hayan podido quedar de sus obras en tus versos.

—Durante un tiempo veía a Antonio Porchia todos los sábados, pues él y yo concurríamos al taller de nuestro amigo José Luis Menghi, pintor. Se reunían en ese atelier otros pintores, escultores y escritores. Una suerte de peña. Porchia, hombre humilde, discreto, compartía las reuniones en silencio, pero cuando lo interrumpía era para decir algo importante. Su lucidez contrastaba con su apariencia de hombre sencillo, de aspecto poco intelectual, siempre con el mismo traje gris arrugado. Yo se lo presenté a Alejandra Pizarnik, a quien conocí de chica porque vivía cerca de su casa. Para mi joven e inteligente vecina, Porchia se convirtió en una suerte de maestro, casi de ídolo. Había entre ellos afinidad intelectual; ambos concebían la poesía como búsqueda, como una forma de conocimiento esencial. Yo los admiraba, pese a tener una visión distinta. Como había dicho Wallace Stevens, para mí la poesía era «la felicidad del lenguaje», una forma de arte, de belleza. Porchia y Alejandra iban más allá; ella, fascinada por Rimbaud y los surrealistas, con un desasosiego, con una desesperación que, al fin, tuvo consecuencia trágica. Éramos diferentes, pero nos respetábamos y queríamos. No creo que haya quedado algo de ellos en mi obra. Alejandra se burlaba cariñosamente al decirme que yo seguía siendo un romántico y que iba a morir aplastado por una lágrima.

—Sé que tienes la intención de reunir en un pequeño volumen las entrevistas que le hiciste a Borges en diferentes etapas de su vida. Tu poema «Gratitudes», una suerte de íntimo resumen vital, le rinde un implícito homenaje a través de su estructura enumerativa. Pese a que uno tiene la impresión de que se ha dicho ya todo sobre el maestro argentino, quizá demasiado, ¿cómo recuerdas tu trato con él y qué te atrae más de su obra?

—Para quienes escriben en mi país es difícil zafarse de la gravitación de Borges, sin duda uno de los más grandes genios literarios del siglo xx. Imposible plagiarlo sin que se note, aunque él decía que «hay que saber plagiar, porque si no se sabe plagiar, se debe tomar la precaución de ser original.» Pero algo de Borges se nos ha pegado a todos o a muchos poetas argentinos. Reconozco que la lectura de sus poemas me hizo escribir con mayor sobriedad. Tuve la fortuna de entrevistarlo en varias oportunidades; en su modesto departamento, en un café o caminando con él del brazo (por su ceguera) por las calles de Buenos Aires. Más que un ser humano, se diría que Borges era un ser literario. Daba la impresión de haberlo leído todo. Y de recordarlo. Cualquier tema que se le propusiera o surgiese durante una conversación, lo derivaba hacia la literatura. Tenía una memoria prodigiosa; solía citar versos y aún párrafos en prosa de los más variados escritores, en varios idiomas. Además, tenía mucho humor, un humor irónico, que a veces se ensañaba hasta con sus mejores amigos. No solo en su literatura, también en una charla circunstancial, colocaba un adjetivo o un adverbio que a nadie se le hubiera podido ocurrir. Una vez viajó al interior, con un acompañante, para dar una conferencia. Llegaron el día anterior y se alojaron en un hotel. A la mañana siguiente, Borges tardaba en salir de la habitación y el acompañante le golpeó la puerta. «¿Tiene algún problema, Borges?»–preguntó. Borges le respondió que no podía lavarse la cara porque había un problema en el grifo (no salía el chorro, solo goteaba). «¿Cuál es el problema, Borges, no sale el agua?» Y Borges: «Sí, sale, pero con escrúpulos.»
Espero que este año aparezca un pequeño volumen o plaqueta con los reportajes que le hice en distintos momentos, publicación que se cerrará con una entrevista a su hermana Norah, realizada poco antes de su muerte.

—Tu obra poética es breve, quizá porque, como tú mismo sueles repetir, solo escribes cuando tienes verdadera necesidad de ello. ¿En qué notas, dentro de lo que pueda razonarse esta cuestión tan misteriosa, esas incitaciones que te abocan, digámoslo así, al poema, esos indicios que te convencen de que vas a componerlo? Al hilo de este asunto, ¿qué elementos te son prioritarios para empezar a escribir un poema? Háblame, en fin, de tu proceso creador.

—El proceso creador de todo artista es difícil de analizar, algo muy misterioso. Los novelistas, los ensayistas, cuando se ponen a escribir, saben lo que quieren: desarrollar un relato en el primer caso y una reflexión en el segundo. No pasa lo mismo con el poeta; escribe cuando se lo impone una palabra, una imagen, una experiencia de vida; empieza respondiendo a una inexplicable incitación, a la intuición más que al raciocinio. Tal es mi caso que, creo, también es el de la mayoría de los versicultores. A veces al leer un libro, al ver jugar a unos chicos, al oír una conversación en la calle, o durante un insomnio, siento que viene a mi mente una idea poética, una palabra que podría ser el comienzo de un verso. Entonces, obedeciendo a ese mandato misterioso, voy ensayando, tanteando mentalmente una asociación verbal, una imagen, una metáfora, que termina convirtiéndose en poema. Es un proceso individual difícil de explicar. Rilke decía que el primer verso lo dictan los ángeles. Yo creo que no solo el primero: todos.

—Después de bastante tiempo sin que te visitaran las musas, has vuelto a abrirles la puerta para que te dictaran algunos poemas en este aciago 2020. Curiosamente, el despertar de tu letargo poético ha coincidido con la pandemia vírica que asola al mundo entero. ¿Qué relación hay entre este desastre y tu vuelta al verso?

