martes, 1 de julio de 2014

AQUÍ Y AHORA

Amor mío, deja el tema
porque eso siempre será
como cada cual lo crea.

Qué más da cuanto uno diga
de algo que nada se sabe
ni se sabrá en esta vida.

Es mejor desentenderse
de lo que pase o no pase
mucho después de la muerte.

Ni oraciones ni blasfemias
cambiarán nuestro destino.
Olvídate ya del tema.

Lo importante es que los dos
aquí estamos, ahora mismo,
tomando en la playa el sol.


Publicado en Sibila, revista de arte, música y literatura, nº 43 (Sevilla, abril 2014)

viernes, 13 de junio de 2014

PALIMPSESTO 29. ANTONIO DECHENT en el monólogo LA VOZ HUMANA de Jean Cocteau

Chari Acal, Antonio Dechent y Francisco José Cruz en el vestíbulo del Teatro Cerezo
Mª Ángeles Piñero (directora de la Biblioteca Municipal), Antonio Campos (director del monólogo) y Fran Cruz. © Rosario Acal
El alcalde de Carmona, Juan Ávila, abre el acto
© Fernando Romero

PALIMPSESTO 29
© Fernando Romero
Solía repetir el gran poeta venezolano Eugenio Montejo que la poesía es muy anterior al alfabeto y posiblemente lo sobreviva. Esta consoladora idea nos remite a la noche de los tiempos –cuando el fuego y el canto defendían al hombre del miedo a las fieras y a la oscuridad– y nos recuerda que si el arte del verso ha subsistido hasta hoy, pese a tantas convulsiones históricas y concepciones del mundo, debe ser por algo que nos afecta de manera radical, al punto de constituirnos como especie, aunque hayan sido siempre pocos los encargados de pasar de mano en mano, de siglo en siglo, la vela de la poesía y mantenerla encendida para alumbrar nuestras recónditas emociones.
      Así pues, los poetas que se reúnen en este flamante nº 29 de Palimpsesto recogen el testigo de la poesía e incentivan, cada uno a su estilo, su mecha incombustible. Se abre con una exhaustiva entrevista al poeta guatemalteco Humberto Ak’abal, quien nos habla en ella de las creencias de su etnia maya, de cómo éstas nutren de cabo a rabo la dimensión mítica de sus poemas, de la intrincada convivencia entre el k’iche’ (su lengua materna) y el castellano a la hora de componer o del denodado esfuerzo con que fue capaz de salir de la marginación y pobreza extremas, gracias a su amor a los libros.
      En el afán de rescatar importantes autores olvidados, publicamos una muestra de los poemas del peruano Abraham Valdelomar (1888-1919), introducida y anotada escrupulosamente por Ricardo Silva-Santisteban. Valdelomar, pese a su temprana muerte, nos dejó salpicado por sus novelas, cuentos y diarios de la época, un puñado de poemas –ya despojados de los oropeles modernistas de sus primeras composiciones– de gran emoción y belleza formal. Íntimos, sentimentales, son un remanso de sencillez en la rica corriente experimental de la poesía peruana contemporánea. Incluimos también un sentido texto necrológico de su amigo César Vallejo.
      El poeta chileno Omar Lara nos traduce al rumano Geo Bogza (1908-1993), cuyos sorprendentes poemas, de gran carga simbólica y audaces perspectivas, expresan con inusual rebeldía la resistencia del hombre ante el poder totalitario y el paso del tiempo.
      Parecida actitud vital y literaria tuvo el recién fallecido Félix Grande, quien dio hace dos años una entrañable lectura en nuestra ciudad y del que, en su memoria, recuperamos un viejo artículo –desempolvado de uno de sus volúmenes misceláneos— sobre Antonio Machado, deteniéndose en ciertas cualidades éticas y estéticas de su obra, que también son las suyas. Con la reedición de este hondo y enérgico texto, titulado «El olmo seco que florece sin fin», recordamos el 75 aniversario de la muerte en el exilio del gran maestro sevillano.
      Además, contamos en este número con los poemas onírico-religiosos del andaluz José Julio Cabanillas, los de sensitiva lucidez del mexicano Enrique González Parra, los del colombiano Javier Naranjo, de inquietante parquedad introspectiva, y los del joven venezolano Néstor Mendoza, de mirada precisa, expansiva y punzante de la realidad.
      Venezolanos son también Alirio Palacios –artista de gran finura espiritual y amplitud de miras, tanto en dibujo, pintura y escultura– y Josefina Núñez –prestigiosa investigadora de arte–, cuyo delicado texto poético, Caballos, acompaña a una selección de imágenes ecuestres de inspiración histórica y legendaria del maestro Alirio Palacios, con que ilustramos este número.
      Ambos autores, como tantos de su país, nos devuelven esa otra Venezuela que, desde la creación con mayúscula, se opone a la barbarie, al dogmatismo y a la miseria moral.
      El libro de la colección Palimpsesto está dedicado al poeta y cuentista Elkin Restrepo, nacido en Medellín en 1942, quien ha preparado una concentrada antología de su obra poética, para la cual ha escrito un oportuno y bello prólogo, en el que interrelaciona esas experiencias vitales y literarias que le ayudaron a encontrar su mundo expresivo. El cine, la historia, el mito, la vida interior de uno y la de fuera se entrecruzan en pos de alguna verdad vislumbrada, que finalmente nunca es descubierta, pero que nos hace más humanos y receptivos ante el misterio de todo.
      Ojalá que cuando abran por cualquier página este nº 29 de Palimpsesto se reavive dentro de cada uno la remota llama de la poesía.
F.J.C.
© Fernando Romero

