jueves, 20 de febrero de 2020

HUMBERTO AK'ABAL, EL CANTOR QUE CUENTA


Cuando leí, hace casi dos décadas, unos pocos poemas de Humberto Ak’abal –muy breves– en un número de la Revista Casa Silva, no sospeché, ni por asomo, que eran en realidad autotraducciones del maya k’iche’ ni que adquirían su cabal sentido en el conjunto de una obra arraigada con tenaz ahínco en los mitos y tradiciones de su cultura indígena, al punto de convertirse –pese a su delicada intimidad– en la voz y la memoria de un pueblo zarandeado por los violentos vientos de incesantes avatares históricos. Sin embargo, no debemos confundir la condición étnica de Humberto Ak’abal –como por desgracia le sucede a una parte de la crítica– con los valores estéticos de su escritura. Aquella nos interesa solo en la medida en que nutre el lenguaje y los temas más propios de este genuino poeta de dos lenguas y un mundo. La sutileza y deliberada ingenuidad que encontré entonces en esos poemas me animaron a buscar de inmediato a su autor y, tras familiarizarme con su creación poética, proponerle una antología de su obra en la colección de libros de la revista carmonense Palimpsesto, que yo mismo llevaría a cabo en el año 2000.         
      Mientras la elaboraba, me daba cuenta de que estaba entrando en un mundo tan personal como intransferible, hecho de esas recurrentes correspondencias que urden la coherencia interna de toda obra auténtica. La antología me confirmó que la fidelidad del poeta guatemalteco a sus registros formales y temáticos es tal que, a diferencia de esos autores que necesitan crear un clima distinto en cada libro, los suyos conforman uno solo, cuyo despliegue es hacia dentro y no hacia adelante, como reflejo de su noción circular de la existencia. Sin embargo, al entreverar la sencillez del tono conversacional con el más depurado lirismo, la gama de matices de esos registros ―que van del amago humorístico al sentencioso, pasando por el detalle descriptivo y el diálogo directo― lo salvan, sin romper la unidad de fondo, de la monotonía o el estancamiento. 
      La condición bilingüe de Ak’abal no se queda en el hecho de que él mismo traduce sus poemas, sino que determina la perspectiva desde donde los escribe. Poemas como «Sombras» o «Rija―La casa» no tendrían sentido en su lengua materna: se atienen a una fórmula verbal híbrida, donde la intención didáctica se convierte también en un recurso estético para dar a conocer, a quienes no pertenecemos a la cultura maya, el espíritu de imbricación del k’iche’ con los seres naturales, elementos y ámbitos cotidianos:


Sombras

La sombra de una casa,
de un árbol,
de un muro
o de una roca…,
en nuestra lengua se dice mu’j

La sombra de uno
se llama nonoch’,
es la compañera,
la que uno trae cuando nace
y la que se lleva cuando muere

    Toda la poesía de Ak’abal, de un modo más o menos soterrado, guarda este afán pedagógico y supone, en primera instancia, un tapiz de personajes, costumbres y creencias tan verazmente tejido, que lo que pudiera parecernos incluso mera superstición, lo aceptamos como signo primordial, heredado de una larga experiencia de esa realidad que el poeta recuerda o vive. Una realidad imbuida de una dimensión sagrada en la que, según sus palabras, «todo tiene habla»[1] y los seres animados e inanimados encuentran su sentido, adverso o favorable, dentro del flujo temporal que comunica al pasado, al presente y al futuro entre sí, en una cosmovisión llena de señales.
      La autenticidad de estos poemas nace, en gran medida, de la actitud comprensiva y entrañable ―pero no complaciente― con que Ak’abal se refiere a cualquier aspecto de su entorno y, en consecuencia, de la falta de conclusiones o afirmaciones tajantes ―salvo salpicados poemas de corte aforístico o denuncia social― que pudieran llevarlo al pintoresquismo o, peor aún, al exotismo de cartón piedra. Ak’abal casi nunca opina: presenta hechos, situaciones, sensaciones y personajes, dejando el silencio justo para que lo no dicho flote en lo dicho como un temblor sobreentendido y sugerente. Es este despojamiento el que le da a su poesía su carácter íntimo e individual. El poeta habla, en última instancia, de su mundo para reconocerse y, a través de esos hábitos y vestigios ancestrales, hacernos sentir su inquietud y las incertidumbres de su propia vida. Así sucede en poemas como «Viento de hielo» o «La cuerda del silencio», donde los espantos ―suerte de indicios premonitorios, presencias intuidas o enmascaradas, a la vez físicas e imaginarias― son, en palabras de Ak’abal, «maneras de comprender lo inexplicable con su contexto de símbolos»[2]. Los espantos suspenden de súbito el curso normal de las cosas hasta recoger, con la fuerza de una imagen elemental, la inocencia primigenia del miedo. Esta misma inocencia ―que es simple reconocimiento del misterio de todo― hace de su poesía un modo acogedor de estar en el mundo, sin imponerse a nada.
      La onomatopeya cumple una función central en la obra de Ak’abal porque le permite oír a los seres y a las cosas y, por tanto, entenderlos y atenderlos. La onomatopeya nunca es aquí gratuita: se integra en el fraseo de un poema para completar su significado, no para reiterarlo, añadiendo una sensación física que el nivel semántico no alcanza a transmitir, como por ejemplo en la canción de cuna «Kitanatana»:

