José Manuel Caballero Bonald, presentado por José Daniel Serrallé, ofreció una lectura de sus poemas el 24 de octubre de 2006 en el III Encuentro Sevilla, Casa de los Poetas, "Fronteras fecundas", dirigido por Francisco José Cruz, bajo los auspicios del Ayuntamiento hispalense, siendo delegado de Cultura Juan Carlos Marset.
martes, 25 de mayo de 2021
Lectura de J.M. CABALLERO BONALD en el III Encuentro Sevilla, Casa de los Poetas (24 octubre de 2006)
domingo, 9 de mayo de 2021
Cruce de cartas con José Manuel Caballero Bonald en torno a dos sonetos suyos
Guardo un agradecido recuerdo de José Manuel Caballero
Bonald. Cada vez que lo requerí para cualquier asunto literario, siempre estuvo
dispuesto a complacerme. Con los años, fue menguando mi incondicional fervor
juvenil por su obra, aunque de ella admiro aún ciertos hallazgos expresivos
que, en pos de una rara precisión, le dan un tono inconfundible.
Como
asesor literario de la revista Sibila, sugerí a su editora, Patricia
Ehrle, que le solicitara colaboración. Ante mi sorpresa, envió dos recientes sonetos,
los cuales abrieron el nº 50 de la revista. Esta forma literaria insólita en
él, no está recogida, según creo, en ninguno de sus libros. Recupero aquí estos
bellos poemas y el breve cruce epistolar que suscitaron.
Carmona, 21 de septiembre de
2016
Querido José Manuel: estas breves
líneas son solo para felicitarlo fervientemente por los dos sonetos que acaba
de mandar a Patricia Ehrle, editora de Sibila. Ella, al ser yo asesor
literario de la revista y sabiendo de mi interés por su colaboración, me los ha
remitido. Su lectura me ha causado tanta admiración como grata sorpresa, pues,
aunque el tema del alter ego dentro del paso del tiempo es recurrente en
su dilatada trayectoria, la estructura formal en que se enmarcan, clásica por
excelencia, constituye para mí una absoluta novedad en su obra.
Fíjese que nunca me animé a pedirle
poemas para Palimpsesto por temor a crearle un incómodo compromiso y
ahora veo con alegría su presencia en Sibila, revista que en parte
también siento mía.
Besos para Pepa y un agradecido abrazo
desde Carmona, Francisco José Cruz.
______________
Madrid, 30 de septiembre de
2016
Querido Fran Cruz:
Muchísimas gracias por tus palabras, tan
cariñosas y generosas, sobre los dos sonetos que mandé a Sibila. Las
valoro muy especialmente por tratarse de ti y por lo imprevistas. Como sabes
muy bien, el soneto no es composición que yo cultive y, mucho menos, domine.
Esas dos son unas muestras muy raras dentro de mi obra. Los escribí en Sanlúcar
hace un par de años y no he vuelto a atreverme a caminar por tan temeraria y
difícil senda poética.
Me solidarizo y te felicito una vez más
con tu excelente labor al frente de Palimpsesto.
Cariñosos abrazos a los dos, José Manuel.
______________
Sanlúcar de Barrameda, 30 de
septiembre de 2016
Muchísimas gracias, José Manuel,
por sus cálidas líneas, que tanto aprecio.
Le escribo precisamente desde Sanlúcar,
donde Chari y yo acabamos de llegar acompañados del poeta Pedro Lastra e Irene,
su esposa. Los cuatro les mandamos a usted y a Pepa un muy sentido abrazo, Fran.
______________
Muchísimas gracias por tus palabras, tan cariñosas y generosas, sobre los dos sonetos que mandé a Sibila. Las valoro muy especialmente por tratarse de ti y por lo imprevistas. Como sabes muy bien, el soneto no es composición que yo cultive y, mucho menos, domine. Esas dos son unas muestras muy raras dentro de mi obra. Los escribí en Sanlúcar hace un par de años y no he vuelto a atreverme a caminar por tan temeraria y difícil senda poética.
Me solidarizo y te felicito una vez más con tu excelente labor al frente de Palimpsesto.
Cariñosos abrazos a los dos, José Manuel.
