Esturión en un acuario
Viene del origen del mundo, por eso
habita
en el fondo del mar, que es el fondo del
tiempo.
Atravesó los siglos bajo el vidrio
cambiante
de las aguas, para reproducirse
y atender el reclamo de lo eterno,
hasta llegar aquí:
espacio en que el final
del mundo ha levantado paredes de agua
fija.
Quizá busque salir porque tantea
con sus barbillas táctiles.
El cristal es un agua que no tiene
retorno
y así la transparencia no es más que un
espejismo.
Extinguida su especie en esta cuenca
de largas amalgamas, sobrevive
en el agua estancada del destiempo.
Por ella sube y baja, sube y baja,
resignado tal vez al cautiverio
sin fin que lo condena
a no volver al mar y a no morir.
Su destino, por tanto, sigue siendo
nadar contra corriente,
aunque ya no remonte ningún río
y tan sólo se adapte
a estar fuera del mundo.
Hoy lo vemos flotando en un futuro
que no le corresponde
y, a salvo de la vida, vive aún.
Los dos primeros
versos: «Viene del origen del mundo, por
eso habita / en el fondo del mar, que es el fondo del tiempo», nos hablan
de un tiempo muy largo y de un ser singular que condensa una especie y que,
incluso en un acuario, sigue cruzando el mar. En estos versos hay una
acumulación de palabras con peso y sin embargo no se van al fondo, quizá porque
desde el título sabemos que se trata de algo tan abarcable y tan concreto como
un esturión en un acuario y por ese «por esto», que equilibra y vuelve relativa
y, al mismo tiempo, evidente la verdad de estos versos. Mundo, tiempo, fondo,
son sustantivos muy grandes, muy usados, con un sonido muy hondo, y mar
uno de los monosílabos más afortunados de la lengua. El poema nos habla de una
criatura que no se morirá si no se reproduce. En la poesía de Francisco José
Cruz los muertos vivos son tan cotidianos como nosotros y más creíbles que
Drácula: «Hoy lo vemos flotando en un
futuro / que no le corresponde / y a salvo de la vida, vive aún.» «Atravesó los siglos bajo el vidrio cambiante / de las aguas» o «el cristal
es un agua que no tiene retorno / y así la transparencia no es más que un
espejismo». En este poema y en esta época el final del mundo construye
jaulas, cárceles, horarios, roles, paredes de agua fija o de cemento. En este
pez alargado, físicamente y en el tiempo, que no puede salir del acuario y que
no muere porque no se reproduce, hay algo del soltero, del tigre enjaulado, de
López Velarde. Muchos personajes, no todos, de Maneras de vivir están
enjaulados en un tiempo, en un exilio, que es una tierra de nadie en el espacio
y el tiempo del que no están del todo conscientes: quizá el esturión ignora
dónde está y piensa que detrás del cristal hay agua, que continúa en el océano
o que por fin ha llegado al río. El acuario está lleno del agua estancada del
destiempo, como en la jaula los monos de otro poema viven en una tierra
ficticia entre el hombre y la selva.
El esturión se
adapta a estar fuera del mundo, vive una sobrevida, como los muertos de un
poema van muriendo en la muerte («Ya
sabemos, por propia inexperiencia, / que los muertos, poco a poco, se acomodan
/ en sus tumbas/ y cada siglo que no pasa por ellos, / se sienten más a gusto
de ser nadie»). A veces parece que para Francisco José Cruz los tiempos de
la muerte y de la vida sean dos gerundios: no se vive, se va viviendo, no se
muere, se va muriendo; como otra muestra de lo que digo invito al lector a leer
«Revisión». «En el vientre de mi mujer,
el hijo / se está haciendo poco a poco»... «En el vientre de su tumba, mi madre / queda, poco a poco, sin su cuerpo».
Para el autor de Maneras de vivir: «Dejar de ser algo no siempre significa
no ser nada, sino empezar a ser otra cosa». Maneras de vivir podría
también llamarse maneras de sobrevivencia, ya lo he dicho: abunda en seres que
sobreviven en un estado intermedio entre la vida y la muerte, pero también está
poblado por seres que durante su metamorfosis son capaces de colocarse en los
dos extremos, pasado o futuro o, que ya transformados, recuerdan su vida
anterior, ejemplos de esto son: «Habla el barro» o «La mesa».
El exilio de los
elefantes, de los monos, de los objetos en un museo, el estado de un perezoso
en una rama, nos da pistas de nuestra propia manera de vivir, de nuestro
exilio. Incluso un grito independizado del hombre que no es ya su dueño deja al
hombre a la intemperie, en el exilio, cada vez que se calla, huérfano del grito.
Muertos y aún no nacidos, la imagen en el espejo de alguien, los juguetes
encerrados en una vitrina, comparten, regresan, cada uno a su manera, una
condición intermedia entre el ser y el no ser. El vacío, en la forma del frío,
adelantado de la muerte, se cuela en las noches entre los huesos de un anciano.
