I Encuentro Sevilla, Casa de los Poetas
Salón del Almirante
Real Alcázar de Sevilla, 22 de febrero de 2005miércoles, 27 de mayo de 2020
MISIÓN CULTURAL Y HUMANA DE UNA CASA DE POESÍA
Mesa redonda moderada por Francisco José Cruz y donde participan Pedro Lastra, Antonio Rodríguez Almodóvar, Antonio Deltoro, Eduardo Hurtado, Abelardo Linares y Pedro Alejo Gómez. Aunque la grabación está lamentablemente incompleta, se trata de un interesante documento para quienes deseen conocer mejor el espíritu que animó el proyecto Casa de los Poetas de Sevilla.
martes, 19 de mayo de 2020
Lectura de Carlos Germán Belli en el III Encuentro Sevilla, Casa de los Poetas (24 octubre de 2006)
El poeta peruano Carlos Germán Belli ofreció una lectura de sus poemas el 24 de octubre de 2006 en el III Encuentro Sevilla, Casa de los Poetas, "Fronteras fecundas", dirigido por Francisco José Cruz, bajo los auspicios del Ayuntamiento hispalense, siendo delegado de Cultura Juan Carlos Marset.
martes, 5 de mayo de 2020
Lectura de Carlos Germán Belli en el I Encuentro Sevilla, Casa de los Poetas
Presentado por la catedrática de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Sevilla, Gema Areta, el poeta peruano Carlos Germán Belli ofreció una lectura de sus poemas el 23 de febrero de 2005 en el I Encuentro Sevilla, Casa de los Poetas, dirigido por Francisco José Cruz, bajo los auspicios del Ayuntamiento hispalense, siendo delegado de Cultura Juan Carlos Marset.
jueves, 20 de febrero de 2020
HUMBERTO AK'ABAL, EL CANTOR QUE CUENTA
Cuando leí, hace casi dos
décadas, unos pocos poemas de Humberto Ak’abal –muy breves– en un número de la Revista
Casa Silva, no sospeché, ni por
asomo, que eran en realidad autotraducciones del maya k’iche’ ni que adquirían
su cabal sentido en el conjunto de una obra arraigada con tenaz ahínco en los
mitos y tradiciones de su cultura indígena, al punto de convertirse –pese a su
delicada intimidad– en la voz y la memoria de un pueblo zarandeado por los
violentos vientos de incesantes avatares históricos. Sin embargo, no debemos
confundir la condición étnica de Humberto Ak’abal –como por desgracia le sucede
a una parte de la crítica– con los valores estéticos de su escritura. Aquella
nos interesa solo en la medida en que nutre el lenguaje y los temas más propios
de este genuino poeta de dos lenguas y un mundo. La sutileza y deliberada
ingenuidad que encontré entonces en esos poemas me animaron a buscar de
inmediato a su autor y, tras familiarizarme con su creación poética, proponerle
una antología de su obra en la colección de libros de la revista carmonense Palimpsesto,
que yo mismo llevaría a cabo en el año 2000.
Mientras la elaboraba, me daba cuenta de
que estaba entrando en un mundo tan personal como intransferible, hecho de esas
recurrentes correspondencias que urden la coherencia interna de toda obra
auténtica. La antología me confirmó que la fidelidad del poeta guatemalteco a
sus registros formales y temáticos es tal que, a diferencia de esos autores que
necesitan crear un clima distinto en cada libro, los suyos conforman uno solo,
cuyo despliegue es hacia dentro y no hacia adelante, como reflejo de su noción
circular de la existencia. Sin embargo, al entreverar la sencillez del tono
conversacional con el más depurado lirismo, la gama de matices de esos
registros ―que van del amago humorístico al sentencioso, pasando por el detalle
descriptivo y el diálogo directo― lo salvan, sin romper la unidad de fondo, de
la monotonía o el estancamiento.
La condición bilingüe de Ak’abal no se
queda en el hecho de que él mismo traduce sus poemas, sino que determina la
perspectiva desde donde los escribe. Poemas como «Sombras» o «Rija―La casa» no
tendrían sentido en su lengua materna: se atienen a una fórmula verbal híbrida,
donde la intención didáctica se convierte también en un recurso estético para
dar a conocer, a quienes no pertenecemos a la cultura maya, el espíritu de
imbricación del k’iche’ con los seres naturales, elementos y ámbitos
cotidianos:
Sombras
La sombra de una casa,
de un árbol,
de un muro
o de una roca…,
en nuestra lengua se dice mu’j
La sombra de uno
se llama nonoch’,
es la compañera,
la que uno trae cuando nace
y la que se lleva cuando muere
Toda la poesía de Ak’abal, de un modo más
o menos soterrado, guarda este afán pedagógico y supone, en primera instancia,
un tapiz de personajes, costumbres y creencias tan verazmente tejido, que lo
que pudiera parecernos incluso mera superstición, lo aceptamos como signo
primordial, heredado de una larga experiencia de esa realidad que el poeta
recuerda o vive. Una realidad imbuida de una dimensión sagrada en la que, según sus palabras, «todo
tiene habla»[1] y los seres animados e inanimados
encuentran su sentido, adverso o favorable,
dentro del flujo temporal que comunica al pasado, al presente y al futuro
entre sí, en una cosmovisión llena de señales.