La voz humana de Antonio Dechent
por Francisco José Cruz

Es propósito de la revista Palimpsesto, en estos últimos años, aprovechar los actos de presentación de cada número para, según nos enseñaron el espíritu romántico y, sobre todo, ciertos movimientos experimentales de comienzos del siglo XX, descubrir qué hay de poesía en otras manifestaciones artísticas y, en diálogo con ellas, prolongar la dimensión poética más allá del poema mismo.
      Pocos autores más idóneos para ello que Jean Cocteau (1889-1963), cuyo inconformismo creativo lo llevó a todos los géneros literarios, al cine, a las artes plásticas e incluso al ballet, colaborando además, imbuido de las efervescencias vanguardistas de su época, con pintores, músicos y bailarines como Picasso, Stravinsky o Diáguilev. Jean Cocteau consideraba que todo su mundo estético gira en torno a su abarcadora concepción de la poesía, que irriga también La voz humana, el más conocido de sus cuatro monólogos. Escrito en 1930, ha sido llevado recurrentemente a las tablas y a la pantalla por actrices de la talla de Margarita Xirgu, Amparo Rivelles, Ana Magnani, Ingrid Bergman y Sofía Loren, dirigida a sus 78 años por su propio hijo, Edoardo Ponti.
      En la obra, una mujer acaba de ser abandonada por su amante, tras cinco años de relaciones amorosas. La vemos levantarse de la cama para esperar ansiosa una llamada de teléfono de su ex pareja. Todo el acto, de casi una hora de duración, es la conversación entrecortada, compungida, que su protagonista mantiene con su hombre, aunque sólo a través de lo que ella dice y hace en el escenario, los espectadores intuimos qué piensa y expresa la invisible e inaudible persona que está al otro lado del teléfono. La voz humana es un ejemplo de extrema sobriedad teatral, donde ni el decorado ni las palabras apenas subrayan nada –éstas incluso contradicen por momentos los gestos del personaje–, dando pie a silencios y tonos tan significativos que, por sí solos, van mostrando, sin tapujos, toda la gama emocional del desamor, desde la repentina desesperación a la sumisión resignada, pasando por el desgarro, la angustia, la ansiedad o la conformidad momentánea, en una inestabilidad sentimental vertiginosa. En su libro misceláneo El cordón umbilical, escribe Cocteau que este monólogo tentaba a muchas actrices jóvenes y no tan jóvenes a derramar lágrimas y les advertía que «si lloráis, el público no llora». Así pues, La voz humana, por su falta de desarrollo anecdótico en favor de una creciente intensidad, puede considerarse un poema dramático de la escena, donde el despliegue de encontrados sentimientos es su verdadero argumento.
      Antonio Dechent, reconocido actor trianero, de una ya dilatada carrera profesional, ha tenido el gran acierto de transformar en un hombre al único personaje de esta obra, siendo pues el abandonado por la mujer. Este cambio de papeles potencia más si cabe el dramatismo de La voz humana, ya que ni la vida ni el arte nos tienen acostumbrados a presenciar de manera tan descarnada el íntimo sufrimiento sentimental de los hombres. No olvidemos, por si alguien la considera exagerada, que la acción se desenvuelve en la estricta soledad de un dormitorio, donde nadie es testigo de los desahogos humanos y donde las composturas bajan la guardia. En este sentido, conmueve ver a Antonio Dechent dando vida a un ser derrotado, vulnerable, aferrado agónicamente al frágil cable telefónico, máxime si nos acordamos de tantos personajes marginales, duros, sin escrúpulos que ha interpretado. Ya en las modulaciones y matices de su voz –cuya inconfundible gravedad pertenece a la estirpe de Juan Diego, José Sacristán o Fernando Fernán Gómez– están contenidos todos los estados del ánimo. Con ustedes, Antonio Dechent en La voz humana de Jean Cocteau.
Antonio Dechent saluda al público tras su actuación. © Fernando Romero
Carmen Herrera (diseñadora de Palimpsesto), Chari y Fran ante la fachada del Teatro Cererzo.
© Fernando Romero 