______________
Le escribo precisamente desde Sanlúcar, donde Chari y yo acabamos de llegar acompañados del poeta Pedro Lastra e Irene, su esposa. Los cuatro les mandamos a usted y a Pepa un muy sentido abrazo, Fran.
sábado, 1 de mayo de 2021
AL COMPÁS DE LA LETRA. Entrevista a Fran Cruz por Mariángeles Comesaña
El 29 de abril de 2021, Francisco José Cruz fue entrevistado por Mariángeles Comesaña, cálida y entusiasta promotora cultural, para su programa semanal Al compás de la letra que, dedicado a la poesía desde hace cinco años, emite RADIO UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México).
miércoles, 28 de abril de 2021
HUMBERTO AK'ABAL, EL CANTOR QUE CUENTA
Entre las amistades más enriquecedoras que me ha regalado mi ya larga
dedicación a la poesía, se encuentra, sin duda, la de Humberto Ak’abal, a quien
conocí personalmente en junio de 2001, cuando vino a Carmona para presentar Todo
tiene habla, amplia antología de sus versos, aparecida en la colección de
libros de la revista Palimpsesto, que Chari, mi mujer, y yo dirigimos
desde 1990 en esta pentamilenaria ciudad sevillana. A partir de aquella
publicación, nuestro llorado poeta maya colaboró asiduamente en la revista con
poemas, relatos y artículos. A la creciente admiración de su obra por estos
lares, contribuyeron los inolvidables recitales y conferencias que, durante la
primera década de este siglo, ofreció en los distintos eventos literarios a los
que tuve la feliz oportunidad de invitarlo, como en el segundo y tercer
encuentro Sevilla, Casa de los Poetas, celebrados en la capital andaluza
en noviembre de 2005 y octubre de 2006, donde, junto a maestros de la talla de
Eugenio Montejo, Carlos Germán Belli, Félix Grande, Antonio Gamoneda u Óscar
Hahn, su presencia brilló con luz propia.
Esta sostenida relación
poética y humana, refrendada por un indesmayable intercambio epistolar, ahondó
nuestro mutuo afecto, solo interrumpido por su fulminante e inesperada muerte.
Nuestro entrañable trato de casi veinte años me reveló a un hombre siempre
atento, cordial, afable, pudoroso y comunicativo a un tiempo, que, fuera de sus
textos, nunca aireó su enorme sufrimiento.
Pero, cuando
leí, por primera vez, unos pocos poemas suyos –muy breves– en un número de la
bogotana Revista Casa Silva,
no sospeché, ni por asomo, que eran en realidad autotraducciones del maya
k’iche’ ni que adquirían su cabal sentido en el conjunto de una obra arraigada
con tenaz ahínco en los mitos y tradiciones de su cultura indígena, al punto de
convertirse –pese a su delicada intimidad– en la voz y la memoria de un pueblo
zarandeado por los violentos vientos de incesantes avatares históricos. Sin
embargo, no debemos confundir la condición étnica de Humberto Ak’abal –como por
desgracia le sucede a una parte de la crítica– con los valores estéticos de su
escritura. Aquella nos interesa solo en la medida en que nutre el lenguaje y
los temas más propios de este genuino poeta de dos lenguas y un mundo. La
sutileza y deliberada ingenuidad que encontré entonces en esos poemas me
animaron a buscar de inmediato a su autor y, tras familiarizarme con su
creación poética, proponerle la antología ya referida.
Mientras la
elaboraba, me di cuenta de que estaba entrando en un mundo tan personal como
intransferible, hecho de esas recurrentes correspondencias que urden la
coherencia interna de toda obra auténtica. Además, me confirmó que la fidelidad
del poeta guatemalteco a sus registros formales y temáticos es tal que, a
diferencia de esos autores que necesitan crear un clima distinto en cada libro,
los suyos conforman uno solo, cuyo despliegue es hacia dentro y no hacia
adelante, como reflejo de su noción circular de la existencia. Sin embargo, al
entreverar la sencillez del tono conversacional con el más depurado lirismo, la
gama de matices de esos registros ―que van del amago humorístico al
sentencioso, pasando por el detalle descriptivo y el diálogo directo― lo
salvan, sin romper la unidad de fondo, de la monotonía o el estancamiento.
