El 26 de octubre de 2006, en la Casa de la Provincia de Sevilla, bajo el título común "Entre lenguas", el poeta y narrador Fabio Morábito dictó la conferencia "Escribir en otra lengua". Su intervención fue seguida de una mesa redonda, moderada por él mismo, y compuesta por Carlos Germán Belli, José Luis Reina Palazón, José Antonio Moreno Jurado y Humberto Ak'abal. Desde el público participaron Antonio Gamoneda, Eduardo Hurtado, Antonio Deltoro, Eugenio Montejo y Francisco José Cruz. La jornada se desarrolló en el marco del III Encuentro Sevilla, Casa de los Poetas, "Fronteras fecundas", dirigido por Francisco José Cruz, con los auspicios del Ayuntamiento hispalense, siendo delegado de Cultura Juan Carlos Marset.
viernes, 12 de junio de 2020
martes, 2 de junio de 2020
ENTRE MÁSCARAS. Conferencias de Félix Grande y Eugenio Montejo. Coloquio moderado por Antonio Deltoro
El 25 de octubre de 2006, en la Casa de la Provincia de Sevilla, bajo el título común "Entre máscaras", los poetas Félix Grande y Eugenio Montejo dictaron sendas conferencias, tituladas respectivamente "Mi maestro Horacio Martín" y "Blas Coll y la saga de los colígrafos". Ambas intervenciones fueron seguidas de un amplio coloquio, donde participaron desde el público Pedro Lastra, Antonio Gamoneda, Fabio Morábito, Francisco José Cruz y José Luis Reina Palazón. La jornada fue moderada por el poeta mexicano Antonio Deltoro, en el marco del III Encuentro Sevilla, Casa de los Poetas, "Fronteras fecundas", dirigido por Francisco José Cruz, bajo los auspicios del Ayuntamiento hispalense, siendo delegado de Cultura Juan Carlos Marset. Los escasos errores de grabación no afectan a la cabal comprensión de este extraordinario documento.
Casa de la Provincia, Sevilla, 25 de octubre de 2006
miércoles, 27 de mayo de 2020
MISIÓN CULTURAL Y HUMANA DE UNA CASA DE POESÍA
Mesa redonda moderada por Francisco José Cruz y donde participan Pedro Lastra, Antonio Rodríguez Almodóvar, Antonio Deltoro, Eduardo Hurtado, Abelardo Linares y Pedro Alejo Gómez. Aunque la grabación está lamentablemente incompleta, se trata de un interesante documento para quienes deseen conocer mejor el espíritu que animó el proyecto Casa de los Poetas de Sevilla.
I Encuentro Sevilla, Casa de los Poetas
Salón del Almirante
Real Alcázar de Sevilla, 22 de febrero de 2005martes, 19 de mayo de 2020
Lectura de Carlos Germán Belli en el III Encuentro Sevilla, Casa de los Poetas (24 octubre de 2006)
El poeta peruano Carlos Germán Belli ofreció una lectura de sus poemas el 24 de octubre de 2006 en el III Encuentro Sevilla, Casa de los Poetas, "Fronteras fecundas", dirigido por Francisco José Cruz, bajo los auspicios del Ayuntamiento hispalense, siendo delegado de Cultura Juan Carlos Marset.
martes, 5 de mayo de 2020
Lectura de Carlos Germán Belli en el I Encuentro Sevilla, Casa de los Poetas
Presentado por la catedrática de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Sevilla, Gema Areta, el poeta peruano Carlos Germán Belli ofreció una lectura de sus poemas el 23 de febrero de 2005 en el I Encuentro Sevilla, Casa de los Poetas, dirigido por Francisco José Cruz, bajo los auspicios del Ayuntamiento hispalense, siendo delegado de Cultura Juan Carlos Marset.