Kitanatana, kitanatana, kitanatana;
nuyuj, nuyuj, nuyuj;
dormite, mijito, dormite.
Kitanatana, kitanatana, kitanatana;
dormite, dormite.
Si llorás
se van a despertar
los pajaritos
y ellos de noche no cantan.
Kitanatana, kitanatana, kitanatana;
nuyuj, nuyuj,
nuyuj...

      La máxima expresión de este recurso aparece en «Cantos de pájaros» o en «Voces del agua», poemas sostenidos enteramente por la regular repetición de grupos silábicos para recrear, en el primero, el concierto polifónico de las aves y, en el segundo, la variada gama de sonidos de la lluvia, del río, del estanque, o de la charca. Sonido y sentido, pues, como aspiraba Valéry, se funden. Ak’abal no nos cuenta qué dicen las cosas: nos las pone al oído, y quizá los poemas onomatopéyicos ―que logran su plena belleza cuando el poeta los recita en público con una suave entonación salmódica― supongan la total decantación de su espíritu animista.
     Esta riqueza espiritual no excluye la conciencia de la pobreza material. Ambas constituyen las dos caras de una moneda, cuyo borde sería la forma breve de casi todos estos poemas. La brevedad casa tanto con el silencio contemplativo o el sentimiento más delicado, como con la evidencia de la precariedad, donde una imagen, en ambos casos, basta para decirlo todo, sin insistencia alguna. Por ejemplo, «La luna en el agua» se acerca a la inasible fulguración de un haiku:

No era bella,
pero la sentía en mí
como la luna en el agua

      mientras que «Solot», a la áspera intemperie de una copla flamenca:

Yo me peinaba con un peine
hecho con un manojo de raíces
de un arbusto llamado solot,
mi espejo era un charco color de lodo.

      Este mismo don de la brevedad ―que calla más que afirma, que muestra más que insiste― lo posee, a pesar de su inusual extensión en esta escritura, «La carta», cuyas dotes narrativas apuntan a la dramática indefensión de algunos relatos de Humberto Ak’abal, ya implícitas en muchos de sus poemas más cortos como «El pedidor», «La muñeca de paja», «El puente» o «Mi vecino», no exentos de un incipiente desarrollo argumental.
      La brevedad y la ingenuidad dan a estos versos un aire de apuntes sin pretensiones, como salidos de un tirón. Sin embargo, una y otra son el resultado de un orden expositivo que reparte, con audacia técnica, los elementos formales y temáticos que conviene resaltar, en cada momento, para no caer en lo anecdótico. De ahí, la tendencia al equilibrio estrófico y la sensación de no estar leyendo unos poemas traducidos, unos poemas que nacen, según el poeta maya, de «la mirada de un niño en las palabras de un hombre»[3].
      En definitiva, la poesía de Ak’abal, mediante expresiones orales de su pueblo y las bien dosificadas repeticiones, echa sus raíces tanto en el canto como en el cuento, hasta enlazarlos en una suerte de sortilegio en que el nostálgico presente convoca al armonioso pasado de sus ancestros con tal fuerza revitalizadora que todo parece estar aún en su sitio, aunque el tiempo de hoy sea otro, descreído y corrupto. De ahí que, en «El juramento», escuchemos esta súplica de sus mayores a los dioses:

No permitan que el ayer
se vaya lejos.
 FRANCISCO JOSÉ CRUZ
Carmona, septiembre de 2018



[1] «A un lado del camino», incluido en Todo tiene habla, antología poética de Humberto Ak’abal (col. Palimpsesto, Carmona, 2000).
[2] «El otro que está allí», epílogo a El pájaro encadenado de Humberto Ak’abal (Talleres K'ururup, Guatemala, 2010).
[3] «Un fuego que se quema a sí mismo» (Palimpsesto nº 21, Carmona, 2006).  


