sábado, 19 de diciembre de 2015

LUCES DE DICIEMBRE. Poemas para la Navidad

De izqda. a dcha., Inés María Luna, Rocío Arana, Francisco José Cruz y Javier Sánchez Menéndez
©Tomás Menéndez

Poemas para la Navidad
  
©R. Acal

Las Navidades han representado, sobre todo en mi infancia y adolescencia, amén de las ansiadas vacaciones escolares, las reuniones de la familia en torno a una mesa cargada de abundantes y suculentos manjares, infrecuentes el resto del año, y la tan expectante misteriosa venida de los Reyes Magos. Desde hace ya mucho tiempo, sin embargo, estos ingenuos alicientes han cedido su lugar en mí al recuerdo de los seres queridos, cuya ausencia definitiva deja un imborrable poso de dolor en los brindis de renovados propósitos, cada vez más desganados.
      Cuando recibí la generosa invitación de Pepe Serrallé a este singular evento, me sentí de pronto fuera de juego. Hombre de poca fe, por no decir ninguna, le confesé –con cierto mal sabor de boca por decepcionarlo– que yo no he escrito poemas de motivos navideños. Él, pese a ello, ampliándome el horizonte temático de su propuesta, me animó a que participara.
      Gracias a su interés, he encontrado entre mis poemas estos cuatro que, sin habérmelos inspirado la Navidad, sí guardan una relación, al menos implícita, con ella. De hecho, «Comida familiar», aunque sus versos no lo refieran en absoluto, evoca una cena de Nochebuena junto a mi mujer y mis hermanos en casa de mis padres, ya muertos. «Cantos de un triste gallo» –además de suponer un homenaje a mi añorado Eugenio Montejo, mediante uno de los símbolos de su poesía más recurrentes– nace de una experiencia real cercana a estas señaladas fechas. «Orfandad» muestra unos juguetes privados para siempre del juego, o sea, de la vida misma, que es en el fondo lo que celebramos cada 6 de enero. Por último, «Monólogo de la nieve», como indica su epígrafe, alude a la sorprendente y copiosa nevada ocurrida en Carmona el 10 de enero de 2010, a modo de blanco telón de estas tradicionales fiestas. En esta breve lectura, alternaré mis poemas, no sin cierta osadía, con «Diciembre» de Eugenio Montejo, donde el Nacimiento recobra su pleno sentido en la naturaleza, desnuda de oropeles ajenos a ella; «Navidad 1980» del colombiano Mario Rivero, que posee la misma estremecedora vigencia que cuando fue escrito; «Las abarcas desiertas» de Miguel Hernández, que, con su cruda sinceridad y su belleza formal, nos da otra estampa de su amarga biografía; y una copla flamenca anónima –una soleá–, tan llena de esperanza como de ternura, en medio de un insinuado luto. Estos poemas, alejados del tópico y la complacencia, con los que, por una u otra razón, íntimamente me identifico, son cabales ejemplos de los inconfundibles mundos expresivos de sus autores. 

COMIDA FAMILIAR

Una mesa, unas sillas, un sofá,
dos sillones y cuadros.
En esta habitación murió mi madre,
donde ahora cenamos.

Comemos y bebemos sin echar
de menos el armario,
ni las mesas de noche ni la cama,
donde nací. Brindamos.

En esa cama se murió mi madre:
nosotros la velamos
en torno al mismo sitio donde ahora
rebañamos los platos.
                                                Francisco José Cruz

DICIEMBRE

Aunque diciembre nos cubra de pesebres
todas las casas,
ninguno muestra tantas cosas de Dios
como un nido de pájaros.
Basta mirar cualquiera a la intemperie:
en su interior José y María,
con diminutos cuerpos
resultan siempre más reales,
y en el silencio se entregan a velar
mientras las ramas mecen compasivas
el huevo que guarda los cantos.
No hay buey ni mula sino estrellas,
ni corderos que pasten en las nubes;
tan solo esa inocente desnudez
que junto con su amor se balancea
al ritmo de los astros.
Nunca sabrán qué es Navidad
ni por qué los hombres dividen el tiempo
si al fin todas las horas son iguales.
En vela noche y día,
aguardan que la fuerza que expande la raíz,
la que muda las hojas y mueve los planetas,
ascienda por el árbol hasta el nido
y rompa la cáscara.
  