—Aunque decirlo parezca absurdo y hasta perverso, la pandemia tuvo para mí, o, mejor dicho, para mi presunta condición de poeta, un efecto positivo. Después de mucho tiempo de sequía creativa, la musa volvió a acariciarme. El tiempo que impuso la extensísima cuarentena lo cubrí escuchando música y leyendo como nunca había podido hacerlo (habría que aclarar que, a esta altura de mi vida, la literatura y la música son dos placeres que no me han abandonado). Y la musa me dictó unos catorce o quince poemas, algunos de los cuales tienen un dejo nuevo en mi estilo, otros hablan de experiencias más íntimas. Como digo en una de esas composiciones, frente al virus homicida, ante el temor y la impotencia, «siempre nos salva la literatura.»

—Al contrario que tus poemas «Pequeña oda a Marcel Marceau» y «Los niños», radiantes de jubilosa frescura, el titulado «Geriátrico» nos da una visión sombría, desolada de la vejez. A tus 90 años, sin embargo, mantienes una vitalidad y una lucidez envidiables. A esta edad, ¿qué conclusiones sacas de la vida? ¿Pesa más en ti el entusiasmo que te caracteriza o el pesimismo propio del paso del tiempo?

—El año pasado, en plena pandemia, cumplí 90 años. Muchos para un cuerpo que acusa ya los problemas de esa edad crepuscular, cada día más cerca de la noche: diabetes, una ligera insuficiencia cardíaca y otros inconvenientes propios del desgaste físico; pero son problemas que conciernen al cuerpo. Yo estoy bien, todavía no aprendí a ser un anciano. Debería comportarme como un nonagenario, pero no sé cómo se hace. Mental y espiritualmente me siento como si no tuviera 90 sino 45. Soy consciente, sin embargo, de que voy bajando los últimos peldaños, y esa circunstancia me hizo escribir últimamente algunos poemas un tanto tristones. Creo que el saldo de mi vida es positivo. Tuve más momentos de felicidad que de aflicción. Hoy siento la satisfacción de verme rodeado de seres que me quieren: esposa, hijos, nietos, amigos. Es mi mayor recompensa, a la que debería agregar el privilegio de que la musa o el angelito me han dictado algunos poemas que, aunque a nadie importaran, justifican para mí el paso por esta vida tan pródiga y misteriosa.

Carmona-Buenos Aires, diciembre de 2020
____________
[1] Antonio Requeni se refiere al reconocido y ya nonagenario carpintero local Eduardo Buzón, quien amablemente le abrió las puertas de su taller.

Publicada en Palimpsesto n.º 36 (Carmona, 2021)

martes, 23 de noviembre de 2021

PALIMPSESTO 35 y 36. Lectura de María Gómez Lara

Fran Cruz, María Gómez Lara y José Portillo (concejal de Infraestructuras y Medio Ambiente) ©Fernando Romero  

VÍDEO

PALIMPSESTO 35 y 36

Cada vez que sufrimos una desgracia personal o colectiva, atendemos como nunca la voz del Arte. En ella encontramos siempre algunos versos, trazos o notas que parecieran premonitorios de nuestras adversidades, cuando en realidad son recuerdos de calamidades pasadas los que refrendan las nuestras. El poeta, pues, lejos de ser un vidente, según creían los antiguos, guarda, en sus ritmos y rimas, remota memoria de la especie.
      Escribió Montaigne que «es la belleza cosa de gran interés para el trato entre los hombres; es el primer medio de conciliación de los unos con los otros, y no hay hombre tan bárbaro ni correoso que no se sienta de algún modo influido por su dulzura». Al margen de tantas crispaciones diarias, la belleza, precisamente, nos reúne hoy aquí para borrar por un rato nuestras diferencias a favor del placer común de la poesía.
Tras la forzada pausa provocada por los estragos del coronavirus, presentamos por fin los dos últimos números de Palimpsesto hasta la fecha, correspondientes al año en curso y al pasado.
      