La autenticidad de estos poemas nace, en
gran medida, de la actitud comprensiva y entrañable ―pero no complaciente― con
que Ak’abal se refiere a cualquier aspecto de su entorno y, en consecuencia, de
la falta de conclusiones o afirmaciones tajantes ―salvo salpicados poemas de
corte aforístico o denuncia social― que pudieran llevarlo al pintoresquismo o,
peor aún, al exotismo de cartón piedra. Ak’abal casi nunca opina: presenta
hechos, situaciones, sensaciones y personajes, dejando el silencio justo para
que lo no dicho flote en lo dicho como un temblor sobreentendido y sugerente.
Es este despojamiento el que le da a su poesía su carácter íntimo e individual.
El poeta habla, en última instancia, de su mundo para reconocerse y, a través
de esos hábitos y vestigios ancestrales, hacernos sentir su inquietud y las
incertidumbres de su propia vida. Así sucede en poemas como «Viento de hielo» o
«La cuerda del silencio», donde los espantos ―suerte de indicios premonitorios,
presencias intuidas o enmascaradas, a la vez físicas e imaginarias― son, en
palabras de Ak’abal, «maneras de comprender lo inexplicable con su contexto de
símbolos»[2].
Los espantos suspenden de súbito el curso normal de las cosas hasta recoger,
con la fuerza de una imagen elemental, la inocencia primigenia del miedo. Esta
misma inocencia ―que es simple reconocimiento del misterio de todo― hace de su
poesía un modo acogedor de estar en el mundo, sin imponerse a nada.
La onomatopeya cumple una función central
en la obra de Ak’abal porque le permite oír a los seres y a las cosas y, por
tanto, entenderlos y atenderlos. La onomatopeya nunca es aquí gratuita: se
integra en el fraseo de un poema para completar su significado, no para
reiterarlo, añadiendo una sensación física que el nivel semántico no alcanza a
transmitir, como por ejemplo en la canción de cuna «Kitanatana»:
Kitanatana, kitanatana, kitanatana;
nuyuj, nuyuj, nuyuj;
dormite, mijito, dormite.
Kitanatana, kitanatana, kitanatana;
dormite, dormite.
Si llorás
se van a despertar
los pajaritos
y ellos de noche no cantan.
Kitanatana, kitanatana, kitanatana;
nuyuj, nuyuj,
nuyuj...
La máxima expresión de este
recurso aparece en «Cantos de pájaros» o en «Voces del agua», poemas sostenidos
enteramente por la regular repetición de grupos silábicos para recrear, en el
primero, el concierto polifónico de las aves y, en el segundo, la variada gama
de sonidos de la lluvia, del río, del estanque, o de la charca. Sonido y
sentido, pues, como aspiraba Valéry, se funden. Ak’abal no nos cuenta qué dicen
las cosas: nos las pone al oído, y quizá los poemas onomatopéyicos ―que logran
su plena belleza cuando el poeta los recita en público con una suave entonación
salmódica― supongan la total decantación de su espíritu animista.
Esta riqueza espiritual no excluye la
conciencia de la pobreza material. Ambas constituyen las dos caras de una
moneda, cuyo borde sería la forma breve de casi todos estos poemas. La brevedad
casa tanto con el silencio contemplativo o el sentimiento más delicado, como
con la evidencia de la precariedad, donde una imagen, en ambos casos, basta
para decirlo todo, sin insistencia alguna. Por ejemplo, «La luna en el agua» se
acerca a la inasible fulguración de un haiku:
No era bella,
pero la sentía en mí
como la luna en el agua
mientras que «Solot», a la áspera
intemperie de una copla flamenca:
Yo me peinaba con un peine
hecho con un manojo de
raíces
de un arbusto llamado solot,
mi espejo era un charco
color de lodo.
Este mismo don de la brevedad ―que calla
más que afirma, que muestra más que insiste― lo posee, a pesar de su inusual
extensión en esta escritura, «La carta», cuyas dotes narrativas apuntan a la
dramática indefensión de algunos relatos de Humberto Ak’abal, ya implícitas en
muchos de sus poemas más cortos como «El pedidor», «La muñeca de paja», «El
puente» o «Mi vecino», no exentos de un incipiente desarrollo argumental.
La brevedad y la ingenuidad dan a estos versos
un aire de apuntes sin pretensiones, como salidos de un tirón. Sin embargo, una
y otra son el resultado de un orden expositivo que reparte, con audacia técnica,
los elementos formales y temáticos que conviene resaltar, en cada momento, para
no caer en lo anecdótico. De ahí, la tendencia al equilibrio estrófico y la
sensación de no estar leyendo unos poemas traducidos, unos poemas que nacen,
según el poeta maya, de «la mirada de un niño en las palabras de un hombre»[3].
En definitiva, la poesía de Ak’abal,
mediante expresiones orales de su pueblo y las bien dosificadas repeticiones,
echa sus raíces tanto en el canto como en el cuento, hasta enlazarlos en una
suerte de sortilegio en que el nostálgico presente convoca al armonioso pasado
de sus ancestros con tal fuerza revitalizadora que todo parece estar aún en su
sitio, aunque el tiempo de hoy sea otro, descreído y corrupto. De ahí que, en
«El juramento», escuchemos esta súplica de sus mayores a los dioses:
No permitan que el ayer
se vaya lejos.