                              EUGENIO MONTEJO
                                   (Caracas, 1938-Valencia, 2008)


CANTOS DE UN TRISTE GALLO

Cantos de un gallo llegan hasta aquí
desde cualquier azotea cercana,
cantos de un triste gallo que enjaulado
ni tendrá espacio para abrir sus alas.

Lo imagino sin hembras ni corral,
haciendo de su canto una plegaria
a quien pueda escucharla como yo
o acaso solamente a la mañana.

Canto febril de un gallo solitario
que en estas calles no me lo esperaba,
calles donde lo propio es ya el ruido
de los coches y las motos que pasan.

Gallo que en versos de Eugenio Montejo
es un eco remoto de la infancia,
cuyo canto se enreda en las antenas
de ciudades insomnes o sonámbulas.

Cantos de un gallo como agudos gritos
llegan intermitentes a mi casa,
gallo sin grito cuando al fin lo maten
para esta Nochebuena,
                                          si lo matan.
                                                     
                                                             Francisco José Cruz

NAVIDAD 1980

Son las 12 m, en Bogotá, un viernes
9 días después de la Navidad.
Una vez más hay que desmantelar el pesebre,
desvestir el árbol demasiado brillante,
empaquetar una vez más los decorados en la caja de cartón,
las estrellas frágiles, las luces eléctricas, el papel de estaño...

Seducidos por esa gran mentira de que los hombres
son capaces de la justicia, de la hermandad,
los mensajes de paz de la Navidad vuelan en lo alto
mientras la tierra está alfombrada de signos de guerra:
El Salvador está que arde, fuerzas iraníes han entrado al Irak
y Khomeini, el Santón, no ceja.
Ha sonado por primera vez el «teléfono rojo» en el Kremlin.

Es por eso que el niño de plástico –el que debe nacer todos los años–
se apresta desde ahora, de nuevo, para la noche de la agonía,
se apea delicadamente del pesebre y se va
boca-abajo al fondo de su cajita.
Los pastores hacen sitio a los animales que se encuentran fraternalmente.

«Noche de paz» se oye suavemente alrededor del hogar doméstico.
«Noche de paz» cantan los ángeles en el cielo
mientras los teletipos en la tierra relampaguean.
El Niño-Dios se encoge en su cajita, cubierto de musgo seco.
El buen niño prometedor, que no puede mucho tiempo guardar su promesa.
  
                                                        MARIO RIVERO
                                                                             (Envigado, 1935-Bogotá, 2009)


ORFANDAD

                    Exposición de juguetes del siglo XV.

Se quedaron sin niños los juguetes
que están aquí, al alcance de los ojos,
dentro de la vitrina.

Llevan ya varios siglos aburriéndose:
mutilados y quietos, han perdido
su sitio en la alegría.

Se quedaron sin niños los juguetes.
Niños que son el polvo que ahora cae
por sus formas, sin prisa.

Juguetes olvidados por la muerte
–a salvo de sus manos destructoras–
y también por la vida.

La eternidad los tiene prisioneros
entre frágiles vidrios transparentes
que del azar los libra.

Se quedaron sin juegos los juguetes
y sólo entre ellos mismos ya no saben
cómo pasar los días.

                                                    Francisco José Cruz

LAS ABARCAS DESIERTAS

Por el cinco de enero,
cada enero ponía,
mi calzado cabrero
a la ventana fría.

Y encontraban los días,
que derriban las puertas,
mis abarcas vacías,
mis abarcas desiertas.

Nunca tuve zapatos,
ni trajes, ni palabras:
siempre tuve regatos,
siempre penas y cabras.

Me vistió la pobreza,
me lamió el cuerpo el río,
y del pie a la cabeza
pasto fui del rocío.

Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.

Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas.

Ningún rey coronado
tuvo pie, tuvo gana
para ver el calzado
de mi pobre ventana.

Toda gente de trono,
toda gente de botas
se rió con encono
de mis abarcas rotas.

