viernes, 18 de octubre de 2024

Presentación de la web PALIMPSESTO con Carlos Granés y Alonso Ruiz Rosas

No hace aún ni dos meses de la muerte del gran poeta peruano y, por ende, de la lengua, Carlos Germán Belli, a punto de cumplir 97 años. Asiduo colaborador de Palimpsesto, visitó un par de veces Carmona; la segunda, en 2008, dio una lectura en el Parador de Turismo, donde antaño se ubicó el Alcázar del rey Pedro I. Su poesía de aquí y de allá, tan arcaizante como ultramoderna, representa, quizá como ninguna otra, el espíritu que anima a Palimpsesto en pos del mutuo conocimiento de la poesía española y americana. En Belli, ciertos modos expresivos del Siglo de Oro se entreveran con audacias experimentales del siglo XX y diversos giros autóctonos de su país en una insólita amalgama creativa sin parangón. Su Hada Cibernética, uno de los símbolos centrales de esta obra, se anticipó en décadas a la llegada de la era digital e inspira ahora la flamante página web de nuestra revista.

      Ella recoge al completo los 37 números de Palimpsesto y los 37 libros de nuestra colección, editados entre 1990 y 2022. Además de los PDF, en los que puede leerse cada número de principio a fin, la web nos permite la búsqueda de un autor determinado y, por añadidura, comprobar las veces que ha participado en la revista. A esta red de interconexiones virtuales, se añaden los vídeos con los actos de presentación u otros de corte literario, avalados por Palimpsesto, y una extensa galería de fotos, donde Carmona tiene una constante presencia con aquellos autores que de alguna u otra manera han enriquecido nuestra dilatada trayectoria. Así pues, gracias a la varita mágica de la informática, podemos volver atrás en el tiempo para ver y oír a grandes maestros de ambas orillas del Atlántico, recitando sus poemas en emblemáticos edificios de la ciudad o posando en calles y plazas carmonenses.

      El motivo que nos impulsó a fundar Palimpsesto en 1990, bajo los imprescindibles auspicios municipales, fue la perentoria necesidad de saber qué escribían los poetas de América de distintas generaciones y tendencias, no editados en estos lares. Desde nuestros entusiastas inicios, la manera más personal de acercarnos a ellos, la única ante tan precario panorama, era descubrirlos e invitarlos a publicar. Con los años, número a número, acorde con la paulatina madurez de quienes la dirigimos, Palimpsesto ha ido ampliando nuestros gustos mediante los hallazgos y recomendaciones hallados en el camino. En este orden de cosas, maestros de referencia en sus respectivos países –dejado de lado inexplicablemente por las editoriales españolas– nos han suscitado un creciente interés. Nuestra experiencia nos ha revelado, además, que la revista, sin proponérselo, se ha erigido también en un espacio de encuentro entre autores de diversas zonas hispanohablantes del nuevo continente que se ignoraban entre sí. Así mismo, las páginas de Palimpsesto recogen numerosos poetas de otras lenguas, tanto occidentales como orientales, vertidos al castellano por expertos en las tradiciones literarias a que pertenecen.

      La evolución de este rico friso temático, lleno de guiños y vasos comunicantes, está en consonancia con los diversos diseños que la han sostenido, el último de los cuales, y el más duradero, se debe a Carmen Herrera, responsable de la ilustración de muchas portadas de los libros. Dentro de este campo visual, Palimpsesto ha ido mejorando sus ilustraciones de interior, firmadas por prestigiosos escultores, pintores o fotógrafos.

      Después de más de tres décadas de ininterrumpida singladura –la mitad de nuestras vidas– Chari y yo desistimos de continuar con las ediciones impresas de Palimpsesto. Al tratarse de una aventura literaria tan personal, cualquier aspecto de su elaboración recaía sobre ambos, desde plantear los contenidos hasta corregir pruebas, pasando con frecuencia por la elección de los textos o puntuales tareas extraliterarias, que en principio no nos incumben. Así, casi sin respiro, nada más presentar un número, teníamos que pensar en el siguiente. Resulta, pues, lógico que aquella juvenil voracidad lectora acabara por saciarnos, provocando en nosotros cierto desgaste físico e intelectual, amén de que cada vez nos acaparaba más tiempo la revista en detrimento de nuestra propia obra, aunque Palimpsesto forme parte decisiva de ella. Con tal de no abandonar del todo algo tan nuestro, propusimos al alcalde Juan Ávila y al concejal de Cultura Ramón Gavira, quienes siempre están dispuestos a complacernos, la creación de una página web, que, de algún modo, constituya una segunda etapa de la revista. Concebida como un archivo virtual, donde puedan entrar lectores de cualquier parte del globo para recuperar números agotados o mal difundidos en su momento, esta web, en el apartado CIBERPALIMPSESTO, seguirá ofreciendo sin periodicidad temporal alguna, nuevos contenidos, ya sean poemas, ensayos, cartas o entrevistas. A este respecto, damos como novedades el último poema de Pedro Lastra, escrito a sus 92 años; la entrevista que el poeta argentino Antonio Requeni le hizo en 1979 a Eugenio Montejo para el diario La Prensa de Buenos Aires, hasta ahora perdida en las hemerotecas; y el cruce epistolar que mantuve entre 1996 y 2002, año de su muerte, con mi admirado poeta colombiano José Manuel Arango, en torno a sus colaboraciones en Palimpsesto.