Carmona, septiembre de 2018
[1] «A
un lado del camino», incluido en Todo
tiene habla, antología poética de Humberto Ak’abal (col. Palimpsesto,
Carmona, 2000).
[2]
«El otro que está allí», epílogo a El
pájaro encadenado de Humberto Ak’abal (Talleres K'ururup, Guatemala, 2010).
[3]
«Un fuego que se quema a sí mismo» (Palimpsesto nº 21, Carmona, 2006).
Publicado en Sibila, revista de arte, música y literatura nº 59 (Sevilla, octubre, 2019) y recogido como prólogo en No permitan que el ayer se vaya lejos de Humberto Ak'abal (Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá, 2019).
sábado, 8 de febrero de 2020
LA POESÍA ANFIBIA DE RODOLFO DADA
A veces es necesario bastante
tiempo para darnos cuenta del auténtico valor de una obra, sin acertar a
explicarnos del todo por qué antes nos pasó inadvertida. Este es mi caso con
Rodolfo Dada, a quien conocí en septiembre de 2003 en Colombia. Ambos, entre numerosos
poetas procedentes de varios países hispanohablantes, fuimos invitados al IX
Festival Internacional de Poesía de Bogotá. Pese a que coincidimos en una
lectura pública, en un paseo por el mercadillo de Las Pulgas o en una cena del Hotel
Bacatá donde nos hospedamos, nuestra relación fue tan afable como esporádica.
Quizá el trajín de constantes actividades y la vorágine de conversaciones e
intercambios de libros y revistas con unos y con otros, impidieron, al menos en
parte, que tuviéramos un trato más reposado y atento. Así pues, solo a los
quince años de nuestro único encuentro personal, lo descubrí en una antología
de bardos del nuevo continente. Aquellos pocos poemas me incitaron de inmediato
a buscarlo y ponerme en contacto con él para leer todo lo suyo y empaparme
―nunca mejor dicho― de las aguas de su escritura.
En la medida en que una obra artística
pueda reflejar, así sea de manera oblicua, la vida de su autor, he tenido la
impresión, conforme me adentraba en su mundo poético, de estar de nuevo junto a
Rodolfo, pero esta vez en su íntimo entorno del trópico costarricense, donde la
naturaleza marina y la selvática despliegan ante el lector su bullente
infinidad de seres que, lejos de cualquier exotismo, conforman la realidad
diaria del poeta. Desde los fondos oceánicos ―entre otros oficios, Dada ejerció
el de buzo― a las alturas arbóreas, ballenas, tiburones, delfines, mantarrayas,
sábalos, sardinas, jureles, tortugas, cangrejos, ranas, venados, colibríes o
albatros proliferan en estos versos con la cercanía casi doméstica de quien
está acostumbrado a observarlos sin perder por ello el curioso asombro del
niño.
Dentro de esta variadísima fauna ―que
poco tiene que ver, por cierto, con la postal turística―, los hombres
sobreviven precariamente de las faenas propias del medio que habitan. El hecho
de presentarlos, a veces, con sus nombres y apellidos, hablando en primera
persona, hace que los sintamos cercanos y vulnerables. «Canción del pescador al
río», «Señora corriente» o «Busco trabajo, señor» son poemas de indudable
denuncia social, que en vez de expresarse en forma de rotunda protesta, adoptan
un tono de lastimado ruego, más propio de la resignación que de la rebeldía,
como si en estas criaturas sin defensas no hubiera aflorado aún el sentimiento
de injusticia. De este emotivo modo, se tocan las fibras más sensibles de los
lectores. Se diría que la mirada de niño del poeta extiende un halo de
compasiva inocencia sobre todas las cosas, en aras, según refiere Jorge
Boccanera, de la «empatía, cordialidad y comprensión»[1].
En este sentido, la poesía infantil de
Dada ―al contrario de lo que les sucede a muchos autores que también la cultivan―
no se desvincula en absoluto de la escrita para adultos, sino que comparte con
esta ciertos temas centrales y registros de tan singular obra, al punto de que
poemas pensados en principio para los pequeños, pueden ser leídos por los
mayores sin menoscabo alguno de su hondura y calidad estética, aunque se
distingan por una mayor sencillez expresiva, el frecuente uso del verso rimado
de arte menor, al modo de la tradición popular española, y el desarrollo
narrativo como, por ejemplo, en «Cuento de una sirena», al que ―sin
desprenderse del clima fantástico del texto de Hans Christian Andersen en el
que se basa― Rodolfo Dada dota de un toque realista al mostrar la imposibilidad
de que el hombre y la sirena convivan, por mucho amor a ella y al mar que aquel
tenga.
