viernes, 30 de marzo de 2012

VÍA CRUCIS

         ¿De qué puede servirme que aquel hombre
         haya sufrido, si yo sufro ahora?

                                          JORGE LUIS BORGES
                                                 
«Cristo en la cruz»


I


LA CONDENA

¿Cuántos fueron, Jesús,
antes que tú condenados a muerte
sin conocer siquiera
su posible delito,
por los siglos de los siglos, amén?

Lavándose las manos,
Pilatos, ay, extrañado y cobarde,
como suele pasar
todavía en el mundo,
te condenó sabiéndote inocente.


II


CON LA CRUZ A CUESTAS

¿En qué piensas ahora,
si es que puedes pensar con la pesada
cruz a cuestas, en quién,
mientras la muchedumbre
celebra tu dolor sin darse cuenta?

Pero quizá ya estés
empezando a olvidarte de ti mismo,
hasta sentir ajenos
tus pasos y tu sombra
por seguir el camino inevitable.


III


PRIMERA CAÍDA

¿Es tan sólo el cansancio
el que te tambalea y te derriba
o el hecho de caerte
se convierte, en el fondo,
en otra ejemplar seña de las tuyas?

Siendo así, contraseña
será también tu esfuerzo al levantarte
y seguir tu destino
polvoriento y doliente,
trazado por los hombres o por ti.


IV


ENCUENTRO CON LA MADRE

¿No temiste, de pronto,
encontrar a tu madre entre el gentío
y que se te acercara
sin poder abrazarla
ni saber qué decirle en ese instante?

Acaso en ese instante
de soledad suprema entre los dos,
tu mirada de niño,
que tan pronto perdiste,
pudo reconocerla con alivio.


V


LA AYUDA DEL CIRINEO

¿Y quién ayudó a quién,
en realidad, durante el largo trecho
en el que el Cirineo
te sostuvo la cruz,
sin esperar de ti nada de nada?

Salvaste para siempre
del olvido su gesto hasta ser hoy,
indiscutiblemente,
signo de compasión,
aunque a él lo obligaron a ayudarte.


VI


EL PAÑO DE LA VERÓNICA

¿Qué viste en la mujer
que te enjugó la sangre con un paño
para dejar en él
tan impreso tu rostro
que parece mirarnos al mirarlo?

Se podría creer
que, por la misma angustia acumulada,
quisiste preservar
tus indelebles rasgos,
antes de que la muerte los borrara.


VII


SEGUNDA CAÍDA

¿Qué no soportas más
después de dos caídas humillantes
y el cuerpo lacerado
con infinitos golpes,
qué no soportas más dentro de ti?

Ya sea lo que sea,
tú prefieres callártelo hasta el fin
de los tiempos del hombre,
como el hombre se calla
sus remordimientos para que lo amen.


VIII


ENCUENTRO CON LAS MUJERES DE JERUSALÉN

¿Y cómo interpretar
esas premoniciones tan siniestras
donde vientres estériles
y pechos ya sin leche
serán considerados una dicha?

Estas cosas dijiste,
a modo de consuelo desolado,
a llorosas mujeres
compasivas contigo,
como si les hablaras de este tiempo.


IX


TERCERA CAÍDA

¿Aún te reconoces,
en medio de la burla general,
después de esta tercera
caída y no poder
siquiera levantarte por ti mismo?

Agotado, renuncias
a tu cuerpo, triste, calladamente,
sin una sola queja
ni el desahogo mínimo
que nos haga sentirte más humano.


X


DESPOJADO DE SU ROPA

¿Cuánta fue tu vergüenza
cuando ya en el Calvario unos soldados
te dejaron en cueros
con mil llagas al aire,
si tu única verdad es el espíritu?

Quizá nunca sentiste
a tu cuerpo del todo como tuyo
y en algo eso alivió
tu humillante ridículo,
aunque fueras también de carne y hueso.


XI


CLAVADO EN LA CRUZ

¿Y de qué te arrepientes
o qué no harías igual si comenzaras,
ahora que en el Gólgota
clavo a clavo agonizas,
incluso abandonado por tu Padre?

Pero al pie de la cruz,
tan inmóvil como el duro madero,
llora por ti tu madre,
también abandonada
menos por unos pocos fieles tuyos.


XII


MUERTO EN LA CRUZ

¿No hubieras deseado
permanecer aquí, sobre la tierra,
muchísimo más tiempo,
como un anacoreta
inadvertido y sabio entre los tuyos?

Ya descansas, Jesús,
de tu grave periplo para siempre,
que hasta la muerte misma,
tras tanto sufrimiento,
puede considerarse un paraíso.


XIII


BAJADO DE LA CRUZ

¿Cómo no sentir nada
de nada entre los brazos de tu madre,
a pesar de estar muerto,
si su inmensa piedad
se hace canción de cuna en tu silencio?

Duerme, duerme, Jesús,
que el mundo como siempre va a lo suyo
y en él dejaste ya
tu pródiga semilla.
Duerme, que ella dará su propio fruto.


XIV


LLEVADO AL SEPULCRO


¿Echa el alma de menos
al cuerpo que alumbraba en sus adentros
como la luna tiembla
en pozo tan profundo
que es imposible contemplarla al fondo?

José de Arimatea
te envolvió el cuerpo en una limpia sábana
y, cuidadosamente,
lo acostó en un sepulcro
donde nadie había estado todavía.


Publicado en Sibila, revista de arte, música y literatura, nº 38 (Sevilla, enero de 2012).