Publicado en Sibila, revista de arte, música y literatura nº 59 (Sevilla, octubre, 2019) y recogido como prólogo en No permitan que el ayer se vaya lejos de Humberto Ak'abal (Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá, 2019). 

sábado, 8 de febrero de 2020

LA POESÍA ANFIBIA DE RODOLFO DADA


A veces es necesario bastante tiempo para darnos cuenta del auténtico valor de una obra, sin acertar a explicarnos del todo por qué antes nos pasó inadvertida. Este es mi caso con Rodolfo Dada, a quien conocí en septiembre de 2003 en Colombia. Ambos, entre numerosos poetas procedentes de varios países hispanohablantes, fuimos invitados al IX Festival Internacional de Poesía de Bogotá. Pese a que coincidimos en una lectura pública, en un paseo por el mercadillo de Las Pulgas o en una cena del Hotel Bacatá donde nos hospedamos, nuestra relación fue tan afable como esporádica. Quizá el trajín de constantes actividades y la vorágine de conversaciones e intercambios de libros y revistas con unos y con otros, impidieron, al menos en parte, que tuviéramos un trato más reposado y atento. Así pues, solo a los quince años de nuestro único encuentro personal, lo descubrí en una antología de bardos del nuevo continente. Aquellos pocos poemas me incitaron de inmediato a buscarlo y ponerme en contacto con él para leer todo lo suyo y empaparme ―nunca mejor dicho― de las aguas de su escritura.
      En la medida en que una obra artística pueda reflejar, así sea de manera oblicua, la vida de su autor, he tenido la impresión, conforme me adentraba en su mundo poético, de estar de nuevo junto a Rodolfo, pero esta vez en su íntimo entorno del trópico costarricense, donde la naturaleza marina y la selvática despliegan ante el lector su bullente infinidad de seres que, lejos de cualquier exotismo, conforman la realidad diaria del poeta. Desde los fondos oceánicos ―entre otros oficios, Dada ejerció el de buzo― a las alturas arbóreas, ballenas, tiburones, delfines, mantarrayas, sábalos, sardinas, jureles, tortugas, cangrejos, ranas, venados, colibríes o albatros proliferan en estos versos con la cercanía casi doméstica de quien está acostumbrado a observarlos sin perder por ello el curioso asombro del niño.
      Dentro de esta variadísima fauna ―que poco tiene que ver, por cierto, con la postal turística―, los hombres sobreviven precariamente de las faenas propias del medio que habitan. El hecho de presentarlos, a veces, con sus nombres y apellidos, hablando en primera persona, hace que los sintamos cercanos y vulnerables. «Canción del pescador al río», «Señora corriente» o «Busco trabajo, señor» son poemas de indudable denuncia social, que en vez de expresarse en forma de rotunda protesta, adoptan un tono de lastimado ruego, más propio de la resignación que de la rebeldía, como si en estas criaturas sin defensas no hubiera aflorado aún el sentimiento de injusticia. De este emotivo modo, se tocan las fibras más sensibles de los lectores. Se diría que la mirada de niño del poeta extiende un halo de compasiva inocencia sobre todas las cosas, en aras, según refiere Jorge Boccanera, de la «empatía, cordialidad y comprensión»[1].
      En este sentido, la poesía infantil de Dada ―al contrario de lo que les sucede a muchos autores que también la cultivan― no se desvincula en absoluto de la escrita para adultos, sino que comparte con esta ciertos temas centrales y registros de tan singular obra, al punto de que poemas pensados en principio para los pequeños, pueden ser leídos por los mayores sin menoscabo alguno de su hondura y calidad estética, aunque se distingan por una mayor sencillez expresiva, el frecuente uso del verso rimado de arte menor, al modo de la tradición popular española, y el desarrollo narrativo como, por ejemplo, en «Cuento de una sirena», al que ―sin desprenderse del clima fantástico del texto de Hans Christian Andersen en el que se basa― Rodolfo Dada dota de un toque realista al mostrar la imposibilidad de que el hombre y la sirena convivan, por mucho amor a ella y al mar que aquel tenga.
      La libertad imaginativa de la poesía infantil de Dada contagia, ya en su mismo plano formal, a la adulta, a través de las repeticiones, enumeraciones e inesperadas asociaciones sensoriales y afectivas. Estos procedimientos, al ligarse a un tono coloquial, trufado de términos locales de diversos ámbitos, producen un vago efecto de exuberancia, desmentido al instante por la contención verbal que rige este mundo poético. El contraste de recursos lingüísticos ―que parece dar la razón a Gabriela Mistral cuando afirmaba en otro contexto que «el trópico no es excesivo, es intenso»[2]― sugiere el sigiloso dinamismo de la naturaleza y sus incesantes transformaciones, provocadas también por el hombre en la medida en que interactúa con ella. Así, el colibrí nos remite a su remota condición de pez, la mariposa nos recuerda que fue gusano y el bote nuevo de Atanasio no olvida el cedro al que perteneció su madera. Poesía, pues de las metamorfosis, como metáfora del tiempo en el espacio cambiante.
      Este dejar de ser para ser otra cosa nos remonta al deslumbramiento del origen, donde, acorde con la mirada instantánea del niño, todo está empezando siempre. De ahí que el presente, pese a las mudanzas y las ausencias, sea el tiempo dominante de esta obra poética. Esta es la razón por la que, en «Fotografía en blanco y negro», el poeta vea a su padre al mirarse al espejo y en los objetos personales que le pertenecieron, como si en verdad no hubiera muerto. Inversamente a este poema, en los titulados «Karina dice sus primeras palabras» y «Nicole y Karina pintan el mundo», son los actos de hablar y dibujar los que convocan las presencias desde las más íntimas y caseras a las inalcanzables estelares. Ambos poemas, plenos de ternura e inventiva, están divididos en partes como corresponde al paulatino desarrollo creador del Universo. El abuelo Rodolfo, mientras oye y observa a sus dos nietas, se mete dentro de su sensibilidad de niñas hasta situarse en esa etapa inicial de la percepción en que las cosas y los signos que las representan no difieren aún.
      Efusiva y anfibia, la poesía de Rodolfo Dada celebra hasta la mínima manifestación de la materia que forme parte de la vida humana. Por esto, le da la voz a una red de pescar, a los restos orgánicos con los que el colibrí construye su nido e, incluso a un grano de arena o una gota de agua ―personajes estos últimos del cuento infantil Kotuma, la rana y la luna―, recordándonos que, como escribió el poeta italo-argentino Antonio Porchia, «quien conserva su cabeza de niño, conserva su cabeza».
 Francisco José Cruz
Carmona, noviembre de 2018