jueves, 20 de febrero de 2020
HUMBERTO AK'ABAL, EL CANTOR QUE CUENTA
Cuando leí, hace casi dos
décadas, unos pocos poemas de Humberto Ak’abal –muy breves– en un número de la Revista
Casa Silva, no sospeché, ni por
asomo, que eran en realidad autotraducciones del maya k’iche’ ni que adquirían
su cabal sentido en el conjunto de una obra arraigada con tenaz ahínco en los
mitos y tradiciones de su cultura indígena, al punto de convertirse –pese a su
delicada intimidad– en la voz y la memoria de un pueblo zarandeado por los
violentos vientos de incesantes avatares históricos. Sin embargo, no debemos
confundir la condición étnica de Humberto Ak’abal –como por desgracia le sucede
a una parte de la crítica– con los valores estéticos de su escritura. Aquella
nos interesa solo en la medida en que nutre el lenguaje y los temas más propios
de este genuino poeta de dos lenguas y un mundo. La sutileza y deliberada
ingenuidad que encontré entonces en esos poemas me animaron a buscar de
inmediato a su autor y, tras familiarizarme con su creación poética, proponerle
una antología de su obra en la colección de libros de la revista carmonense Palimpsesto,
que yo mismo llevaría a cabo en el año 2000.
Mientras la elaboraba, me daba cuenta de
que estaba entrando en un mundo tan personal como intransferible, hecho de esas
recurrentes correspondencias que urden la coherencia interna de toda obra
auténtica. La antología me confirmó que la fidelidad del poeta guatemalteco a
sus registros formales y temáticos es tal que, a diferencia de esos autores que
necesitan crear un clima distinto en cada libro, los suyos conforman uno solo,
cuyo despliegue es hacia dentro y no hacia adelante, como reflejo de su noción
circular de la existencia. Sin embargo, al entreverar la sencillez del tono
conversacional con el más depurado lirismo, la gama de matices de esos
registros ―que van del amago humorístico al sentencioso, pasando por el detalle
descriptivo y el diálogo directo― lo salvan, sin romper la unidad de fondo, de
la monotonía o el estancamiento.
La condición bilingüe de Ak’abal no se
queda en el hecho de que él mismo traduce sus poemas, sino que determina la
perspectiva desde donde los escribe. Poemas como «Sombras» o «Rija―La casa» no
tendrían sentido en su lengua materna: se atienen a una fórmula verbal híbrida,
donde la intención didáctica se convierte también en un recurso estético para
dar a conocer, a quienes no pertenecemos a la cultura maya, el espíritu de
imbricación del k’iche’ con los seres naturales, elementos y ámbitos
cotidianos:
Sombras
La sombra de una casa,
de un árbol,
de un muro
o de una roca…,
en nuestra lengua se dice mu’j
La sombra de uno
se llama nonoch’,
es la compañera,
la que uno trae cuando nace
y la que se lleva cuando muere
Toda la poesía de Ak’abal, de un modo más
o menos soterrado, guarda este afán pedagógico y supone, en primera instancia,
un tapiz de personajes, costumbres y creencias tan verazmente tejido, que lo
que pudiera parecernos incluso mera superstición, lo aceptamos como signo
primordial, heredado de una larga experiencia de esa realidad que el poeta
recuerda o vive. Una realidad imbuida de una dimensión sagrada en la que, según sus palabras, «todo
tiene habla»[1] y los seres animados e inanimados
encuentran su sentido, adverso o favorable,
dentro del flujo temporal que comunica al pasado, al presente y al futuro
entre sí, en una cosmovisión llena de señales.
La autenticidad de estos poemas nace, en
gran medida, de la actitud comprensiva y entrañable ―pero no complaciente― con
que Ak’abal se refiere a cualquier aspecto de su entorno y, en consecuencia, de
la falta de conclusiones o afirmaciones tajantes ―salvo salpicados poemas de
corte aforístico o denuncia social― que pudieran llevarlo al pintoresquismo o,
peor aún, al exotismo de cartón piedra. Ak’abal casi nunca opina: presenta
hechos, situaciones, sensaciones y personajes, dejando el silencio justo para
que lo no dicho flote en lo dicho como un temblor sobreentendido y sugerente.
Es este despojamiento el que le da a su poesía su carácter íntimo e individual.