El nº 35 recoge sendos homenajes al poeta guatemalteco Humberto Ak’abal y a la española Francisca Aguirre, en el primer aniversario de sus muertes, con reveladores textos del escritor austríaco Erich Hackl y de la profesora uruguaya Martha L. Canfield sobre el primero; y jugosas evocaciones críticas del poeta Juan Vicente Piqueras y la dramaturga Margarita Sánchez sobre la segunda. Ambos mundos poéticos, pese a ser tan distintos entre sí, echan sus raíces en la experiencia común de la pobreza, la humillación y el esfuerzo titánico por cultivarse en el amor a los libros, dentro de una visión a la vez compasiva e inconformista de la realidad.
Además del puertorriqueño José Luis Vega, la hondureña Kris Vallejo y el carmonense José Luis Blanco Garza –cuyo tono de tierno desengaño ante la vida dialoga en voz baja con versos de sus poetas predilectos hasta integrarlos en los suyos propios–, las páginas centrales ofrecen una significativa muestra de los poemas intimistas de la chilena Eliana Navarro (1920-2006), introducida por su compatriota Óscar Hahn.
      Extraídas del extraordinario archivo de Manuel Herrera Rodas, las obras que ilustran este número pertenecen al polifacético Francisco Moreno Galván, mediante las cuales, junto a algunas de sus letras, dan una nueva visión estética del flamenco. Alejada del costumbrismo, su pintura, de raigambre picassiana y trazo vigoroso, plasma retratos, bodegones y escenas del cante, del toque y del baile en los que proyecta su propia vivencia del arte jondo.
      El nº 36 se abre con nuevos versos, escritos durante el confinamiento, del poeta argentino, ya nonagenario, Antonio Requeni, acompañados de una amplia entrevista donde aborda, entre otras cuestiones, su ascendencia valenciana, su entronque literario con las formas tradicionales de la lengua, la relación entre su poesía y el periodismo, que ejerció durante más de medio siglo, y los achaques de la vejez, a la que Caballero Bonald –el primer autor entrevistado de Palimpsesto, allá por 1990–, calificó como «una maldita sucesión de pérdidas». Entrañable recuerdo dejó Antonio Requeni, en la primavera de 2017, con la lectura que dio en nuestra pentamilenaria ciudad.
      El otro extenso bloque lo acapara la poeta mexicana Isabel Fraire (1934-2015), tan injustamente olvidada en su país como desconocida en el nuestro, cuya poesía, de inquietante y rara transparencia, viene avalada por los artículos de Ernesto Lumbreras y Fabio Morábito, a quien Chari y yo debemos su descubrimiento, al insertar un poema de ella en su última novela, El lector a domicilio.
      Destacan también las páginas dedicadas a Rosella di Paolo, de la que, junto a algunas composiciones suyas, se publica su discurso de recepción del premio Casa de la Literatura Peruana a su trayectoria literaria.
      Las ilustraciones pertenecen a Leo Matiz, uno de los grandes innovadores de la fotografía en Colombia y del fotoperiodismo del siglo xx. Cedidas altruistamente por su hija Alejandra, presidenta de la Fundación que lleva su nombre, forman parte del ciclo de Aracataca, el Macondo de García Márquez, y plasman, en palabras de Gerald Martin, «no solamente la resistencia y dignidad de los habitantes de la costa colombiana, sino también cierto halo mágico que los relaciona con su entorno de una manera muy específica y especial».
      Completan el número su compatriota María Gómez Lara, nuestra invitada de hoy —con unos bellísimos y actuales monólogos de personajes del Quijote—, los españoles Lola Mascarell y David Leo García, además de la palestina Asmaa Azaizeh, traducida por Frances Simán. Esta joven traductora generosamente nos ha abierto la puerta, tan escondida, de la poesía de su país, Honduras.
      Gracias a su indesmayable labor mediadora, sumamos dos nuevos libros a nuestra colección: El ladrido de los pájaros de José González y Papeles del solo de Rigoberto Paredes. Se trata de los primeros volúmenes antológicos editados en España de estos maestros de la lírica hondureña. Unidos por su sesgo irónico, los distinguen, sin embargo, sus estilos y enfoques. La poesía de José González, desconcertante e imaginativa, crea un mundo intransferible, trenzado por el sueño y la memoria. La de Rigoberto Paredes, más sombría y ácida, se caracteriza por un lúcido desencanto, de gran riqueza formal.
      En definitiva, como los jóvenes personajes del Decamerón de Boccaccio que, encerrados en una villa idílica a las afueras de Florencia, se defienden de la peste de 1348 contándose cuentos unos a otros para aliviar sus penas y sus miedos, estos dos números de Palimpsesto son un modesto empeño por tender puentes en medio del gran aislamiento de la pandemia y, por ende, un refugio espiritual más necesario que nunca.
©TVCarmona


LA VOZ AGÓNICA DE MARÍA GÓMEZ LARA

©Chari Acal  
No solo en la música o la pintura surgen artistas precoces, también en la poesía, como es el caso de María Gómez Lara quien, a punto de cumplir 32 años, cuenta ya con tres libros publicados, dos de los cuales –Contratono y El lugar de las palabras– llaman la atención por su madurez humana y audacia literaria. Sus circunstancias personales, sin duda, habrán contribuido a ellas. Hija de un ex-ministro de Justicia de su país y de una renombrada periodista política, desde niña llevó guardaespaldas a todas partes y hace cuatro años fue operada de un tumor cerebral. Ambas experiencias le dieron muy pronto sensación de peligro, inseguridad e incertidumbre, que sus versos asumen sin tapujos:

                    Nadie nos quita la muerte

                    la llevamos en los huesos en la sangre
                    se nos cuela en los recodos de la piel

                    y se sienta a esperar
                    el momento de arrastrarnos

      Antes de leer sus poemas, los escuché en su propia voz cuando, en octubre de 2020, clausuró on line las Jornadas de Poesía en Español de Logroño, dirigidas por Paulino Lorenzo, en las que yo también tuve el honor de participar. Como comprobarán ustedes ahora, la fuerza declamatoria de María se acompaña de una intensa expresividad física que, al menos a mí, me retrotrae, según los imaginé siempre, a antiguos juglares. Las modulaciones de la voz, sus cambios de tono, de volumen e, incluso, el dinamismo gestual, potencian la actitud agónica de esta poesía, agónica en el sentido etimológico de lucha, de esfuerzo titánico por transmutar el dolor en arte. Al leer sus poemas, me di cuenta de que, en aquella lectura riojana, nuestra joven poeta interpretaba una partitura hecha de versos largos y cortos, ajenos a las medidas clásicas, cuya flexible alternancia recoge los más sutiles sentimientos encontrados. Me refiero, especialmente, a El lugar de las palabras, su último libro hasta la fecha, concebido como un sui generis diario de la enfermedad, donde ella registra el proceso de sus altibajos anímicos anteriores y posteriores a la operación del tumor. Y lo hace con el habla de todos los días, a tumba abierta y el miedo a flor de piel. De ahí la extrema desnudez de esta escritura que, descargada de figuras retóricas, desprovista de mayúsculas y signos de puntuación, lo fía todo al ritmo de su afán comunicativo, en el que la alta temperatura emocional se templa un poco con las objetivas informaciones médicas, intercaladas en el discurso. Por esto, lúcida siempre ante la angustia que la embarga, nos confiesa:

                    yo

                    que tanto necesito explicaciones
                    trato de quedarme en lo concreto