Rabié de llanto, hasta
cubrir de sal mi piel,
por un mundo de pasta
y unos hombres de miel.

Por el cinco de enero,
de la majada mía
mi calzado cabrero
a la escarcha salía.

Y hacia el seis, mis miradas
hallaban en sus puertas
mis abarcas heladas,
mis abarcas desiertas.

            MIGUEL HERNÁNDEZ
         (Orihuela, 1910-Alicante, 1942)


COPLA FLAMENCA ANÓNIMA

A los Reyes l'escribío
una cartita pidiendo
lunares pa mi vestío.


MONÓLOGO DE LA NIEVE

           …en Carmona, 10 de enero de 2010.

Aquí todos me reciben
jubilosos, sorprendidos.
Se ve que no me esperaban
a pesar de tanto frío.

Como hace ya que no vengo
algo más de medio siglo,
por primera vez me tocan
los jóvenes y los niños.

Me tocan y hasta me cogen
sin saber qué hacer conmigo
sino muñecos y bolas,
que se lanzan entre gritos.

Yo me dejo, qué remedio,
cambiar de forma a capricho,
como si en verdad yo fuera
sólo el fantasma del frío.

Me iré antes de que descubran
el estorbo y el peligro
que, a la larga, mi presencia
provoca en todos los sitios.

Sí, me iré en cuanto la lluvia
mude mi cuerpo en un río
y los muñecos y bolas
sean, si acaso, un espejismo.

                                        Francisco José Cruz
                  
                                                                                         
©R. Acal

Sevilla, Casino de la Exposición, 17 de diciembre de 2015

sábado, 14 de noviembre de 2015

EN BICICLETA

A montar en bicicleta
aprendí siendo muy niño:

yo daba vueltas y vueltas
por lugares conocidos

con el único deseo
de guardar el equilibrio

sin imaginar entonces
que vivir era eso mismo

y después de una caída
coger de nuevo el tranquillo

yendo y viniendo hasta el fin
pedaleando a mi ritmo

en las rectas y las curvas
en los llanos y montículos

pues vivir no es más que esto:
mantener el equilibrio

entre el esfuerzo y la inercia
sin salirme del camino


Publicado en Letras Libres (México-España, diciembre, 2014) e incluido en Un vago escalofrío (Bogotá, 2015).

viernes, 9 de octubre de 2015

A TUMBA ABIERTA por Antonio Deltoro

Me es difícil escribir sobre la poesía de Francisco José Cruz por la adhesión y simpatía que tengo con ella. A tal sintonía cordial, se añade otra dificultad: sus versos dicen lo que dicen con justeza y verdad indudables, y puede uno quedar, si se atreve a una glosa, en ridículo. Por eso he permanecido, salvo alguna excepción, en silencio, escuchando germinar su belleza estricta, que no necesita más palabras que las suyas. Sin embargo, como los editores y el poeta mismo me pidieron el prólogo de Un vago escalofrío, por amor de lector y de amigo, no puedo rehusarme, pero lo haré a condición de que me permitan, cosa que no es usual en un prólogo, transcribir algunos poemas completos. Por otra parte, quisiera hacer una advertencia: me concentraré, casi exclusivamente, en una veta de la poesía de Francisco José Cruz y en la manera en que en este libro se hace más ancha, proliferante y profunda.
      El miedo, que en esta poesía desempeña un papel protagónico y por lo tanto muy característico e incluso estructural, es un miedo, paradójicamente, valiente. Nace de mantener una actitud que encara a la muerte desde la vertical, sin adornarla ni huirle. Esto se manifiesta, aun más allá de los títulos de los libros, en la sobriedad de las formas y en la diversidad de situaciones cotidianas, ordinarias y humanas que provocan sus versos, a los que rodea la muerte, a veces, por ejemplo, convertida en una mosca.
      No conozco otro caso de sequedad mayor, de adhesión a la realidad cruda, a ras de existencia, tan de frente, sin tapujos ni componendas, a tumba abierta, pero con piedad y simpatía, que los poemas de Francisco José Cruz. Sus formas, desde las más técnicas a las más personales, sus maneras de vivir y de enfrentarse al «espanto seguro de estar mañana muerto» llevan rima asonante, en grado humano, no son consonantes, a lo divino: ponen en versos medidos la incertidumbre. La belleza de esta poesía proviene de su humanidad rigurosa, atenida al sentido común, sin ornamentos, que sigue como línea la dignidad, que la hace posible y compatible con ella.
      Pese a que Francisco José Cruz ciñe el verso a la experiencia, logra que el verso nos hable de frente y al sesgo. Al sesgo nos dice una verdad poética; de frente, un hecho. A veces lo que nos dice al sesgo entra tan profundo como un machetazo de belleza; a veces también el hecho, no por cotidiano, es menos terrible. Creo que para él no hay hecho que no tenga su sesgo de misterio y de sueño, a veces de pesadilla.
      Un vago escalofrío se titula este libro. Dos libros anteriores de Francisco José Cruz se llaman: A morir no se aprende y El espanto seguro. En los tres títulos asoma el temor a la muerte y la fascinación ante nuestra predestinación a ella, que vuelve un misterio nuestra vida habitual y, a veces, incluso, un afortunado misterio, que se manifiesta con alegría (véase en este libro, por ejemplo, «Monólogo de la nieve»). El título de un libro anterior a estos dos, Maneras de vivir, parece que mira las cosas con otro fondo, pero en él también está la muerte, claro, vista desde las diferentes maneras de vivir, a través de las huellas que imprime a todo lo que vive.
      El verso del cual Un vago escalofrío toma el título pertenece al poema «Lamento de Lázaro». Quisiera valerme de este poema, que es el penúltimo del libro:

