jueves, 16 de enero de 2020

FRANCISCO JOSÉ CRUZ NOS ENSEÑA SU ARTE POÉTICA. Entrevista de Luis Julio del Zapatero para GATRÓPOLIS


En la presentación de la película dirigida por Fernando Meirelles, A ciegas, adaptación de la novela Ensayo sobre la ceguera, el autor de esta, el Premio Nobel José Saramago declaró que «la peor ceguera es la mental, que hace que no reconozcamos lo que tenemos delante». En este sentido, el poeta sevillano Francisco José Cruz matiza que «una de las cualidades básicas que debe tener cualquier artista, no solo un poeta, es la de no engañarse a sí mismo; tener el valor de afrontar sus propias limitaciones, sus terrores y sus inseguridades».
      Francisco José Cruz nació en 1962 en Alcalá del Río, pero reside en Carmona, asimismo en la provincia de Sevilla. Poeta y ensayista, está promocionando durante este año la reedición en España por la editorial valenciana Pre-Textos de su poemario Un vago escalofrío, publicado en 2015 por Editorial Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá (Colombia).
      Francisco José Cruz le ha abierto a gatrópolis las puertas de su casa y de su Arte Poética, y le ha dado algunas de las claves de su creación literaria: su fuente de inspiración, sus inquietudes artísticas, su admiración por la literatura hispanoamericana, el origen de su amor por la poesía… Y en qué medida ha podido influir en su capacidad creativa la ausencia del sentido de la vista.

¡Ay del carpe diem!

Con qué facilidad
nos vamos del momento en el que estamos,
lamentando su fuga
aun antes de que pase,
sin haberlo vivido plenamente.

Con qué sorda insistencia
recuerdos y temores nos distraen,
dejándonos así
con un pie en el ahora
y el otro en el ayer o en el mañana.

Tanto desequilibrio
a cierta altura de la edad nos lleva,
involuntariamente,
de una cosa a otra cosa
hasta que a duras penas nos centramos.

La creación literaria a partir de la propia experiencia

«La única manera de que lo que diga uno sea personal es escarbando dentro de uno mismo y transformando o procurando transformar la experiencia personal en la que se basa el poema en algo tan auténtico como la experiencia que vivió», explica Francisco José Cruz. «No quiere decir que la copie, porque cualquier experiencia vivida o imaginada, en el momento que se reelabora en un poema, en un cuadro o una sinfonía, acaba siendo otra cosa», matiza el poeta. Pero afina diciendo que «la experiencia solamente es el punto de partida para desarrollar una emoción o un pensamiento determinado. Pero en esa transformación de la experiencia vivida al hecho estético del poema hay que procurar no ponerse trampas; hay que ser fiel al fondo que te guio para hacer el poema», concluye.

Función ornamental

Encima de cada puerta
de la casa, mi mujer
ha ido colgando una máscara.

Formas en madera o barro
que hoy a nadie provocan
sugestiones sagradas.

Es esta inofensiva
función ornamental
la que protege a la casa

–frívola, distraídamente–
de temibles certidumbres
y tenaces esperanzas.

Su fuente de inspiración y su apoyo creativo

Arte poética

Cómo voy a olvidarme
de que sin ti yo nada hubiera escrito,
si eres tú quien les da
a mis prosas y versos
la humedad afectiva y su sentido.

Con los años, mi amor,
ya no sé qué es lo tuyo y qué lo mío
en esta fiel tarea
de ser tu amanuense,
poniendo tus ideas en mis ritmos.

«Chari y yo llevamos juntos casi 30 años, más de media vida de ambos. Sin ella no hubiera desarrollado mi vocación poética con la plenitud con la que la estoy desarrollando». De esta manera explica Francisco José Cruz la importancia de Chari Acal, su pareja sentimental en su viaje vital y artístico, en la creación de su obra. «A Chari, que está en todos mis versos» es la dedicatoria que el poeta realiza en Un vago escalofrío. En su poema «Arte poética», publicado en esta obra, mezcla amor y poesía a la par, como si el yo del poeta se confundiera con el de su fuente de inspiración. Y bien que lo consigue el autor.

Cogiditos de la mano

Aunque no nos demos cuenta,
siempre andamos, amor mío,
al borde de nuestra ausencia.

Cogiditos de la mano,
siguiendo nuestro camino,
llevamos ya veinte años.

Tú nunca me soltarás,
yo nunca te soltaré
hasta que llegue el final.

Y no quiero preguntarme,
cogiditos como vamos,
a quién le llegará antes.

      El vínculo del poeta con Chari, como él mismo asegura «no solo es porque suponga una ayuda física e inmediata en aquellas cosas que yo por mis limitaciones no pueda hacer, sino porque su sensibilidad a la poesía está tan cultivada o más que la mía, tiene tantos intereses literarios como yo, y hemos puesto nuestras vidas al servicio de la poesía y trabajamos los dos a una».
      Esa unión ha generado un rico caudal de vivencias que se ve reflejado en la creación literaria de Francisco José Cruz, quien reconoce que «con los años yo necesito su aprobación en todo lo que hago. Muchas de las ideas que yo desarrollo en mis poemas y en mis ensayos son sugerencias suyas».
      ¿Habrá algún antecedente en la poesía como este? Amor y creación poética, «Cogiditos de la mano», como titula en el referido poema; fuente de inspiración y báculo para caminar por entre los versos. «Ya no me imagino escribir y leer sin ella. Mutuamente nos enriquecemos. Estamos muy compenetrados. Cuando escribo estoy siempre pensando en qué pensará ella, en qué me sugiere. Para mí es decisiva», confirma.

