martes, 4 de junio de 2019

UN VAGO ESCALOFRÍO. FRANCISCO JOSÉ CRUZ por José Iniesta


Hoy es un día importante para mí, estoy emocionado. A mi lado tengo a Francisco José Cruz, un buen amigo desde mi juventud, y un poeta verdadero, entregado, diferente de tan desnudo en su decir, como una llama que resiste en una noche de viento. Su voz siempre estuvo conmigo porque su canto es difícil de olvidar. Esto no ocurre muchas veces, es un misterio.
      Fran y yo, junto a otras personas que hoy nos acompañan, Teresa, Susana y Pedro Luis, nos conocimos a mediados de los ochenta en la Universidad de la Rábida (Huelva), en unas jornadas sobre poesía y pensamiento en torno a María Zambrano, donde además de contactar con poetas de nuestra generación, conocimos y escuchamos con asombro a aquellos que leíamos con fervor: Francisco Brines, Claudio Rodríguez, Fernando Quiñones, y un largo etc. Éramos jóvenes, no sabíamos qué hacer con nuestras vidas. Reíamos, amábamos la poesía con un fervor casi enfermizo, más o menos como ahora, constatación de la perplejidad que nunca nos ha abandonado.       Desde el primer día en que Fran me recitó sus poemas no me cupo duda: era un poeta, hasta los huesos. Yo no sé muchas cosas, pero ahí pocas veces me equivoco: su temblor era mío, me llegó su palabra como un abrazo y me dolió. Los dos por aquel entonces estábamos alucinados con Leopardi, Fernando Pessoa y con Rilke, muy metafísicos nosotros, trascendentes, y tremendamente torpes intentando encontrar con nuestros versos inseguros una respuesta a la gran confusión, al dolor a veces de la vida y de la muerte, sin saber aún que ambas se fundían en la tristeza de nuestra carne, que nunca nos abandonarían en el camino.
      Francisco José Cruz ha dedicado su vida, con qué intensidad, a la poesía, a jornada completa y sin descanso. La poesía es su casa verdadera, y su casa siempre estuvo expuesta a la furia del vendaval. Además de sus libros de poemas (Prehistoria de los ángeles, Bajo el velar del tiempo, Maneras de vivir, A morir no se aprende, El espanto seguro) y de varias antologías de su obra, una de ellas prologada por Eugenio Montejo, Hasta el último hueso, ha sido codirector de la revista de creación Ritmo de viento (1986-1989). Actualmente dirige en Carmona, desde su fundación en 1990, la revista Palimpsesto, especialmente atenta a la poesía hispanoamericana, y que ya va por el número 34. También creó el proyecto Casa de los Poetas de Sevilla, fue asesor literario de la Biblioteca Sibila y ahora lo es de la revista del mismo nombre.
      Hoy estamos aquí para presentar Un vago escalofrío. El libro es una colección de poemas desvalidos, entrañables y ásperos, pequeños hallazgos muy hondos que nos proponen un viaje por el mundo inmediato, al alcance de la mano: una mirada sobre la vida que sueña ser canción, exclamación y susurro hundiendo su raíz en los pedregales del amor y la muerte, entre el tiempo pasado y el espanto seguro que será.
      La poesía de Francisco José Cruz está escrita desde la fragilidad, y a un tiempo posee una contundencia y dureza de remoto diamante. Aquí se nos muestra lo que hay, no más, lo que somos todos, desde una desnudez y desamparo que sobrecoge: la constatación de los sucesos más cotidianos, anécdotas del día que de golpe adquieren un significado que trasciende, los recuerdos y los temores que nos asaltan a todos al lado de los seres y las cosas, las riadas del desconcierto. Aquí se nos nombra el estupor del vago escalofrío, que no es otra cosa que existir. En su primer poema, «¡Ay del carpe diem!», ya se nos desvela esta perplejidad que se columpia entre dos nadas, este viaje extraño de la vida. Habitamos dentro del torbellino del tiempo, sin poder retener nada, pero, ¿cómo decirlo con palabras cercanas que entiendan todos, las necesarias? ¿Cómo decirle al mundo en fuga lo que acaece, lo que resiste?