Las cosas pierden y, al perderla, recuerdan su función cuando se las deshecha y
se las condena a un limbo. Las voces de los poetas muertos los sobreviven
repitiéndose mecánicamente en las grabadoras. Pero todo esto no resta sino que
multiplica la realidad y la hace más perceptible y aguda. Nuestro poeta apenas
necesita salirse de lo escueto para darle, a lo escueto real, el hierro de un
misterio. Parece creer que no hay misterio tan fuerte como el estar aquí, en
esta vida, ahora, y no haber estado antes y no estar después. No hay una manera
de vivir: tenemos Maneras de vivir y, como nos dice el título de un
libro posterior, A morir no se aprende.
El oído de
Francisco José Cruz es un cauce para decir y lo que dice, casi siempre, es un
descubrimiento que se desprende de la realidad y de la perplejidad comunes:
aquellas que compartimos todos por el mero hecho de existir. En ese cauce su
voz transcurre naturalmente: la suya es una poesía desprovista de adornos o de
belleza innecesaria, porque para él «no se crea agregando, sino suprimiendo» y «lo
que el poema habla está más en lo que calla que en lo que expone». En Maneras
de vivir no hay un tratamiento métrico o estrófico uniforme, cada manera,
cada poema nace con un rostro distinto, con su métrica propia y estrofas
características, con un tratamiento adecuado y hecho a la medida de su sentido
y de su forma de estar en el mundo. El vocabulario de cada uno no se distingue
del que hablamos todos los días, está apegado a la vida de todos y sin embargo
nos dice cosas de mucho calado y nos trasmite una visión muy particular, no
sólo propia de su autor sino de cada poema. La poesía de Francisco José Cruz
recurre a la personificación y lo hace no para velar o nublar la verdad de las
cosas sino para mostrarla, no sólo al pensamiento, sino para que la sintamos
creíble y nuestra. Como un ejemplo sutil pongo ese «final del mundo», que
levanta paredes de agua fija en «Esturión en un acuario», o los más notorios
del día y de la tarde transformados en un funambulista y en una costurera de
los poemas «El funambulista» y «La costurera y el mendigo». En el primer poema
se dice: «Por los altos cordeles de la
ropa / el día hace equilibrio y lento pasa / de puntillas al lado que no vemos,
/ allí, / donde entonces el mundo se constata».
En un ensayo
dedicado a la poesía de Eugenio Montejo, Francisco José Cruz afirma que el tema
central de la poesía de todos los tiempos es el paso de la vida a la muerte,
pero tal parece que para él no sea menos esencial el paso de la nada a la vida:
¿dónde están esas formas por venir aún no nacidas?, ¿cómo son esas formas que
no están en el tiempo?, ¿nos pueden dar indicios de nuestras maneras de no ser
y de ser las cosas que están situadas en el terreno intermedio entre el no ser
y el ser? Maneras de vivir, creo, trata de seguir los indicios que nos
dan estas formas. Lo no nacido y lo que está muerto viven procesos paralelos,
en realidad están naciendo y están desapareciendo, no nacen o se mueren de una
vez, son procesos que, aunque inversos, tienen algo en común que transcurre
entre el vacío y la materia y entre la materia y el vacío, como quizá, fuera de
su continuidad aparente (la materia de nuestro cuerpo cambia por entero cada
determinado número de años), también ocurra en nuestras vidas.
Los poemas de
Francisco José Cruz parten de una perplejidad que nos señala que no somos del
todo seres individuales sino que estamos conectados con nuestros ancestros y
descendientes, no sólo por la vida sino también por la muerte. La perplejidad
que deja en los sobrevivientes la muerte de sus semejantes o la transformación
de un objeto al cambiar su función o su lugar («Perplejidad de quedarnos un
instante entre lo que fue y lo que podría ser»), establece una cadena entre los
que vivieron y los que viven ahora y los que vivirán después, una cadena que
fundan los gestos comunes, las palabras compartidas y la obsesión por la
ausencia de nuestros parientes y amigos, que los hace presentes en nuestras
vidas. Una cadena que sólo se manifiesta plenamente en el poema. Pues, para el
poeta sevillano: «La poesía es de los pocos reductos humanos donde intimidad y
comunicación se nutren mutuamente». «Quizá, el único lugar donde el ser y el no
ser de todo se reconcilien sea un poema». En un ensayo sobre el poeta argentino
Antonio Porchia, el autor de Maneras de vivir dice algo que también es
válido para su poesía: «Si la poesía contemporánea se ha ocupado, con gran
variedad y acierto, del problema de la identidad –el hombre contemporáneo es un hombre escindido–, Porchia, asimilando
esta misma concepción, ha logrado que esta escisión deje de ser uno de nuestros
conflictos capitales para constituir un pasadizo entre el ser y el no ser, lo
posible y lo imposible».