No me importaría

Con tal de estar siempre juntos
a mí no me importaría
que nos quedáramos solos

en el planeta los dos
aterrados e inmortales
cuando ya pasara todo.

Una creatividad sin límites

Francisco José Cruz publicó en 1984, con solo 22 años, su primera obra: Prehistoria de los ángeles (Premio Barro de Poesía de Sevilla). Desde entonces, su lucidez creativa la ha aprovechado como un don innato para regalarnos la riqueza de su literatura. Ciego de nacimiento, el poeta alcalareño, no obstante, advierte que «no tengo conciencia de que la ceguera haya influido en algún aspecto determinado y concreto de mi vocación poética». Es más, asegura que «una persona que tenga sus cinco sentidos en condiciones y que maneje todos los recursos de la poesía hasta la fecha conocidos no es garantía de que sea mejor poeta que el que solo maneje tres sentidos y cuatro recursos poéticos». Al hilo de esta afirmación, explica que «lo importante es aprovechar la experiencia que uno tenga, pase por el sentido que pase, y que esté bien reelaborada en el poema». Por ello considera que «las limitaciones físicas de una persona no restan posibilidades creadoras en ningún caso», aunque «tampoco las aumentan», apunta. «El mérito está en la audacia de elaborar adecuadamente la experiencia vivida».
      ¿En qué sentido ha podido influirle la ceguera? El poeta responde que «si no hubiera sido una persona ciega, es posible que hubiera hecho otro tipo de poesía, pero no sería ni mejor ni peor, sino diferente». Francisco José Cruz recuerda los años de infancia, cuando estuvo internado en un colegio de la once. Admite que ahí podría haberse ido labrando esa tierra de creación que ha sido posteriormente su obra literaria. Recuerda aquella etapa tan significativa como años complicados que podrían dar explicación a poemas como «Orfandad», Maneras de vivir, dedicado a unos juguetes del siglo xv expuestos en una vitrina, con los que nadie juega ya; están aparcados. «Ese sentido de la claustrofobia que expresan algunos poemas míos pudiera vincularse remotamente a las vivencias que tuve de niño y, por consiguiente, debido a mi ceguera», presupone. «Pero esto es un ejemplo de lo que he dicho antes –continúa–: cómo una experiencia que no se relata para nada en el poema, como puede ser el internado, se resuelve en el poema con un tema aparentemente distinto al del internado. Es decir, situaciones agobiantes y claustrofóbicas, cuyo tema nada tiene que ver con la ceguera pero que esta puede estar alentando desde el fondo».

Un poeta artesanal


Mi vieja máquina


Desde la adolescencia
ya me acompaña
fijando mis silencios
y mis palabras.

Así que en ella he escrito
todos los poemas,
todos sin excepción
hasta la fecha.

Cuánta paciencia tiene
mi vieja máquina,            

pues aún la aporreo 
con torpe maña.


El ruido tosco y seco
que hacen sus teclas
acaso está en el fondo
de mis poemas.

Esta maciza Perkins
todo lo aguanta
menos que yo la cambie
por otra máquina.


      «Escribo todavía en una máquina braille Perkins que usaba en mi adolescencia. La misma que me regaló mi padre, la que llevé al instituto cuando estudiaba bup en San José de la Rinconada, en el instituto Miguel de Mañara», responde Francisco José Cruz cuando se le cuestiona por las herramientas usadas para plasmar en algún soporte el fruto de su creatividad. Y en ese sentido reconoce que «no me he puesto al día en la informática, en parte porque tengo a Chari al lado, en parte porque me considero un manazas en todo lo relacionado con las tecnologías, y en parte por una cuestión romántica». Y es que declara resuelto que «a estas alturas de mi vida, a mis 57 años, prefiero escribir mis poemas y mis ensayos en la misma máquina en la que vengo haciéndolo desde adolescente».
      «Mi vieja máquina» es un poema, perteneciente a Un vago escalofrío, que refleja lo que dice. Y es que su unión a su añeja Perkins es tan intensa y duradera como la de Chari. El poeta es fiel a la lectoescritura en braille: «escribo mis poemas y muchas veces los compongo de memoria. Y cuando más o menos tengo el poema enjaretado, lo remato con la máquina», confirma. Y ahí es donde coge la mano de Chari para volver a caminar por el camino creativo: «Una vez que no soy capaz de mejorar el poema se lo dicto a Chari. Y normalmente vuelve a haber otras correcciones últimas basadas en las observaciones que me hace», finaliza.