Con qué facilidad
nos vamos del momento en el que estamos,
lamentando su fuga
aun antes de que pase,
sin haberlo vivido plenamente.

Ahora lo escucharéis. Este poeta posee hondura muy fina, no puede mentir. Apuesta en su escritura por una pobreza y sencillez que sobrecoge, que golpea. Está en lo que hay, porque el mundo a veces, sin saber cómo, se nos desvela. Para este hombre cantar sí tiene sentido, y él siempre cantó por necesidad. Qué hermoso lo que dice el poeta colombiano Mario Rivero de su poesía.

«La pasión de escribir se muestra en Francisco José Cruz siempre semejante a la pasión de vivir y de dar vida a su palabra de una manera totalmente sincera, sin desmesuras experimentales, ni rebuscamientos oscuros. […]. Casi desde una enseñanza becqueriana, en donde los poemas fluyen por un cauce que desborda hacia otra latitud, hacia otra vislumbre última de relaciones y significaciones, en donde palabras corrientes y normales como la propia vida alcanzan un margen de resplandor, un fondo íntimo de frescura, alguna resonancia o vibración inusitada, en esa intuición suya del lenguaje entendido como transparencia y al mismo tiempo como sustancia del misterio.»

Para mi amigo Fran, el poeta no es un fingidor. Nombrar solo lo que el mundo cercano, casi familiar, nos concede, y decirlo alto con palabras de todos.
      Un hombre consigo mismo, la evidencia del sol en una playa, dos sillas de plástico en una terraza, una paloma moribunda, una rata en casa, un perro que convive con nosotros, un paseo con la amada cogidos de la mano, un pañuelo que estrenamos y que nos dio nuestra madre ausente. Esos son sus grandes temas, y todo ello nos encala en el conocimiento perturbador e ilusorio de nuestro ser. Él presta atención. Lo que acaece a nuestro alrededor es algo prodigioso e inquietante, nos dice Fran, como lo es una piedra en las manos de un niño.
      Nos habita el misterio, sentimos una honda compasión por lo que existe y por nosotros mismos, por todo lo que dejará de existir, porque somos una larga despedida, porque somos creación y destrucción.
      La poética de mi amigo Fran merece ser escuchada, en soledad. En ella no hay nada gratuito, ningún verso nos muestra su saber, solo su vida sentida. Estos poemas están escritos para adentro, como en el cante jondo, suenan a confesión y grito. Esta voz grave y adusta ancla su decir en la renuncia, no se adorna, es pobre su caudal por las arenas, mas nos salva de la sed. En su poema «Arte poética» reconoce la importancia decisiva de Chari, su mujer, a la hora de componer sus versos, fundiendo así, poesía y amor en un mismo canto:

Cómo voy a olvidarme
de que sin ti yo nada hubiera escrito,
si eres tú quién les da
a mis prosas y versos
la humedad afectiva y su sentido.

Mi amigo, en unas palabras que dirige a su lector en su antología Hasta el último hueso, nos dice:

«Poco a poco […] me fui dando cuenta, gracias a una creciente conciencia de lector, de que ni siquiera unos cuantos poemas logrados hacen a un poeta y de que, para hacerlo, esos poemas tienen que estar al servicio de una manera personal o necesaria de convivir con sus incertidumbres, sus certezas y contradicciones. Leer a los demás y leerme a mí mismo me ha dado una idea artesanal de la creación poética que considera el lenguaje un instrumento, cuya eficacia se revela nada más que en el trato cuidadoso y conveniente de sus elementos. […] Encontrar un mundo propio significa también, hasta cierto punto, expresar aquello que la tradición poética necesita decir o recordar, en un momento dado, a través de nosotros. […] que en el poema solo quede el hecho que se cuenta, desnudo e incuestionable. Y a través de él, el lector sienta, sin siquiera decírselo, algo de lo que yo sentí que, en el fondo es lo que sentimos todos.»