      Para celebrar con el realce que merece esta flamante aventura digital, es un honor recibir en Carmona al magnífico antropólogo colombiano Carlos Granés, quien analiza en sus libros, con inusual agudeza, entre otros temas, las complejas relaciones de los intelectuales con el poder totalitario, las sucesivas metamorfosis de las vanguardias históricas durante el siglo XX hasta nuestros días o el peligroso intercambio de papeles entre el político y el artista de hoy. De esta y otras cuestiones, como el influjo de las revistas culturales y, por ende, poéticas en el ámbito hispánico, el poeta peruano Alonso Ruiz Rosas y yo conversaremos con él. Tanto Granés como Ruiz Rosas han publicado en Palimpsesto, y este, además, dio una bella lectura de sus poemas, disponible en nuestra web, en este mismo patio del Museo de la Ciudad, en junio de 2018. En 2020, en plena pandemia del coronavirus, creó Quipu virtual, boletín que viene apareciendo, semana tras semana, en las redes, dedicado a difundir la literatura, la historia y las artes del Perú de ayer y de hoy.

      Pero, antes de entrar en materia con nuestros invitados, no me resisto, pese a ser mi señora, como dirían los trovadores del amor cortés, alabar sin tapujos el constante, sensible y riguroso trabajo que, junto a la indispensable ayuda técnica de Adrián Santos, desarrollador de esta web, ha realizado Chari durante este último año. Ella, al organizar, diseñar y revisar pormenorizadamente todos los textos, vídeos e imágenes, es en verdad el Hada Cibernética de Palimpsesto. 
FRANCISCO JOSÉ CRUZ

Alonso Ruiz Rosas, Fran Cruz y Carlos Granés







Casa Palacio Marqués de las Torres
Carmona, 4 de octubre de 2024

lunes, 22 de abril de 2024

PALABRA DE LECTOR por Francisco José Cruz


«Sobre un período de más de cinco mil años se extiende la historia del libro». Esta afirmación de Svend Hahl, director de la Biblioteca Real de Copenhague a comienzos del siglo pasado y experto en el tema que nos convoca, podría aplicarse casi literalmente a nuestra ciudad: sobre un período de más de cinco mil años se extiende la historia de Carmona. Tan remota coincidencia cronológica bastaría para justificar un evento como este, si no fuera porque nace, quizá, en el momento de mayor apogeo cultural carmonense, al menos de la época moderna. Hoy, respaldados por consolidadas instituciones, proliferan actos de todo tipo. Pero cuando Chari y yo, con el exclusivo patrocinio municipal, fundamos Palimpsesto hace ya treinta y dos años, no existían aún ni la Oficina de Turismo ni la Biblioteca Pública ni la sede de la Universidad Pablo de Olavide, y las pocas actividades que había entonces, por heterogéneas que fueran, se organizaban en la Casa de la Cultura. Soy, pues, un viejo y agradecido testigo de la paulatina transformación externa e interna que, dentro de las lógicas limitaciones y necesarias mejoras, ha tenido Carmona en las tres últimas décadas, de la que es una prueba significativa esta I Feria del Libro, cuyo auténtico sentido solo se lo dará la continuidad en el tiempo.

      Sin desmerecer el cariz de intercambio comercial que conlleva, una feria del libro supone, ante todo –cosa que por la costumbre nos pasa inadvertida–, la periódica celebración del vehículo civilizador más duradero y decisivo hasta nuestros días. Desde la tableta de barro a la electrónica —pasando por el hueso, la concha de tortuga, el papiro, el pergamino, la seda o el papel—, el libro, con sus diversos formatos, nos ha ido separando poco a poco de la horda, la tribu y la masa, hasta hacernos individuos, tan complejos como contradictorios, polémicos e inconformes con la vida. A través de la lectura concentrada, silenciosa y solitaria, ingresamos en un mundo insospechado por la tradición oral, que basada en el ritmo repetido de las estaciones y la memoria común, siempre da vueltas sobre sí misma, al contrario del despliegue en múltiples direcciones de la cultura escrita.

      Este salto cualitativo, sin retorno, de la palabra escuchada a la leída no lo dio la persona ciega, sino en 1825, cuando el francés Louis Braille, con 16 años, ideó el sistema de lectoescritura que lleva su nombre, simplificando al máximo arduos métodos anteriores. A nadie se le escapa que su figura es de capital importancia para la plena integración de quienes carecemos de vista en las sociedades contemporáneas. No en vano, sus restos se encuentran en el Panteón de hombres ilustres de París. Ni siquiera los audiolibros, ahora tan de moda, sustituyen este indispensable invento que pone al ciego en igualdad de condiciones con cualquier lector.

      Vengo de una familia de empresarios y tenderos que, con perseverante esfuerzo, me dio una infancia acomodada, no exenta de caprichos y consentimientos. Mi rama paterna tenía una línea regular de autobuses, aunque mi padre, durante algunos años, montó un negocio de venta de coches usados. Si él hubiera leído poesía, se habría identificado con la admiración del futurista Marinetti por la belleza de los automóviles, que tanto le fascinaban. Mi rama materna regentó en Alcalá del Río, mi pueblo natal, un próspero comercio de tejidos y calzado hasta la llegada de los grandes almacenes capitalinos. El niño que alguna vez fui convirtió los largos tubos de cartón para enrollar metros y metros de tela en ilusorios micrófonos o en armas arrojadizas contra los perros callejeros. Cuando íbamos en verano a la playa de Sanlúcar de Barrameda, cualquier neumático de los autobuses, ya inservible, era entre las olas una enorme e ingobernable barca circular desde donde me lanzaba al agua para volver, no sin trabajo, a subirme en ella. Pero los juguetes por antonomasia de aquel niño temerario fueron los balones de fútbol. Esta reciente cancioncilla, hasta ahora inédita, trata de expresar esos momentos plenos de mi niñez:

CANCIONCILLA DEL BALÓN DE FÚTBOL

Balones de fútbol
llenaron mi infancia
de inocente júbilo.

