martes, 19 de julio de 2011

CASA DE POESÍA SILVA: VEINTICINCO VELAS ENCENDIDAS.

Siempre me sentí considerado y querido en la Casa de Poesía Silva, antes de sospechar siquiera que algún día cruzaría sus puertas. Con el tiempo, su misma razón de ser y la diligente predisposición de su personal me han supuesto un indispensable estímulo creativo, que han ensanchado tanto el horizonte de Palimpsesto revista que Chari, mi mujer, y yo llevamos en Carmona como el de mi propia obra, al punto de que poetas colombianos de mundos y estilos dispares han ejercido en mí un fértil y decisivo influjo. Mi admiración y amistad con algunos de ellos me dan a veces la nostálgica impresión de haber equivocado mi país de nacimiento. No en vano, la tradición poética colombiana es la que mejor conozco de todas las de América y con cuya equilibrada variedad más hondamente me identifico. Pero la Casa Silva no sólo ha contribuido a mi madurez literaria, sino también a mi concepción más humana de la poesía, donde actitudes y aspectos no estrictamente estéticos enriquecen sin duda la vivencia artística. Vayan, pues, por delante, mi profunda gratitud y mis felicidades por su cuarto de siglo recién cumplido.

Ya en julio de 2006, invitado por Pedro Alejo Gómez, su actual director, tuve la fortuna de conmemorar, in situ, sus veinte años de vida, con motivo de la presentación de las ediciones colombianas de mis libros Maneras de vivir y A morir no se aprende, a cargo del maestro Mario Rivero, tan ligado a esta Casa. Ahora vuelvo a estar presente en su vigésimo quinto aniversario aunque sólo sea a través de estas líneas, en espíritu, por así decirlo, como en espíritu fui poco a poco conociéndola desde que, a comienzos de la década de los 90, Palimpsesto mantiene con ella, un fructífero e ininterrumpido intercambio. De modo que, cuando la visité por primera vez, acompañado como siempre de Chari, en septiembre de 2003, gracias al generoso empeño de María Mercedes Carranza, su inolvidable fundadora, me pareció haber estado antes entre sus viejos muros. En esa ocasión, participé en el XI Festival Internacional de Poesía de Bogotá, pasados apenas dos meses del suicidio de María Mercedes. Sentirla en todas partes de la Casa sin tenerla al lado, imaginando que debió ser ella quien nos la enseñara, mientras lo hacía Pedro Alejo con exquisita deferencia, nos embargó a Chari y a mí de indescriptible emoción. Al recorrer la biblioteca, la fonoteca, la librería, el despacho y demás veneradas estancias, cómo no recordar su presencia en Carmona un lluvioso día de octubre de 2001, cuando en esta ciudad milenaria se alentaba la idea de crear la Casa de la Poesía de la Provincia de Sevilla que, por imponderables económicos, quedó en aguas de borrajas. Pero allí estaba María Mercedes, en medio de la redonda Plaza de San Fernando, antiguo foro romano, junto a algunos amigos y responsables del proyecto, hablándonos con inquebrantable entusiasmo, casi con fe, de los múltiples beneficios que una institución de este tipo traería a Carmona y su comarca, convencida, según su experiencia, “de que esta plaza se llenará de gente para oír a los poetas”. Y, en efecto, esto fue lo que comprobé, en las lecturas propias y ajenas de mis días bogotanos, a las que asistí a la vez con el asombro y la desconfianza de quien le cuesta relacionar a la poesía con la muchedumbre. ¿Cómo era posible este fenómeno, que alteraba mis nociones básicas en la materia? Mi ya largo y familiar trato con la Casa Silva y, por ende, con poetas colombianos de distintas generaciones fue aclarándome tal misterio, donde la esperanza se impone a la incredulidad. Lo cierto es que la Casa se ha convertido hoy por hoy, ante todo, acaso en el último refugio moral contra la violencia y el vacío interior contemporáneos. Se diría que María Mercedes Carranza, al construirla, quisiera contrarrestar el demoledor pesimismo de su poema “La Patria”. En cualquier caso, más allá del rigor o del conocimiento estético, la poesía ayuda a vivir incluso a quienes no la leen y sólo el rumor de su salmodia los mantiene a flote. Las actividades y los servicios de la Casa Silva nos recuerdan que el arte no es un derecho, sino una necesidad de primer orden que cada cual sacia a su manera: unos se conforman con oír un poema de tarde en tarde, otros no se conforman ni con todos los libros del mundo. Esta es la lección para entender por qué la poesía convoca a tantas personas en este recinto, independientemente de que el poeta sea o no importante, bueno o malo.

En este sentido, estimulado fundamentalmente por su singular e indeleble ejemplo, redacté en agosto de 2004 el proyecto Casa de los Poetas de Sevilla que, tras lentos y arduos pasos no llegó a abrir sus puertas, debido a la ignorancia y mezquindad política, a pesar de que logramos llevar a cabo en la capital hispalense tres encuentros entre autores españoles e hispanoamericanos, en el primero de los cuales, Pedro Alejo Gómez mostró un significativo vídeo de la misión y funcionamiento de la Casa de Poesía Silva, pionera en el ámbito de nuestra lengua.

Me quedan, sin embargo, el consuelo de sus veinticinco velas encendidas y el ferviente deseo de que nadie las apague para que, año tras año, se vayan prendiendo otras muchas que sigan alumbrando la noche de nuestros corazones.

Carmona, junio de 2011.