Qué desgracia, Jesús,
que tu así te dejaras
llevar por el inmenso
dolor de mis hermanas.

Ahora, en el fondo, nadie
desea estar conmigo
y a ellas mismas les doy
un vago escalofrío.

Te olvidaste de mí
ante la maravilla
de levantar mi cuerpo
e infundirle la vida.

Tu maldito poder,
ay, cómo me condena
a morir otra vez.

      La conciencia de su predestinación a la muerte le viene a Lázaro reforzada por su resurrección, de allí su terror y el terror de los que lo rodean: Lázaro, en este poema, no es un héroe, sino una víctima, un pobre hombre, un ser como todos, escogido como un ejemplo del «maldito poder». Incluso sus hermanas, que lo querían hasta el grado de provocar un milagro, le temen y le huyen. Hay otro poema, terrible y muy humano en un libro anterior, El espanto seguro, que vinculo con este de Lázaro:

Pesadilla

Mis padres murieron hace doce años.
A veces sueño que vuelven y que tratan
de vivir como si fuéramos los mismos

y desde entonces nada hubiera cambiado.
Cómo explicarles que ya no tienen casa,
que muebles y dinero los repartimos,

naturalmente, entre todos los hermanos.
Nos miramos sin decir una palabra
hasta que me despierto con gran alivio.

      Regresar de la muerte a la vida implica un estigma y un desastre, porque lo natural, aunque terrible, es ir de la vida a la muerte: para vivir tenemos que dar la espalda a los muertos (a los padres, sobre todo), desolidarizarnos con ellos y asumir que esto mismo tendrán que hacer los que nos sobrevivan. Hay un poema sobre este asunto en este libro, «Testamento» (que por cierto está escrito en liras, como varios de este libro, entre ellos, el inicial y el final) y recuerdo un poema sobre el mismo tema de A morir no se aprende, «Imaginaciones mías», del que transcribo, como excepción, solamente un fragmento:

Y en el sopor severo
de la siesta, imagino
que he muerto hace unos meses
y que tras el desorden
y el dolor de semanas
incrédulas, absortas,
mi mujer reanuda su vida con la niña
como antes de morirme.