El ritmo en su poesía es tan verdadero que duele, posee el don de la claridad, como el agua que mana de la fuente. Se amarra a nuestra tradición lírica con razones propias. Experimenta con un metro que es casi matemática de pasión ardida, síntesis que irradia en su explosión. Su rima tiene alma, como sucede en el flamenco y en la lírica de tradición popular, pero su vuelo es enormemente personal, lo conforma a su manera conociendo su sentido, se posa siempre sobre la realidad. En su poesía hallamos ecos, creo, de la música de Bécquer, Juan Ramón Jiménez, los cantares de Antonio Machado, el grito del cante flamenco. Él nombra en Un vago escalofrío también a Joseph Brodsky, y a la grande Wislawa Szymborska. Su voz grave, doliente, tragicómica a veces, la sentimos vibrar en nuestros huesos: es fácil adueñarnos de su decir. El que fuera su gran amigo Eugenio Montejo dice de su poesía:

«La voz que asume la relación de sus poemas es fruto [...] de un despojo austero, que limita los elementos líricos a lo indispensable, con ahorro de cualquier adorno del que pueda prescindirse. […] La voz que habla en el poema lo hace desde dentro y a la vez guiada por una innegable necesidad expresiva.»

En el poema «Carta póstuma a Wislawa Szymborska», Fran nos desvela sus afinidades, aquello que siente como propio, un tono hermano entre el estupor y el silencio:

Qué bien te entiendo yo siempre
a través de tus silencios,
silencios que en tus poemas
dicen aún más que los verbos.


Estupor e incertidumbre,
esos hermanos eternos
parecen entre tus líneas
encontrarse en su elemento.

La poesía de Fran nos flecha a la primera. Desde la tradición, desde casi la oralidad, construye algo nuevo, con luz propia.
      No puedo acabar esta presentación sin mencionar el amor en la poesía de Fran, tan unido a la muerte. Sus poemas a Chari, a la que debe tanto su cantar, son de una verdad sobrecogedora. Su vuelo es rasante entre el cielo de la gratitud y las erosiones de la vida. Es como si este poeta tuviera miedo a la muerte desde que ama a su mujer. Abrazo e incertidumbre, alegría y temores se funden con los estragos del acabarse. Para eso sirve la poesía: amor y conciencia de vida. Cogidos los dos de la mano, el poeta se siente desvalido entre los recuerdos y la idea de la desaparición. Y sin embargo, ahí reside su fuerza, su temblor, su resistencia al sinsentido:

EL ABRAZO

Este miedo a quedarnos
el uno sin el otro,
a no morirnos juntos

–hagamos lo que hagamos,
aunque estemos absortos
cada cual en lo suyo–

nos trenza en un abrazo
tan carnal y redondo
que da la vuelta al mundo,

como si así los años
no pasaran del todo
mientras seamos uno…

hasta que ya el cansancio
de la vida, a su modo,
desate nuestros músculos

y quede entre mis brazos
tu ausencia sin contorno
o la mía en los tuyos.


Poemas como «Aquí y ahora», «Cogiditos de la mano», «Testamento» y tantos otros os van a conmover cuando los escuchéis de su voz. En el poema «Desde entonces», qué maravilla, podemos ver a Chari leyéndole poesía, asistiéndolo, con qué entrega. Evoca la primera lectura de esta mujer al poeta. Fue hace mucho, en una playa de Sanlúcar, donde aún parecen estar sonando, junto a las olas del mar, los versos que le recitó de Juan Ramón Jiménez. También está el transcurso del tiempo vivido hasta el ahora, toda una vida. Los dos en estos versos acaban siendo lo mismo, se diluyen casi, dos sentires en uno por alcanzar lo más alto y lo más hondo, una atmósfera más pura. Algo que, tal vez vence al tiempo, que es rebeldía, desde su raíz, para que crezca el árbol. Si me da su permiso Fran, para mí sería un regalo enorme poder leerlo:

DESDE ENTONCES

Como leemos juntos
desde hace tanto tiempo,
ya tu voz son mis ojos
y al oírte hasta veo
los espacios en blanco
y la pausa final de cada verso.

Así, de línea en línea,
como en lúcido sueño,
nos fundimos en uno
durante todo el texto
hasta oírme en tu voz
y tú callarte en mi absorto silencio.

Una noche de agosto,
frente al mar sanluqueño,
sacaste de tu bolso
un librito de versos
de Juan Ramón Jiménez,
cuyas hojas aún las mueve el viento.