De izqda. a dcha.: Jesús Rey, Chari Acal, Fran Cruz, Antonio Dechent, Francisco Hidalgo (director de la Sede Olavide en Carmona) y Antonio Becerra en las afueras del restaurante El Zahorí.© Fernando Romero
Con fieles amigos de Palimpsesto, celebrando el nacimiento de un número más.
© Fernando Romero 

VIDEOS:
Presentación de Palimpsesto 29
©Televisión Carmona

La voz humana de Jean Cocteau. Primeros minutos
©Televisión Carmona

© Karcomen
Carmona, 30 de mayo de 2014

viernes, 23 de mayo de 2014

ANTONIO MACHADO, UNA HONDA PALPITACIÓN

Francisco José Cruz, junto a los poetas José María Jurado, José Ángel Cilleruelo y Rafael Adolfo Téllez, dio una pequeña lectura de sus poemas en la clausura de estas jornadas conmemorativas del 75 aniversario de la muerte en el exilio de Antonio Machado. Comenzó aludiendo brevemente al cambiante trato que a lo largo de los años ha mantenido con la poesía del maestro sevillano. Así, en su primera juventud, imbuido del surrealismo de Vicente Aleixandre, reconoció que no la leyó con el debido detenimiento, aunque por entonces le atrajera el carácter simbólico de Soledades. Sin embargo, conforme fue alejándose de los influjos irracionalista en pos de su propio mundo expresivo, iba identificándose cada vez más con el realismo descriptivo de Campos de Castilla e incluso de Nuevas canciones, entre otras razones, por «el valor informativo de la palabra poética», en palabras de Roman Jakobson, referidas a la lírica de Pushkin. De todos modos, según dijo, no cree que haya tantos Machados como suele afirmarse. La evolución de su obra –o más bien ahondamiento– no aparta los logros anteriores, sino que los integra, al punto de que poemas de su primer libro, podrían estar en los siguientes y viceversa, sin menoscabo del conjunto. Añadió que tampoco advierte sustanciales diferencias entre el tono de su poesía culta y el de la popular, representados, por ejemplo, en el soneto y el romance. A ambos los une la íntima cordialidad de sus versos, claros y misteriosos a la vez. Es, precisamente, la desnuda sencillez de esta vieja forma tradicional, la mayor deuda que la poesía de Fran Cruz, según su propio juicio, tiene con la de Antonio Machado, sobre todo con los contenidos y dolorosos romances a la muerte de Leonor, en los que algo de este desamparo quizá se sienta también, como tremendas premoniciones de la separación definitiva, en las composiciones amorosas de Cruz, quien cerró su intervención recitando de memoria el poema de don Antonio que comienza: Soñé que tú me llevabas / por una blanca vereda, / en medio del campo verde, / hacia el azul de la tierra.
De izqda. a dcha.: Rafael Adolfo Téllez, José Ángel Cilleruelo, José Daniel Serrallé (director de las jornadas), Francisco José Cruz y José María Jurado.©Rosario Acal
De izqda. a dcha.: José María Jurado, Fran Cruz, Rafael Adolfo Téllez y José Ángel Cilleruelo.©Pilar Brázquez
Sevilla, Espacio Santa Clara, 21 de febrero de 2014.

martes, 1 de abril de 2014

OCTAVIO PAZ, MOMENTOS DE UN FERVOR.