Prólogo a Un niño mira el mar de Rodolfo Dada (selección de Francisco José Cruz, Col. Palimpsesto, Carmona, 2019).



[1] Jorge Boccanera, «La palabra en un bosque de peces», prólogo a Cardumen de Rodolfo Dada (San José de Costa Rica, 2014)
[2] cita recogida por Miguel Rojas Mix en su libro América Imaginaria (Barcelona, 1992)

jueves, 16 de enero de 2020

FRANCISCO JOSÉ CRUZ NOS ENSEÑA SU ARTE POÉTICA. Entrevista de Luis Julio del Zapatero para GATRÓPOLIS


En la presentación de la película dirigida por Fernando Meirelles, A ciegas, adaptación de la novela Ensayo sobre la ceguera, el autor de esta, el Premio Nobel José Saramago declaró que «la peor ceguera es la mental, que hace que no reconozcamos lo que tenemos delante». En este sentido, el poeta sevillano Francisco José Cruz matiza que «una de las cualidades básicas que debe tener cualquier artista, no solo un poeta, es la de no engañarse a sí mismo; tener el valor de afrontar sus propias limitaciones, sus terrores y sus inseguridades».
      Francisco José Cruz nació en 1962 en Alcalá del Río, pero reside en Carmona, asimismo en la provincia de Sevilla. Poeta y ensayista, está promocionando durante este año la reedición en España por la editorial valenciana Pre-Textos de su poemario Un vago escalofrío, publicado en 2015 por Editorial Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá (Colombia).
      Francisco José Cruz le ha abierto a gatrópolis las puertas de su casa y de su Arte Poética, y le ha dado algunas de las claves de su creación literaria: su fuente de inspiración, sus inquietudes artísticas, su admiración por la literatura hispanoamericana, el origen de su amor por la poesía… Y en qué medida ha podido influir en su capacidad creativa la ausencia del sentido de la vista.

¡Ay del carpe diem!

Con qué facilidad
nos vamos del momento en el que estamos,
lamentando su fuga
aun antes de que pase,
sin haberlo vivido plenamente.

Con qué sorda insistencia
recuerdos y temores nos distraen,
dejándonos así
con un pie en el ahora
y el otro en el ayer o en el mañana.

Tanto desequilibrio
a cierta altura de la edad nos lleva,
involuntariamente,
de una cosa a otra cosa
hasta que a duras penas nos centramos.

La creación literaria a partir de la propia experiencia

«La única manera de que lo que diga uno sea personal es escarbando dentro de uno mismo y transformando o procurando transformar la experiencia personal en la que se basa el poema en algo tan auténtico como la experiencia que vivió», explica Francisco José Cruz. «No quiere decir que la copie, porque cualquier experiencia vivida o imaginada, en el momento que se reelabora en un poema, en un cuadro o una sinfonía, acaba siendo otra cosa», matiza el poeta. Pero afina diciendo que «la experiencia solamente es el punto de partida para desarrollar una emoción o un pensamiento determinado. Pero en esa transformación de la experiencia vivida al hecho estético del poema hay que procurar no ponerse trampas; hay que ser fiel al fondo que te guio para hacer el poema», concluye.

Función ornamental

Encima de cada puerta
de la casa, mi mujer
ha ido colgando una máscara.

Formas en madera o barro
que hoy a nadie provocan
sugestiones sagradas.

Es esta inofensiva
función ornamental
la que protege a la casa

–frívola, distraídamente–
de temibles certidumbres
y tenaces esperanzas.

Su fuente de inspiración y su apoyo creativo

Arte poética

Cómo voy a olvidarme
de que sin ti yo nada hubiera escrito,
si eres tú quien les da
a mis prosas y versos
la humedad afectiva y su sentido.