Me leíste –leímos–
un rato en el paseo
marítimo. Esa noche
la carne se hizo verbo
o el verbo se hizo carne
y desde entonces vivimos completos.

Sin más, ahora os dejo con Fran y su voz, con la verdad y las razones de su poesía. Ante vosotros tenéis a un poeta que os va a dar lo que es, lo que somos. Comeremos su pan. Estoy seguro de que su temblor perdurará en todos nosotros, y que no lo vamos a olvidar. Gracias.

Valencia, 1 de junio de 2019
José Iniesta y Francisco José Cruz

Juan Luis Bedins, Fran Cruz, Antonio Praena, Susana Benet y Gabriel Alonso
José Iniesta, el librero Francisco Benedito y Fran Cruz
Antonio Praena, Fran Cruz y José Iniesta

Texto leído en la presentación de Un vago escalofrío 
de Francisco José Cruz, en la librería Ramón Llull.
Valencia, 1 de junio de 2019

   

martes, 28 de mayo de 2019

ENTRE MUNDOS. Conferencias de Pedro Lastra y Humberto Ak'abal

El 27 de octubre de 2006, bajo el título común "Entre mundos", los poetas Pedro Lastra y Humberto Ak'abal dictaron sendas conferencias. El primero habló sobre "El encuentro con el Nuevo Mundo y la incitación poética de la extrañeza" y el segundo, sobre "La frescura de la creación en el Popol Wuj". Ambas intervenciones fueron seguidas de un interesante coloquio, donde participaron desde el público los poetas Antonio Gamoneda, Antonio Deltoro, Fabio Morábito, Fran Cruz, Pablo del Barco, el traductor José Luis Reina Palazón y la historiadora Marta Terán. La jornada fue presentada y moderada por el poeta mexicano Eduardo Hurtado, en el marco del III Encuentro Sevilla, Casa de los Poetas, "Fronteras fecundas", dirigido por Francisco José Cruz, bajo los auspicios del Ayuntamiento hispalense, siendo delegado de Cultura Juan Carlos Marset.

Sevilla, Casa de los Poetas, 27 de 0ctubre de 2006

miércoles, 22 de mayo de 2019

En memoria de HUMBERTO AK'ABAL, a su paso por Carmona y Sevilla

Ante estudiantes y público en general, el 21 de mayo se celebró en el Aula de Grados de la Facultad de Filología de la Universidad hispalense un acto de reconocimiento en memoria del poeta guatemalteco Humberto Ak'abal, cuya presencia en Carmona y en Sevilla, en diversas ocasiones, durante la década pasada, dejó en quienes lo trataron una huella imborrable. 
      Se proyectó un vídeo y dialogaron sobre su vida y su obra la profesora Beatriz Barrera y los poetas Efraín Espinoza, Juan José Espinosa Vargas, Charo Prados y Francisco José Cruz, quienes, entre otros temas fundamentales de su poesía, abordaron el entrevero del maya k'iche' y el castellano como recurso estético, la importancia del canto y la onomatopeya, heredados de la tradición oral de su etnia, su espíritu animista, donde "todo tiene habla" que, junto a la brevedad, su capacidad de sugerencia y su actitud contemplativa, lo acercan a ciertos tonos orientales hasta hacer de Humberto Ak'abal un poeta verdaderamente genuino.
Beatriz Barrera, Francico José Cruz, Efraín Espinoza, Charo Prados y Juan José Espinosa Vargas


VÍDEO:
 
Juanjo Espinosa, Beatriz Barrera, Inmaculada Lergo, Fran y Chari, Charo Prados, María Girón, Iván Vergara, Efraín Espinoza y Martha Romero
Efraín Espinoza, María Girón, Charo Prados, Fran y Chari, Inma Lergo y Juanjo Espinosa

      Universidad de Sevilla, 21 de mayo de 2019 

sábado, 13 de abril de 2019

Lectura de MARIO RIVERO en el II Encuentro Sevilla, Casa de los Poetas (17 de noviembre de 2005)