      La vida está irremediablemente aquí, de este lado, y nada ni nadie nos puede decir que pasa, si algo pasa, al otro lado, pero esto no puede dejar de inquietarnos y de ser asunto de especulación y pesadillas. La poesía de Francisco José Cruz abunda en especulaciones y pesadillas de lo que les sucede a algunos seres que sobreviven la existencia a la que estaban destinados y continúan viviendo o muriendo en un nicho, como Lázaro, separados de todos los seres que solo viven y mueren una vez. Hay innumerables poemas y seres de este tipo en la poesía de Francisco José Cruz. Aunque esto sucede de forma especial en Maneras de vivir, también en Un vago escalofrío hay unos cuantos, pero me estoy distrayendo y, de paso, distrayendo al lector.
      En casi todos los poemas de Francisco José Cruz hay una comprensión lúcida y terrible, al tiempo cómplice y piadosa, de lo que significa vivir la muerte en carne viva. En una entrevista, que le hicimos Fabio Morabito y yo, con motivo de su libro Maneras de vivir, a una pregunta sobre la influencia del flamenco en su poesía, citaba una copla anónima de los gitanos andaluces que contiene tanto la perplejidad ante la muerte como la economía de recursos a la que aspira nuestro poeta:

Qué quieres que tenga,
que m’han dicho qu’a tu cuerpo
se lo va comé la tierra.

      Este asombro, del que nunca se acaba de salir, adquiere en Un vago escalofrío una particularidad notable. En sus páginas la muerte acecha a una pareja de amantes y amenaza dejar al que quede con vida en un desamparo incomparablemente mayor que la muerte. En Un vago escalofrío, la condena a una terrible sobrevida, a morir dos veces como Lázaro, a un espantoso paréntesis entre la muerte y la muerte, se condensa en la certeza de que se disolverá el vínculo de por vida entre el poeta y su mujer: solo es cuestión de tiempo.

El abrazo

Este miedo a quedarnos
el uno sin el otro,
a no morirnos juntos

—hagamos lo que hagamos,
aunque estemos absortos
cada cual en lo suyo—

nos trenza en un abrazo
tan carnal y redondo
que da la vuelta al mundo,

como si así los años
no pasaran del todo
mientras seamos uno…

hasta que ya el cansancio
de la vida, a su modo,
desate nuestros músculos

y quede entre mis brazos
tu ausencia sin contorno
o la mía en los tuyos.

      En Un vago escalofrío, desde un punto de vista y de ánimo diferentes, se reitera, en varios poemas, el tema de la separación de los amantes. Pero ya en El espanto seguro hay un poema que lo trata:

Coplilla de amor

Quédate conmigo,
no me faltes nunca,
que me vaya yo antes
por mucho que sufras.

      En este tema, como en otros cuantos, Francisco José Cruz se repite para profundizar. En un mundo que tiende a abarcar, a engrandecerse, a presumir, a hincharse, a desparramarse, a no contenerse, que admira al ambicioso, al hombre que se afana y tiene metas, Francisco José Cruz permanece en sí mismo, fiel a sus afectos, no se mueve demasiado: ¿para qué, si la tierra se mueve y con ella los muertos y los vivos? Tampoco es partidario de cambiarse de máscara:

No te quites la máscara

No te quites la máscara,
confúndete con ella
hasta ajustártela
célula a célula.

No te la quites
ni en soledad siquiera,
para que olvides
que la tienes puesta.

No te quites la máscara
aunque suenen huecas
a veces tus palabras
a través de ella.

No te la quites nunca
ni pruebes otras nuevas,
confórmate con una,
la que mejor te queda.