Balones de fútbol
con que tantas veces
di la vuelta al mundo.

Balones de fútbol,
de goma o de cuero,
más blandos, más duros.

Balones de fútbol,
lisos, de lunares,
casi siempre sucios.

Balones de fútbol,
pinchados, perdidos
para mi disgusto.

Balones de fútbol
botaban, volaban,
según el impulso.

Balones de fútbol,
redondez del tiempo
que olvidó su curso.

Balones de fútbol,
en ellos al niño
encuentra el adulto.

Balones de fútbol
rodaron rodaron
hasta el fin del mundo.

Balones de fútbol,
cuando yo y mi hermano
jugábamos juntos.
 

      En verdad, tanto jugué en la infancia como poco leí. Excepto el tío Enrique, hermano de mi madre, casi nadie leía en mi familia. Empedernido lector de filosofía e historia, mi tío fue un hombre culto, modesto, de cariñoso y delicado trato, con quien, desde adolescente, conversé mucho. Recuerdo haber leído algunos libros con él, entre ellos, Las nubes de Aristófanes, detrás del mostrador de su mercería, mientras yo deseaba que no apareciera ningún cliente para no interrumpir la lectura.

      Crecí, pues, rodeado de mimos, no de libros, pese a lo cual, mis padres nunca descuidaron mi educación. Por ello, a los seis o siete años, en contra de mi voluntad, no tuvieron más remedio que internarme en el colegio de ciegos San Luis Gonzaga de Sevilla, donde me costó Dios y ayuda adaptarme. Me pasé casi toda la primaria, incapaz de atender a nada, solo a la espera de que llegara el fin de semana para volver a casa y salir de aquel agobiante cautiverio que de lunes a viernes me asfixiaba. Esta especie de parálisis trajo como consecuencia un deficiente rendimiento escolar durante algunos cursos hasta que, casi por arte de magia, ya al borde de la pubertad, algo se desatascó en mi interior y empezó a fluir una corriente impetuosa de interés en todo, alimentada por jóvenes maestros y algunos compañeros de estudio, atraídos por la cultura. En este ambiente, evoco a don Antonio Alves, nuestro profesor de mecanografía convencional –no en braille–, que no tardó en darse cuenta de mi incorregible torpeza manual y, librándome de la tortura de la máquina de escribir, me llevaba a su mesa para leerme, con su voz grave, cálida y pausada, sugestivos artículos de periódicos, mientras los demás tecleaban rítmicamente sus olivettis. De esta manera tan generosa, al tocar mis fibras más sensibles, me hizo sentirme útil en sus clases y me subió la autoestima. El señor Alves, como le decíamos, ejercía también de bibliotecario y, a veces, cómplice de mi ansiedad lectora, me pasaba algunos libros prohibidos entonces para los alumnos, como la escabrosa historia de La familia de Pascual Duarte de Camilo José Cela, que yo leía a escondidas por las noches en mi cama hasta que me descubrieron. Desde aquellos excitantes días, la discusión, la curiosidad y el hambre de saber no han dejado de llevarme en volandas. A mis 60 años tiendo a creer que aquella explosiva mezcla de angustia y entusiasmo, incubada en el colegio, ha hecho hoy de mí un lector y un poeta.

      El resorte que, como una iluminación súbita, me despertó al verso, a partir del cual intuí que podía desentrañar el sentido de un poema, fue el comentario de texto a un soneto de Miguel Hernández, donde la metáfora del rayo que no cesa representa el dolor. A estas alturas de mi vida, dudo mucho de la eficacia de las campañas de promoción de la lectura si no van unidas a una sólida formación humanista, capaz de dotar a los alumnos de las herramientas adecuadas para relacionar las obras entre sí e interpretarlas en su contexto, sin perversiones ideológicas. Al margen de estériles estadísticas, el arte de la lectura, comparado con otras actividades menos exigentes, siempre será minoritario. Lo que garantiza la salud espiritual de una época no es su cantidad de lectores, sino la calidad de los mismos. Lo grave sería que ellos desaparecieran. Mientras unos pocos no se aburran de prestar atención a unas páginas bien escritas, hasta los que no leen se beneficiarán de quienes entregan su tiempo a la lectura. Es ella, por cierto, gracias a su activa concentración y a su acompasado ritmo meditativo, la base del conocimiento estético, ético e incluso científico.