«No vamos ni venimos / Estamos en las manos del tiempo». A un siglo del nacimiento de Octavio Paz vuelven a mi memoria estos dos versos suyos, que siempre sentí como una réplica esperanzadora, propia de su amplitud de miras, a los que demoledoramente cierran «Lo fatal», el soneto de Rubén Darío.
      Acompañado de Chari, por entonces mi novia, tuve la fortuna de asistir al recital que, junto a varios poetas andaluces de distintas generaciones, ofreció Octavio Paz en el Real Alcázar de Sevilla, dentro de unas jornadas sobre Luis Cernuda en 1988. Sólo esa vez hubiera podido expresarle personalmente mi juvenil fervor por su obra, pero mi timidez de principiante venció el deseo de acercarme a él, siempre rodeado de otros más atrevidos.
      Este mismo año, Chari y yo leímos llenos de entusiasmo Árbol adentro. Al cabo de tanto tiempo, la extenuante catarata de las enumeraciones y el conceptual lirismo de estos poemas, sobre todo los extensos –que entonces me deslumbraban sin paliativos– me resultan ahora, como otros muchos del maestro mexicano, vertiginosos malabarismos retóricos, expresados con tal transparencia que, en sus mejores composiciones, parece materializarse el instante. Quizá mi paulatino alejamiento de este mundo poético fuera necesario para encontrar el mío, mucho más modesto que el suyo y menos pendiente de la novedad. Sin embargo, no me cabe duda de que sus reveladores ensayos contribuyeron decisivamente a mi madurez de lector y de poeta, infundiéndome el valor de la discrepancia. En ellos aprendí, entre tantas lecciones, que la admiración es hermana del sentido crítico y que la poesía, lejos de ser un mero desahogo sentimental al margen de la historia, forma parte intrínseca de ésta, ya sea para superarla o contradecirla. Además de El arco y la lira o La llama doble, tengo especial aprecio por Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, libro monumental, donde la biografía, el análisis literario y el contexto socio-cultural se entrelazan hasta conseguir esa dimensión de totalidad, tan infrecuente como característica de su pensamiento. Esta manera tan lúcida de relacionar las múltiples tradiciones poéticas entre sí y a éstas con otras manifestaciones artísticas de cualquier índole, ha mitigado el pudor de considerarme poeta en una época demasiado insensible a la inmemorial vocación de medir con acentos o sílabas los milagros y calamidades de nuestra especie. Acabo estas líneas evocando a mi madre, quien, ajena a la literatura, al final de mi adolescencia, me leyó Los hijos del limo durante muchos mediodías, sentada junto a mí en un banco, entre naranjos, de la plaza de mi pueblo, mientras tomábamos el sol. Árboles, plaza y sol, imágenes tan familiares a nuestro poeta.
Carmona, febrero de 2014
Publicado en Periódico de Poesía, dossier Octavio Paz, UNAM, México, marzo-abril de 2014.