La libertad imaginativa de la poesía
infantil de Dada contagia, ya en su mismo plano formal, a la adulta, a través
de las repeticiones, enumeraciones e inesperadas asociaciones sensoriales y
afectivas. Estos procedimientos, al ligarse a un tono coloquial, trufado de
términos locales de diversos ámbitos, producen un vago efecto de exuberancia,
desmentido al instante por la contención verbal que rige este mundo poético. El
contraste de recursos lingüísticos ―que parece dar la razón a Gabriela Mistral
cuando afirmaba en otro contexto que «el trópico no es excesivo, es intenso»[2]―
sugiere el sigiloso dinamismo de la naturaleza y sus incesantes
transformaciones, provocadas también por el hombre en la medida en que
interactúa con ella. Así, el colibrí nos remite a su remota condición de pez,
la mariposa nos recuerda que fue gusano y el bote nuevo de Atanasio no olvida
el cedro al que perteneció su madera. Poesía, pues de las metamorfosis, como
metáfora del tiempo en el espacio cambiante.
Este dejar de ser para ser otra cosa nos
remonta al deslumbramiento del origen, donde, acorde con la mirada instantánea
del niño, todo está empezando siempre. De ahí que el presente, pese a las
mudanzas y las ausencias, sea el tiempo dominante de esta obra poética. Esta es
la razón por la que, en «Fotografía en blanco y negro», el poeta vea a su padre
al mirarse al espejo y en los objetos personales que le pertenecieron, como si
en verdad no hubiera muerto. Inversamente a este poema, en los titulados «Karina
dice sus primeras palabras» y «Nicole y Karina pintan el mundo», son los actos
de hablar y dibujar los que convocan las presencias desde las más íntimas y
caseras a las inalcanzables estelares. Ambos poemas, plenos de ternura e
inventiva, están divididos en partes como corresponde al paulatino desarrollo creador
del Universo. El abuelo Rodolfo, mientras oye y observa a sus dos nietas, se
mete dentro de su sensibilidad de niñas hasta situarse en esa etapa inicial de
la percepción en que las cosas y los signos que las representan no difieren
aún.
Efusiva y anfibia, la poesía de Rodolfo
Dada celebra hasta la mínima manifestación de la materia que forme parte de la
vida humana. Por esto, le da la voz a una red de pescar, a los restos orgánicos
con los que el colibrí construye su nido e, incluso a un grano de arena o una
gota de agua ―personajes estos últimos del cuento infantil Kotuma, la rana y la luna―, recordándonos que, como escribió el
poeta italo-argentino Antonio Porchia, «quien conserva su cabeza de niño,
conserva su cabeza».
Carmona, noviembre de 2018
Prólogo a Un niño mira el mar de Rodolfo Dada (selección de Francisco José Cruz, Col. Palimpsesto, Carmona, 2019).
[1]
Jorge Boccanera, «La palabra en un bosque de peces», prólogo a Cardumen de Rodolfo Dada (San José de
Costa Rica, 2014)
[2]
cita recogida por Miguel Rojas Mix en su libro América Imaginaria (Barcelona, 1992)
jueves, 16 de enero de 2020
FRANCISCO JOSÉ CRUZ NOS ENSEÑA SU ARTE POÉTICA. Entrevista de Luis Julio del Zapatero para GATRÓPOLIS
En
la presentación de la película dirigida por Fernando Meirelles, A ciegas,
adaptación de la novela Ensayo sobre la ceguera, el autor de esta, el
Premio Nobel José Saramago declaró que «la peor ceguera es la mental, que hace
que no reconozcamos lo que tenemos delante». En este sentido, el poeta
sevillano Francisco José Cruz matiza que «una de las cualidades básicas que
debe tener cualquier artista, no solo un poeta, es la de no engañarse a sí
mismo; tener el valor de afrontar sus propias limitaciones, sus terrores y sus
inseguridades».
Francisco José Cruz nació en 1962 en
Alcalá del Río, pero reside en Carmona, asimismo en la provincia de Sevilla.
Poeta y ensayista, está promocionando durante este año la reedición en España
por la editorial valenciana Pre-Textos de su poemario Un vago escalofrío,
publicado en 2015 por Editorial Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá (Colombia).
Francisco José Cruz le ha abierto a gatrópolis las puertas de su casa y de
su Arte Poética, y le ha dado algunas de las claves de su creación literaria:
su fuente de inspiración, sus inquietudes artísticas, su admiración por la
literatura hispanoamericana, el origen de su amor por la poesía… Y en qué
medida ha podido influir en su capacidad creativa la ausencia del sentido de la
vista.
¡Ay del carpe diem!
Con qué facilidad
nos vamos del
momento en el que estamos,
lamentando su
fuga
aun antes de que
pase,
sin haberlo
vivido plenamente.
Con qué sorda
insistencia
recuerdos y
temores nos distraen,
dejándonos así
con un pie en el
ahora
y el otro en el
ayer o en el mañana.
Tanto
desequilibrio
a cierta altura
de la edad nos lleva,
involuntariamente,
de una cosa a
otra cosa
hasta que a duras
penas nos centramos.
La creación literaria a partir de la propia
experiencia
«La
única manera de que lo que diga uno sea personal es escarbando dentro de uno
mismo y transformando o procurando transformar la experiencia personal en la
que se basa el poema en algo tan auténtico como la experiencia que vivió»,
explica Francisco José Cruz. «No quiere decir que la copie, porque cualquier
experiencia vivida o imaginada, en el momento que se reelabora en un poema, en
un cuadro o una sinfonía, acaba siendo otra cosa», matiza el poeta. Pero afina
diciendo que «la experiencia solamente es el punto de partida para desarrollar
una emoción o un pensamiento determinado. Pero en esa transformación de la
experiencia vivida al hecho estético del poema hay que procurar no ponerse
trampas; hay que ser fiel al fondo que te guio para hacer el poema», concluye.