Con los años, mi amor,
ya no sé qué es lo tuyo y qué lo mío
en esta fiel tarea
de ser tu amanuense,
poniendo tus ideas en mis ritmos.

«Chari y yo llevamos juntos casi 30 años, más de media vida de ambos. Sin ella no hubiera desarrollado mi vocación poética con la plenitud con la que la estoy desarrollando». De esta manera explica Francisco José Cruz la importancia de Chari Acal, su pareja sentimental en su viaje vital y artístico, en la creación de su obra. «A Chari, que está en todos mis versos» es la dedicatoria que el poeta realiza en Un vago escalofrío. En su poema «Arte poética», publicado en esta obra, mezcla amor y poesía a la par, como si el yo del poeta se confundiera con el de su fuente de inspiración. Y bien que lo consigue el autor.

Cogiditos de la mano

Aunque no nos demos cuenta,
siempre andamos, amor mío,
al borde de nuestra ausencia.

Cogiditos de la mano,
siguiendo nuestro camino,
llevamos ya veinte años.

Tú nunca me soltarás,
yo nunca te soltaré
hasta que llegue el final.

Y no quiero preguntarme,
cogiditos como vamos,
a quién le llegará antes.

      El vínculo del poeta con Chari, como él mismo asegura «no solo es porque suponga una ayuda física e inmediata en aquellas cosas que yo por mis limitaciones no pueda hacer, sino porque su sensibilidad a la poesía está tan cultivada o más que la mía, tiene tantos intereses literarios como yo, y hemos puesto nuestras vidas al servicio de la poesía y trabajamos los dos a una».
      Esa unión ha generado un rico caudal de vivencias que se ve reflejado en la creación literaria de Francisco José Cruz, quien reconoce que «con los años yo necesito su aprobación en todo lo que hago. Muchas de las ideas que yo desarrollo en mis poemas y en mis ensayos son sugerencias suyas».
      ¿Habrá algún antecedente en la poesía como este? Amor y creación poética, «Cogiditos de la mano», como titula en el referido poema; fuente de inspiración y báculo para caminar por entre los versos. «Ya no me imagino escribir y leer sin ella. Mutuamente nos enriquecemos. Estamos muy compenetrados. Cuando escribo estoy siempre pensando en qué pensará ella, en qué me sugiere. Para mí es decisiva», confirma.

No me importaría

Con tal de estar siempre juntos
a mí no me importaría
que nos quedáramos solos

en el planeta los dos
aterrados e inmortales
cuando ya pasara todo.

Una creatividad sin límites

Francisco José Cruz publicó en 1984, con solo 22 años, su primera obra: Prehistoria de los ángeles (Premio Barro de Poesía de Sevilla). Desde entonces, su lucidez creativa la ha aprovechado como un don innato para regalarnos la riqueza de su literatura. Ciego de nacimiento, el poeta alcalareño, no obstante, advierte que «no tengo conciencia de que la ceguera haya influido en algún aspecto determinado y concreto de mi vocación poética». Es más, asegura que «una persona que tenga sus cinco sentidos en condiciones y que maneje todos los recursos de la poesía hasta la fecha conocidos no es garantía de que sea mejor poeta que el que solo maneje tres sentidos y cuatro recursos poéticos». Al hilo de esta afirmación, explica que «lo importante es aprovechar la experiencia que uno tenga, pase por el sentido que pase, y que esté bien reelaborada en el poema». Por ello considera que «las limitaciones físicas de una persona no restan posibilidades creadoras en ningún caso», aunque «tampoco las aumentan», apunta. «El mérito está en la audacia de elaborar adecuadamente la experiencia vivida».
      ¿En qué sentido ha podido influirle la ceguera? El poeta responde que «si no hubiera sido una persona ciega, es posible que hubiera hecho otro tipo de poesía, pero no sería ni mejor ni peor, sino diferente». Francisco José Cruz recuerda los años de infancia, cuando estuvo internado en un colegio de la once. Admite que ahí podría haberse ido labrando esa tierra de creación que ha sido posteriormente su obra literaria. Recuerda aquella etapa tan significativa como años complicados que podrían dar explicación a poemas como «Orfandad», Maneras de vivir, dedicado a unos juguetes del siglo xv expuestos en una vitrina, con los que nadie juega ya; están aparcados. «Ese sentido de la claustrofobia que expresan algunos poemas míos pudiera vincularse remotamente a las vivencias que tuve de niño y, por consiguiente, debido a mi ceguera», presupone. «Pero esto es un ejemplo de lo que he dicho antes –continúa–: cómo una experiencia que no se relata para nada en el poema, como puede ser el internado, se resuelve en el poema con un tema aparentemente distinto al del internado. Es decir, situaciones agobiantes y claustrofóbicas, cuyo tema nada tiene que ver con la ceguera pero que esta puede estar alentando desde el fondo».

Un poeta artesanal


Mi vieja máquina


Desde la adolescencia
ya me acompaña
fijando mis silencios
y mis palabras.

