Tomando
de aquí y de allá, de lo aparecido en publicaciones locales y en internet, esa
primera imagen se vuelve más nítida, con bordes mejor delineados. También es
oportuno decir que casi todos esos bordes –acercamientos críticos– han sido
trazados por escritores latinoamericanos. No es extraño este particular
interés: desde hace tiempo, Cruz mantiene un rico intercambio con poetas de
ultramar: edita sus obras, los invita y presenta sus libros en su natal Carmona.
Igual sucede en el caso contrario: ha sido invitado a México y Venezuela,
creándose un agasajo de lado y lado muy beneficioso. Cito un ejemplo: en la
revista Palimpsesto, la cual dirige
desde principios de los 90, han aparecido poemas de Pedro Lastra, Ramón Cote
Baraibar, Carlos Germán Belli, Óscar Hahn, Humberto Ak'abal, Juan Manuel Roca,
Antonio Deltoro y Fabio Morábito, incluyendo libros íntegros y antologías. También,
la poesía venezolana ha tenido especial acogida: se pueden localizar, entre
otros poetas, a José Barroeta, a Eugenio Montejo –con Guitarra
del horizonte, coplas de Sergio Sandoval–, y Enriqueta Arvelo Larriva –con su libro Caballo de fuego, recientemente editado en la colección de la
revista–.
La
poesía de Cruz, al menos en el perímetro venezolano, ha gozado de una vigorosa
receptividad, vigorosa si se compara con la escasa divulgación de poetas venezolanos
y españoles contemporáneos, entre una y otra orilla.
Hace
veintidós años, en una pequeña muestra de poesía española publicada por la
revista Poesía, José Barroeta
intentaba exponer el «presente literario que se nos muestra lejano o a veces
inaccesible». Hoy, transcurrido todo ese tiempo, el paisaje no ha cambiado
mucho y la distancia sigue expandiéndose: sólo las publicaciones electrónicas
han logrado mitigar esta carencia. En ese contexto, la obra de Cruz ha sido la
excepción. La revista Poesía, desde
el año 2000 hasta la presente fecha, ha publicado entrevistas y una muestra parcial
de su obra. Igualmente, en el 2007, la editorial El otro@el mismo de la Universidad de Los Andes editó Hasta el último hueso, poesía reunida
1998-2007; y, en el marco de la Bienal Mariano Picón Salas, ese mismo año,
el poeta visitó la ciudad de Mérida para presentar esta publicación.
Dentro
de su país, ha publicado los poemarios Prehistoria
de los ángeles (Premio Barro de Poesía, Sevilla, 1984), Bajo el velar del tiempo (1987),
Maneras de vivir (I
Premio Renacimiento de Poesía, Sevilla, 1998), A morir no se aprende (2003), Hasta el último hueso. Poemas reunidos
1998-2007 (Mérida, Venezuela, 2007), El espanto seguro (Sevilla, 2010) y Vía Crucis (plaquette, con ilustraciones de Manuela
Bascón, Carmona, 2011).
Francisco
José Cruz es un poeta con una voz particular dentro de la actual poesía
española. Su escritura –precisa,
rítmica y siempre atenta a la disposición del verso a lo largo del espacio– sintetiza aquel viejo dilema, casi
siempre antípoda, de la poesía: la autonomía del poema y la unidad temática del
libro. El mismo autor lo define con estas palabras en una entrevista: «mi idea
de libro no establece una interdependencia entre los poemas, sino una simple
relación que no afecte a la individualidad de cada texto y le permita,
primordialmente, ser él fuera del conjunto»*. Esto es posible precisarlo en su libro de mayor
fuerza y alcance, Maneras de vivir (1998),
el cual resume un trabajo minucioso. La configuración visual del verso, el
empleo de la rima asonante y el recurso métrico refuerza la intensidad de sus
poemas (ejemplo de ello son los poemas «El funambulista» y «Maneras de no ser»).
Al
hablar de la singularidad de su poesía aludo a un especial trato con la
palabra, asociada a la experiencia y al conocimiento, y no a una demostración
erudita. El poema, como se sabe, pertenece a una determinada tradición
cultural, posee el peso de una historia colectiva e íntima que se manifiesta
naturalmente en el texto. El poema no es, entonces, una excusa para demostrar
que se tiene un vasto conocimiento teórico de la cultura. No interesa la
erudición explícita: ese caudal debe fluir internamente, como un río que se
desborda y solo dejar sentir un lejano eco, lo suficientemente fuerte para
hacerse notar desde las entrañas. Así, como una metástasis que no da lugar al
engaño. Desde adentro hervirá de experiencias, pero saldrá limpio, preciso y
ponderado. La obra de Cruz no comparte esa inclinación excesivamente
culturalista de algunos de sus paisanos. La exposición de motivos relacionados
con la literatura, la historia y el arte universales (que a veces encubre solo una
expresión «culta», estéril y poco genuina) no está entre sus predilecciones
estéticas.
Nietzsche
escribió sobre el poder ancestral del ritmo, en el canto y en el verso: se
cantaba para no olvidar –gran poder mnemotécnico– e
invocar a los dioses. Se cantaba para seducir. Cantar, cantar, de eso se trataba.
Pero el canto vacío, algunas veces, nunca logra madurar un buen poema. Ahora
bien: ¿cómo inquieta la música a Francisco José Cruz? Algunos críticos han
resaltado ese talante rítmico; entre ellos, el español Rafael Amilburu, quien expresa que «la poesía de Cruz late
con un latido dulce, de ritmo impecable, que no hace duro el poema, sino
armonioso»; mientras que el mexicano Fabio Morábito complementa esta cualidad
expresando que «para
Cruz, en efecto, la tradición poética es sobre todo un acervo vivo de ritmos y
respiraciones, de sonoridades y de cadencias». Existe, entonces, una vocación
del ritmo, del sonido meditado que recorre el poema. Francisco José Cruz, con
su trabajo orfebre, paciente y meticuloso, reúne las credenciales suficientes
para mostrarse sin miedo escénico, con la certeza que da el poema no tocado aún
por el exceso retórico, la mueca o la frase sin asidero.
*Entrevista hecha por los
poetas mexicanos Antonio Deltoro y Fabio Morábito, publicada en la revista Poesía (Departamento de Literatura de la
Universidad de Carabobo, Valencia, Venezuela, 2002, p. 18).

Publicado en El Periodiquito (Maracay, Venezuela, 26 de enero de 2013).