Función ornamental
Encima de cada puerta
de la casa, mi mujer
ha ido colgando una máscara.
Formas en madera o barro
que hoy a nadie provocan
sugestiones sagradas.
Es esta inofensiva
función ornamental
la que protege a la casa
–frívola, distraídamente–
de temibles certidumbres
y tenaces esperanzas.
Su fuente de inspiración y su apoyo creativo
Arte poética
Cómo voy a
olvidarme
de que sin ti yo
nada hubiera escrito,
si eres tú quien
les da
a mis prosas y
versos
la humedad
afectiva y su sentido.
Con los años, mi
amor,
ya no sé qué es
lo tuyo y qué lo mío
en esta fiel
tarea
de ser tu amanuense,
poniendo tus
ideas en mis ritmos.
«Chari
y yo llevamos juntos casi 30 años, más de media vida de ambos. Sin ella no
hubiera desarrollado mi vocación poética con la plenitud con la que la estoy
desarrollando». De esta manera explica Francisco José Cruz la importancia de
Chari Acal, su pareja sentimental en su viaje vital y artístico, en la creación
de su obra. «A Chari, que está en todos mis versos» es la dedicatoria que el
poeta realiza en Un vago escalofrío. En su poema «Arte poética»,
publicado en esta obra, mezcla amor y poesía a la par, como si el yo del poeta
se confundiera con el de su fuente de inspiración. Y bien que lo consigue el
autor.
Cogiditos de la mano
Aunque no nos
demos cuenta,
siempre andamos,
amor mío,
al borde de
nuestra ausencia.
Cogiditos de la
mano,
siguiendo nuestro
camino,
llevamos ya
veinte años.
Tú nunca me
soltarás,
yo nunca te
soltaré
hasta que llegue
el final.
Y no quiero
preguntarme,
cogiditos como
vamos,
a quién le
llegará antes.
El vínculo del poeta con Chari, como él
mismo asegura «no solo es porque suponga una ayuda física e inmediata en
aquellas cosas que yo por mis limitaciones no pueda hacer, sino porque su
sensibilidad a la poesía está tan cultivada o más que la mía, tiene tantos
intereses literarios como yo, y hemos puesto nuestras vidas al servicio de la
poesía y trabajamos los dos a una».
Esa unión ha generado un rico caudal de
vivencias que se ve reflejado en la creación literaria de Francisco José Cruz,
quien reconoce que «con los años yo necesito su aprobación en todo lo que hago.
Muchas de las ideas que yo desarrollo en mis poemas y en mis ensayos son
sugerencias suyas».
¿Habrá algún antecedente en la poesía
como este? Amor y creación poética, «Cogiditos de la mano», como titula en el
referido poema; fuente de inspiración y báculo para caminar por entre los
versos. «Ya no me imagino escribir y leer sin ella. Mutuamente nos
enriquecemos. Estamos muy compenetrados. Cuando escribo estoy siempre pensando
en qué pensará ella, en qué me sugiere. Para mí es decisiva», confirma.
No me importaría
Con
tal de estar siempre juntos
a mí
no me importaría
que
nos quedáramos solos
en el
planeta los dos
aterrados
e inmortales
cuando
ya pasara todo.
Una creatividad sin límites
Francisco
José Cruz publicó en 1984, con solo 22 años, su primera obra: Prehistoria de
los ángeles (Premio Barro de Poesía de Sevilla). Desde entonces, su lucidez
creativa la ha aprovechado como un don innato para regalarnos la riqueza de su
literatura. Ciego de nacimiento, el poeta alcalareño, no obstante, advierte que
«no tengo conciencia de que la ceguera haya influido en algún aspecto
determinado y concreto de mi vocación poética». Es más, asegura que «una
persona que tenga sus cinco sentidos en condiciones y que maneje todos los
recursos de la poesía hasta la fecha conocidos no es garantía de que sea mejor
poeta que el que solo maneje tres sentidos y cuatro recursos poéticos». Al hilo
de esta afirmación, explica que «lo importante es aprovechar la experiencia que
uno tenga, pase por el sentido que pase, y que esté bien reelaborada en el
poema». Por ello considera que «las limitaciones físicas de una persona no
restan posibilidades creadoras en ningún caso», aunque «tampoco las aumentan»,
apunta. «El mérito está en la audacia de elaborar adecuadamente la experiencia
vivida».
¿En qué sentido ha podido influirle la
ceguera? El poeta responde que «si no hubiera sido una persona ciega, es
posible que hubiera hecho otro tipo de poesía, pero no sería ni mejor ni peor,
sino diferente». Francisco José Cruz recuerda los años de infancia, cuando
estuvo internado en un colegio de la once.
