domingo, 10 de abril de 2016

EN EL TREN


Si fuera así la vida,
en pos de su destino, pero lenta,
sin salirse un instante
de los férreos raíles
hasta llegar al final del trayecto.

Si fuera así la vida,
viendo pasar distraído el paisaje
tras un amplio cristal
y oyendo vagamente
el runrún runrún runrún de las ruedas.

Si fuera así la vida,
monótona, segura, como el tren
que se deja llevar
en pos de su destino,
¿quién en verdad la querría vivir?

Publicado en Sibila, revista de arte, música y literatura, nº 44 (Sevilla, octubre de 2014) e incluido en Un vago escalofrío (Bogotá, 2015).

martes, 8 de marzo de 2016

CARLOS GERMÁN BELLI: ENTRE CIELO Y SUELO

Col. Los abisos de Point,
ed. Point de Lunettes, Sevilla, 2016
Entre cielo y suelo es la última entrega hasta la fecha de este simpar poeta cuasi nonagenario que es Carlos Germán Belli, cuya dilatadísima trayectoria creadora, siempre fiel a su denodada búsqueda del reino interior, no conoce altibajos, cosa rara en el mundo artístico.
      Bajo este título –que resume en sus diversas dimensiones la esencial dicotomía de la existencia humana y, además, es un verso recurrente, como algunos otros, de la obra de Belli– se recogen veinte composiciones de muy parecida extensión e idéntica estructura, donde los temas más entrañables al maestro peruano reaparecen con su habitual vigor, gracias al pleno dominio de su arcaizante e inimitable retórica, la cual los hace del todo convincentes y propicia la fe del poeta, tal una imprescindible medicina, en los efectos benéficos de la poesía en su doble y complementario ejercicio de la escritura y la lectura, ya «que leer y escribir nos iluminan / de la cuna a la tumba por entero», «y así restaurar el desgaste vil» causado por los inmisericordes estragos del tiempo. De este modo, en «Tiziano y Chagall pintando cuando viejos», Belli encomia la actividad creativa de ambos pintores en su ancianidad e implícitamente se reconoce en ellos, puesto «que no obstante los años transcurridos / la juventud maquinalmente torna / por la eternidad de las bellas artes». En este sentido, la obra de madurez de Carlos Germán Belli, al mostrarnos la cara plácida de la vejez, corrige, al menos en parte, la visión negativa que nos da de ella nuestra tradición poética, con especial hincapié en la corriente barroca, tan nutricia, sin embargo, para nuestro poeta en tantos aspectos.
      Mediante la fuerza evocadora de la poesía, Belli se siente acompañado de sus familiares y amigos ya muertos, y en virtud del predominio de lo espiritual sobre lo material, recobra las amadas presencias del padre o de la madre, identificando sus oficios profesionales con sus valores éticos. La segunda persona del presente del indicativo concede a dichas evocaciones una emocionante e ilusoria realidad. Por consiguiente, amén de un reconfortante consuelo, la poesía para Belli es también el gozoso medio de asomarse al más allá –donde los suyos lo esperan– a través de «todo un largo camino de palabras / desde el terrenal mundo acá creado / a los astros de la celeste bóveda». Muy lejos estamos ya de aquel deseo del joven Belli –expresado, por ejemplo en «Segregación nº 1»– de ocultarse bajo la tierra por un demoledor sentimiento de fracaso. Hace ya décadas que el Hada Cibernética recompensa con creces sus viejas aspiraciones de plenitud y Entre cielo y suelo señala la condición del hombre –perecedera y trascendente a la vez– en pos de la vida intemporal.