      Pero El lugar de las palabras no es solo un libro sobre el padecimiento de una grave enfermedad, sino también una reflexión sobre el lenguaje y el temor a perderlo. El carácter polisémico de este título alude tanto a la razón de ser de la poesía misma como al espacio que las palabras ocupan en el cerebro. Por consiguiente, si el lenguaje forma parte física del cuerpo, resultará tan frágil como este.
      Contratono, su libro anterior, contiene poemas breves, de visos simbólicos y, por ende, menos narrativos. Sin embargo, ambos comparten esta aguda consciencia de la precariedad del cuerpo y de la materia entera:

                    recuerda que tienes cuerpo
                    porque la piel estalla
                    la cabeza se quiebra
                    y las manos tiemblan solas sin que puedas controlarlas

      Se diría que el decidido desengaño de Contratono abona el terreno al realismo demoledor de El lugar de las palabras.
      Heredera de la mejor corriente conversacional de Colombia, representada entre otros por Mario Rivero, Elkin Restrepo, Darío Jaramillo o María Mercedes Carranza, la poesía de María Gómez Lara está, como reza este verso suyo:

                    escrita con los huesos con la sangre

Francisco José Cruz

©Chari Acal

©Isabel Pulido

©Fernando Romero
Celebrando en el restaurante Molino de la Romera con unos amigos, 
fieles lectores de Palimpsesto, la noche de María Gómez Lara. ©Fernando Romero

Aula Maese Rodrigo, Carmona, 19 de noviembre de 2021

viernes, 29 de octubre de 2021

UN ROMANCE PARA UNA PREMIO NOBEL por Francisco José Cruz

De jovencito, cada segundo jueves de octubre, aguardaba expectante el fallo del Premio Nobel de Literatura, en la esperanza de que se lo dieran a un poeta, cosa infrecuente. Con los años, he perdido casi por completo este interés, aunque me alegro cuando se lo otorgan a un escritor apreciado por mí. A mi juicio, este magno galardón adquiere pleno sentido si me descubre autores desconocidos de valía, como, por ejemplo, Elias Canetti, Joseph Brodsky o Wisława Szymborska. De esta última, no tuve noticia alguna hasta no ser reconocida en 1996 con tan prestigiosa distinción. En realidad, al menos en el ámbito hispánico, su nombre y su obra eran ignorado del todo por no existir, en aquel momento, traducciones en nuestra lengua. Recuerdo aún con emoción la primera lectura que, junto a Chari, mi mujer, hice de su poesía, gracias a las versiones castellanas de Ana María Moix, publicadas meses más tarde de la concesión del premio en la editorial Lumen. Fue tal el entusiasmo provocado por aquellos poemas –tan claros como penetrantes en su factura, donde la sutil ironía gradúa hábilmente la meditación metafísica– que, movidos ya por el fervor a este mundo poético, encargamos al mexicano Gerardo Beltrán, avezado en la lengua polaca, que nos tradujera algo de esta admirable autora para el número 16 de Palimpsesto, aparecido en 2001. Él, de manera altruista, aprovechando que andaba traduciendo su poesía completa para el Fondo de Cultura Económica, nos cedió veintidós poemas –inéditos por entonces en español–, bastantes de ellos pertenecientes a sus primeros libros, los cuales, pese a no representar aún su visión y tono más propios, nos permitieron remontarnos a sus inicios creadores y, ante todo, supusieron un gran honor para una revista tan modesta como la nuestra.
      La lucidez de Wisława Szymborska aborda con peculiar talento los problemas contemporáneos, conectándolos con el hombre de siempre, a través de la historia. Muchos de sus poemas parecen filmados con una cámara de cine al presentar, antes que un discurso, una situación determinada, un clima. Su capacidad de sugerir más allá del hecho concreto que el plano semántico expresa, con tal de que el pensamiento vaya por debajo, como una voz en sordina, guio mi apremiante necesidad de callarme a tiempo en mi libro A morir no se aprende (2003), aunque pronto intuí que perseverar demasiado en este camino me llevaría a un callejón sin salida, donde los silencios significativos correrían el riesgo de ir en detrimento de la intensidad efusiva. No obstante, siento que, de un modo u otro, siempre asomará en mis versos algo de su inquietante perplejidad, pues, según ella misma declaró en su discurso de recepción del Premio Nobel, «el poeta, si es un verdadero poeta, tiene que repetirse perpetuamente “no sé”», ese «ser y no saber nada y ser sin rumbo cierto» de nuestro Rubén Darío.
      Así pues, cuando me enteré de la muerte de Szymborska el 1 de febrero de 2012, me propuse escribir un ensayo sobre su obra, del que de inmediato me disuadió mi impotencia para acceder a las formas y expresiones originales en polaco, de modo que me limité a reconocer las deudas de mi poesía con la suya en esta carta póstuma, escrita en romance, una de nuestras estructuras poéticas más viejas y, sin embargo, perdurables, tan afín a la tradición popular como a la culta. Además, también el hecho de que Szymborska, en sus Lecturas no obligatorias, dedicara un breve artículo al Cantar de Mío Cid, me inclinó decididamente por el romance para manifestarle, aunque ella ya nunca se entere, mi profunda gratitud por su poesía.

Carta póstuma a Wisława Szymborska

Ahora que ya te has ido
para siempre en pleno sueño,
aunque no me conociste,
me animo a hacerte unos versos.