      El paso de la escuela primaria al instituto de bachillerato Miguel de Mañara, en San José de la Rinconada, me puso en las manos las Odas elementales de Pablo Neruda. Su sencillez y libertad creadora me impulsaron a escribir sobre cualquier cosa de la vida diaria, tuviera o no prestigio literario. Siento que la frecuente presencia de objetos en mis versos, aunque ajenos a la audacia metafórica nerudiana, nace en las Odas. Tras ellas, me zambullí de lleno en el surrealismo de Vicente Aleixandre, cuyas poderosas imágenes me autorizaban a desentenderme, sin sujeción a ley alguna, de la realidad inmediata. Para mí, la única válida era la imaginada en el poema. Mi primer libro, Prehistoria de los ángeles, publicado a mis 22 años, está empapado de los flujos irracionales del autor sevillano. Hoy, al cabo de tanto tiempo y tantas lecturas, me resulta increíble mi juvenil interés por la escritura inconsciente, pues me siento muy lejos de ella.

      Pero en medio de los muchos e indecisos tanteos, entre decepciones y hallazgos, permanece inmutable en mí, desde que me lo aprendí de memoria en la adolescencia, el insuperable soneto trunco de Rubén Darío, «Lo fatal», cuyo demoledor pesimismo, con su despojada precisión, ha marcado mi concepto del mundo y, por ende, los derroteros de mi poesía:

Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque esa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror...
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por

lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,

¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos!...

      Por la misma época, la delicada nostalgia de «El viaje definitivo», poema polícromo, polimétrico y monorrimo de Juan Ramón Jiménez, me dio muy pronto, antes que mis propias vivencias personales, conciencia del paso del tiempo:

…Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros
cantando;
y se quedará mi huerto, con su verde árbol,
y con su pozo blanco.

Todas las tardes, el cielo será azul y plácido;
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.

Se morirán aquellos que me amaron;
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado,
mi espíritu errará nostáljico…

Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido…
Y se quedarán los pájaros cantando.

      Estos dos poemas, hijos de la ignorancia y fugacidad, me enseñaron cómo el dolor, mediante la belleza, se transforma en placer. Por esta razón, el arte en general nos alivia del peso de la existencia, al enriquecerla. A diferencia del erotismo, con el que comparte algo de su refinada intensidad, el placer de la lectura demanda –a cambio de ser más duradero– esfuerzo, hábito y conocimiento suficiente de los recursos técnicos para ir más allá del plano semántico y paladear a fondo, en todos sus niveles expresivos, cualquier pieza artística. Esta suerte de complejidad, en la que tantos elementos intervienen de manera simultánea con el fin de alcanzar un completo deleite, distingue esta lectura de otras meramente lúdicas. Creo, además, que el lector de poesía, debido al manejo de ciertas claves específicas, inexistentes o no habituales en otros géneros, aventaja al lector de prosa en el afinamiento de la sensibilidad comprensiva. Prueba de ello es que muchos lectores de ensayo o narrativa no se sienten capaces de leer poemas. En cambio, es muy raro el lector de versos que no lo sea también de prosa.

      En mi ya dilatada trayectoria, me han guiado poetas y novelistas de muy distintos estilos y visiones, los cuales, en mayor o menor medida, han reforzado mi búsqueda formal y temática. Reconozco mi impagable deuda con el lirismo narrativo del Romancero, la turbadora desnudez de algunas coplas flamencas, la honda elegancia asonantada de Gustavo Adolfo Bécquer, la calma meditativa de Antonio Machado, la ausencia de fronteras espacio-temporales en Eugenio Montejo, la sutil ambigüedad onírica de Pedro Lastra, la amalgama de elementos actuales y anacrónicos dentro de la simetría estrófica en Carlos Germán Belli, la versátil transparencia imaginativa de Óscar Hahn, los expresivos silencios de José Manuel Arango, las inquietantes perplejidades de Wislawa Szymborska o las estructuras totalizadoras en las novelas y ensayos de Mario Vargas Llosa. Pero, más allá de autores determinados u obras completas, son situaciones, personajes y poemas sueltos los que, a la chita callando, me han acompañado siempre. En este sentido, me conmueven Don Quijote –ya Alonso Quijano– en su lecho de muerte, mientras su fiel Sancho, con lágrimas en los ojos, le ruega que no se muera; el simio kafkiano de «Informe para una academia», explicando a un grupo de científicos su asombroso proceso humano; o Peter Kien, el delirante sinólogo de Elias Canetti, protagonista de su novela Auto de fe, llevando dentro de su cabeza los miles de volúmenes de su biblioteca. Tampoco puedo olvidarme de la «Canción 8» de Rafael Alberti, tantas veces recitada a coro con Chari y nuestra hija Alicia, cuando era pequeña. Su dinamismo de espacios superpuestos, efectos aliterativos y repeticiones potencian al máximo su significado. Compuesta en el exilio argentino, frente al río Paraná, su extraordinaria plasticidad nos retrotrae a la casa gaditana del poeta:

Hoy las nubes me trajeron,
volando, el mapa de España.
¡Qué pequeño sobre el río,
y qué grande sobre el pasto
la sombra que proyectaba!

Se le llenó de caballos
la sombra que proyectaba.
Yo, a caballo, por su sombra
busqué mi pueblo y mi casa.

Entré en el patio que un día
fuera una fuente con agua.
Aunque no estaba la fuente,
la fuente siempre sonaba.
Y el agua que no corría
volvió para darme agua.