miércoles, 5 de marzo de 2014

FÉLIX GRANDE, A TUMBA ABIERTA

Félix Grande en el Hotel Alcázar de la Reina,
Carmona, 23 de junio de 2012. 
© R. Acal
Lo primero que me atrajo de Félix Grande, antes incluso de conocerlo, fue su seductor y envolvente tono de voz, cuyas dotes interpretativas daban a veces la engañosa impresión, en sus intervenciones públicas, de cierta pose afectada, cuando, en el fondo, ese pausado regodeo verbal obedecía al obsesivo afán de precisión de alguien incapaz de esconder sus angustias.
   Al enterarnos de su vertiginosa muerte, Chari y yo abrimos sus libros y leímos, con más recogimiento que nunca, las dedicatorias, como buscando en esas entrañables frases un ínfimo consuelo por la pérdida de veintitrés años de amistad. Luego, repitiendo compungidos algunos poemas suyos, sentí de golpe que los versos vividos, auténticos, dicen de alguna manera todo aquello que el hombre que los escribió no puede ya decirnos desde su ausencia definitiva. Si la poesía es, entre otras cosas, un arte anticipatorio y no sólo un arte del recuerdo, la de Félix Grande lo es en grado sumo por su trágica concepción de la existencia, que la cálida timidez de su trato personal apenas disimulaba.
      Sólo al cabo de los años nos damos cuenta de la verdadera importancia de ciertos hechos, de su decisiva influencia en nuestra trayectoria vital o literaria. Uno de ellos fue para mí, sin duda alguna, mi encuentro con Félix Grande, a quien mi amigo, el poeta Rafael Adolfo Téllez, me presentó en Sevilla una ya imprecisa noche de 1991. Yo andaba entonces deslumbrado por la inclasificable obra del argentino Antonio Porchia, del que acababa de publicar en el nº 3 de la colección Palimpsesto la primera antología de sus Voces en España. Sin más prueba que la de mi joven entusiasmo, Félix Grande me animó a escribir un ensayo sobre este autor para Cuadernos Hispanoamericanos, revista señera en el ámbito de la lengua y obligada referencia para quien, como yo, empezaba la modesta aventura de Palimpsesto, cuya premisa principal ya era acercar a Carmona el riquísimo mundo poético del nuevo continente. A partir de aquella fecha, colaboré con frecuencia en los Cuadernos Hispanoamericanos hasta que, en 1996, Félix Grande –punto de unión imprescindible entre los escritores de las dos orillas del Atlántico durante tanto tiempo– dejó de dirigirla. Esos estimulantes años los considero hoy –gracias a los sugerentes libros que él me enviaba desde Madrid para que los reseñara– mi escuela literaria, donde me fui haciendo un lector más atento y aprendí la suficiente soltura expresiva para ordenar mis incipientes juicios críticos. Pero mi deuda con Félix Grande no se queda aquí. Amén de su amistad, le debo también –como indiscutible maestro en la materia– el descubrimiento del inmenso valor poético de la copla flamenca, comparable en sus momentos más altos a cualquier gran poema culto.
      La poesía de Félix Grande, como la del cante jondo, se nutre del magma de las emociones primordiales de nuestra especie, donde el amor, el miedo, la piedad, la pena, el odio, la alegría, la lujuria o el coraje de vivir se entrelazan irremisiblemente. Por esto, uno de sus versos descubre «el pánico en el fondo del placer», o son habituales en este rotundo mundo verbal paradojas del tipo «atroz ternura», «misericordiosa crueldad», «humildad abominable», «espantosa dulzura», «huracán de quietud»… que, en su contexto anímico, reflejan con demoledora exactitud, al modo de descargas eléctricas de alto voltaje, una conmoción extrema. De ahí, su singular empleo de la hipérbole, de la insistencia y de la adjetivación enfática e inesperada. Félix Grande concibe, pues, la escritura poética como una catarsis donde no caben las medias tintas. En «Madrigal del odio muerto», perteneciente a su última entrega poética Libro de familia (2011), nos remite a una suerte de vértigo de la memoria, cuya antiquísima fórmula, de raigambre mítico poética, suena aquí con extraordinaria novedad, entre la súplica y la rebeldía contra el olvido. El poeta no duda en ajustar cuentas con su madre muerta, guiado por el remordimiento y la necesidad del perdón:

…Acomódate en tu mecedora de tierra.
Aparta de las cuencas de tus ojos
los gusanitos, los escarabajos,
la mansa podre de la eternidad
y mírame despacio, con amor: lo necesito, ya soy viejo
y no quiero morirme sin explicarte cuánto te he querido
chapoteando en aquel charco de odio.