Qué bien te entiendo yo siempre
a través de tus silencios,
silencios que en tus poemas
dicen aún más que los verbos.

Como no sé cómo suenan
en polaco tus desvelos,
tu sentido del humor
–tan inquietante y perplejo–,

los imagino en mi lengua
a través de esos silencios
que en español o polaco
muestran los mismos misterios.

Estupor e incertidumbre,
esos hermanos eternos,
parecen entre tus líneas
encontrarse en su elemento.

Tus palabras se conforman
con dar el tono concreto
para que hablen por sí solos
las situaciones, los hechos.

Ahora que ya te has ido,
con gratitud te confieso
que he tratado de callarme
a tu manera en mis versos,

callarme con otros ritmos,
otra métrica, otros ecos,
no los tuyos, y nombrar,
sin nombrar, mi desconcierto.

Qué bien me entiendo a mí mismo
cada vez que te releo.

                                                                                Francisco José Cruz
                                                                                                            Carmona, 24 de octubre de 2021
   https://prodavinci.com/un-romance-para-una-premio-nobel/


viernes, 1 de octubre de 2021

Entrevista a Francisco José Cruz por Jorge Valbuena

Entrevista a Fran Cruz en torno a su trayectoria poética, en la que, además de leer poemas suyos, también se conmemoró los 200 años del nacimiento de Charles Baudelaire. Nuestra más profunda gratitud a Jorge Valbuena, Aura García y todo el equipo del Centro Cultural Bacatá de la ciudad de Funza (Cundinamarca, Colombia), que tan generosamente le dedicaron su tiempo.
https://fb.watch/8m7LLvNp_8/ 
https://www.facebook.com/watch/?extid=WA-UNK-UNK-UNK-IOS_GK0T-GK1C&v=2104489819698040