      Cuando ya, en mi primera juventud, las tareas literarias me absorbieron casi por entero, alternaba la lectura en braille con la que amigos o familiares me brindaban, tal era mi deseo de estar al tanto de las últimas novedades no transcritas al sistema de puntos. Esta doble experiencia de lector, la solitaria y la acompañada, la directa o indirecta, por decirlo así, amén de agudizar mis reflejos perceptivos, me ha demostrado, después de tantos años, que oír un texto sin conocer el braille no es lo mismo que conociéndolo. En el primer caso, estaríamos aún en el terreno de la oralidad; en el segundo, en el de la tradición escrita, pues mientras oímos el texto, en cierto modo lo vemos reproducido en nuestra mente. Quién sabe si mi costumbre de leer a media voz cada vez que lo hago solo, me viene de esta práctica compartida, como si le leyera –en palabras de Juan Ramón– a «este / que va a mi lado sin yo verlo». He tenido, pues, la fortuna, en todas las etapas de mi vida, de contar con personas que, en este sentido, han facilitado mi vocación poética, entre ellas mi madre, quien, sin ser aficionada a la lectura, me leyó cuanto necesitaba el febril adolescente que yo era. Su abnegación me ha infundido una responsabilidad y una exigencia absolutas en el ejercicio de la poesía.

      Pero hasta que no conocí a Chari, no descubrí mi visión de las cosas ni mi manera de expresarlas. Sin sus fundamentales observaciones, sugerencias e ideas, yo no sería el poeta que soy. Su precocidad lectora me ha abierto puertas –o sea, libros– a las que yo no hubiera llamado nunca. Juntos hemos creado un mundo propio, al servicio de la poesía, la nuestra y la de los demás. De ahí la importancia decisiva de Palimpsesto en mi madurez de poeta y de lector. Tal vez el siguiente romance, incluido en mi libro Un vago escalofrío, donde evoco nuestro amoroso encuentro en Sanlúcar de Barrameda, dé al menos una idea aproximada del grado de compenetración o, mejor, de íntima simbiosis que Chari y yo hemos alcanzado como pareja de lectores:

DESDE ENTONCES

Como leemos juntos
desde hace tanto tiempo,
ya tu voz son mis ojos
y al oírte hasta veo
los espacios en blanco
y la pausa final de cada verso.

Así, de línea en línea,
como en lúcido sueño,
nos fundimos en uno
durante todo el texto
hasta oírme en tu voz
y tú callarte en mi absorto silencio.

Una noche de agosto,
frente al mar sanluqueño,
sacaste de tu bolso
un librito de versos
de Juan Ramón Jiménez,
cuyas hojas aún las mueve el viento.

Me leíste –leímos–
un rato en el paseo
marítimo. Esa noche
la carne se hizo verbo
o el verbo se hizo carne
y desde entonces vivimos completos.

_______
"Palabra de lector" es la versión ampliada y corregida del pregón que dio Francisco José Cruz en la I Feria del Libro de Carmona, el 21 de mayo de 2022, publicada en Sibila, revista de Arte, Música y Literatura n.º 69 (Sevilla, enero de 2023).

sábado, 29 de abril de 2023

Presentación en Carmona de FLAMENCOS. VIAJE A LA GENERACIÓN PERDIDA de Manuel Herrera Rodas

Presentación de Flamencos. Viaje a la generación perdida, libro póstumo de Manuel Herrera Rodas. Intervienen en el acto: Francisco José Cruz y Carmen Herrera, hija del autor, con la actuación de Antonio Ortega Hijo (al cante) y Manuel Fernández Peroles (al toque). 
Sede Olavide en Carmona, Casa Palacio de los Briones, 21 de abril de 2023.



lunes, 6 de marzo de 2023

El Excmo. Ayuntamiento de Alcalá del Río otorga a Francisco José Cruz el Premio VIVE de Cultura por su trayectoria literaria (28-febrero-2023)

Palabras de Francisco José Cruz, al recibir el Premio VIVE de Cultura a su labor literaria, otorgado por el Excmo. Ayuntamiento de Alcalá del Río, su pueblo natal. El acto, presentado por Esperanza Bravo, delegada de Seguridad Ciudadana y Bienestar Social, se celebró en el Teatro Municipal, el 28 de febrero de 2023, Día de Andalucía.

                                                                                                           © Alicia Cruz Acal

                                                                                 © Carlos Díaz Cruz

Al recibir el Premio VIVE de Cultura
otorgado por el Ayuntamiento de Alcalá del Río


Mis padres

Están aquí conmigo.
No sé cómo probarlo. Me acompañan.
Están aquí conmigo,
apoyando su ausencia
común en estas líneas y aferrados,
como pueden, a los rasgos filiales
de mi insomne genética.
Están aquí, tratando de apuntarme
algo que yo no he escrito todavía.
Están aquí, sin siquiera el atisbo
ambiguo de sus sombras.
Pero velan por mí,
a pesar de que yo los niegue ante mí mismo
y me empeñe en creer que son menos que nada.