      Pese a su gran extensión, que alterna verso y prosa, el poema no se demora en las experiencias concretas que lo originaron: alude a ella lo justo para regodearse, en cambio, en sus repercusiones afectivas. Este contraste entre el control de la anécdota y sus incontenibles efusiones sentimentales es, quizá, la cualidad más propia de esta obra, púdica e impúdica a un tiempo. Ya en «Nanas de la metralla», escrito en 1976, con el dominio técnico que lo caracteriza y su renovador sentido de la tradición poética, Félix Grande torna las famosas seguidillas de Miguel Hernández en un poema aterrado por el drama de España, cuyo protagonista es más él mismo que su propia hija, a la que trata de dormir. El inocente y persuasivo ritmo de canción de cuna aumenta aún más su escalofriante contenido:

En la cuna del pánico
tu padre estaba.
Con sangre de tabaco
se amamantaba.
[…]
Duerme en tu nido:
tu padre está velando
despavorido.

            Visceral y tierna a la vez, la poesía de Félix Grande aborda a tumba abierta, sin mediaciones anecdóticas, los recónditos recovecos de los sentimientos humanos hasta que la propia intimidad y las circunstancias históricas se entreveran, como ocurre en «Recuerdos de infancia», uno de los poemas más estremecedores de Blanco Spirituals (1966), en el que las terribles noticias de la prensa diaria recuerdan al poeta su niñez de cabrero y la sangre manando de los animales sacrificados:

hoy el periódico traía sangre en volumen considerable
y mientras leo pacientemente civilizadamente el intento
de justificación de esos destrozos escrito de sutil manera
recuerdo vacas cabras chotos la gran orza en el suelo
y recuerdo imagino pienso que unos cuantos carniceros
continúan desollando troceando pesando en sus básculas
haciendo su negocio mediante esos pobres animales sacrificados.

      Ambas escenas, la del periódico y la de la memoria, se iluminan mutuamente hasta que la segunda deja de ser la mera comparación de la primera para adquirir en los versos un desarrollo polisémico.
      Nacido en 1937, en el seno de una familia humilde, en plena guerra civil, su entorno y la aciaga época en que creció, fomentaron en Félix Grande su dosis de fatalismo, su exacerbado sentimiento de indefensión y, en definitiva, su visión fatídica del destino humano. Se diría que él es uno de esos «artistas amamantados en la pesadumbre», a los que se refiere en «El abogado del poema» de Puedo escribir los versos más tristes esta noche (1971). Sin embargo, Félix Grande, como todo poeta verdadero, nos recuerda que sólo quien asume a fondo su dolor sabe agradecer sin paliativos esos momentos de plenitud que nos regala la vida y que, en su obra, alcanzan su máximo sentido en la pasión amorosa. Por esto, su ancestral desconcierto –el mismo que hereda del hombre de las cavernas– no le priva del puro asombro de existir, que también sentirían nuestros remotos antepasados. Asombro y compasión por sus congéneres, lección que sin duda aprendió de sus maestros Antonio Machado y César Vallejo.
      Poesía, pese a todo, del coraje de vivir, narrativa y lírica, en la que el romance y el soneto –formas tradicionales por excelencia de nuestras dos vertientes creadoras, la popular y la culta– se alían con el verso libre y el poema en prosa de largo aliento en este vasto mundo expresivo, en el que casi todos los registros y tonos imaginables caben. No en vano, Félix Grande es, a mi parecer, el poeta español contemporáneo que –contradiciendo abiertamente reductoras teorías lingüísticas de la modernidad– más fervor y confianza muestra por la fuerza significativa del lenguaje, por su belleza y capacidad de consuelo, al punto de «sentir por las palabras un profundo respeto» y considerar a la poesía, junto al amor, «un milagro».

Publicado en Luvina 74 (revista literaria de la Universidad de Guadalajara, México, primavera de 2014).

jueves, 13 de febrero de 2014

HUMBERTO AK'ABAL Y FRANCISCO JOSÉ CRUZ EN ALCALÁ DEL RÍO


11 de junio: Lectura de Humberto Ak'abal
El alcalde, Juan Carlos Velasco, presenta el acto.
Firmando dedicatorias
©R. Acal
De izqda. a dcha.: David Ruiz (técnico de Cultura), Carmen Nazaret Cruz (técnica de Igualdad), Fran, Chari y Humberto Ak'abal.

12 de junio: lectura de Francisco José Cruz 
y presentación de su poesía reunida 
Hasta el último hueso
La concejala de Cultura, Aurora Sánchez Zambrano, abre el acto. 
 