Centro Cultural Bacatá, Funza, Cundinamarca, Colombia, 30 de septiembre de 2021                                 
 

domingo, 15 de agosto de 2021

FABIO MORÁBITO, EL PASTOR ENTRAÑABLE

Aunque la conciencia del viaje, desde diversos y paradójicos enfoques, constituye el núcleo de toda la escritura de Fabio Morábito, es su poesía la que deja ver más directamente la relación íntima entre experiencia personal y creadora. Esta relación se aclara aún más si leemos sus poemas bajo la luz apacible del último ensayo publicado hasta la fecha, ya que es el más abarcador de los suyos y el que, desde un plano racional y sistemático, completa el significado de sus poemas al recoger algunos aspectos de una tradición literaria ajena en apariencia a esta poesía. Quien haya leído Los pastores sin ovejas, ensayo de Fabio Morábito sobre el mundo bucólico y su variado influjo en personajes reales y ficticios, le resultará difícil leer la obra de este autor sin tener en cuenta este libro. No hace falta haberse dedicado al estudio de la novela pastoril para ver el personal enfoque sobre el tema que desarrolla el poeta y comprender que, tantos sus relatos como sus poemas, son una ambigua reacción a algunas características bucólicas expuestas en tal ensayo. La fundamental, ya que de ella se derivan las demás, es la necesidad de fuga. El pastor es un ser errante que vaga casi por inercia, sin meta ni propósito. Se diría que su razón de ser está en la marcha constante, al margen de una especie de ley de gravedad que lo familiarice con un suelo y entorno determinados. Al respecto de esta vital carencia de asidero escribe Morábito : “Nadie puede viajar sin detenerse nunca. Porque es en las detenciones donde el hombre adquiere conciencia de su origen, de sus antepasados, de su lengua y de su muerte ; [...] Ser hombre significa ser ante todo sedentario”[1]. Este párrafo expresa una convicción que la poesía de Morábito no mantiene. Más bien, “en algún punto entre el sedentarismo y el nomadismo se encuentra el centro de gravedad”[2] de su poesía. Sin embargo, dicho centro no señala un difícil equilibrio entre la tendencia de huir y la de afincarse. Creo que la segunda no pasa de ser una tentación que, aunque recurrente, supone sólo un impulso instintivo. Al contrario, toda la obra de este autor está escrita desde el desarraigo, que es el que pesa en la balanza a la hora de considerar el mundo. “El desarraigo como condición de lucidez”[3], no a manera de sentimiento nostálgico por la falta de unas señas de identidad bien demarcada. Uno de sus rasgos de identidad consiste, precisamente, en asumir dicha falta, en hacer de ella una actitud vital que lo oriente en el mundo y empiece a definir su situación personal que, en el fondo, es la de todos: Mi verdadero lujo es este: haber nacido donde no he de volver jamás (“Yo vine al mundo”, El buscador de sombra, 1997) Esta asunción desmarca la poesía de Morábito del vagabundeo pastoril. Su desapego es una toma de conciencia, propiciada por su experiencia vital, y no un dejarse ir sin propósito. El desapego, al implicar una postura moral, se presenta como el modo de vigilar esporádicas apetencias sedentarias: Y en carretera, rodeado por el campo, a veces descubrimos ese pedazo de naturaleza que todo lo contesta, aunque de nada sirve detenernos, porque sin la distancia y la velocidad ese pedazo vuelve a hundirse en lo nativo, en lo insípido. (“El clima más idóneo”, De lunes todo el año, 1992) Si esta manera de vivir el desarraigo evita la nostalgia, intensifica, en cambio, el sentimiento de provisionalidad, sentimiento menos relacionado con el paso del tiempo que con el momento en que se vive: entro en la nueva casa tratando de entender, es más, viendo por dónde habré de irme. (“Mudanza”, De lunes todo el año, 1992) Incluso los poemas escritos en tiempo pasado y referidos a hechos de la infancia son abordados más con la intención de ordenar la vida que con la de lamentar su pérdida. En una poesía de la no permanencia, la fuga del tiempo, en cambio, no es protagónica. Por esto, la sensación de provisionalidad acaba siendo, antes que un daño irreparable, una enseñanza más de la vida que el poeta aprovecha: A fuerza de mudarme he aprendido a no pegar los muebles a los muros, a no clavar muy hondo, a atornillar sólo lo justo. He aprendido a respetar las huellas de los viejos inquilinos [...] aunque me estorben. (“Mudanza”, De lunes todo el año, 1992) Así pues, la experiencia de lo provisional no supone una carencia, sino la posibilidad de habitar la intemperie. La intemperie no es sólo una condición intrínseca de la existencia con la que hay que conformarse. Entrar en ella requiere un esfuerzo, es una decisión: Voy a quedarme aquí despacio, nativo y pobre, viendo el terreno cómo es, no imaginando nada, ni un muro ni un ladrillo, a oírlo todo hasta saber dónde ha de doler menos una casa (“Dueño de una amplitud”, De lunes todo el año, 1992) Morábito se alía a la intemperie. La conciencia de estar en ella aligera su sentimiento de indefensión ante el mundo, hasta el punto de construirla en vez de esperarla. Poesía que se desprende del lastre del origen, del de la permanencia, e incluso del de ser demasiado uno mismo: Ser exterior en todo, librarme de mis inclinaciones (“El mapa de Chile”, El buscador de sombra, 1997) Pero no estamos ante una poesía de la metamorfosis o transformación profunda. Se trata más bien de amortiguar los rasgos excesivos de la personalidad y de las cosas, de evitar que algo resalte sobre lo demás. Por esto, no es la metáfora, sino la comparación y la metonimia dos de sus figuras básicas. El cómo de la comparación es un puente que permite al objeto ser otra cosa sin dejar de ser lo que era. La poesía de Morábito no saca conclusiones y esquiva las frase rotunda, sentenciosa. De ahí la frecuencia de partículas y construcciones dubitativas. “La visión metonímica [...] es una visión serial y acumulativa que siempre está abordando el objeto desde un nuevo ángulo porque no está segura de haberlo captado íntegramente [...] Es pues una visión eternamente insatisfecha”[4]. En efecto esta es una poesía que no está segura de nada, pero es que tal vez prefiera no estarlo. Más que insatisfacción, la duda de estos poemas resulta un alivio por no tener que decidir: Yo a veces ya no tengo ganas de crecer sino de zambullirme, poseer la justa dosis de alteridad y de letargo, y conformarme con el verde de los hechos, nada más. (“Rebaños” De lunes todo el año, 1992) ¿No estamos cerca del abandono, de la inconsistencia que atribuye Morábito al pastor? Esta inconsistencia es la que convierte al pastor en un cantor autómata, que hace de sus quejas amorosas una especie de argumento teatral en la que el paisaje idílico, como telón de