      Este estado de vigilante esperanza en que se sostiene el libro, excepto dos o tres piezas inspiradas por el retroactivo dolor de velados remordimientos, lo refrenda un férreo equilibrio estrófico. Todos los poemas están construidos en estancias de corte petrarquesco, que oscilan entre once y trece versos, donde la monotonía del endecasílabo es aliviada por esporádicos acentos antirrítmicos y por dos heptasílabos en cada estrofa, uno situado siempre en el séptima línea y otro, a veces en la novena y a veces en la décima. Este esquema formal no es nuevo en Belli, aunque sí el hecho de que lo mantenga durante un libro completo y que todas las composiciones –salvo «En el espacio y tiempo ilimitados», la más larga– posean tres estrofas (sin contar el envío final de algunas canciones), como si nuestro poeta quisiera ajustarse al clásico desarrollo de planteamiento, nudo y desenlace, propio de una exposición ordenada. De este modo, Carlos Germán Belli, como consumado alquimista de aleaciones verbales, reproduce el pensamiento de Paracelso, alquimista de la materia, también en pos de una vida intemporal, para quien «todo lo que el hombre hace o ejecuta […] tiene que tener su simetría».

Publicado en El Imparcial, Madrid, 28 de febrero de 2016

viernes, 12 de febrero de 2016

DOS SILLAS EN LA AZOTEA

Sillas abandonadas,
una al lado de otra, en la azotea,
de espalda a una pared,
rojas sillas de plástico,
algo descoloridas por el sol.

Sillas propias de bar,
una al lado de otra, día y noche,
hechas ya a la intemperie,
sillas aletargadas
de no sentarnos casi nunca en ellas.

Viejas sillas, en fin,
una al lado de otra, como dos
soledades gemelas,
sillas en que sentarnos
más a menudo por acompañarlas.

© R ACAL

Publicado en Sibila, revista de arte, música y literatura, nº 44 (Sevilla, octubre de 2014) e incluido en Un vago escalofrío (Bogotá, 2015).

viernes, 15 de enero de 2016

CUMPLEAÑOS

Ya son cuarenta y nueve
vueltas alrededor del sol, a bordo
de esta nave de piedra
y de gases azules,
ya son cuarenta y nueve las que cumplo.

Pero ni un solo instante
yo he notado que la nave se mueva,
sino el sol, como antaño
creían los antiguos,
cuyo diario regreso celebraban.

Cuarenta y nueve veces
recorriendo incesante el mismo rumbo
y sin embargo nada
de lo que aquí está a bordo
jamás vuelve a su punto de partida.

Publicado en Letras libres (México-España, diciembre, 2014) e incluido en Un vago escalofrío (Bogotá, 2015).

sábado, 19 de diciembre de 2015

LUCES DE DICIEMBRE. Poemas para la Navidad

De izqda. a dcha., Inés María Luna, Rocío Arana, Francisco José Cruz y Javier Sánchez Menéndez
©Tomás Menéndez

Poemas para la Navidad
  
©R. Acal

Las Navidades han representado, sobre todo en mi infancia y adolescencia, amén de las ansiadas vacaciones escolares, las reuniones de la familia en torno a una mesa cargada de abundantes y suculentos manjares, infrecuentes el resto del año, y la tan expectante misteriosa venida de los Reyes Magos. Desde hace ya mucho tiempo, sin embargo, estos ingenuos alicientes han cedido su lugar en mí al recuerdo de los seres queridos, cuya ausencia definitiva deja un imborrable poso de dolor en los brindis de renovados propósitos, cada vez más desganados.
      Cuando recibí la generosa invitación de Pepe Serrallé a este singular evento, me sentí de pronto fuera de juego. Hombre de poca fe, por no decir ninguna, le confesé –con cierto mal sabor de boca por decepcionarlo– que yo no he escrito poemas de motivos navideños. Él, pese a ello, ampliándome el horizonte temático de su propuesta, me animó a que participara.
      Gracias a su interés, he encontrado entre mis poemas estos cuatro que, sin habérmelos inspirado la Navidad, sí guardan una relación, al menos implícita, con ella. De hecho, «Comida familiar», aunque sus versos no lo refieran en absoluto, evoca una cena de Nochebuena junto a mi mujer y mis hermanos en casa de mis padres, ya muertos. «Cantos de un triste gallo» –además de suponer un homenaje a mi añorado Eugenio Montejo, mediante uno de los símbolos de su poesía más recurrentes– nace de una experiencia real cercana a estas señaladas fechas. «Orfandad» muestra unos juguetes privados para siempre del juego, o sea, de la vida misma, que es en el fondo lo que celebramos cada 6 de enero. Por último, «Monólogo de la nieve», como indica su epígrafe, alude a la sorprendente y copiosa nevada ocurrida en Carmona el 10 de enero de 2010, a modo de blanco telón de estas tradicionales fiestas. En esta breve lectura, alternaré mis poemas, no sin cierta osadía, con «Diciembre» de Eugenio Montejo, donde el Nacimiento recobra su pleno sentido en la naturaleza, desnuda de oropeles ajenos a ella; «Navidad 1980» del colombiano Mario Rivero, que posee la misma estremecedora vigencia que cuando fue escrito; «Las abarcas desiertas» de Miguel Hernández, que, con su cruda sinceridad y su belleza formal, nos da otra estampa de su amarga biografía; y una copla flamenca anónima –una soleá–, tan llena de esperanza como de ternura, en medio de un insinuado luto. Estos poemas, alejados del tópico y la complacencia, con los que, por una u otra razón, íntimamente me identifico, son cabales ejemplos de los inconfundibles mundos expresivos de sus autores. 