                                                            © Chari Acal
Con este poema, al menos hoy ante ustedes, deseo evocar no solo a mis padres, sino
a quienes de manera entrañable y decisiva contribuyeron también a que desde chiquitito me integrara plenamente en la vida del pueblo, pese a mis limitaciones. Me refiero, entre otros ausentes, a mi tía Cloti, mi tío Enrique, mi abuelo Misael y, sobre todo, a mi hermano, verdadero ángel tutelar de mis correrías infantiles por estas calles.
      Mucho me honra esta distinción, que ni siquiera imaginé cuando empezaba a esbozar mis primeros versos en la memoria o en mi ya vieja máquina Perkins, la misma que desde mi adolescencia, me acompaña hasta hora.
      Llevo, fuera de Alcalá, treinta y un año viviendo en Carmona, donde con el imprescindible y permanente apoyo de Chari, mi mujer, he escrito mis poemas más personales y, entre otros menesteres literarios, dirigido la revista de creación Palimpsesto durante más de tres décadas. Pero la primera mitad de mi vida la he pasado aquí. En contraste con el infierno que padecí de niño los primeros años de internado en el colegio San Luis Gonzaga de la ONCE, Alcalá del Río fue mi paraíso terrenal. No obstante, desde que tuve sentido crítico, nunca comprendí que uno pudiera estar orgulloso de su lugar de nacimiento por el mero hecho de serlo. El acto de nacer es fortuito, ajeno a nuestra voluntad, y el orgullo bien entendido tiene que ver con el esfuerzo y los méritos alcanzados. Por esto, más que orgulloso, me siento agradecido de ser alcalareño. Agradecido porque aquí se forjó mi carácter, cobré conciencia de la importancia vital de la cultura y, en infinitas conversaciones con algunos amigos de entonces, compartí mis incipientes inquietudes existenciales. Además, en el n.º 2 de la calle Ilipa Magna, o sea La Laguna, donde viví con mis padres y mis hermanos casi hasta que me casé, escribí mis dos primeros libros de poemas, Prehistoria de los ángeles y Bajo el velar del tiempo. Aunque hoy no me identifico con ellos en absoluto, sí fueron en mis comienzos, ya lejanos, el gran acicate para encausar mi destino de poeta.
      Frente a mi casa, en la Plaza de España, cuando todavía era de albero y los días de lluvia la encharcaban, mi hermano y yo nos encontrábamos con otros niños para jugar a lo que se nos ocurriera, casi siempre al fútbol. Años más tarde, siendo un muchacho, y estando ya la plaza asfaltada, muchas veces me paseaba ensimismado de la baranda que da al río hasta el Ayuntamiento y viceversa, aprendiéndome de memoria poemas como «Lo fatal» de Rubén Darío o «El viaje definitivo» de Juan Ramón Jiménez, que, junto a algunas experiencias fundamentales, han marcado desde entonces mi visión de las cosas y, por ende, de mi escritura. En esa época, con la ansiedad del adolescente, ya alternaba mis lecturas en braille con los libros que me leían mi tío Salvador, mi tío Enrique, mis hermanas –Gema y Mari— y, sobre todo, mi madre, cuya abnegación ha infundido en mí una gran exigencia y autenticidad en el arte de hacer versos. Uno de los pocos libros que a mi madre le gustó leerme fue Lejos de África de Isak Dinesen. En él, la escritora danesa cuenta cómo los masáis, con mudo asombro, la rodeaban mientras escribía. Ellos consideraban cualquier texto escrito algo sagrado, incapaz de mentir. Parecido fervor sentía yo entonces cada vez que tenía un libro entre mis manos.
      En fin, la poesía ha hecho de mí la persona que soy, dándome todo lo que uno puede pedirle a la vida. Agradezco de corazón a David Ruiz, quien propuso mi nombre, y a los demás miembros del jurado por concederme el premio VIVE de Cultura del Ayuntamiento de Alcalá del Río, premio que dedico a mi hija Alicia y a mis sobrinas y sobrinos, aquí presentes, para que nunca olviden el valor humano de la Poesía. Celebro que este reconocimiento me haya traído de nuevo a mi pueblo natal junto a mi familia alcalareña, mi familia carmonense y amigos entrañables, que también son mi familia, y me haya permitido asomarme a mis raíces, ese vértigo del tiempo que, desde la mirada del niño que fui, he tratado de expresar en esta canción:

Canción

Cómo iba yo a imaginarme,
cuando era chico,
que mi abuelo antes que abuelo,
solo era un niño
que jugaba a la pelota
con otros niños
en una calle sin coches
o en un baldío.

Cómo iba yo a imaginármelo,
cuando era chico,
dando sus primeros pasos
entre dos siglos,
de la mano de su madre
o ya solito.

Cómo iba yo a imaginarme,
cuando era chico,
a mi abuelo en una cuna
recién nacido.

Cómo iba yo a imaginarme
lo que imagino.

Francisco José Cruz
Alcalá del Río, 28 de febrero de 2023

 

                                                                      Con familiares y amigos © Fernando Romero

   Al fondo, la torre mudéjar de Alcalá del Río © Carlos Díaz Cruz
                            Chari y Fran, brindando ©Fernando Romero



El poeta Francisco José Cruz reconocido en su pueblo natal, Alcalá del Río https://gatropolis.com/literatura/poeta-francisco-jose-cruz-reconocimiento/

sábado, 15 de octubre de 2022

PALIMPSESTO 37. Documental sobre Georgina Herrera y exposición de Francisco Espinoza Dueñas

Fran Cruz, Juan Ávila (alcalde) y Ramón Gavira (concejal de Cultura y Patrimonio) ©Chari Acal   
VÍDEO