Así que en ella he escrito
todos los poemas,
todos sin excepción
hasta la fecha.

Cuánta paciencia tiene
mi vieja máquina,            

pues aún la aporreo 
con torpe maña.


El ruido tosco y seco
que hacen sus teclas
acaso está en el fondo
de mis poemas.

Esta maciza Perkins
todo lo aguanta
menos que yo la cambie
por otra máquina.


      «Escribo todavía en una máquina braille Perkins que usaba en mi adolescencia. La misma que me regaló mi padre, la que llevé al instituto cuando estudiaba bup en San José de la Rinconada, en el instituto Miguel de Mañara», responde Francisco José Cruz cuando se le cuestiona por las herramientas usadas para plasmar en algún soporte el fruto de su creatividad. Y en ese sentido reconoce que «no me he puesto al día en la informática, en parte porque tengo a Chari al lado, en parte porque me considero un manazas en todo lo relacionado con las tecnologías, y en parte por una cuestión romántica». Y es que declara resuelto que «a estas alturas de mi vida, a mis 57 años, prefiero escribir mis poemas y mis ensayos en la misma máquina en la que vengo haciéndolo desde adolescente».
      «Mi vieja máquina» es un poema, perteneciente a Un vago escalofrío, que refleja lo que dice. Y es que su unión a su añeja Perkins es tan intensa y duradera como la de Chari. El poeta es fiel a la lectoescritura en braille: «escribo mis poemas y muchas veces los compongo de memoria. Y cuando más o menos tengo el poema enjaretado, lo remato con la máquina», confirma. Y ahí es donde coge la mano de Chari para volver a caminar por el camino creativo: «Una vez que no soy capaz de mejorar el poema se lo dicto a Chari. Y normalmente vuelve a haber otras correcciones últimas basadas en las observaciones que me hace», finaliza.

La poesía hispanoamericana y la influencia en su Arte Poética

«A mis veintipocos años, cuando yo aún no había encontrado mi voz propia como poeta e iba tanteando sin saber ni cómo ni qué quería expresar, y antes de encontrar esa voz más personal, mi mundo más propio, el que expreso a partir de Maneras de vivir, tenía la insatisfacción del lector», comenta Francisco José Cruz. Ello lo refiere el poeta porque «salvo excepciones», en los poetas españoles de su generación no encontraba obras que le animaran, «en las que yo me pudiera reconocer de alguna manera», matiza. Así, la manera que tenía de ampliar sus horizontes dentro de su lengua era conocer lo más a fondo posible la poesía que en español se hacía en el mundo. Y ahí surgió su deseo de explorar, de descubrir nuevos caminos en la poesía. Y los encontró en Latinoamérica. «En España está el origen de la lengua y de nuestra literatura –añade–, pero después de 500 años del Descubrimiento tenemos maestros tanto en España como en Hispanoamérica». Por ello se considera «heredero tanto de poetas españoles como hispanoamericanos», asevera.


Casi treinta años de la revista Palimpsesto

Francisco José Cruz fue asesor literario de la Biblioteca Sibila-Fundación BBVA de Poesía en Español y lo es actualmente de Sibila, revista de arte, música y literatura. Y en 1990 fundó la revista Palimpsesto, «especialmente atenta a la poesía hispanoamericana», de la que sigue siendo su director.
      «Afortunadamente –explica– tuvimos la oportunidad gracias al patrocinio exclusivo del Ayuntamiento de Carmona de fundar una revista que en 2020 cumplirá 30 años de existencia ininterrumpida, con el propósito fundamental de dar a conocer la poesía hispanoamericana, a poetas de distintas generaciones y de distintos países».
      La idea surgió de ese afán suyo que hemos explicado anteriormente por descubrir a esos poetas que todavía en España no habían sido publicados. Así, reconoce que «el primero que se beneficiaba como lector de esa búsqueda era yo». La revista fue cogiendo vuelo, «fuimos madurando y más pronto que tarde la importancia de la revista está en satisfacer la curiosidad de todos los lectores de poesía del ámbito hispano».

Treinta y cinco años creando poesía

Francisco José Cruz nació en Alcalá del Río, Sevilla, en 1962. Ha publicado los siguientes libros de poemas: Prehistoria de los ángeles (Premio Barro de Poesía, Sevilla, 1984), Bajo el velar del tiempo (Sagunto, 1987), Maneras de vivir (I Premio Renacimiento de Poesía, Sevilla, 1998; México, 2004; Bogotá, 2006), A morir no se aprende (Málaga, 2003; Bogotá, 2006), Hasta el último hueso. Poemas reunidos 1998-2007 (Mérida, Venezuela, 2007), El espanto seguro (Sevilla, 2010), Vía Crucis (plaquette, Carmona, 2011), Con la mosca detrás de la oreja (antología personal, Bogotá, 2011) y Un vago escalofrío (Bogotá, 2015, Valencia, 2019).
      Es, además, autor de varias compilaciones y ediciones de poetas hispanoamericanos. Dirige en Carmona, desde su fundación en 1990, la revista Palimpsesto, especialmente atenta a la poesía hispanoamericana. A instancias de Juan Carlos Marset, por entonces delegado de Cultura del Ayuntamiento Hispalense, creó en 2004 el proyecto Casa de los Poetas de Sevilla. Fue asesor literario de la Biblioteca Sibila-Fundación BBVA de Poesía en Español y, actualmente, lo es de Sibila, revista de arte, música y literatura.
VÍDEO