La condición
bilingüe de Ak’abal no se queda en el hecho de que él mismo tradujo sus poemas,
sino que determina la perspectiva desde donde los escribió. Poemas como
«Sombras» o «Rija―La casa» no tendrían sentido en su lengua materna: se
atienen a una fórmula verbal híbrida, donde la intención didáctica se convierte
también en un recurso estético para dar a conocer, a quienes no pertenecemos a
la cultura maya, el espíritu de imbricación del k’iche’ con los seres
naturales, elementos y ámbitos cotidianos:
Sombras
La sombra de una casa,
de un árbol,
de un muro
o de una roca…,
en nuestra lengua se dice mu’j
La sombra de uno
se llama nonoch’,
es la compañera,
la que uno trae cuando nace
y la que se lleva cuando muere
Toda la poesía
de Ak’abal, de un modo más o menos soterrado, guarda este afán pedagógico y
supone, en primera instancia, un tapiz de personajes, costumbres y creencias
tan verazmente tejido que lo que pudiera parecernos incluso mera superstición,
lo aceptamos como signo primordial, heredado de una larga experiencia de esa
realidad que el poeta recuerda o vive. Una realidad imbuida de una dimensión
sagrada en la que, según sus
palabras, «todo tiene habla»[1] y los seres animados e inanimados
encuentran su sentido, adverso o favorable,
dentro del flujo temporal que comunica al pasado, al presente y al futuro
entre sí, en una cosmovisión llena de señales.
La autenticidad
de estos poemas nace, en gran medida, de la actitud comprensiva y entrañable
―pero no complaciente― con que Ak’abal se refiere a cualquier aspecto de su
entorno y, en consecuencia, de la falta de conclusiones o afirmaciones tajantes
―salvo salpicados poemas de corte aforístico o denuncia social― que pudieran
llevarlo al pintoresquismo o, peor aún, al exotismo de cartón piedra. Ak’abal
casi nunca opina: presenta hechos, situaciones, sensaciones y personajes,
dejando el silencio justo para que lo no dicho flote en lo dicho como un
temblor sobreentendido y sugerente. Es este despojamiento el que le da a su
poesía su carácter íntimo e individual. El poeta habla, en última instancia, de
su mundo para reconocerse y, a través de esos hábitos y vestigios ancestrales,
hacernos sentir su inquietud y las incertidumbres de su propia vida. Así sucede
en poemas como «Viento de hielo» o «La cuerda del silencio», donde los espantos
―suerte de indicios premonitorios, presencias intuidas o enmascaradas, a la vez
físicas e imaginarias― son, en palabras de Ak’abal, «maneras de comprender lo
inexplicable con su contexto de símbolos»[2]. Los espantos suspenden de
súbito el curso normal de las cosas hasta recoger, con la fuerza de una imagen
elemental, la inocencia primigenia del miedo. Esta misma inocencia ―que es
simple reconocimiento del misterio de todo― hace de su poesía un modo acogedor
de estar en el mundo, sin imponerse a nada.
La onomatopeya
cumple una función central en la obra de Ak’abal porque le permite oír a los
seres y a las cosas y, por tanto, entenderlos y atenderlos. La onomatopeya
nunca es aquí gratuita: se integra en el fraseo de un poema para completar su
significado, no para reiterarlo, añadiendo una sensación física que el nivel
semántico no alcanza a transmitir, como por ejemplo en la canción de cuna «Kitanatana»:
Kitanatana, kitanatana, kitanatana;
nuyuj, nuyuj, nuyuj;
dormite, mijito, dormite.
Kitanatana, kitanatana, kitanatana;
dormite, dormite.
Si llorás
se van a despertar
los pajaritos
y ellos de noche no cantan.
Kitanatana, kitanatana, kitanatana;
nuyuj, nuyuj,
nuyuj...
La máxima expresión de este recurso aparece en «Cantos de
pájaros» o en «Voces del agua», poemas sostenidos enteramente por la regular
repetición de grupos silábicos para recrear, en el primero, el concierto
polifónico de las aves y, en el segundo, la variada gama de sonidos de la
lluvia, del río, del estanque, o de la charca. Sonido y sentido, pues, como
aspiraba Valéry, se funden. Ak’abal no nos cuenta qué dicen las cosas: nos las
pone al oído, y quizá los poemas onomatopéyicos ―que lograban su plena belleza
cuando el poeta los recitaba en público con una suave entonación salmódica―
supongan la total decantación de su espíritu animista.