La poesía hispanoamericana y la influencia en su Arte Poética

«A mis veintipocos años, cuando yo aún no había encontrado mi voz propia como poeta e iba tanteando sin saber ni cómo ni qué quería expresar, y antes de encontrar esa voz más personal, mi mundo más propio, el que expreso a partir de Maneras de vivir, tenía la insatisfacción del lector», comenta Francisco José Cruz. Ello lo refiere el poeta porque «salvo excepciones», en los poetas españoles de su generación no encontraba obras que le animaran, «en las que yo me pudiera reconocer de alguna manera», matiza. Así, la manera que tenía de ampliar sus horizontes dentro de su lengua era conocer lo más a fondo posible la poesía que en español se hacía en el mundo. Y ahí surgió su deseo de explorar, de descubrir nuevos caminos en la poesía. Y los encontró en Latinoamérica. «En España está el origen de la lengua y de nuestra literatura –añade–, pero después de 500 años del Descubrimiento tenemos maestros tanto en España como en Hispanoamérica». Por ello se considera «heredero tanto de poetas españoles como hispanoamericanos», asevera.


Casi treinta años de la revista Palimpsesto

Francisco José Cruz fue asesor literario de la Biblioteca Sibila-Fundación BBVA de Poesía en Español y lo es actualmente de Sibila, revista de arte, música y literatura. Y en 1990 fundó la revista Palimpsesto, «especialmente atenta a la poesía hispanoamericana», de la que sigue siendo su director.
      «Afortunadamente –explica– tuvimos la oportunidad gracias al patrocinio exclusivo del Ayuntamiento de Carmona de fundar una revista que en 2020 cumplirá 30 años de existencia ininterrumpida, con el propósito fundamental de dar a conocer la poesía hispanoamericana, a poetas de distintas generaciones y de distintos países».
      La idea surgió de ese afán suyo que hemos explicado anteriormente por descubrir a esos poetas que todavía en España no habían sido publicados. Así, reconoce que «el primero que se beneficiaba como lector de esa búsqueda era yo». La revista fue cogiendo vuelo, «fuimos madurando y más pronto que tarde la importancia de la revista está en satisfacer la curiosidad de todos los lectores de poesía del ámbito hispano».

Treinta y cinco años creando poesía

Francisco José Cruz nació en Alcalá del Río, Sevilla, en 1962. Ha publicado los siguientes libros de poemas: Prehistoria de los ángeles (Premio Barro de Poesía, Sevilla, 1984), Bajo el velar del tiempo (Sagunto, 1987), Maneras de vivir (I Premio Renacimiento de Poesía, Sevilla, 1998; México, 2004; Bogotá, 2006), A morir no se aprende (Málaga, 2003; Bogotá, 2006), Hasta el último hueso. Poemas reunidos 1998-2007 (Mérida, Venezuela, 2007), El espanto seguro (Sevilla, 2010), Vía Crucis (plaquette, Carmona, 2011), Con la mosca detrás de la oreja (antología personal, Bogotá, 2011) y Un vago escalofrío (Bogotá, 2015, Valencia, 2019).
      Es, además, autor de varias compilaciones y ediciones de poetas hispanoamericanos. Dirige en Carmona, desde su fundación en 1990, la revista Palimpsesto, especialmente atenta a la poesía hispanoamericana. A instancias de Juan Carlos Marset, por entonces delegado de Cultura del Ayuntamiento Hispalense, creó en 2004 el proyecto Casa de los Poetas de Sevilla. Fue asesor literario de la Biblioteca Sibila-Fundación BBVA de Poesía en Español y, actualmente, lo es de Sibila, revista de arte, música y literatura.
VÍDEO

Gatrópolis
https://www.gatropolis.com/literatura/especiales/francisco-jose-cruz-arte-poetica/
 GATRÓPOLIS, revista cultural, 29 de diciembre de 2019

miércoles, 4 de diciembre de 2019

PALIMPSESTO 34. Lectura de José Pérez Olivares


VÍDEO
©Televisión Carmona

PALIMPSESTO 34

Con el nº 34, Palimpsesto cumple 29 años de existencia, y, en estas casi tres décadas de ininterrumpida singladura, se nos han ido ya para siempre algunos poetas con quienes Chari y yo mantuvimos una estrecha relación personal y cuyas singulares obras aumentaron, sin duda, el crédito y la calidad de la revista. Es el caso del guatemalteco Humberto Ak’abal, quien de la noche a la mañana nos ha dejado hace solo diez meses. En su pertenencia a la etnia maya, sofocada durante siglos, y en su compromiso con ella, radican tanto las enormes dificultades de su vida como la razón de ser de su poesía, escrita en k’iche’, su lengua materna, y autotraducida al español. Poeta de la memoria ancestral y del instante vivido, en su figura irrepetible se reconcilian la América precolombina y la actual. Muchos tendrán presente aún las memorables lecturas que dio en la Biblioteca Pública de Carmona en 2001 y en 2008. Conste, pues, nuestro rendido reconocimiento con este poema suyo:

De vez en cuando
camino al revés:
es mi modo de recordar.

Si caminara solo hacia delante,
te podría contar
cómo es el olvido.