COMIDA FAMILIAR

Una mesa, unas sillas, un sofá,
dos sillones y cuadros.
En esta habitación murió mi madre,
donde ahora cenamos.

Comemos y bebemos sin echar
de menos el armario,
ni las mesas de noche ni la cama,
donde nací. Brindamos.

En esa cama se murió mi madre:
nosotros la velamos
en torno al mismo sitio donde ahora
rebañamos los platos.
                                                Francisco José Cruz

DICIEMBRE

Aunque diciembre nos cubra de pesebres
todas las casas,
ninguno muestra tantas cosas de Dios
como un nido de pájaros.
Basta mirar cualquiera a la intemperie:
en su interior José y María,
con diminutos cuerpos
resultan siempre más reales,
y en el silencio se entregan a velar
mientras las ramas mecen compasivas
el huevo que guarda los cantos.
No hay buey ni mula sino estrellas,
ni corderos que pasten en las nubes;
tan solo esa inocente desnudez
que junto con su amor se balancea
al ritmo de los astros.
Nunca sabrán qué es Navidad
ni por qué los hombres dividen el tiempo
si al fin todas las horas son iguales.
En vela noche y día,
aguardan que la fuerza que expande la raíz,
la que muda las hojas y mueve los planetas,
ascienda por el árbol hasta el nido
y rompa la cáscara.
  
                              EUGENIO MONTEJO
                                   (Caracas, 1938-Valencia, 2008)


CANTOS DE UN TRISTE GALLO

Cantos de un gallo llegan hasta aquí
desde cualquier azotea cercana,
cantos de un triste gallo que enjaulado
ni tendrá espacio para abrir sus alas.

Lo imagino sin hembras ni corral,
haciendo de su canto una plegaria
a quien pueda escucharla como yo
o acaso solamente a la mañana.

Canto febril de un gallo solitario
que en estas calles no me lo esperaba,
calles donde lo propio es ya el ruido
de los coches y las motos que pasan.

Gallo que en versos de Eugenio Montejo
es un eco remoto de la infancia,
cuyo canto se enreda en las antenas
de ciudades insomnes o sonámbulas.

Cantos de un gallo como agudos gritos
llegan intermitentes a mi casa,
gallo sin grito cuando al fin lo maten
para esta Nochebuena,
                                          si lo matan.
                                                     
                                                             Francisco José Cruz

NAVIDAD 1980

Son las 12 m, en Bogotá, un viernes
9 días después de la Navidad.
Una vez más hay que desmantelar el pesebre,
desvestir el árbol demasiado brillante,
empaquetar una vez más los decorados en la caja de cartón,
las estrellas frágiles, las luces eléctricas, el papel de estaño...