fondo, lo acompaña. “El procedimiento metonímico rige la forma más típica del lenguaje pastoril, la confesión o recuento de las propias penas”[5]. Una confesión, sin embargo que, debido a su inclinación fingidora, pretende menos comunicar que perorar. La poesía de Morábito es confesional, pero, a diferencia de la del pastor, comunicativa. Morábito nos habla de su propia vida para pensarla y, al pensarla, transmitirnos una visión del mundo. Poesía que no rehuye la anécdota diaria pero que, en vez de rebajarla a un rosario de datos anodinos, la ahonda y le da un sentido nuevo dentro del poema. En Lotes baldíos (1985), donde Morábito aún no ha encontrado del todo su mundo ni el lenguaje propio para expresarlo, sí hay poemas que son meras anotaciones, finos apuntes sin desarrollo que, con frecuencia, se apartan de la realidad más íntima suya, esa a la que se refiere De lunes todo el año. Poesía de la realidad cotidiana que nos incumbe a todos y en la que nos reconocemos sin dificultad alguna, pero expuesta y mirada de tal modo que nos parece nueva. Poemas que nos hablan de quien los escribe y, al mismo tiempo, de su deseo de pasar desapercibido. Quizá, por esto, “no pierde su escritura ni un momento la existencia del otro y, sin embargo, [...] es casi un diario”[6]. Este carácter de diario se observa también en el presente de indicativo, tiempo en que muchos poemas están escritos. Algunas vivencias del ahora conducen a veces a un recuerdo concreto, como ocurre en “Atrás del vidrio” (De lunes todo el año), donde la contemplación de una mujer a cierta distancia desemboca en una escena familiar parecida a la que ve, ocurrida hace tiempo. Esta primera experiencia pierde su aspecto de simple impresión al centrar y justificar la vivida años antes. Así mismo, los poemas que parten de la memoria y, por tanto, escritos en tiempo pasado, alumbran el presente, son poemas orientadores , no nostálgico. Poesía del tiempo y espacio en que se vive. Por esto, el otro es el que está ahí a nuestro lado, pero no con nosotros. Morábito no nos habla de una convivencia, sino de una soledad con rumor de fondo. Se trata de saber que alguien está ahí, pero que no se note demasiado su presencia. Consentir que no se está solo, basta: No quiero nada grueso que me impida oír que hay otros que desean de mí que no haga ruido y que a través de las paredes que nos unen y dividen escuchan mi silencio y lo agradecen (“No quiero, pese a todo”, El buscador de sombra, 1997) Rozamos aquí el aislamiento bucólico y su intención de rebajar la intensidad de la vida. Sin embargo, frente a los contactos furtivos y sin consecuencias afectivas del pastor, los demás, en esta poesía, son sentidos de manera entrañables. Estar entre la gente, aunque no con ella, permite al poeta no estar consigo mismo a la vez que pasar inadvertido, integrándose a un ritmo anónimo y urbano: El tráfico no cansa, nos cansarían las calles anchas, despejadas, [...] Uno se deja transportar por otras decisiones, [...] apenas se desvía de un tronco, otro lo absorbe, poniéndolo al corriente. [...] Nadie se queda solo con sus argumentos, nadie se pierde. (“El tráfico no cansa”, De lunes todo el año, 1992) “Hermoso es, hermosamente humilde y confiante, vivificador y profundo, / sentirse bajo el sol entre los demás, impedido, / llevado, conducido, mezclado, rumorosamente arrastrado /[...] Y era el serpear que se movía / como un único ser” (“En la plaza” Historia del corazón, 1954). Estos versos de Vicente Aleixandre también expresan el deseo de formar parte de un ritmo común. Sin embargo, “En la plaza” toma un sesgo solidario de cariz social que la poesía de Morábito no proclama. Ella es la voz de un solitario , no la de un solidario. El poema de Aleixandre invita al individuo a pertenecer a una masa y superar así su insignificante condición de sujeto. Por esto el verso repta y se alarga hasta ser casi prosa. En “El tráfico no cansa”, el poeta no aspira a ser más de lo que es, sino a guarecerse de sí mismo. Por esto, se deja llevar por la corriente del tráfago diario y el verso se acorta hasta casi no serlo. Esta brevedad métrica, como veremos más adelante, también busca la prosa. La tendencia a huir y la de perderse en un oleaje común son dos maneras de desaparecer. A esta actitud bucólica le da Morábito una dimensión moral basada en la necesidad de apartarse del exhibicionismo y de no llamar la atención. Así, a una manera de vivir discreta, sin gestos heroicos ni victimistas, le corresponde una poesía sin alardes. El don de lo inadvertido lo recoge la estructura formal de cada uno de estos poemas. Hay en ellos una aparente pobreza de recursos, incluso frecuentes asonancias. Esta pobreza, sin embargo, lejos de suponer un desaliño, potencia el significado, lo airea y no resta naturalidad a las imágenes. Los elementos del poema mantienen entre sí una férrea correspondencia de fondo para preservar la unidad del discurso y hacerlo necesario. Su música se oye en lo que Roberto Juarroz llamó “música del sentido” y no del sonido. Cada verso justifica al siguiente, se necesitan unos a otros, aislados no sobrevivirían. Su ritmo entrecortado les obliga a juntarse. Por esto, “el encabalgamiento es inmejorable para amortiguar el brillo de los versos, porque inyecta una saludable ración de prosa que impide que el poema se convierta en música vacía”[7]. Se diría que el hecho de que su lengua materna no sea el español ha facilitado esta estrecha relación entre fondo y forma, ya que no adopta los patrones rítmicos más frecuentes de la tradición poética española. Se logra así que el poema, al evitar inercias acentuales, sea un cuerpo vivo y no una simple reunión de elementos más o menos acertada. Versos que no admiten el fraseo porque casi no los son y, sin embargo, al leerlos no se tiene la sensación de tartamudez o frenado que cierto uso intencional del encabalgamiento pretende a veces. Poemas “más narrados que cantados y más conversados que narrados”[8]. Sin embargo, su tono coloquial no se basa en el uso indiscriminado de palabras jergales, insertas en ritmos clásicos. La brevedad e irregularidad métricas de De lunes todo el año y El buscador de sombra no admiten el soniquete ni la melodía pegadiza[9]. “En sus versos hay como una reticencia a oírse a sí mismos”[10]. La naturalidad expresiva se logra aquí a través de las enumeraciones, donde cada una de ellas añade algo al poema; de versos que se repiten con la intención de retomar una idea o precisarla mejor. Estas repeticiones son la apoyatura rítmica fundamental y contribuyen al aire de conversación que transmiten, conversación sustentada también sobre oraciones subordinadas, frecuentemente de relativo que, sin embargo, no enmarañan ni alargan el discurso, sino que le infunden un vago aspecto de rodeo, propio de toda charla sin pretensiones. Estos recursos, que definen inequívocamente la poesía de Morábito, no aparecen del todo en Lotes baldíos, ya que la mayoría de sus poemas se ordena sobre un esquema métrico y estrófico dado: versos heptasílabos dentro de cuatro estrofas compuestas por tres versos las tres primeras y de cuatro la última. Esta estructura “revela, más que su apego a una tradición , la mesura de su voz. [...] Aunque Morábito sea estricto, su mesura no es una rigidez. No quiere subrayar una formalidad sino deslizarse por una forma”[11]. Ya en algunos poemas este amago de formalidad desaparece, hasta el punto de anticipar el tono de su segundo libro: Hoy no mido mis versos, no disciplino mi corazón, dejo picotearme las manos por las gallinas hambrientas, doy de comer a los burros, [...] Hoy mi corazón es un gallinero sin alambrado, [...]