      A estas entrañables y dolorosas pérdidas de Palimpsesto, las envuelve, digámoslo así, la benéfica sombra de Antonio Machado, de quien este año se conmemora el ochenta aniversario de su muerte. Ante la perentoria necesidad que sentimos hoy de modelos éticos y estéticos que reanimen nuestra alicaída confianza en el ser humano –desorientado como pocas veces en su historia–, dejarnos llevar por el ejemplo de don Antonio en esta grave coyuntura del mundo es, al menos, un consuelo auténtico. En su indispensable figura, vida y obra, conducta y pensamiento íntimamente se corresponden. Sin ir más lejos, a lo largo de su intachable trayectoria, su equilibrado sentido de las formas poéticas –tan dúctiles como serenas, tan fieles a una tradición como a sus propias intuiciones expresivas– reflejan ya el humanismo de su filosofía antidogmática, asumiendo en ella las irreductibles contradicciones del hombre. De ahí la reiterada apelación de sus versos y prosas al diálogo con el otro que somos y con los otros, hasta que atender y entender sean verbos casi sinónimos:

No es el yo fundamental
eso que busca el poeta,
sino el tú esencial.

      El nº 34 de Palimpsesto se abre con una reveladora entrevista al poeta y narrador Elkin Restrepo, en la que, entre otras cuestiones personales y literarias, se refiere a su temprana vocación artística, a las diferencias y confluencias entre un poema y un relato a la hora de abordar uno u otro, al paso del tiempo en relación con el erotismo y la belleza física, al influjo del cine en su escritura y, en definitiva, a la extrañeza de todo ante el misterio del mundo. Además, incluimos de este maestro de las letras colombianas unos poemas inéditos y un texto sobre el cuento.
      Para celebrar el V Centenario de la Primera Vuelta al Mundo, gesta sin precedentes hasta entonces, planeada e iniciada por Fernando de Magallanes –verdadero artífice de la misma– y culminada por Juan Sebastián Elcano, cerramos el número con un extenso y minucioso ensayo del chileno Christian Formoso sobre las interpretaciones que algunos poetas de las colonias de Ultramar y la premio Nobel Gabriela Mistral hicieron del estrecho de Magallanes, según la visión que a su paso dio del mismo Antonio Pigafetta en su diario de la Circunnavegación.
      Entre estos dos bloques principales, publicamos poemas de Alicia García Bergua, Fabio Morábito, Odi Gonzales, Mercedes Escolano, Mario Meléndez, Adán Brand y Tamym, poetas de generaciones, países y estilos muy diversos que, según los casos, se encuentran en plena madurez creadora o en prometedor camino hacia ella.
      Las imágenes que ilustran este número –muchas de ellas casi desconocidas por estos lares, como la del parque nacional de Texas, Big Bend, cuyo paisaje semiárido aparece en la portada–, cedidas altruistamente por el pintor Juan Lacomba, pertenecen al artista carmonense José Arpa, quien desarrolló su rica obra pictórica entre el último tercio del siglo XIX y la primera mitad del XX. Él fue en su época, como Palimpsesto en la nuestra, un vínculo estético entre Carmona y América, no en vano vivió en México y en Texas muchos años, durante los cuales descubrió y ejecutó esos magistrales paisajes impresionistas al aire libre, distintivos de lo mejor de su obra, gracias a los matices lumínicos, la hipersensible gama de colores, los encuadres insólitos, al modo fotográfico, y los bajos horizontes. Quizá sea ya hora, a los casi setenta años de su muerte, que Carmona, en pleno auge turístico y cultural, se plantee crear en serio un museo dedicado a la figura de José Arpa, quien supo mantenerse al margen de las alharacas vanguardistas para entregarse a su propia búsqueda.
      En la colección Palimpsesto publicamos Un niño mira el mar, primera antología aparecida en España del costarricense Rodolfo Dada, en cuyos versos, la bullente vida del trópico, tanto marina como selvática, muy lejos de la típica postal paradisíaca, está sometida a continuas metamorfosis que nuestro poeta expresa con una gran belleza lírica, tierna, leve y escurridiza a la vez. En la obra de Dada, la poesía infantil posee la misma importancia estética que la escrita para adulto. De ahí que en esta selección esté también por derecho propio suficientemente representada.