Firmando dedicatorias         
©J.M. Rodríguez Muniz

Alcalá del Río, 11-12 de junio de 2008.

lunes, 25 de noviembre de 2013

14º FERIA INTERNACIONAL DEL LIBRO UNIVERSIDAD DE CARABOBO

VALENCIA

11 de octubre
Gala inaugural en el Centro de Interpretación Histórica, Cultural y Patrimonial de la Universidad de Carabobo
De izqda. a dcha.: Rosa María Tovar (directora de la FILUC), la poeta Edda Armas, la profesora Geraudí González, Fran Cruz, la narradora Elisa Lerner, el poeta Néstor Mendoza y Chari Acal.
Edda Armas, Geraudí González, Fran Cruz, Néstor Mendoza, Elisa Lerner y Chari Acal.
                                                                                                        ©Solveig Villegas
12 de octubre
FILUC 
A punto de coger el bus para la feria. Fran, Chari, Edda Armas y Elisa Lerner
Fran y Chari en el espacio infantil Chamario, llamado así
en honor al libro de rimas para niños de Eugenio Montejo
Mi lectura de Eugenio Montejo
Acto conmemorativo en el quinto aniversario de la muerte del poeta
Edda Armas, Francisco José Cruz, los escritores Victoria di Stéfano y Orlando Chirinos
Fran Cruz lee su texto "Eugenio Montejo, mendigo de la forma"
Francisco José Cruz y Victoria di Stéfano
Francisco José Cruz habla para la televisión universitaria
14 de octubre
FILUC
Taller de poesía:
"La vida de mis poemas"
Néstor Mendoza presenta a Francisco José Cruz
Fran muestra a los alumnos del taller cómo la forma de algunos de sus poemas
está determinada por las experiencias personales que los inspiraron.

Recital poético a dos voces: 
Rafael Cadenas y Francisco José Cruz
Tannia García presenta a los poetas Rafael Cadenas y Francisco José Cruz
 
Fran Cruz con el poeta Adhely Rivero        ©José Antonio Rosales

Fran Cruz con el poeta Carlos Osorio Granado, actual subdirector de la revista Poesía 
De izqda. a dcha.: Chari Acal, Rosa María Tovar, José Sotillo (miembro de la programación cultural y académica), Fran Cruz, Elisabel Rubiano (coordinadora de la comisión de atención al invitado), Néstor Mendoza, Víctor Manuel Pinto (actual director de la revista Poesía) y Tannia García.
© J.A. Rosales

15 de octubre
FILUC
Taller de poesía:
"La vida de mis poemas"

Fran muestra cómo algunos poemas ajenos orientaron los suyos.© J:A: Rosales

Fran es entrevistado para un programa televisivo de la FILUC
Fran conversa sobre Eugenio Montejo con la estudiante Dayana Villa,
quien actualmente prepara una tesis sobre la obra y la figura del gran poeta venezolano. 
Fran y Chari con un grupo de asistentes al taller
CARACAS
17 de octubre
Lectura en la librería El Buscón
La exquisita librera Katyna Henríquez presenta el acto
Rafael Cadenas y Francisco José Cruz  ©Katyna Henríquez
Rafael Cadenas, con la generosidad de un maestro, cede su tiempo de lectura a Fran Cruz
 y le da paso leyendo dos poemas del poeta sevillano, "Orfandad" y "La mecedora".
Chari y Fran, firmando dedicatorias  ©Katyna Henríquez
Chari y Fran entre el novelista Oscar Marcano y su mujer, la curadora de arte, Josefina Núñez
De izqda. a dcha.: Chari Acal, Fran Cruz, Aymara Montejo, Katyna Henríquez y Emilio Alvar Montejo
18 de octubre
Poesía a dos tonos
Centro Cultural Chacao
Sala La Viga
Gina Saraceni presenta a Edda Armas y Francisco José Cruz

19 de octubre
Chari y Fran con los músicos Bartolomé Díaz Sahagún y Andrés Barrios,
componentes del dúo El taller de los juglares,
en el día en que Eugenio Montejo hubiera cumplido 75 años.
Valencia-Caracas, del 10 al 20 de octubre de 2013.