Gatrópolis
https://www.gatropolis.com/literatura/especiales/francisco-jose-cruz-arte-poetica/
 GATRÓPOLIS, revista cultural, 29 de diciembre de 2019

miércoles, 4 de diciembre de 2019

PALIMPSESTO 34. Lectura de José Pérez Olivares


VÍDEO
©Televisión Carmona

PALIMPSESTO 34

Con el nº 34, Palimpsesto cumple 29 años de existencia, y, en estas casi tres décadas de ininterrumpida singladura, se nos han ido ya para siempre algunos poetas con quienes Chari y yo mantuvimos una estrecha relación personal y cuyas singulares obras aumentaron, sin duda, el crédito y la calidad de la revista. Es el caso del guatemalteco Humberto Ak’abal, quien de la noche a la mañana nos ha dejado hace solo diez meses. En su pertenencia a la etnia maya, sofocada durante siglos, y en su compromiso con ella, radican tanto las enormes dificultades de su vida como la razón de ser de su poesía, escrita en k’iche’, su lengua materna, y autotraducida al español. Poeta de la memoria ancestral y del instante vivido, en su figura irrepetible se reconcilian la América precolombina y la actual. Muchos tendrán presente aún las memorables lecturas que dio en la Biblioteca Pública de Carmona en 2001 y en 2008. Conste, pues, nuestro rendido reconocimiento con este poema suyo:

De vez en cuando
camino al revés:
es mi modo de recordar.

Si caminara solo hacia delante,
te podría contar
cómo es el olvido.

      A estas entrañables y dolorosas pérdidas de Palimpsesto, las envuelve, digámoslo así, la benéfica sombra de Antonio Machado, de quien este año se conmemora el ochenta aniversario de su muerte. Ante la perentoria necesidad que sentimos hoy de modelos éticos y estéticos que reanimen nuestra alicaída confianza en el ser humano –desorientado como pocas veces en su historia–, dejarnos llevar por el ejemplo de don Antonio en esta grave coyuntura del mundo es, al menos, un consuelo auténtico. En su indispensable figura, vida y obra, conducta y pensamiento íntimamente se corresponden. Sin ir más lejos, a lo largo de su intachable trayectoria, su equilibrado sentido de las formas poéticas –tan dúctiles como serenas, tan fieles a una tradición como a sus propias intuiciones expresivas– reflejan ya el humanismo de su filosofía antidogmática, asumiendo en ella las irreductibles contradicciones del hombre. De ahí la reiterada apelación de sus versos y prosas al diálogo con el otro que somos y con los otros, hasta que atender y entender sean verbos casi sinónimos:

No es el yo fundamental
eso que busca el poeta,
sino el tú esencial.

      El nº 34 de Palimpsesto se abre con una reveladora entrevista al poeta y narrador Elkin Restrepo, en la que, entre otras cuestiones personales y literarias, se refiere a su temprana vocación artística, a las diferencias y confluencias entre un poema y un relato a la hora de abordar uno u otro, al paso del tiempo en relación con el erotismo y la belleza física, al influjo del cine en su escritura y, en definitiva, a la extrañeza de todo ante el misterio del mundo. Además, incluimos de este maestro de las letras colombianas unos poemas inéditos y un texto sobre el cuento.
      Para celebrar el V Centenario de la Primera Vuelta al Mundo, gesta sin precedentes hasta entonces, planeada e iniciada por Fernando de Magallanes –verdadero artífice de la misma– y culminada por Juan Sebastián Elcano, cerramos el número con un extenso y minucioso ensayo del chileno Christian Formoso sobre las interpretaciones que algunos poetas de las colonias de Ultramar y la premio Nobel Gabriela Mistral hicieron del estrecho de Magallanes, según la visión que a su paso dio del mismo Antonio Pigafetta en su diario de la Circunnavegación.
      Entre estos dos bloques principales, publicamos poemas de Alicia García Bergua, Fabio Morábito, Odi Gonzales, Mercedes Escolano, Mario Meléndez, Adán Brand y Tamym, poetas de generaciones, países y estilos muy diversos que, según los casos, se encuentran en plena madurez creadora o en prometedor camino hacia ella.
      Las imágenes que ilustran este número –muchas de ellas casi desconocidas por estos lares, como la del parque nacional de Texas, Big Bend, cuyo paisaje semiárido aparece en la portada–, cedidas altruistamente por el pintor Juan Lacomba, pertenecen al artista carmonense José Arpa, quien desarrolló su rica obra pictórica entre el último tercio del siglo XIX y la primera mitad del XX. Él fue en su época, como Palimpsesto en la nuestra, un vínculo estético entre Carmona y América, no en vano vivió en México y en Texas muchos años, durante los cuales descubrió y ejecutó esos magistrales paisajes impresionistas al aire libre, distintivos de lo mejor de su obra, gracias a los matices lumínicos, la hipersensible gama de colores, los encuadres insólitos, al modo fotográfico, y los bajos horizontes. Quizá sea ya hora, a los casi setenta años de su muerte, que Carmona, en pleno auge turístico y cultural, se plantee crear en serio un museo dedicado a la figura de José Arpa, quien supo mantenerse al margen de las alharacas vanguardistas para entregarse a su propia búsqueda.
      En la colección Palimpsesto publicamos Un niño mira el mar, primera antología aparecida en España del costarricense Rodolfo Dada, en cuyos versos, la bullente vida del trópico, tanto marina como selvática, muy lejos de la típica postal paradisíaca, está sometida a continuas metamorfosis que nuestro poeta expresa con una gran belleza lírica, tierna, leve y escurridiza a la vez. En la obra de Dada, la poesía infantil posee la misma importancia estética que la escrita para adulto. De ahí que en esta selección esté también por derecho propio suficientemente representada.