      De aceptar la máscara, en su búsqueda de unidad y duración, de congruencia con sus modos y maneras, Francisco José Cruz adopta solo una. Lo caracteriza la identidad con él mismo durante, que yo sepa, toda la vida, exigiéndose una conducta, una forma de ser que vive el binomio poesía y verdad como vive el amor, la pareja protagonista de su libro, o de por vida.
      Así como todos sus libros están dedicados a su mujer, en todos se rinde tributo al romance: al «romance, río de la lengua», como diría Juan Ramón Jiménez, presencia tutelar de la relación amorosa que está en el fondo de este libro. En Un vago escalofrío hay muchos romances (como hay muchas liras y canciones), entre ellos uno, cuyo título es el que sigue: «A Jaume d’Olesa, quien en 1421, siendo estudiante en Bolonia, copió el romance más antiguo que se conserva». Conjeturo que, escritos para durar, para permanecer en la memoria, algunos de los poemas que contiene este libro, al igual que el romance copiado en el siglo xv, perdurarán, quizás anónimos, dentro de seis siglos, inmersos en el río de la lengua.
      Los poemas de Francisco José Cruz, generalmente pequeños, con rimas asonantes, distribuidos en estrofas, tienen una estructura muy sólida, bien pensada. Están sentidos con mucho tiempo, con una actitud que practica la congruencia y la fidelidad, a la que asombra, sí, la diversidad, pero sobre todo que cada uno sea uno. Cada poema de Francisco José Cruz, de igual manera, aspira a ser uno, con contornos, con rasgos, con una ley y una manera de ser. Me asombra en esta poesía su capacidad para darnos un mundo complejo y poblado, con seres que se pueden individualizar, al mismo tiempo que son productos de una perseverancia en la verdad que rechaza sin contemplaciones la mentira: los versos de Francisco José Cruz nos sueltan verdades muy fuertes, justo porque son las que todos los hombres enfrentamos; las expone encarnadas y amargas, sí, pero en poemas muy bellos, cada uno con su materia y su sueño.
      La idea que Francisco José Cruz tiene del poeta es la de un ser responsable, por eso es reacio a la pose o a la presunción en el poema o fuera de él. Le bastan las personas y las cosas mas próximas, habitantes de una geografía sentimental de radio pequeño, pero sentida y pensada con profundidad, que toca al lector para siempre. Le bastan también unas pocas formas que mezcla con maestría. Todo lo que escribe revela al andaluz seco, no florido, cuyo aspecto es el del junco bien plantado en medio de una corriente de agua; por mucho que se mueva siempre vuelve a la vertical y no pierde la compostura. A Francisco José Cruz esta posición le viene, en gran parte, de la conciencia de que esta única vida, que irremediablemente está destinada a un final, hay que salvaguardarla con honor para hacerla muy digna. Este honor, que no es el del señorito, sino el del hombre que sabe que va a morir y se comporta, es el que le exige las formas, al mismo tiempo sobrias y musicales, que su poesía practica.
      Ya a punto de terminar este texto me doy cuenta de que he bordeado una idea que no me he atrevido a decir plenamente y en pocas palabras: Un vago escalofrío es, fundamentalmente y por encima de todo, un libro de amor, de un amor no simultáneo, sino único, a una mujer y a la poesía:

Desde entonces

Como leemos juntos
desde hace tanto tiempo,
ya tu voz son mis ojos
y al oírte hasta veo
los espacios en blanco
y la pausa final de cada verso.

Así, de línea en línea,
como en lúcido sueño,
nos fundimos en uno
durante todo el texto
hasta oírme en tu voz
y tú callarte en mi absorto silencio.

Una noche de agosto,
frente al mar sanluqueño,
sacaste de tu bolso
un librito de versos
de Juan Ramón Jiménez,
cuyas hojas aún las mueve el viento.

Me leíste —leímos—
un rato en el paseo
marítimo. Esa noche
la carne se hizo verbo
o el verbo se hizo carne
y desde entonces vivimos completos.


Ciudad de México, febrero de 2015

Prólogo a Un vago escalofrío de Francisco José Cruz (Editorial Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá, 2015).