El poeta habla, en última instancia, de su mundo para reconocerse y, a través
de esos hábitos y vestigios ancestrales, hacernos sentir su inquietud y las
incertidumbres de su propia vida. Así sucede en poemas como «Viento de hielo» o
«La cuerda del silencio», donde los espantos ―suerte de indicios premonitorios,
presencias intuidas o enmascaradas, a la vez físicas e imaginarias― son, en
palabras de Ak’abal, «maneras de comprender lo inexplicable con su contexto de
símbolos»[2].
Los espantos suspenden de súbito el curso normal de las cosas hasta recoger,
con la fuerza de una imagen elemental, la inocencia primigenia del miedo. Esta
misma inocencia ―que es simple reconocimiento del misterio de todo― hace de su
poesía un modo acogedor de estar en el mundo, sin imponerse a nada.
La onomatopeya cumple una función central
en la obra de Ak’abal porque le permite oír a los seres y a las cosas y, por
tanto, entenderlos y atenderlos. La onomatopeya nunca es aquí gratuita: se
integra en el fraseo de un poema para completar su significado, no para
reiterarlo, añadiendo una sensación física que el nivel semántico no alcanza a
transmitir, como por ejemplo en la canción de cuna «Kitanatana»:
Kitanatana, kitanatana, kitanatana;
nuyuj, nuyuj, nuyuj;
dormite, mijito, dormite.
Kitanatana, kitanatana, kitanatana;
dormite, dormite.
Si llorás
se van a despertar
los pajaritos
y ellos de noche no cantan.
Kitanatana, kitanatana, kitanatana;
nuyuj, nuyuj,
nuyuj...
La máxima expresión de este
recurso aparece en «Cantos de pájaros» o en «Voces del agua», poemas sostenidos
enteramente por la regular repetición de grupos silábicos para recrear, en el
primero, el concierto polifónico de las aves y, en el segundo, la variada gama
de sonidos de la lluvia, del río, del estanque, o de la charca. Sonido y
sentido, pues, como aspiraba Valéry, se funden. Ak’abal no nos cuenta qué dicen
las cosas: nos las pone al oído, y quizá los poemas onomatopéyicos ―que logran
su plena belleza cuando el poeta los recita en público con una suave entonación
salmódica― supongan la total decantación de su espíritu animista.
Esta riqueza espiritual no excluye la
conciencia de la pobreza material. Ambas constituyen las dos caras de una
moneda, cuyo borde sería la forma breve de casi todos estos poemas. La brevedad
casa tanto con el silencio contemplativo o el sentimiento más delicado, como
con la evidencia de la precariedad, donde una imagen, en ambos casos, basta
para decirlo todo, sin insistencia alguna. Por ejemplo, «La luna en el agua» se
acerca a la inasible fulguración de un haiku:
No era bella,
pero la sentía en mí
como la luna en el agua
mientras que «Solot», a la áspera
intemperie de una copla flamenca:
Yo me peinaba con un peine
hecho con un manojo de
raíces
de un arbusto llamado solot,
mi espejo era un charco
color de lodo.
Este mismo don de la brevedad ―que calla
más que afirma, que muestra más que insiste― lo posee, a pesar de su inusual
extensión en esta escritura, «La carta», cuyas dotes narrativas apuntan a la
dramática indefensión de algunos relatos de Humberto Ak’abal, ya implícitas en
muchos de sus poemas más cortos como «El pedidor», «La muñeca de paja», «El
puente» o «Mi vecino», no exentos de un incipiente desarrollo argumental.
La brevedad y la ingenuidad dan a estos versos
un aire de apuntes sin pretensiones, como salidos de un tirón. Sin embargo, una
y otra son el resultado de un orden expositivo que reparte, con audacia técnica,
los elementos formales y temáticos que conviene resaltar, en cada momento, para
no caer en lo anecdótico. De ahí, la tendencia al equilibrio estrófico y la
sensación de no estar leyendo unos poemas traducidos, unos poemas que nacen,
según el poeta maya, de «la mirada de un niño en las palabras de un hombre»[3].