Seducidos por esa gran mentira de que los hombres
son capaces de la justicia, de la hermandad,
los mensajes de paz de la Navidad vuelan en lo alto
mientras la tierra está alfombrada de signos de guerra:
El Salvador está que arde, fuerzas iraníes han entrado al Irak
y Khomeini, el Santón, no ceja.
Ha sonado por primera vez el «teléfono rojo» en el Kremlin.

Es por eso que el niño de plástico –el que debe nacer todos los años–
se apresta desde ahora, de nuevo, para la noche de la agonía,
se apea delicadamente del pesebre y se va
boca-abajo al fondo de su cajita.
Los pastores hacen sitio a los animales que se encuentran fraternalmente.

«Noche de paz» se oye suavemente alrededor del hogar doméstico.
«Noche de paz» cantan los ángeles en el cielo
mientras los teletipos en la tierra relampaguean.
El Niño-Dios se encoge en su cajita, cubierto de musgo seco.
El buen niño prometedor, que no puede mucho tiempo guardar su promesa.
  
                                                        MARIO RIVERO
                                                                             (Envigado, 1935-Bogotá, 2009)


ORFANDAD

                    Exposición de juguetes del siglo XV.

Se quedaron sin niños los juguetes
que están aquí, al alcance de los ojos,
dentro de la vitrina.

Llevan ya varios siglos aburriéndose:
mutilados y quietos, han perdido
su sitio en la alegría.

Se quedaron sin niños los juguetes.
Niños que son el polvo que ahora cae
por sus formas, sin prisa.

Juguetes olvidados por la muerte
–a salvo de sus manos destructoras–
y también por la vida.

La eternidad los tiene prisioneros
entre frágiles vidrios transparentes
que del azar los libra.

Se quedaron sin juegos los juguetes
y sólo entre ellos mismos ya no saben
cómo pasar los días.

                                                    Francisco José Cruz

LAS ABARCAS DESIERTAS

Por el cinco de enero,
cada enero ponía,
mi calzado cabrero
a la ventana fría.

Y encontraban los días,
que derriban las puertas,
mis abarcas vacías,
mis abarcas desiertas.

Nunca tuve zapatos,
ni trajes, ni palabras:
siempre tuve regatos,
siempre penas y cabras.

Me vistió la pobreza,
me lamió el cuerpo el río,
y del pie a la cabeza
pasto fui del rocío.

Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.

Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas.

Ningún rey coronado
tuvo pie, tuvo gana
para ver el calzado
de mi pobre ventana.

Toda gente de trono,
toda gente de botas
se rió con encono
de mis abarcas rotas.

Rabié de llanto, hasta
cubrir de sal mi piel,
por un mundo de pasta
y unos hombres de miel.

Por el cinco de enero,
de la majada mía
mi calzado cabrero
a la escarcha salía.

Y hacia el seis, mis miradas
hallaban en sus puertas
mis abarcas heladas,
mis abarcas desiertas.

            MIGUEL HERNÁNDEZ
         (Orihuela, 1910-Alicante, 1942)


COPLA FLAMENCA ANÓNIMA

A los Reyes l'escribío
una cartita pidiendo
lunares pa mi vestío.


MONÓLOGO DE LA NIEVE

           …en Carmona, 10 de enero de 2010.

Aquí todos me reciben
jubilosos, sorprendidos.
Se ve que no me esperaban
a pesar de tanto frío.

Como hace ya que no vengo
algo más de medio siglo,
por primera vez me tocan
los jóvenes y los niños.

Me tocan y hasta me cogen
sin saber qué hacer conmigo
sino muñecos y bolas,
que se lanzan entre gritos.

Yo me dejo, qué remedio,
cambiar de forma a capricho,
como si en verdad yo fuera
sólo el fantasma del frío.

Me iré antes de que descubran
el estorbo y el peligro
que, a la larga, mi presencia
provoca en todos los sitios.

Sí, me iré en cuanto la lluvia
mude mi cuerpo en un río
y los muñecos y bolas
sean, si acaso, un espejismo.

                                        Francisco José Cruz
                  
                                                                                         
©R. Acal

Sevilla, Casino de la Exposición, 17 de diciembre de 2015