Esta riqueza
espiritual no excluye la conciencia de la pobreza material. Ambas constituyen
las dos caras de una moneda, cuyo borde sería la forma breve de casi todos
estos poemas. La brevedad casa tanto con el silencio contemplativo o el
sentimiento más delicado como con la evidencia de la precariedad, donde una
imagen, en ambos casos, basta para decirlo todo, sin insistencia alguna. Por
ejemplo, «La luna en el agua» se acerca a la inasible fulguración de un haiku:
No era bella,
pero la sentía en mí
como la luna en el agua
mientras que «Solot»,
a la áspera intemperie de una copla flamenca:
Yo me peinaba con un peine
hecho con un manojo de raíces
de un arbusto llamado solot,
mi espejo era un charco color de lodo.
Este mismo don
de la brevedad ―que calla más que afirma, que muestra más que insiste― lo
posee, a pesar de su inusual extensión en esta escritura, «La carta», cuyas
dotes narrativas apuntan a la dramática indefensión de algunos relatos de
Humberto Ak’abal, ya implícitas en muchos de sus poemas más cortos como «El
pedidor», «La muñeca de paja», «El puente» o «Mi vecino», no exentos de un
incipiente desarrollo argumental.
La brevedad y la
ingenuidad dan a estos versos un aire de apuntes sin pretensiones, como salidos
de un tirón. Sin embargo, una y otra son el resultado de un orden expositivo
que reparte, con audacia técnica, los elementos formales y temáticos que
conviene resaltar, en cada momento, para no caer en lo anecdótico. Esto explica
la tendencia al equilibrio estrófico y la sensación de no estar leyendo unos
poemas traducidos, unos poemas que nacen, según el poeta maya, de «la mirada de
un niño en las palabras de un hombre»[3].
La poesía de
Ak’abal, mediante expresiones orales de su pueblo y las bien dosificadas
repeticiones, echa sus raíces tanto en el canto como en el cuento, hasta
enlazarlos en una suerte de sortilegio en que el nostálgico presente convoca al
armonioso pasado de sus ancestros con tal fuerza revitalizadora que todo parece
estar aún en su sitio, aunque el tiempo de hoy sea otro, descreído y corrupto.
De ahí que, en «El juramento», escuchemos esta súplica de sus mayores a los
dioses:
No permitan que el ayer
se vaya lejos.
En definitiva, el
aprendizaje del castellano en sus pocos años de escuela primaria, lo puso en
contacto con las culturas de todos los tiempos y, a la larga, tras un arduo
periplo intelectual, lo devolvió a su lengua materna con plena conciencia de su
significado y posibilidades creadoras. Sin el dominio del castellano –en el que
practicó sus primeras tentativas poéticas, con rima y métrica clásicas
incluidas–, no hubiera logrado recrear en k’iche’ los mitos y tradiciones de su
pueblo con los que su mundo interior se identifica. Es por ello que sus poemas
los pensara en cualquiera de las dos lenguas y que, en un momento dado, ambas,
según sus palabras, «se funden en mí, alimentándose una a la otra»[4]
hasta hacer de él un poeta de confluencias, gracias a este íntimo entrevero
idiomático.
Humberto Ak’abal es hoy un extraordinario ejemplo de superación y una figura imprescindible en la que se reconcilian la América precolombina y la América hispana.
FRANCISCO JOSÉ CRUZ
[1] «A
un lado del camino», incluido en Todo
tiene habla, antología poética de Humberto Ak’abal (col. Palimpsesto,
Carmona, 2000). Págs. 15-18.
[2]
«El otro que está allí», epílogo a El
pájaro encadenado de Humberto Ak’abal (Talleres K'ururup, Guatemala, 2010).
[3]
«Un fuego que se quema a sí mismo» (Palimpsesto n.º 21, Carmona, 2006). Págs.
41-43.
[4]
«Una poesía de confluencias», prólogo a Las palabras crecen de Humberto
Ak’abal (Biblioteca Sibila-Fundación BBVA, Sevilla, 2009). Pág. 6.