En definitiva, la poesía de Ak’abal,
mediante expresiones orales de su pueblo y las bien dosificadas repeticiones,
echa sus raíces tanto en el canto como en el cuento, hasta enlazarlos en una
suerte de sortilegio en que el nostálgico presente convoca al armonioso pasado
de sus ancestros con tal fuerza revitalizadora que todo parece estar aún en su
sitio, aunque el tiempo de hoy sea otro, descreído y corrupto. De ahí que, en
«El juramento», escuchemos esta súplica de sus mayores a los dioses:
No permitan que el ayer
se vaya lejos.
Carmona, septiembre de 2018
[1] «A
un lado del camino», incluido en Todo
tiene habla, antología poética de Humberto Ak’abal (col. Palimpsesto,
Carmona, 2000).
[2]
«El otro que está allí», epílogo a El
pájaro encadenado de Humberto Ak’abal (Talleres K'ururup, Guatemala, 2010).
[3]
«Un fuego que se quema a sí mismo» (Palimpsesto nº 21, Carmona, 2006).
Publicado en Sibila, revista de arte, música y literatura nº 59 (Sevilla, octubre, 2019) y recogido como prólogo en No permitan que el ayer se vaya lejos de Humberto Ak'abal (Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá, 2019).
sábado, 8 de febrero de 2020
LA POESÍA ANFIBIA DE RODOLFO DADA
A veces es necesario bastante
tiempo para darnos cuenta del auténtico valor de una obra, sin acertar a
explicarnos del todo por qué antes nos pasó inadvertida. Este es mi caso con
Rodolfo Dada, a quien conocí en septiembre de 2003 en Colombia. Ambos, entre numerosos
poetas procedentes de varios países hispanohablantes, fuimos invitados al IX
Festival Internacional de Poesía de Bogotá. Pese a que coincidimos en una
lectura pública, en un paseo por el mercadillo de Las Pulgas o en una cena del Hotel
Bacatá donde nos hospedamos, nuestra relación fue tan afable como esporádica.
Quizá el trajín de constantes actividades y la vorágine de conversaciones e
intercambios de libros y revistas con unos y con otros, impidieron, al menos en
parte, que tuviéramos un trato más reposado y atento. Así pues, solo a los
quince años de nuestro único encuentro personal, lo descubrí en una antología
de bardos del nuevo continente. Aquellos pocos poemas me incitaron de inmediato
a buscarlo y ponerme en contacto con él para leer todo lo suyo y empaparme
―nunca mejor dicho― de las aguas de su escritura.
En la medida en que una obra artística
pueda reflejar, así sea de manera oblicua, la vida de su autor, he tenido la
impresión, conforme me adentraba en su mundo poético, de estar de nuevo junto a
Rodolfo, pero esta vez en su íntimo entorno del trópico costarricense, donde la
naturaleza marina y la selvática despliegan ante el lector su bullente
infinidad de seres que, lejos de cualquier exotismo, conforman la realidad
diaria del poeta. Desde los fondos oceánicos ―entre otros oficios, Dada ejerció
el de buzo― a las alturas arbóreas, ballenas, tiburones, delfines, mantarrayas,
sábalos, sardinas, jureles, tortugas, cangrejos, ranas, venados, colibríes o
albatros proliferan en estos versos con la cercanía casi doméstica de quien
está acostumbrado a observarlos sin perder por ello el curioso asombro del
niño.
Dentro de esta variadísima fauna ―que
poco tiene que ver, por cierto, con la postal turística―, los hombres
sobreviven precariamente de las faenas propias del medio que habitan. El hecho
de presentarlos, a veces, con sus nombres y apellidos, hablando en primera
persona, hace que los sintamos cercanos y vulnerables. «Canción del pescador al
río», «Señora corriente» o «Busco trabajo, señor» son poemas de indudable
denuncia social, que en vez de expresarse en forma de rotunda protesta, adoptan
un tono de lastimado ruego, más propio de la resignación que de la rebeldía,
como si en estas criaturas sin defensas no hubiera aflorado aún el sentimiento
de injusticia. De este emotivo modo, se tocan las fibras más sensibles de los
lectores. Se diría que la mirada de niño del poeta extiende un halo de
compasiva inocencia sobre todas las cosas, en aras, según refiere Jorge
Boccanera, de la «empatía, cordialidad y comprensión»[1].