JOSÉ PÉREZ OLIVARES, 
ENTRE LA HISTORIA Y EL ARTE

En 1997 obtuve, con mi libro Maneras de vivir, el I Premio Renacimiento de Poesía y al año siguiente se lo concedieron a José Pérez Olivares por Háblame de las ciudades perdidas. Aún recuerdo la extraña satisfacción que sentí en mi fuero interno al enterarme de la noticia, pues, de algún modo, el hecho de que se lo dieran a un poeta tan apreciado por mí, reforzaba mi autoestima y, por ende, los posibles méritos de mi libro.
      Pese a los muchos años que nos conocemos, no guardo, a decir verdad, un trato entrañable con este cubano afincado en Sevilla desde 2003. Sabemos poco uno del otro, pero las veces en que hemos coincidido en eventos literarios o le he solicitado colaboración para Palimpsesto y otras revistas, ha fluido siempre entre nosotros una fresca corriente de empatía.
      Mi vieja admiración por su escritura se remonta a 1992, cuando leí Examen del guerrero, libro de plena madurez creadora que, desde su mismo título, nos muestra sus indagaciones formales y temáticas, como la identidad, la guerra y, en definitiva, el destino humano. En él aparece un poema que, sin menoscabo de los demás, no ha dejado de acompañarme. Se trata del titulado «La torre», por cuya infinita escalera de mármol que traspasa las nubes, el poeta se ve subiendo peldaño a peldaño, con sus crecientes peligros y dificultades, perseguido por sus hijos y precedido por sus padres, a los cuales ha perdido ya de vista y oye cada vez más lejos. La composición, de gran poder simbólico, dibuja con insólita belleza el sigiloso e implacable paso del tiempo. Este vigor plástico, de trazos tan sugerentes como precisos, impregna toda la obra de Pérez Olivares, por la que pasan reyes, bufones, putas o ángeles, en una suerte de dramático esperpento que nos revela lo mejor y lo peor del hombre. Así, extravíos y delirios conviven con la compasión o el desamparo, hasta llegar a las más recónditas y contradictorias emociones. Por esto, según este verso suyo, «escribir es tocar a plenitud el lado oscuro de las cosas».
      Mediante el tono conversacional, apoyado en un aquilatado verso de ritmo prosódico, distante del metro clásico, esta poesía recurre con frecuencia al monólogo interior para, dándole la voz, ponerse en el sitio de un sátrapa o un santo. De ahí la extraordinaria amplitud de miras de Pérez Olivares, cuyo afán abarcador nos remite a todas las épocas de la historia, a veces incluso en un solo poema, como ocurre en «Discurso del sobreviviente», donde en un audaz alarde imaginativo, una sola voz nos cuenta su arduo periplo de miles de años hasta llegar al siglo XX.
      En este orden de cosas, no es extraño que el arte proporcione a nuestro poeta –que además es pintor– imágenes personajes y motivos como argumento de sus poemas, no para evadirse de la realidad inmediata, sino para interpretarla y, a su vez, ampliarla como parte de la misma, porque, según él, «las fronteras del arte no conocen edicto, es el único país donde todo es posible».
Juan Ávila (alcalde de Carmona), Fran Cruz, Chari Acal, José Pérez Olivares y Ramón Gavira (concejal de Cutura)
Con el Club de Lectura de la Biblioteca Municipal
Celebrando en el restaurante del Museo de la Ciudad con unos amigos, fieles lectores de Palimpsesto, la noche de José Pérez Olivares.