Admite que ahí podría haberse ido labrando esa tierra de creación que ha sido
posteriormente su obra literaria. Recuerda aquella etapa tan significativa como
años complicados que podrían dar explicación a poemas como «Orfandad», Maneras
de vivir, dedicado a unos juguetes del siglo xv expuestos en una vitrina, con los que nadie juega ya;
están aparcados. «Ese sentido de la claustrofobia que expresan algunos poemas
míos pudiera vincularse remotamente a las vivencias que tuve de niño y, por
consiguiente, debido a mi ceguera», presupone. «Pero esto es un ejemplo de lo
que he dicho antes –continúa–: cómo una experiencia que no se relata para nada
en el poema, como puede ser el internado, se resuelve en el poema con un tema
aparentemente distinto al del internado. Es decir, situaciones agobiantes y
claustrofóbicas, cuyo tema nada tiene que ver con la ceguera pero que esta
puede estar alentando desde el fondo».
Un poeta artesanal
Mi vieja máquina
Desde la
adolescencia
ya me acompaña
fijando mis
silencios
y mis palabras.
Así que en ella
he escrito
todos los poemas,
todos sin
excepción
hasta la fecha.
Cuánta paciencia
tiene
mi vieja máquina,
pues aún la aporreo
con torpe maña.
El ruido tosco y
seco
que hacen sus
teclas
acaso está en el
fondo
de mis poemas.
Esta maciza Perkins
todo lo aguanta
menos que yo la
cambie
por otra máquina.
«Escribo todavía en una máquina braille Perkins
que usaba en mi adolescencia. La misma que me regaló mi padre, la que llevé al
instituto cuando estudiaba bup en
San José de la Rinconada, en el instituto Miguel de Mañara», responde Francisco
José Cruz cuando se le cuestiona por las herramientas usadas para plasmar en
algún soporte el fruto de su creatividad. Y en ese sentido reconoce que «no me
he puesto al día en la informática, en parte porque tengo a Chari al lado, en
parte porque me considero un manazas en todo lo relacionado con las
tecnologías, y en parte por una cuestión romántica». Y es que declara resuelto
que «a estas alturas de mi vida, a mis 57 años, prefiero escribir mis poemas y
mis ensayos en la misma máquina en la que vengo haciéndolo desde adolescente».
«Mi vieja máquina» es un poema,
perteneciente a Un vago escalofrío, que refleja lo que dice. Y es que su
unión a su añeja Perkins es tan intensa y duradera como la de Chari. El
poeta es fiel a la lectoescritura en braille: «escribo mis poemas y muchas
veces los compongo de memoria. Y cuando más o menos tengo el poema enjaretado,
lo remato con la máquina», confirma. Y ahí es donde coge la mano de Chari para
volver a caminar por el camino creativo: «Una vez que no soy capaz de mejorar
el poema se lo dicto a Chari. Y normalmente vuelve a haber otras correcciones
últimas basadas en las observaciones que me hace», finaliza.
La poesía hispanoamericana y la influencia en su
Arte Poética
«A mis veintipocos años, cuando yo aún no había encontrado mi voz propia
como poeta e iba tanteando sin saber ni cómo ni qué quería expresar, y antes de
encontrar esa voz más personal, mi mundo más propio, el que expreso a partir de
Maneras de vivir, tenía la insatisfacción del lector», comenta Francisco
José Cruz. Ello lo refiere el poeta porque «salvo excepciones», en los poetas
españoles de su generación no encontraba obras que le animaran, «en las que yo
me pudiera reconocer de alguna manera», matiza. Así, la manera que tenía de
ampliar sus horizontes dentro de su lengua era conocer lo más a fondo posible
la poesía que en español se hacía en el mundo. Y ahí surgió su deseo de
explorar, de descubrir nuevos caminos en la poesía. Y los encontró en Latinoamérica.
«En España está el origen de la lengua y de nuestra literatura –añade–, pero
después de 500 años del Descubrimiento tenemos maestros tanto en España como en
Hispanoamérica». Por ello se considera «heredero tanto de poetas españoles como
hispanoamericanos», asevera.
Casi treinta años de la revista Palimpsesto
Francisco
José Cruz fue asesor literario de la Biblioteca Sibila-Fundación BBVA de Poesía
en Español y lo es actualmente de Sibila, revista de arte, música y literatura.
Y en 1990 fundó la revista Palimpsesto, «especialmente atenta a la poesía
hispanoamericana», de la que sigue siendo su director.
«Afortunadamente –explica– tuvimos la
oportunidad gracias al patrocinio exclusivo del Ayuntamiento de Carmona de
fundar una revista que en 2020 cumplirá 30 años de existencia ininterrumpida,
con el propósito fundamental de dar a conocer la poesía hispanoamericana, a
poetas de distintas generaciones y de distintos países».
La idea surgió de ese afán suyo que hemos
explicado anteriormente por descubrir a esos poetas que todavía en España no
habían sido publicados. Así, reconoce que «el primero que se beneficiaba como
lector de esa búsqueda era yo». La revista fue cogiendo vuelo, «fuimos
madurando y más pronto que tarde la importancia de la revista está en
satisfacer la curiosidad de todos los lectores de poesía del ámbito hispano».
Treinta y cinco años creando poesía
Francisco
José Cruz nació en Alcalá del Río, Sevilla, en 1962. Ha publicado los
siguientes libros de poemas: Prehistoria de los ángeles (Premio Barro de
Poesía, Sevilla, 1984), Bajo el velar del tiempo (Sagunto, 1987), Maneras
de vivir (I Premio Renacimiento de Poesía, Sevilla, 1998; México, 2004;
Bogotá, 2006), A morir no se aprende (Málaga, 2003; Bogotá, 2006), Hasta
el último hueso. Poemas reunidos 1998-2007 (Mérida, Venezuela, 2007), El
espanto seguro (Sevilla, 2010), Vía Crucis (plaquette, Carmona,
2011), Con la mosca detrás de la oreja (antología personal, Bogotá,
2011) y Un vago escalofrío (Bogotá, 2015, Valencia, 2019).