En este sentido, la poesía infantil de
Dada ―al contrario de lo que les sucede a muchos autores que también la cultivan―
no se desvincula en absoluto de la escrita para adultos, sino que comparte con
esta ciertos temas centrales y registros de tan singular obra, al punto de que
poemas pensados en principio para los pequeños, pueden ser leídos por los
mayores sin menoscabo alguno de su hondura y calidad estética, aunque se
distingan por una mayor sencillez expresiva, el frecuente uso del verso rimado
de arte menor, al modo de la tradición popular española, y el desarrollo
narrativo como, por ejemplo, en «Cuento de una sirena», al que ―sin
desprenderse del clima fantástico del texto de Hans Christian Andersen en el
que se basa― Rodolfo Dada dota de un toque realista al mostrar la imposibilidad
de que el hombre y la sirena convivan, por mucho amor a ella y al mar que aquel
tenga.
La libertad imaginativa de la poesía
infantil de Dada contagia, ya en su mismo plano formal, a la adulta, a través
de las repeticiones, enumeraciones e inesperadas asociaciones sensoriales y
afectivas. Estos procedimientos, al ligarse a un tono coloquial, trufado de
términos locales de diversos ámbitos, producen un vago efecto de exuberancia,
desmentido al instante por la contención verbal que rige este mundo poético. El
contraste de recursos lingüísticos ―que parece dar la razón a Gabriela Mistral
cuando afirmaba en otro contexto que «el trópico no es excesivo, es intenso»[2]―
sugiere el sigiloso dinamismo de la naturaleza y sus incesantes
transformaciones, provocadas también por el hombre en la medida en que
interactúa con ella. Así, el colibrí nos remite a su remota condición de pez,
la mariposa nos recuerda que fue gusano y el bote nuevo de Atanasio no olvida
el cedro al que perteneció su madera. Poesía, pues de las metamorfosis, como
metáfora del tiempo en el espacio cambiante.
Este dejar de ser para ser otra cosa nos
remonta al deslumbramiento del origen, donde, acorde con la mirada instantánea
del niño, todo está empezando siempre. De ahí que el presente, pese a las
mudanzas y las ausencias, sea el tiempo dominante de esta obra poética. Esta es
la razón por la que, en «Fotografía en blanco y negro», el poeta vea a su padre
al mirarse al espejo y en los objetos personales que le pertenecieron, como si
en verdad no hubiera muerto. Inversamente a este poema, en los titulados «Karina
dice sus primeras palabras» y «Nicole y Karina pintan el mundo», son los actos
de hablar y dibujar los que convocan las presencias desde las más íntimas y
caseras a las inalcanzables estelares. Ambos poemas, plenos de ternura e
inventiva, están divididos en partes como corresponde al paulatino desarrollo creador
del Universo. El abuelo Rodolfo, mientras oye y observa a sus dos nietas, se
mete dentro de su sensibilidad de niñas hasta situarse en esa etapa inicial de
la percepción en que las cosas y los signos que las representan no difieren
aún.
Efusiva y anfibia, la poesía de Rodolfo
Dada celebra hasta la mínima manifestación de la materia que forme parte de la
vida humana. Por esto, le da la voz a una red de pescar, a los restos orgánicos
con los que el colibrí construye su nido e, incluso a un grano de arena o una
gota de agua ―personajes estos últimos del cuento infantil Kotuma, la rana y la luna―, recordándonos que, como escribió el
poeta italo-argentino Antonio Porchia, «quien conserva su cabeza de niño,
conserva su cabeza».
Carmona, noviembre de 2018
Prólogo a Un niño mira el mar de Rodolfo Dada (selección de Francisco José Cruz, Col. Palimpsesto, Carmona, 2019).
[1]
Jorge Boccanera, «La palabra en un bosque de peces», prólogo a Cardumen de Rodolfo Dada (San José de
Costa Rica, 2014)
[2]
cita recogida por Miguel Rojas Mix en su libro América Imaginaria (Barcelona, 1992)
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