Aula Maese Rodrigo, Carmona, 29 de noviembre de 2019 






lunes, 14 de octubre de 2019

PALIMPSESTO, REVISTA DE CREACIÓN por Francisco José Cruz

Solía repetir el gran poeta venezolano Eugenio Montejo que la poesía es muy anterior al alfabeto y posiblemente lo sobreviva. Esta consoladora idea nos remite a la noche de los tiempos –cuando el fuego y el canto defendían al hombre del miedo a las fieras y a la oscuridad– y nos recuerda que si el arte del verso ha subsistido hasta hoy, pese a tantas convulsiones históricas y concepciones del mundo, debe ser por algo que nos afecta de manera radical, al punto de constituirnos como especie, aunque hayan sido siempre pocos los encargados de pasar de mano en mano, de siglo en siglo, la vela de la poesía y mantenerla encendida para alumbrar nuestras recónditas emociones.
      La grata oportunidad que se me brinda de hablar de Palimpsesto, mi aventura literaria más larga y sostenida en el tiempo si exceptuamos la de mis propios versos, me anima a desandar por unos momentos el camino para comprobar a la distancia, con mayor claridad, que quizá no haya sido tan azaroso el recorrido hasta llegar aquí ante ustedes. Me remonto, pues, a ese ambiguo periodo entre la adolescencia y la incipiente juventud en el que el ímpetu y el entusiasmo a flor de piel van definiendo a trancas y barrancas nuestras más íntimas aficiones. Pensándolo bien, mi trato con la poesía, como el de otros muchos aspirantes a poetas, ha estado desde muy temprano unido al deseo de hacer públicos mis escritos con la urgente inconsciencia de quien comienza en estas lides. Ya en el instituto Miguel de Mañara de San José de la Rinconada, donde cursé BUP, el bachillerato de entonces, dirigidos por Fernando Soler, joven profesor de Lengua, muy receptivo a las inquietudes culturales de los alumnos, unos compañeros y yo fundamos La Reoca, hojilla fotocopiada, escrita por delante y por detrás, en la que, como su mismo nombre indica, publicamos textos sorprendentes e incluso incomprensibles de toda índole, desde informativos sobre las clases, críticos con los profesores hasta puramente creativos, absurdos e irracionales a veces. Acorde con el atrevido espíritu experimental de esta especie de revoltijo variopinto que fue La Reoca, la disposición de las colaboraciones era caprichosa, de manera que, para leerlas, había que voltear de continuo la hojilla. En ella, anticipándome al clima de mi primer libro, imbuido por el surrealismo de Vicente Aleixandre, aparecieron unos cuantos poemitas míos y greguerías como esta: «Universo: estrofa de un solo verso», en la que reconozco hoy, por debajo de su guiño humorístico, el remoto germen de mi central interés posterior por las formas cerradas, tan frecuentes en mis obras de madurez.
      Metido de lleno en los años juveniles, en esa fértil efervescencia de las asiduas relaciones con colegas de mi generación, propicia a los intercambios y descubrimientos mutuos de autores que irían guiando mis gustos y tentativas menos ingenuas en pos de un estilo propio, formé parte del consejo editorial de Ritmo de viento (1986-1989), revista editada en Utrera bajo los eficaces oficios de mi viejo y entrañable amigo José María Sousa, hoy avezado técnico de Cultura en el Ayuntamiento de la capital hispalense. En sus páginas, se entreveraban la poesía, la narrativa y la pintura más actuales y, aunque alcanzó solo cuatro números ―uno de los cuales presentamos en el Salón de los Presos de la Puerta de Sevilla―, mi participación en Ritmo de viento me dio la experiencia suficiente para fundar, con mayor conocimiento de causa, Palimpsesto, cuando Chari y yo éramos aún novios y mis búsquedas de lector estaban cada vez más orientadas hacia ámbitos poéticos poco trillados por estos lares. Mi prioridad con Palimpsesto, a diferencia de las anteriores iniciativas juveniles, no consistía en dar a conocer mis composiciones, sino las de aquellos maestros de aquí y de allá que fueran capaces de enriquecer mi mundo interior. Así pues, el constante desvelo por descubrir poetas para Palimpsesto durante veintisiete años –la mitad de mi vida–, ha repercutido decisivamente en mi madurez de poeta hasta forjarme, dentro de lo que cabe, unos tonos y temas personales. Además, el nombre de Palimpsesto revelaba ya mi aguda conciencia de la tradición literaria, sin la cual es imposible escribir algo válido. En este orden de cosas, el acto de escribir sobre superpuestas capas de textos borrados, como hacían los antiguos, se convierte en símbolo principal de la creación misma y, por ende, de la pentamilenaria historia carmonense, forjada por las sucesivas culturas, que han dejado sus huellas en estos alcores.
      No es frecuente que un ayuntamiento de una ciudad pequeña, sin bagaje editorial, como es el caso de Carmona, acepte, de buenas a primeras, la propuesta de publicar una revista dedicada solo a la poesía, si tenemos en cuenta el general temor a las expresiones minoritarias y la escasa o nula rentabilidad política de las mismas. Además, dicha propuesta planteaba atender casi por completo a la creación foránea. Recuerdo que cuando salió el primer número, en la primavera de 1990, aún no estaban abiertas ni la Biblioteca ni la Oficina de Turismo y que nuestra revista era la única publicación periódica bajo los auspicios del Ayuntamiento, como lo es hoy, aunque, a diferencia de entonces, Carmona ofrece ahora una variada oferta cultural a la altura de sus consolidadas instituciones.
      Movido por el escaso estímulo que, salvo excepciones, me daba la poesía española de mi juventud, fundé la revista y colección de libros Palimpsesto junto a Chari Acal, mi mujer, y Agustín María García López, quien abandonó el proyecto en los primeros años. Sentíamos que Palimpsesto debía dedicar casi todas sus páginas a la creación poética, no a la crítica que, con demasiada frecuencia, aporta muy poco, cohíbe nuestro trato directo con los poemas y condiciona su disfrute. Otras cosas son el ensayo –esa tentativa de transmitir el gusto por algo sin estar al servicio de la novedad pasajera– y, sobre todo, la entrevista –que nos acerca aún más al hombre y su obra–. Nos interesaba íntimamente la poesía hispanoamericana, casi desconocida por entonces en España. Nuestra intención ha sido, desde el primer momento, dar número a número una idea aproximada y coherente de la de cada país hispanohablante, hasta comprobar que cada uno ha desarrollado, a partir de un tronco común, sus propias ramificaciones creadoras. Así pues, este interés principal por Hispanoamérica viene de la conciencia de que, tras quinientos años del Descubrimiento, el noventa por ciento de la poesía en nuestro idioma se compone allende los mares, dato que nos impide radicalmente desentendernos del nuevo continente si deseamos mantener viva nuestra tradición.
      Sin dejarnos llevar por prejuicios, modas o tendencias estéticas determinadas, Palimpsesto presta también oídos a poetas de muy diversas lenguas, desde el idish –a punto de desaparecer– al coreano, pasando por el griego antiguo y moderno, árabe, francés, inglés, irlandés, alemán, portugués, checo, rumano, húngaro, polaco, ruso, italiano, japonés, chino, mapuche o el maya k’iche’. Para garantizar la calidad de lo traducido y evitar el mero exotismo, nos pusimos siempre en manos de traductores expertos en la tradición poética de tal o cual idioma y de los que ya hubiéramos leído algún trabajo anterior.
      Puestas así las cosas, Palimpsesto no es una revista de escuela o grupo. Pero tampoco pretende constituirse en una especie de cajón de sastre donde quepa todo sin exigencia alguna. Su espíritu, por tanto, depende del rigor y de la amplitud de miras que, como lectores, mantengamos quienes la dirigimos. Una revista encuentra su razón de ser en referencia a las que comparten con ella el mundo literario, ocupando ese hueco que las otras dejan libre.