a él acuden los versos como estas gallinas acuden a mis manos de ciudad (“Hoy no mido mis versos”, Lotes baldíos, 1985) La poesía de Morábito, al contrario de lo que ocurre con muchas poéticas llamadas cotidianas, nos recuerda que la naturalidad es una técnica y no un producto de la ocurrencia espontánea. De esta elaboración nace la hondura de su contenido y la frescura de su acento, tan personal como poco llamativo . Morábito no necesita innovar y, sin embargo, jamás incurre en la vuelta a una tradición trillada, a un clasicismo mal entendido, cuya falta de autenticidad pretende corregir sin conseguirlo ciertas extravagancias innovadoras con el uso de tópicos gastados. Con su sigilo y pudor inconfundibles esta obra cumple con la necesidad creativa que tiene este fin de siglo de aunar discreción y pensamiento, intimidad y, antes que una visión propia del mundo, una manera personal de estar en él. Cada vez resulta más difícil y menos creíble hacernos una idea unitaria de la realidad; de ahí que Morábito rehuya cualquier tipo de discurso sobre ella y adopte algunas actitudes que al menos le ayudan a reconocer su entorno en su propio mundo interior. Morábito nos enseña que no hay que inventar siempre para no repetirse. Poesía que, a través de la atención, desarrolla una poética de la no sorpresa. Atención que significa esperar a que la vida nos diga cosas, antes que decirlas nosotros: ...los versos no se inventan, los versos vienen y se forman en el instante justo de quietud que se consigue cuando se está a la escucha como nunca. (“Para que se fuera la mosca”, El buscador de sombra, 1997) Esta humildad decisiva que alienta en todos estos textos, parece susurrarnos que hemos llegado a un punto de la vida humana en que el mero afán de conocimiento es hoy menos urgente de satisfacer que la necesidad de desprendernos de un exceso de sabiduría inútil. Esta obra nos invita a buscar un modo menos ambicioso de conocimiento. Conocer sería entonces estar cerca de, dejarse ir sin perder una lucidez última que nos salve del gregarismo y la inconsciencia. La sabiduría entendida como un estado de conformidad afectiva antes que de exigencia intelectual. Cada poema de Morábito es una aceptación, no un sobresalto. De ahí la búsqueda de la normalidad y el deseo de que la corriente diaria no se interrumpa: En la mañana oigo los coches que no pueden arrancar. A lo mejor entre los árboles, hay pájaros así, que tardan en lanzarse al diario vuelo, y algunos nunca lo consiguen. [...] Qué hermoso es el ruido del motor, la realidad vuelta a su cauce. (“Oigo los coches”, De lunes todo el año, 1992) La rutina es aquí más una señal de vida que de muerte. Mejor que no ocurra nada inesperado con tal de no correr el riesgo de un peligro irreparable. Poesía de la huida pero no de la aventura. Este sentido de la normalidad conecta con la monotonía bucólica, monotonía que, sin embargo, crea un espejismo de novedad consistente en vagar por espacios iguales pero no estrenados, casi no pisados por el pastor. Contra esa impresión de novedad reacciona Morábito con una actitud atenta y acogedora. La atención separa a esta poesía de la realidad pastoril y la compromete con lo que dice. Poesía de la huida pero de visión adherente. La mirada no resbala por las cosas: se humaniza en ellas y las humaniza. A su vez, el trato familiar con las cosas, más que borrarlas, nos las revela de modo entrañable. De ahí que “el encanto de ver algo como si lo viéramos por primera vez es que, justamente, no es la primera vez que lo vemos. Es más, yo creo que la primera vez, en rigor, no vemos nada.[...]Y el terreno que a mí me interesa es ese, precisamente, el de las cosas segundas y usadas”[12]. Por este motivo, esta es “más una poesía de cimentación que una aérea”[13]. Así que, si parte de la conciencia y el deseo de desarraigo, la memoria y la cordialidad la protegen de la indiferencia bucólica. En su corriente afectiva lleva sus raíces la poesía de Fabio Morábito.
FRANCISCO JOSÉ CRUZ
_____________ [1] Fabio Morábito, Los pastores sin ovejas (Ediciones del Equilibrista, México,1995). [2] Antonio Deltoro, “De lunes todo el año de Fabio Morábito” (en Vuelta, nº 187, México, junio de 1992). [3] “Algunas preguntas a Fabio Morábito para saber un poco menos” por Francisco José Cruz (en Fabio Morábito, El buscador de sombra, Col. Palimpsesto, Carmona, 1997). [4] Fabio Morábito, Los pastores sin ovejas, opus. cit. [5] Fabio Morábito, Los pastores sin ovejas, opus. cit. [6] Antonio Deltoro, opus. cit. [7] “Algunas preguntas a Fabio Morábito...”, opus. cit. [8] Aurelio Asiaín, “Lotes baldíos de Fabio Morábito”( en Vuelta nº 101, México, abril, 1985). [9] Sólo dos poemas de De lunes todo el año se organizan en estrofas regulares. El primero, “Dime tú si no es cierto”, cierra su segunda parte y repite la forma dominante de Lotes baldíos, forma que constriñe algo su discurso, acercándolo más a dicho libro que al que pertenece. El segundo, “Iré a Sao Paulo un día”, es un largo poema que ocupa toda la tercera parte de las cinco en que se divide De lunes todo el año. Cada una de sus estrofas se compone de cinco versos. Esta regularidad le da aire de balanceo y refuerza su posición central en el libro. Sin embargo, no se atiene al rigor métrico del heptasílabo. Esta mayor soltura formal sí recoge de lleno las claves expresivas y temáticas de Morábito. Estos dos poemas son amorosos. De ahí que ya desde su estructura externa nos insinúen una armonía conseguida. [10] Conrado Tostado, “Fabio Morábito : ser juntos” (en revista Textual nº 10, El Nacional, México, febrero 1990). [11] Aurelio Asiaín, opus. cit. [12] “Algunas preguntas a Fabio Morábito...”, opus. cit. [13] Antonio Deltoro, opus. cit.

Publicado en Palimpsesto 17 (Carmona, 2001-2002), pp 65-74 y en la revista colombiana DesHora n.º 7 (Medellín, abril de 2001), pp 52-62.