Es, además, autor de varias compilaciones
y ediciones de poetas hispanoamericanos. Dirige en Carmona, desde su fundación
en 1990, la revista Palimpsesto, especialmente atenta a la poesía
hispanoamericana. A instancias de Juan Carlos Marset, por entonces delegado de
Cultura del Ayuntamiento Hispalense, creó en 2004 el proyecto Casa de los
Poetas de Sevilla. Fue asesor literario de la Biblioteca Sibila-Fundación
BBVA de Poesía en Español y, actualmente, lo es de Sibila, revista
de arte, música y literatura.
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| https://www.gatropolis.com/literatura/especiales/francisco-jose-cruz-arte-poetica/ |
miércoles, 4 de diciembre de 2019
PALIMPSESTO 34. Lectura de José Pérez Olivares
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©Televisión Carmona
PALIMPSESTO 34
Con el nº 34, Palimpsesto cumple
29 años de existencia, y, en estas casi tres décadas de ininterrumpida
singladura, se nos han ido ya para siempre algunos poetas con quienes Chari y
yo mantuvimos una estrecha relación personal y cuyas singulares obras
aumentaron, sin duda, el crédito y la calidad de la revista. Es el caso del
guatemalteco Humberto Ak’abal, quien de la noche a la mañana nos ha dejado hace
solo diez meses. En su pertenencia a la etnia maya, sofocada durante siglos, y
en su compromiso con ella, radican tanto las enormes dificultades de su vida
como la razón de ser de su poesía, escrita en k’iche’, su lengua materna, y
autotraducida al español. Poeta de la memoria ancestral y del instante vivido,
en su figura irrepetible se reconcilian la América precolombina y la actual.
Muchos tendrán presente aún las memorables lecturas que dio en la Biblioteca
Pública de Carmona en 2001 y en 2008. Conste, pues, nuestro rendido
reconocimiento con este poema suyo:
De vez en
cuando
camino al
revés:
es mi modo de
recordar.
Si caminara
solo hacia delante,
te podría
contar
cómo es el
olvido.
A estas entrañables y dolorosas pérdidas
de Palimpsesto, las envuelve, digámoslo así, la benéfica sombra de Antonio
Machado, de quien este año se conmemora el ochenta aniversario de su muerte.
Ante la perentoria necesidad que sentimos hoy de modelos éticos y estéticos que
reanimen nuestra alicaída confianza en el ser humano –desorientado como pocas
veces en su historia–, dejarnos llevar por el ejemplo de don Antonio en esta grave
coyuntura del mundo es, al menos, un consuelo auténtico. En su indispensable
figura, vida y obra, conducta y pensamiento íntimamente se corresponden. Sin ir
más lejos, a lo largo de su intachable trayectoria, su equilibrado sentido de
las formas poéticas –tan dúctiles como serenas, tan fieles a una tradición como
a sus propias intuiciones expresivas– reflejan ya el humanismo de su filosofía
antidogmática, asumiendo en ella las irreductibles contradicciones del hombre.
De ahí la reiterada apelación de sus versos y prosas al diálogo con el otro que
somos y con los otros, hasta que atender y entender sean verbos casi sinónimos:
No es el yo fundamental
eso que busca el poeta,
sino el tú esencial.
El nº 34 de Palimpsesto se abre con una
reveladora entrevista al poeta y narrador Elkin Restrepo, en la que, entre
otras cuestiones personales y literarias, se refiere a su temprana vocación
artística, a las diferencias y confluencias entre un poema y un relato a la
hora de abordar uno u otro, al paso del tiempo en relación con el erotismo y la
belleza física, al influjo del cine en su escritura y, en definitiva, a la
extrañeza de todo ante el misterio del mundo. Además, incluimos de este maestro
de las letras colombianas unos poemas inéditos y un texto sobre el cuento.
Para celebrar el V Centenario de la
Primera Vuelta al Mundo, gesta sin precedentes hasta entonces, planeada e
iniciada por Fernando de Magallanes –verdadero artífice de la misma– y
culminada por Juan Sebastián Elcano, cerramos el número con un extenso y
minucioso ensayo del chileno Christian Formoso sobre las interpretaciones que
algunos poetas de las colonias de Ultramar y la premio Nobel Gabriela Mistral
hicieron del estrecho de Magallanes, según la visión que a su paso dio del
mismo Antonio Pigafetta en su diario de la Circunnavegación.
Entre estos dos bloques principales,
publicamos poemas de Alicia García Bergua, Fabio Morábito, Odi Gonzales,
Mercedes Escolano, Mario Meléndez, Adán Brand y Tamym, poetas de generaciones,
países y estilos muy diversos que, según los casos, se encuentran en plena
madurez creadora o en prometedor camino hacia ella.