      Cada número de Palimpsesto va acompañado de un libro de poesía, que ofrece una muestra representativa de un poeta de dilatada trayectoria –normalmente de Hispanoamérica–, cuyo trabajo no ha sido recogido por las editoriales españolas. De este modo, nuestra revista, pues, va creando su propia colección de poesía.
      Su periodicidad, al principio semestral, es anual desde 1996. Dicho cambio en el ritmo de salida se debió a la conveniencia de aumentar sus páginas y a las mejoras formales que requirieron un nuevo diseño, a cargo de Carmen Herrera, el cual, al darle sus características más duraderas, hace verdaderamente reconocible la revista. Entre sus elementos visuales, caben destacar una de las monedas romanas acuñadas en Carmona, insertada en la O del logotipo de Palimpsesto y el elefante de la tumba-santuario de la Necrópolis, tosca escultura de piedra caliza, venerada en el siglo I antes de Cristo, dentro de un culto de origen africano, tan marginal en la sociedad de su época como en la nuestra lo es la poesía. Cada número se ilustra con la obra de un solo artista de consumada maestría, antiguo o moderno, cuyas imágenes salpican sus páginas a modo de oasis contemplativo, con idea de aumentar el placer estético del conjunto. En contadas ocasiones, de acuerdo con nuestra diseñadora, creadora también de muchas portadas de los libros de nuestra colección y siempre abierta a cualquier sugerencia, hemos optado por ilustraciones antológicas, pertenecientes a épocas y autores diversos en torno a un tema determinado, como, por ejemplo, imágenes de Carmona en el vigésimo aniversario de la revista o del mutuo influjo entre España y América en los distintos campos de las Bellas Artes para celebrar sus veinticinco años de existencia.
      Esta labor editorial, quedaría gravemente incompleta si no pudiéramos dotar a la revista de los imprescindibles mecanismos de distribución, aspecto este que suelen descuidar las instituciones públicas. De hecho, hasta que la Biblioteca Municipal José María Requena no se hizo cargo de las gestiones administrativas, no se distribuyó con la regularidad y amplitud necesarias, según la creciente repercusión que ha ido adquiriendo Palimpsesto. Gracias a la sensible empatía de su directora, Mª Ángeles Piñero, y todo su equipo con la revista, los ejemplares, amén de las librerías especializadas, llegan a instituciones culturales de medio mundo, con las que se mantiene un fecundo intercambio, al punto de nutrir un altísimo porcentaje de los fondos bibliográficos que al cabo del año recibe la Biblioteca. Se trata, en muchos casos, de libros y revistas de muy diversas materias, difícilmente accesibles por otra vía. Mediante una abarcadora red de direcciones, que entre todos elaboramos, Palimpsesto se difunde cada vez mejor, sorteando así, en cierta medida, la falta de una distribuidora profesional, la cual, dicho sea de paso, no garantizaría tampoco que nuestra publicación estuviera en los sitios idóneos. Por extraño que parezca a quienes están fuera del mundo de la poesía, este modo de proceder es el natural resultado del espíritu que anima la creatividad humana desde sus orígenes.
      Complementario a la proyección internacional de Palimpsesto y, por ende, de nuestra ciudad en el ámbito literario, es su conocimiento local. Para ello, gracias también al generoso apoyo de la Universidad Pablo de Olavide en Carmona, la presentación de cada número con lecturas de poetas relevantes de la lengua ha contribuido, sin duda, a la aceptación general de la revista y a la rica historia cultural de la ciudad. Cómo no mencionar al respecto los memorables recitales que, en emblemáticos espacios carmonenses, han dado entre otros, Eugenio Montejo, Pedro Lastra, Humberto Ak’abal, Manuel Díaz Martínez, Carlos Germán Belli, Óscar Hahn o Félix Grande.
     Es propósito de la revista Palimpsesto, en estos últimos años, aprovechar los actos de presentación para, según nos enseñaron el espíritu romántico y, sobre todo, ciertos movimientos experimentales de comienzos del siglo XX, descubrir qué hay de poesía en otras manifestaciones artísticas y, en diálogo con ellas, prolongar la dimensión poética más allá del poema mismo. Pocos autores más idóneos para ello que Jean Cocteau, cuyo inconformismo creativo lo llevó a todos los géneros literarios, al cine, a las artes plásticas e incluso al ballet, colaborando además, imbuido de las efervescencias vanguardistas de su época, con pintores, músicos y bailarines como Picasso, Stravinsky o Diáguilev. Jean Cocteau consideraba que todo su mundo estético gira en torno a su abarcadora concepción de la poesía, que irriga también La voz humana, el más conocido de sus cuatro monólogos, que interpretó, en una singular versión masculina, el actor sevillano Antonio Dechent en el Teatro Cerezo con motivo de la presentación del nº 29 de nuestra revista. En aras de este mismo espíritu integrador, el músico Amancio Prada ―cuya trayectoria guarda una indeleble fidelidad a la poesía de todos los tiempos― ha actuado dos veces en nuestra ciudad así como la agrupación de música antigua Accademia del Piacere junto al cantaor flamenco Arcángel en su espectáculo Las idas y las vueltas, con un repertorio de canciones de ambas orillas del Atlántico que se ajusta como anillo al dedo a la intención primordial de Palimpsesto.
      La vida de las revistas literarias suele ser muy corta, ya por falta de sustento económico, por desavenencias entre sus miembros o por ponerse al servicio de movimientos o escuelas que pronto se agotan. Esta fugacidad, sin embargo, contrasta con la constante proliferación de nuevas revistas. Sin este fenómeno editorial, no se entendería cabalmente la compleja historia de la poesía contemporánea: una revista, por modesta que sea, hecha con el debido rigor, favorece el diálogo entre poetas de diversos países, generaciones e idiomas, en aras a la imprescindible continuidad del legado poético y, por ende, de la memoria escrita de tantos autores olvidados. Si algo en la vida social requiere constancia y tiempo es la cultura (esa que no se deja llevar por la moda, la improvisación, la renta inmediata, ni se confunde con el espectáculo de masas) y, dentro de la cultura, la difusión de la poesía. Solo la paciente continuidad seguirá dando a esta aventura estética verdadero sentido y carácter propio.
      José Moreno Villa, exiliado en México, anotó en sus memorias, a mediados del siglo XX que «el pasarlo bien es una forma moderna de la enfermedad». Esta sorprendente idea, más propia en principio de un masoquista apocalíptico que de un poeta atento a su época, lejos de perder vigencia, refleja con exactitud nuestra disposición actual ante todos los órdenes, incluido el de la cultura. Una especie de contagiosa pereza intelectual o autocomplacencia acomodaticia nos ha ido convenciendo de que lo divertido es un ingrediente básico de cualquier actividad estética, sin el cual esta no merece la pena ser llevada a cabo. El entretenimiento, por sí solo, se considera hoy un elemento de juicio tan favorable que puede justificar, por encima de otros aspectos, un producto mediocre. Como consecuencia de ello, las líneas divisorias de ciertas escalas de valores se borran y, en esta suerte de cajón de sastre, todo acaba teniendo la misma importancia.
      La poesía, como las demás artes, ni mucho menos escapa a esta confusión, donde la falta de criterios hace del éxito de público o de ventas nuestra única vara de medir. Ante este desconcertante panorama, en el que las minorías corren el permanente riesgo de ser menospreciada, cómo no agradecer una vez más la sostenida confianza del Ayuntamiento de Carmona en Palimpsesto, que dura ya veintisiete años, y que nos obliga a vigilar siempre nuestro nivel de exigencia.