PALIMPSESTO 37

                                                                                                   ©Chari Acal
El placer de la lectura demanda esfuerzo, hábito y noción suficiente de los recursos técnicos para ir más allá del mero plano semántico y paladear a fondo, en todos sus niveles expresivos, cualquier texto con el fin de alcanzar un completo deleite. Creo, además, que el lector de poesía, debido al manejo de ciertas claves específicas, inexistentes o no habituales en otros géneros, aventaja al lector de prosa en el afinamiento de la sensibilidad comprensiva. Prueba de ello es que muchos lectores de ensayo o narrativa no se sienten capaces de leer poemas. En cambio, es muy raro el lector de versos que no lo sea también de prosa.
      El acto de leer siempre será minoritario. Lo que garantiza la salud espiritual de una época no es su cantidad de lectores, sino la calidad de los mismos. Lo grave sería que ellos desaparecieran. Mientras unos pocos no se aburran de prestar atención a unas páginas bien escritas, hasta los que no leen se beneficiarán de quienes entregan su tiempo a la lectura. Es ella, por cierto, gracias a su activa concentración y a su acompasado ritmo meditativo, la base del conocimiento del mundo en todos sus órdenes, incluido el estético.
      Un año más –y ya son 32 consecutivos– presentamos un nuevo número de Palimpsesto, el 37, en el que, fiel como siempre a la poesía hispanoamericana, adquiere una presencia especial el Perú, motivada por el centenario de la aparición de Trilce de César Vallejo, una de las obras más renovadoras de la vanguardia en nuestra lengua, a la que el poeta Jorge Nájar, mediante exploraciones experimentales entre el verso y la prosa, hace un peculiar tributo.
      En este orden de cosas, el libro de nuestra colección está dedicado al arequipeño César Atahualpa Rodríguez (1889-1972), autor coetáneo de Vallejo y, como él, heredero de la música verbal del Modernismo, entreverada de ciertos rezagos románticos. Casi olvidado hoy en su país y desconocido por completo en el nuestro, publicamos por primera vez en España, a los cincuenta años de su muerte, Soy un poco de sombra, representativa antología, precedida de un magnífico prólogo de su compatriota Alonso Ruiz Rosas, para quien «Rodríguez fue un sonetista infatigable de imágenes rotundas, que compuso también cantos vigorosos, impregnados de historia y sabor local. El poeta escribió, además, romances, composiciones livianas a las que él mismo llamó bagatelas, poemas amorosos y de circunstancias, estampas costumbristas, poemas de corte religioso o de crítica social, artes poéticas y soberbios apuntes de paisajes y, más tarde, de viajes. En muchos de sus poemas, el tono especulativo del pensamiento, embebido de metafísica, tensa las cuerdas del desasosiego y las percepciones emotivas; en otros, la erudición libresca o el dato nimio de la experiencia prosaica tocan fibras interiores y se manifiestan en alguna de sus formas poéticas».
   Asimismo, esta flamante edición de Palimpsesto reúne poemas de la también peruana Giovanna Pollarolo, del hondureño Leonel Alvarado, de la mexicana de ascendencia judía Sara Robbins y de los españoles J.R. Barat y José Manuel Benítez Ariza. Todos ellos, con sus diferencias de mundos y estilos, comparten el verso libre de tono coloquial e introspectivo.
      La misma libertad creadora se respira en las composiciones de la poeta afrocubana Georgina Herrera, con la que abrimos este número 37, ofreciendo una significativa selección de su poesía, junto a un «Requiem» escrito por su hijo Ignacio T. Granados Herrera, donde define sagazmente la controvertida personalidad de su madre, y un esclarecedor estudio a cargo de la profesora Aída Elizabeth Falcón Montes, quien relaciona las difíciles vicisitudes de la vida de la autora con los temas centrales de su obra y los modos de enfocarlos.
GEORGINA HERRERA
Georgina Herrera nació en Jovellanos (Matanzas), el 23 de abril de 1936, en un entorno familiar conformado en su mayoría por descendientes de esclavos. Empezó a escribir con nueve años de manera intuitiva, percibiendo ya entonces su condición de mujer negra y pobre, al punto de que, según sus palabras, «quería ser blanca, y para lograrlo, a escondida de mi mamá, me planché el pelo y ¡me quemé! Con un palito de tender la ropa me prendí la nariz para ver si se me estiraba y ¡pasé tremendo dolor!».
      En 1956, se trasladó a La Habana, donde, mediante la escritura, trató de entender sus circunstancias personales como el mutismo de su madre, el autoritarismo de su padre y las carencias económicas. Durante un tiempo, para mantenerse y estudiar secretariado en una escuela nocturna, trabajó de sirvienta doméstica. En 1961, se relacionó con los miembros de Ediciones El Puente, quienes un año más tarde le editaron su primer libro, GH, título alusivo a las iniciales de su nombre y apellido. A partir de aquí, guiada por el interés en sus raíces ancestrales, compuso poemas inspirados en la mitología afrocubana, recogidos en Gatos y liebres o Libro de las conciliaciones (1978).
      En 1963, ingresó en Radio Progreso, donde durante cuarenta años escribió radionovelas centradas en los conflictos raciales de Cuba, sufrido especialmente por la mujer negra, cuya imagen estereotipada transformó y enriqueció en sus historias radiofónicas. Junto a estas preocupaciones sociales, ajenas al panfleto político, el tono coloquial e intimista de su poesía, salpicado de hallazgos imaginativos, aborda con singular perspectiva, el disfrute del amor, la maternidad y la pena por la muerte de su madre y su hija en libros como Gentes y cosas (1974), Gustadas sensaciones (1996) o Gritos (2004). Traducida a varios idiomas, obtuvo, entre otros reconocimientos, la Medalla Alejo Carpentier y la Distinción Honorífica de la Cátedra Nelson Mandela.
      Georgina Herrera murió en La Habana el 13 de diciembre de 2021, a los 85 años de edad, a causa del Covid 19. Pero, gracias al Hada Cibernética (en tan atinada expresión de Carlos Germán Belli), la tenemos presente hoy en Carmona con el documental Cimarroneando con GH, realizado en 2011 por Juanamaría Cordones-Cook, profesora de la Universidad de Missouri, a quien agradecemos su autorización expresa para proyectarlo.