![]() |
| Publicado en Trilce nº 41 (Concepción, Chile, marzo de 2021) |
lunes, 26 de abril de 2021
Lectura de Eugenio Montejo en el III Encuentro Sevilla, Casa de los Poetas (26 octubre de 2006)
El poeta venezolano Eugenio Montejo ofreció una lectura de sus poemas el 26 de octubre de 2006 en el III Encuentro Sevilla, Casa de los Poetas, "Fronteras fecundas", dirigido por Francisco José Cruz, bajo los auspicios del Ayuntamiento hispalense, siendo delegado de Cultura Juan Carlos Marset.
martes, 13 de abril de 2021
Francisca Aguirre, un pulso a la desgracia
Paca Aguirre y Fran Cruz en el hotel Casa de Carmona, septiembre de 2014. © Chari Acal
Francisca
Aguirre, a sus nueve años, acompañada por sus padres y sus hermanas, una
lluviosa noche de finales de enero, atravesó en penosísimas condiciones la
frontera hacia Francia, camino del exilio, junto a miles y miles de personas
despavoridas y derrotadas, entre las cuales, según lógicos indicios, se
encontraría seguramente Antonio Machado. Ella refiere en su poema «Frontera»
esta verosímil coincidencia de una niña –ajena a tan dramática circunstancia–
con el viejo poeta que moriría en Colliure casi un mes más tarde. Con su
familia, tras esperar infructuosamente en el puerto de El Havre semanas enteras
un barco que la trasladara a alguna parte civilizada del mundo, no tuvo más
remedio que volver a España para soportar incalculables humillaciones por ser
hija del pintor Lorenzo Aguirre, quien, al formar parte del gobierno de la
República, fue asesinado a garrote vil en 1942. Ni siquiera las súplicas de
Francisca y sus hermanas, en insólita visita al palacio de El Pardo, un 16 de
julio a la hija de Franco, niña también como ella, aprovechando que era su
santo, evitaron la muerte de su padre.
Marcada, pues, por la miseria moral y
económica de posguerra, no cedió nunca, sin embargo, a las tentaciones del
rencor o la venganza, sino que, muy al contrario, siguiendo el conmovedor
consejo de su abuelo materno, se metió dentro todo su dolor y lo puso a
trabajar a favor de la vida. Con esta disposición generosa, fue haciendo suyos
los principios humanistas de la Institución Libre de Enseñanza, heredados de su
familia e inspiradores de la obra machadiana. Ellos le han permitido comprender
a fondo las maravillas y los horrores de nuestra especie, hasta darse cuenta de
que solo la piedad, la educación y la cultura son capaces de enfrentar la
barbarie y darnos algo de felicidad. En este afinamiento de la sensibilidad,
descubrió en su adolescencia la poesía de Antonio Machado, cuyo conocimiento
ahondó y compartió de manera decisiva, ya en su juventud, con los poetas Félix
Grande –su marido–, y Luis Rosales, quien la colocó junto a él en el Instituto
de Cultura Hispánica, donde trató a grandes autores hispanoamericanos de la
segunda mitad del siglo XX, como Julio Cortázar, Octavio Paz, Juan Carlos
Onetti, Ernesto Sábato o Juan Rulfo. En este estimulante ambiente, pese a la
cerrazón política de aquellos momentos, Antonio Machado no dejó de ser su
referencia más luminosa, aunque su carácter pasional, expansivo y elocuente, a
la vez compasivo y enérgico, parezca oponerse al talante abstraído y silencioso
del poeta sevillano. De todos estos aspectos de su vida habló Francisca Aguirre
en el Palacio de los Briones de Carmona, el 26 de septiembre de 2014, cuando
Francisco Hidalgo, director de la sede de la Universidad Pablo de Olavide de
esta ciudad, aceptó mi propuesta de invitarla para dar una conferencia en el 75
aniversario de la muerte de Antonio Machado. Acompañada de su hija Lupe,
aquellos dos memorables días que pasamos juntos, donde no paramos de conversar,
fue la segunda y última vez que la vi.