FRANCISCO JOSÉ CRUZ

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Texto leído en el XI Congreso de Historia de Carmona, el 29 de septiembre de 2017 y publicado en La imagen de Carmona a través de la historia, la literatura y el arte (edición de Manuel González Jiménez y Antonio Caballo Rufino, Ayuntamiento de Carmona-Universidad de Sevilla, 2019)

jueves, 15 de agosto de 2019

VIII Velada de vino y versos


El 9 de agosto de 2019, ante la portada gótica de la iglesia de Santa María de Requena, cuya plaza estaba abarrotada de público, se celebró la VIII Velada de Vino y versos, dirigida y presentada de manera impecable por Juan Vicente Piqueras. En el acto se rindió un emotivo homenaje a los poetas, recientemente fallecidos, Francisca Aguirre y Antonio Cabrera. Participaron las portuguesas Filipa Leal y Mafalda Veige, junto a los españoles David Leo García, Juan Carlos Mestre y Francisco José Cruz, quien recitó sus poemas de memoria. El ambiente, el entorno, el trato y la consideración a la poesía fueron tan cálidos y estimulantes como exquisitos.
El poeta Juan Vicente Piqueras, director de la Velada, abre el acto   ©Ayuntamiento de Requena 

                                             Juan Vicente Piqueras     ©Chari Acal

                                                                                  ©Ayuntamiento de Requena 
La mujer y la hija del poeta Antonio Cabrera leen sendos poemas de este en su memoria ©Chari Acal  
La poeta portuguesa Filipa Leal. Traduce sus poemas Juan Vicente Piqueras 
©Ayuntamiento de Requena 

Fran Cruz con David Leo García     ©Chari Acal  
David Leo García   ©Ayuntamiento de Requena 
 ©Ayuntamiento de Requena 
Francisco José Cruz             ©Ayuntamiento de Requena 

"No te quites la máscara"
"En el tren"
"No llames a la puerta"
 ©Laura Rosal
Juan Carlos Mestre                 ©Chari Acal 
 ©Ayuntamiento de Requena 
Mafalda Veige          ©Chari Acal 

 ©Ayuntamiento de Requena 
Fran Cruz con Daniel Cabrera       ©Chari Acal 
 ©Laura Rosal
 ©Laura Rosal 


   Requena, 9 de agosto de 2019