En Maneras de
vivir hay poemas que parecen cuentos para niños, sembradores de símbolos y
dudas, pero no por ello menos verdaderos y secos. En estos poemas Cruz emplea «la
memoria imaginante» que él detecta con lucidez en un poema de Eliseo Diego: «El
poeta se dirige a la muchacha de “Retrato de una joven, Antinoe, siglo II”
como si en realidad estuviese viva, pero sin ocultar en ningún momento la real
inexistencia de ella». Este recurso poético logra que el poeta hable a la vez a
la viva y a la muerta, dejando en nuestro ánimo «la fatal conmoción del asombro
que produce la inexistencia». Convoco al futuro lector de este libro a que lea
en este sentido «Manera de comer».
Hay muchos
versos en Maneras de vivir que se leen ajustados al poema, apegados casi
a la literalidad que los sustenta, pero que leídos despacio, en su estrofa, sin
pasar al resto del poema, nos suenan a claves de vida aplicadas no sólo a una
forma particular, sino a muchas o a todas las formas de vida; no obstante, para
el oído de nuestro poeta, cada forma tiene su voz que suena entre otras que
suenan, es una forma dotada de lenguaje con un oído que atiende. En «Habla el
barro», el barro hecho plato dice: «Me
siento circular y hasta profundo» y «Yo
no hubiera durado sin ser algo concreto». Toda manera de vivir tiene un
lenguaje fuera del coro: habla una camisa, la imagen de un ser concreto en el
espejo, un palo, etc. Cada poema, cada manera de vivir tiene su forma de
hablar, insisto, su voz, su timbre, su tono, pero logra hacerse entender; la
poesía de Cruz está muy lejos de la torre de Babel de gran parte de la poesía
de nuestros tiempos. Él pertenece a un grupo minoritario en la actualidad de
poetas que creen que es básica la legibilidad de un poema, que es el principio
de su credibilidad, y que estas dos cosas están enlazadas, íntimamente, con ese
mundo inefable al que, se dice, la poesía roza y cuyo roce delgado es el poema.
Que el decir y el no decir se comunican. Esta legibilidad es la base de la que
parte: las palabras, el lenguaje, lo compartimos con otros tan diferentes entre
sí como el barro y una camisa, que existen como nosotros pero que representan
formas más misteriosas, si cabe, que la nuestra, por ser aparentemente
criaturas de nuestras manos, a su vez creadas por otras manos: «Unas manos sin cuerpo, / anteriores al mundo
/ parece que crearon a estas manos de barro / que cuidadosas, hacen con mi
forma / una forma distinta de las suyas».
En Maneras de
vivir todo vive un tiempo más largo que su forma, toda forma excede sus
límites físicos y temporales, toda forma continúa o antecede a otra; por
ejemplo, una mesa: «necesita sentir
encima cosas / como si fueran pájaros dormidos, / confiados al ser de la madera».
Quizá la
condición de todos estos seres está en que están, al mismo tiempo, dentro y
fuera del mundo y de sí mismos, en una condición de permanente metamorfosis, de
detenida metamorfosis, y sea ésta la que les da, paradójicamente, la conciencia
de ser. Los monos en el zoológico «Aún no
han aprendido / a saltar de una ausencia / a otra ausencia del bosque que
perdieron / y por esto sus ojos no miran lo que ven». Poco a poco van
deshabitando su mundo pasado, el de la selva, y van entrando a un limbo que no
está ni en el zoológico ni en África: «Tal
vez han decidido —al menos los ancianos— / no gastar energía inútilmente / y
engordar de desidia, tumbados en el suelo, / solos a la redonda, como un reloj
parado». El astronauta que flota
dentro de la nave a la que rige otro tiempo distinto que el de la tierra dice: «Voy dejando de ser quien hasta entonces era allí
abajo ¿abajo? / Estoy fuera del mundo...»
Aunque un solo
poema de Francisco José Cruz puede dejar al lector en un acuario, repitiéndolo
en un tiempo sin tiempo, como ya lo dije al principio: el lector ganará al
seguirlo de poema a poema y de libro a libro. A Maneras de vivir lo
acentúa en el decir callando, un libro de reciente aparición en España: A
morir no se aprende. Si se piensa en ambos títulos y en los dos libros en
conjunto, la seriedad, la continuidad y el rigor de la empresa o de la aventura
de Francisco José Cruz se ponen en evidencia. Quisiera terminar con un poema de
este último libro como una incitación para su publicación en México:
A morir no se aprende
Vivir no es una escuela,
ni siquiera un camino,
que ya hubiera borrado la intemperie.
El tiempo no nos lleva
de la mano: es el aire,
el que arrastra a capricho los papeles.
No se aprende a morir.
Siempre andamos perdidos
en medio de las cosas y la gente.