Durante mucho tiempo, Francisca Aguirre
solo fue para mí el nombre de una poeta y la mujer de Félix Grande, con quien
me unió una larga y estrecha relación desde que, a comienzos de los 90 del
anterior siglo, empezó a pedirme colaboraciones críticas para los Cuadernos Hispanoamericanos. Al
principio, mi trato con Paquita era esporádico y anecdótico, limitándose a
afectuosos saludos cada vez que ella atendía el teléfono para, inmediatamente,
pasarme con Félix. Pero el hecho de que a veces él no estuviera, daba pie a que
Paquita y yo cruzáramos más palabras de las consabidas y nos enredáramos en
estimulantes charlas, las cuales me iban descubriendo su pasional elocuencia y
extraordinaria memoria para recitar versos oportunos a la conversación de esos
momentos. Así pues, cuando por fin Chari y yo, acompañados del poeta mexicano
Antonio Deltoro, la visitamos en su casa de casi toda la vida para conocerla
personalmente a finales de octubre de 2010, tuve la típica e inequívoca
impresión de haber estado allí antes con ella y haber atravesado el
interminable pasillo que conduce a la salita, atestado de libros, como un superpuesto
muro de defensa contra la adversidad y el desánimo.
Esos miles de volúmenes señalan el largo
y fructífero periplo intelectual de Paca y Félix y, al evocarlos ahora, imagino
también ese mismo pasillo vacío, cuando en su infancia lo recorría Paquita,
según cuenta en su escalofriante libro de recuerdos Espejito, espejito. Estas páginas resumen y revelan la lacerada
intimidad de alguien que, teniendo todo en contra, salvo el amor de su familia,
ha sabido echarle, con insólita tozudez, un pulso a la desgracia. Ya el
reiterado diminutivo del título sugiere dicha intimidad y la decisión de
afrontarla sin tapujos, de no engañarse lo más mínimo, como el espejo no miente
nunca a la madrastra de Blancanieves, por mucho que le repita la pregunta. Espejito, espejito es ese oscuro pasillo
interior en donde poesía y vida se encuentran para consolarse mutuamente. De
ahí que, al margen de las valoraciones literarias, los textos en prosa y verso
de Francisca Aguirre sean, ante todo, un impagable testimonio de coraje y
bondad en medio de una época miserable que, como cualquier época así, nos hace
dudar de la razón de ser de nuestra especie.
Esta voluntad de comprensión a fondo, a
pesar de las humillaciones y carencias cotidianas, de las aberraciones padecidas
en carne propia y en la ajena –que a veces es lo mismo– nace, a mi juicio, de
una autenticidad a prueba de bomba, cuya fuente nutricia –en término de Emilio
Miró al prólogo del recopilatorio Ensayo
general– es el binomio «desolación y lucidez». Ambos estados, al
complementarse (si responden más a las experiencias vitales que al fijo
carácter), en lugar de paralizar el espíritu, lo reaniman y fortifican, hasta
irradiar de la obra y la persona de Paca Aguirre una actitud antidogmática y un
flujo afectivo conmovedores. Por esto, según el memorable verso de su poema «La
espera», «nada ayuda tanto como la realidad» porque –como nos insinúa con
amable ironía– es lo único que tenemos y no es poco. Además, la realidad no es
solo algo dado o impuesto, sino que, en la medida de lo posible, podemos
rehacer gracias a la cultura y la imaginación creadora. Así, la liberadora
dimensión estética se convierte en la gran experiencia de la vida, al punto de
darle su verdadero sentido a todas las demás. Si bien esto que digo es
perceptible en toda la trayectoria de Francisca Aguirre, se culmina y depura, a
mi gusto, en su poema «Nana de los libros viejos», en el que sentimos, con
estremecedora ternura, debido a la despojada y natural belleza de su tono, cómo
la lectura resulta un escape esencial a la pobreza que, sin escamotearla ni
siquiera maquillarla, la hace soportable y digna.
Dicho poema pertenece a su libro Nanas para dormir desperdicios, escrito en su vejez, cuya fuerza, entusiasmo y calado imaginativo nos previenen, una vez más, de la excesiva atención que se presta hoy en día a los poetas jóvenes por el hecho de serlo –como si la juventud fuera condición sine qua non de verdad o calidad poética–, cuando, salvo excepciones, solo el paso del tiempo y la manera de vivirlo hacen necesaria y singular una obra. En este orden de cosas, no estaría mal poner de moda la expresión poesía de madurez, como la que escribió desde sus tardíos comienzos Paquita Aguirre que nos ha enseñado con su vida y sus poemas a echarle un pulso a la desgracia.