martes, 8 de septiembre de 2015

HOMENAJE A EUGENIO MONTEJO

© Mª Esther Almao

Algunas palabras sobre Eugenio Montejo
por Francisco José Cruz

Me resulta tan grato como difícil hablar de Eugenio Montejo, maestro y entrañable amigo durante sus últimos dieciséis años, en los que la admiración y el afecto se hicieron uno dentro de mí. Al evocarlo, me embargan la emoción por su ausencia y el temor de no estar a la altura de su recuerdo. Ausencia y recuerdo, esos dos vasos comunicantes de su indeleble obra poética, donde la vida y la muerte borran sus fronteras en un acto de compasiva rebeldía contra el paso del tiempo, haciéndonos sentir, mediante una honda memoria afectiva, parte de un todo que gira confiado con la Tierra.
      Compartí con Eugenio Montejo vicisitudes de toda índole para darme cuenta del estrecho correlato existente entre su poesía y su vida, alimentándose la una a la otra sin solución de continuidad. En este orden de cosas, me viene a la memoria la primera vez en que Chari y yo –meses después de recibirlo en nuestra casa de Carmona junto a Aymara, su mujer y a su hijo Emilio– lo visitamos en la suya de Lisboa, ciudad donde, a finales de 1992, aún ejercía de consejero cultural en la Embajada de su país. En aquellos familiares días en los que nuestra amistad iba arraigando, comprobé el celo con que llevaba a cabo sus tareas diplomáticas, difundiendo la excelencia artística venezolana con el mismo esmero con que leía a un poeta querido o cuidaba de sus propios versos. Siempre relacioné este fervor natural suyo –tan afín a la idea del trabajo gustoso defendida por Juan Ramón Jiménez– con esa suerte de discreta habilidad que empleaba para sembrar nuevas amistades entre unos y otros.
      Así, Eugenio me habló del proyecto musical de Chamario conforme iban surgiendo las canciones del Taller de los juglares, mucho antes de que yo escuchara y apreciara sin paliativos la loable labor artística de Andrés Barrios y Bartolomé Díaz Sahagún, a quienes, gracias a Aymara Montejo, conocí precisamente en el apartamento donde vivió con ella nuestro añorado amigo. Allí fructificó la semilla del cariño que siento hoy por estos entusiastas músicos.
      Según una nota de Eduardo Polo, «escribir para niños es algo perfectamente serio». Esta atinada frase afianza mi idea de que los lúdicos poemas del Chamario, con sus invenciones verbales –siempre dentro, sin embargo, de moldes clásicos– y su tierno humor, reflejan a la vez la rigurosa libertad creadora de Eugenio Montejo y su abierta predisposición al misterio del mundo, cualidades humanas opuestas por completo al monolítico discurso del poder, incapaz siquiera de una broma. Se diría, leyendo o escuchando las ingeniosas historias del Chamario, que el amor por la vida nace de su atrevido juego de palabras, mecidas por viejos y sencillos ritmos.
      ¡Cuántas veces he deseado saber la opinión de Eugenio Montejo sobre este o aquel libro y contarle cualquier circunstancia de mi vida diaria! Desde su muerte, imagino con frecuencia sus respuestas y sus prudentes consejos, como el que me dio en un momento en que me notaría demasiado intransigente con algún error mío: «Fran, tienes que ser más cordial contigo mismo». Es esa cordialidad machadiana la que animó mi trato personal con Eugenio Montejo, cuyo ejemplo moral y estético procuro no olvidar nunca.
      En diciembre de 2011 escribí «Cantos de un triste gallo», poema aún inédito en que el carácter claustrofóbico de mi poesía se da la mano con la condición fantasmal de la suya. Quizá mejor que esta titubeante semblanza, mis versos expresen hasta qué punto me acompaña su magisterio:

Cantos de un triste gallo
  
Cantos de un gallo llegan hasta aquí
desde cualquier azotea cercana,
cantos de un triste gallo que enjaulado
ni tendrá espacio para abrir sus alas.

Lo imagino sin hembras ni corral,
haciendo de su canto una plegaria
a quien pueda escucharla como yo
o acaso solamente a la mañana.

Canto febril de un gallo solitario
que en estas calles no me lo esperaba,
calles donde lo propio es ya el ruido
de los coches y las motos que pasan.

Gallo que en versos de Eugenio Montejo
es un eco remoto de la infancia,
cuyo canto se enreda en las antenas
de ciudades insomnes o sonámbulas.

Cantos de un gallo como agudos gritos
llegan intermitentes a mi casa,
gallo sin grito cuando al fin lo maten
para esta Nochebuena,
                                              si lo matan.

Texto leído en el acto de homenaje
por Bartolomé Díaz Sahagún

© Rafael Hernández
Andrés Barrios © Mª Esther Almao
© Rafael Hernández
Bartolomé Díaz Sahagún © Rafael Hernández 
© Rafael Hernández
© Mª Esther Almao
La guitarra Aixa © Mª Esther Almao

Biblioteca Los Palos Grandes, Sala Eugenio Montejo, Caracas, 2 de julio de 2015