Las imágenes que ilustran este número
–muchas de ellas casi desconocidas por estos lares, como la del parque nacional
de Texas, Big Bend, cuyo paisaje semiárido aparece en la portada–, cedidas
altruistamente por el pintor Juan Lacomba, pertenecen al artista carmonense
José Arpa, quien desarrolló su rica obra pictórica entre el último tercio del
siglo XIX y la primera mitad del XX. Él fue en su época, como Palimpsesto en la
nuestra, un vínculo estético entre Carmona y América, no en vano vivió en
México y en Texas muchos años, durante los cuales descubrió y ejecutó esos
magistrales paisajes impresionistas al aire libre, distintivos de lo mejor de
su obra, gracias a los matices lumínicos, la hipersensible gama de colores, los
encuadres insólitos, al modo fotográfico, y los bajos horizontes. Quizá sea ya
hora, a los casi setenta años de su muerte, que Carmona, en pleno auge
turístico y cultural, se plantee crear en serio un museo dedicado a la figura
de José Arpa, quien supo mantenerse al margen de las alharacas vanguardistas
para entregarse a su propia búsqueda.
En la colección Palimpsesto publicamos Un niño mira el mar, primera antología
aparecida en España del costarricense Rodolfo Dada, en cuyos versos, la
bullente vida del trópico, tanto marina como selvática, muy lejos de la típica
postal paradisíaca, está sometida a continuas metamorfosis que nuestro poeta
expresa con una gran belleza lírica, tierna, leve y escurridiza a la vez. En la
obra de Dada, la poesía infantil posee la misma importancia estética que la
escrita para adulto. De ahí que en esta selección esté también por derecho
propio suficientemente representada.
JOSÉ PÉREZ OLIVARES,
ENTRE LA HISTORIA Y EL ARTE
En 1997 obtuve, con mi libro Maneras
de vivir, el I Premio Renacimiento de Poesía y al año siguiente se lo
concedieron a José Pérez Olivares por Háblame de las ciudades perdidas.
Aún recuerdo la extraña satisfacción que sentí en mi fuero interno al enterarme
de la noticia, pues, de algún modo, el hecho de que se lo dieran a un poeta tan
apreciado por mí, reforzaba mi autoestima y, por ende, los posibles méritos de
mi libro.
Pese a los muchos años que nos conocemos,
no guardo, a decir verdad, un trato entrañable con este cubano afincado en
Sevilla desde 2003. Sabemos poco uno del otro, pero las veces en que hemos
coincidido en eventos literarios o le he solicitado colaboración para
Palimpsesto y otras revistas, ha fluido siempre entre nosotros una fresca
corriente de empatía.
Mi vieja admiración por su escritura se
remonta a 1992, cuando leí Examen del guerrero, libro de plena madurez
creadora que, desde su mismo título, nos muestra sus indagaciones formales y
temáticas, como la identidad, la guerra y, en definitiva, el destino humano. En
él aparece un poema que, sin menoscabo de los demás, no ha dejado de acompañarme.
Se trata del titulado «La torre», por cuya infinita escalera de mármol que
traspasa las nubes, el poeta se ve subiendo peldaño a peldaño, con sus
crecientes peligros y dificultades, perseguido por sus hijos y precedido por
sus padres, a los cuales ha perdido ya de vista y oye cada vez más lejos. La
composición, de gran poder simbólico, dibuja con insólita belleza el sigiloso e
implacable paso del tiempo. Este vigor plástico, de trazos tan sugerentes como
precisos, impregna toda la obra de Pérez Olivares, por la que pasan reyes,
bufones, putas o ángeles, en una suerte de dramático esperpento que nos revela
lo mejor y lo peor del hombre. Así, extravíos y delirios conviven con la
compasión o el desamparo, hasta llegar a las más recónditas y contradictorias
emociones. Por esto, según este verso suyo, «escribir es tocar a plenitud el
lado oscuro de las cosas».
Mediante el tono conversacional, apoyado
en un aquilatado verso de ritmo prosódico, distante del metro clásico, esta
poesía recurre con frecuencia al monólogo interior para, dándole la voz,
ponerse en el sitio de un sátrapa o un santo. De ahí la extraordinaria amplitud
de miras de Pérez Olivares, cuyo afán abarcador nos remite a todas las épocas
de la historia, a veces incluso en un solo poema, como ocurre en «Discurso del
sobreviviente», donde en un audaz alarde imaginativo, una sola voz nos cuenta
su arduo periplo de miles de años hasta llegar al siglo XX.
En este orden de cosas, no es extraño que
el arte proporcione a nuestro poeta –que además es pintor– imágenes personajes y
motivos como argumento de sus poemas, no para evadirse de la realidad
inmediata, sino para interpretarla y, a su vez, ampliarla como parte de la
misma, porque, según él, «las fronteras del arte no conocen edicto, es el único
país donde todo es posible».
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| Juan Ávila (alcalde de Carmona), Fran Cruz, Chari Acal, José Pérez Olivares y Ramón Gavira (concejal de Cutura) |
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| Con el Club de Lectura de la Biblioteca Municipal |
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| Celebrando en el restaurante del Museo de la Ciudad con unos amigos, fieles lectores de Palimpsesto, la noche de José Pérez Olivares. |
Aula Maese Rodrigo, Carmona, 29 de noviembre de 2019
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