Francisco José Cruz
domingo, 14 de marzo de 2021
El Excmo. Ayuntamiento de Carmona reconoce a Francisco José Cruz por su labor poética y editorial
Palabras de Francisco José Cruz, al recibir, de manos de Juan Ávila, alcalde del Excmo Ayuntamiento de Carmona, el reconocimiento "por su contribución a la Cultura y la Poesía, y por su brillante labor editorial y de creación literaria". Acto celebrado en el Teatro Cerezo, Día de Andalucía, el 28 de febrero de 2021.
Como
comprenderán, me siento realmente conmovido. Mi profunda gratitud a Juan Ávila
y todo su equipo por esta distinción, tan generosa como inesperada, que mucho
me honra. Me reconforta pensar que, en el fondo, es también un reconocimiento a
la poesía misma, al arte inmemorial de hacer versos, que nació con la voz
humana, unida al canto, a través de la plegaria y la celebración.
Es verdad que la poesía nos acompaña
desde hace milenios, pero su voz es casi inaudible en nuestra época, época
ruidosa, frenética y desdeñosa de la intimidad. Por esto aprecio tanto el
decidido respaldo del actual gobierno municipal, pese a las difíciles
condiciones de hoy, a Palimpsesto, revista que Chari, mi mujer, y yo dirigimos
desde 1990 para traer a Carmona la poesía del mundo y llevar nuestra
pentamilenaria ciudad a círculos literarios internacionales. Yo mismo he tenido
la gratísima experiencia de hablar de Carmona en mis lecturas por España e
Hispanoamérica.
He tenido también la fortuna, en todas
las etapas de mi vida, de contar a mi lado con personas que han reforzado y
estimulado mi vocación poética, entre ellas, mi madre que, sin ser aficionada a
la lectura y menos aún a la poesía, me leyó cuanto necesitaba el febril adolescente
que yo era. Su abnegación ha desarrollado en mí una responsabilidad, una
exigencia y una autenticidad absolutas en el ejercicio de la poesía. Pero hasta
que no conocí a Chari, no descubrí mi visión de las cosas ni mi propia manera
de expresarla. Sin ella, yo no hubiera sido el poeta que soy. Juntos hemos
creado un mundo propio, al servicio de la poesía, que nos realiza plenamente.
La poesía nuestra y la de los demás. De ahí la importancia decisiva de
Palimpsesto en mi madurez de poeta y de lector.
Suelo repetir que un poema auténtico nos da plena conciencia de nuestra fragilidad humana, a la vez que nos alivia de ella, gracias a su belleza. Como llevo mucho más tiempo viviendo en Carmona que en Alcalá del Río, mi pueblo natal, casi todos los poemas con los que me identifico y me representan los he pensado y compuesto aquí. Por esto, no creo mejor modo de despedirme de ustedes y reiterar mi gratitud a nuestro alcalde que recitarles un romance de amor que habla también del paso del tiempo, en concreto de la imposibilidad de volver atrás. La casa a la que aluden los versos es la casa de la Plazuela san Mateo, donde nació Chari y vivió hasta los 14 años con sus padres y hermanos, junto a sus abuelos, primos y tíos. En nuestros paseos por el casco antiguo, a veces pasamos por delante de esta casa, que ya no pertenece a la familia, y Chari no puede reprimir un asomo de congoja. Así que yo escribí el poema con la intención de consolarla. Pero, aunque el romance es de ella, esta vez se lo voy a dedicar a nuestra hija Alicia, flamante periodista, a quien yo le enseñé, cuando era muy chiquitita, a contar las sílabas de un verso.
No llames a la puerta
No llames a
la puerta,
contempla sin
angustia la fachada
que ahora
tienes delante
y no la de tu
infancia,
cuyo alegre
balcón han convertido
en estas dos
ventanas.
No llames a
la puerta,
que la niña
que fuiste no te aguarda
entre estos
viejos muros
como dócil
fantasma,
sino dentro
de ti cuando se asoma
a tus ojos
con lástima.
No llames a
la puerta,
quédate para
siempre con las ganas
de saber
quiénes viven
y cómo está
la casa
donde viniste
al mundo y te criaste
para que yo
te amara.
No llames, amor mío,
sigamos calle abajo nuestra marcha.
Francisco José Cruz
![]() |
![]() |
| Fran y Chari junto a Juan Ávila, alcalde de Carmona |