JOSÉ PÉREZ OLIVARES, 
ENTRE LA HISTORIA Y EL ARTE

En 1997 obtuve, con mi libro Maneras de vivir, el I Premio Renacimiento de Poesía y al año siguiente se lo concedieron a José Pérez Olivares por Háblame de las ciudades perdidas. Aún recuerdo la extraña satisfacción que sentí en mi fuero interno al enterarme de la noticia, pues, de algún modo, el hecho de que se lo dieran a un poeta tan apreciado por mí, reforzaba mi autoestima y, por ende, los posibles méritos de mi libro.
      Pese a los muchos años que nos conocemos, no guardo, a decir verdad, un trato entrañable con este cubano afincado en Sevilla desde 2003. Sabemos poco uno del otro, pero las veces en que hemos coincidido en eventos literarios o le he solicitado colaboración para Palimpsesto y otras revistas, ha fluido siempre entre nosotros una fresca corriente de empatía.
      Mi vieja admiración por su escritura se remonta a 1992, cuando leí Examen del guerrero, libro de plena madurez creadora que, desde su mismo título, nos muestra sus indagaciones formales y temáticas, como la identidad, la guerra y, en definitiva, el destino humano. En él aparece un poema que, sin menoscabo de los demás, no ha dejado de acompañarme. Se trata del titulado «La torre», por cuya infinita escalera de mármol que traspasa las nubes, el poeta se ve subiendo peldaño a peldaño, con sus crecientes peligros y dificultades, perseguido por sus hijos y precedido por sus padres, a los cuales ha perdido ya de vista y oye cada vez más lejos. La composición, de gran poder simbólico, dibuja con insólita belleza el sigiloso e implacable paso del tiempo. Este vigor plástico, de trazos tan sugerentes como precisos, impregna toda la obra de Pérez Olivares, por la que pasan reyes, bufones, putas o ángeles, en una suerte de dramático esperpento que nos revela lo mejor y lo peor del hombre. Así, extravíos y delirios conviven con la compasión o el desamparo, hasta llegar a las más recónditas y contradictorias emociones. Por esto, según este verso suyo, «escribir es tocar a plenitud el lado oscuro de las cosas».
      Mediante el tono conversacional, apoyado en un aquilatado verso de ritmo prosódico, distante del metro clásico, esta poesía recurre con frecuencia al monólogo interior para, dándole la voz, ponerse en el sitio de un sátrapa o un santo. De ahí la extraordinaria amplitud de miras de Pérez Olivares, cuyo afán abarcador nos remite a todas las épocas de la historia, a veces incluso en un solo poema, como ocurre en «Discurso del sobreviviente», donde en un audaz alarde imaginativo, una sola voz nos cuenta su arduo periplo de miles de años hasta llegar al siglo XX.
      En este orden de cosas, no es extraño que el arte proporcione a nuestro poeta –que además es pintor– imágenes personajes y motivos como argumento de sus poemas, no para evadirse de la realidad inmediata, sino para interpretarla y, a su vez, ampliarla como parte de la misma, porque, según él, «las fronteras del arte no conocen edicto, es el único país donde todo es posible».
Juan Ávila (alcalde de Carmona), Fran Cruz, Chari Acal, José Pérez Olivares y Ramón Gavira (concejal de Cutura)
Con el Club de Lectura de la Biblioteca Municipal
Celebrando en el restaurante del Museo de la Ciudad con unos amigos, fieles lectores de Palimpsesto, la noche de José Pérez Olivares.

Aula Maese Rodrigo, Carmona, 29 de noviembre de 2019