© Fernando Romero

                                                                                                                              © Fernando Romero
FRANCISCO ESPINOZA DUEÑAS

Peruano es también Francisco Espinoza Dueñas (Lima, 1926-Carmona, 2020), cuyas obras ilustran la portada y el interior de la revista. Brillante grabador, pintor y ceramista, creció en un barrio muy pobre de la capital, al lado de un cementerio, circunstancia que influyó en su actitud vital y estética. A fuerza de sacrificio y denodado empeño, estudiando de noche, logró ingresar en la Escuela Nacional Superior de Bellas Artes, donde se graduó con honores. Como muchos de sus compañeros de generación, obtuvo una beca del Instituto de Cultura Hispánica, que le permitió residir en Madrid entre 1955 y 1958. Cursó entonces estudios de pintura mural en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando y afianzó su pasión por el grabado, especializándose en litografía, en la Escuela Nacional de Artes Gráficas. Espinoza Dueñas partió luego a París para perfeccionar sus estudios en la Escuela de Bellas Artes y formarse como ceramista en la Manufactura Nacional de Sèvres, siendo distinguido por el Museo Cantini, dentro de la Bienal de Marsella, con el Gran Premio Internacional de Cerámica, el más prestigioso del mundo. Precisamente, Mario Vargas Llosa, que lo conoció por esas fechas, señaló: «yo admiro profundamente esa convicción orgullosa, insolente, que singulariza a Espinoza Dueñas entre los artistas de su época y lo lleva a aferrarse con una tenacidad que tiene algo de desafío y de provocación […] Su arte no es mimético, no duplica lo real, no reproduce las imágenes cotidianas del mundo, sino, más bien, traduce en líneas y colores, en objetos plásticos, ciertos contenidos profundos del espíritu humano: la cólera, la humillación, el estupor».
      De 1965 a 1968 fue profesor en La Habana y realizó allí diversos murales en instituciones públicas. En 1969, se instaló en Burgos, ciudad de su esposa Pilar, en la que desarrolló una intensa actividad pedagógica y creadora. En 1983, hizo un mural con mosaicos, dedicado a César Vallejo, en la Vía Expresa de Lima. Desde este momento, los talleres cobraron relieve durante su estancia en Estados Unidos en los años 80, donde fue invitado para dar clases y seguir con sus particulares lecciones magistrales en directo, con murales pintados en Filadelfia, Nueva York o Nueva Jersey.
      A partir de 1989, se afincó en Constantina, donde prosiguió su febril labor creadora y didáctica, así como en otros pueblos de la sierra norte de Sevilla (El Pedroso, Cazalla de la Sierra, Las Navas de la Concepción…). Sus talleres experimentales sirvieron para llevar el proceso creativo al gran público, explicando sus técnicas ante personas de todo tipo (pensionistas, desempleados, estudiantes…). Para Fernando Iwasaki, «el legado de Espinoza Dueñas no solo es inmenso, sino que su obra producida en España representa una novedad con respecto a la que atesoran museos de Francia, Cuba, México, Perú y Estados Unidos, correspondientes a su etapa de 1958-1970. En realidad, desde su regreso a España, el artista peruano se mantuvo al margen de las veleidades del mercado, las ferias y los galeristas».
      En 2011, la Fundación Caja Rural del Sur le dedicó, en Huelva y Sevilla, una muestra retrospectiva de su obra, en la que, según Fernando Chueca Goitia, «la pintura, la cerámica, el mosaico o el grabado, lo que salga de las manos de Espinoza, tiene algo de fuerza telúrica, de volcán en erupción, de luciérnaga en la noche sideral, de crispación de un viejo dios atormentado».
      Calificado por el poeta José Hierro de «obrero de una artesanía ritual», Francisco Espinoza Dueñas pasó los últimos diez años de su vida en Carmona, donde, a pesar de su paulatina pérdida de memoria, nunca se olvidó de pintar. Murió en la Residencia San Pedro de nuestra ciudad pentamilenaria.
      Agradecemos a sus hijas Amaya y Adriana que nos hayan facilitado de manera altruista las obras reproducidas en estas páginas y cedidas para la exposición que se inaugura hoy en este Museo, al cuidado del artista Aurelien Lortet y que estará abierta al público hasta el 11 de noviembre de 2022.


© Fernando Romero


Aurelien Lortet, Ramón Gavira, José Antonio Doig (cónsul general del Perú en Sevilla),
Juan Ávila, Adriana Espinoza y Chari Acal.   
©Fernando Romero


Celebrando en el restaurante del Museo con familiares y amigos, 
el acto de presentación de Palimpsesto 37©Fernando Romero



Casa Palacio Marqués de las Torres
Museo de la Ciudad de Carmona, 7 de octubre de 2022