El poeta colombiano Mario Rivero (1935-2009) dio la primera y única lectura de sus poemas en España el 17 de noviembre de 2005 en el II Encuentro Sevilla, Casa de los Poetas. Fue presentado por Francisco José Cruz, director de dichas jornadas, bajo los auspicios del Ayuntamiento hispalense, siendo delegado de Cultura Juan Carlos Marset.


viernes, 12 de abril de 2019

"Un vago escalofrío" de Francisco José Cruz por ANTONIO CALVO LAULA


Algo que suele ocurrir cuando destacamos de manera insistente la entrega de una persona a una labor constante y admirable, es que acabamos solapando la existencia de otras cualidades y tareas no menos dignas de remarcar. Así, cuando nos referimos una vez más a la larga trayectoria de Francisco José Cruz como director de la revista Palimpsesto, su impagable esfuerzo y voluntad en la difusión de la poesía hispanoamericana contemporánea, su solvencia al frente de la prestigiosa colección Sibila y sus actividades como recopilador, introductor y prologuista de otros autores, a fuerza de elogios, estamos arrojando injustamente una espesa sombra sobre la madre impulsora y nutricia de todos estos logros: su propia obra poética. Una obra a la que en este tipo de actos siempre nos solemos referir (si es que nos referimos a ella) como pasando de puntillas, aludiéndola si acaso como el remate de una torre al que no se le prodigan muchos detalles puesto que sólo se verá de lejos. Pero no olvidemos que fuera del estricto campo de la aritmética, el orden de los factores sí puede alterar el producto.
          Dicho esto, he de confesarles que la presentación de un libro de poemas es un honor incómodo pues exige un tacto y una cautela que acaban rozando la inseguridad. Mientras que la novela nos permite acercarnos a ella con la desenvoltura que nos da nuestra experiencia de la vida; mientras que el ensayo nos respeta el derecho a la glosa y la discrepancia, la poesía sigue conservando intacto el prestigio que Grecia le concedió hace ya casi tres mil años: el misterio de la inspiración, su origen sagrado.
Es una rara paradoja que la vanguardia, que con tanto entusiasmo abrazó la causa de expulsar a los dioses de la esfera del arte, reservase a la poesía el último sagrario; y que sus grandes sacerdotes, adorando los juguetones sacrilegios de los nuevos artefactos verbales, proclamasen su fe inconmovible en esa hendidura tenebrosa en la que la Sibila murmura sus visiones. Tal vez por ello, la crítica poética moderna ha adoptado los malos hábitos de los teólogos que empiezan diciendo que Dios es incomprensible y acto seguido dedican quinientas páginas a hacerlo más incomprensible todavía; de manera que la franca sencillez de un poema diáfano nos parece sospechosa y nos empeñamos en un forzado más allá del poema lleno de prometedoras incertidumbres.
          Cesare Pavese, un día en el que se encontraba menos pesimista de lo que era habitual en él, anotó en su diario este pensamiento: «hacer poesía es como hacer el amor: uno nunca está seguro de que el otro esté compartiendo nuestra propia felicidad». Utilizaré este aforismo como asidero y dejaré que sea mi propia felicidad de lector la que me guíe, aun a riesgo de no coincidir con la felicidad del autor.
          Un vago escalofrío es un título que establece la continuidad con los anteriores poemarios de Francisco José Cruz. A morir no se aprende, Con la mosca detrás de la oreja, El espanto seguro… Títulos que, colocados uno tras otro y anulando las distancias entre las fechas y circunstancias en que fueron publicados, no resultan demasiado alentadores. Títulos que sugieren la recurrencia obsesiva a experiencias personales dolorosas y concretas a las que no nos concierne aludir. En realidad, son títulos que cualquiera de nosotros podría hacer suyos para darle nombre a esos fantasmas que, una vez alcanzada la edad para que despierten, ya no dejan de rondarnos. Porque no es más optimista el que cree ignorarlos, ni el que se fuerza a mirar hacia otro lado (esos, si acaso son más insensatos), es más optimista el que es capaz de contemplar esta danza grotesca sin dejar que sus muecas de bufones crueles le paralicen la vida. A su manera, estos títulos sombríos son un sano ejercicio.  
Ahora bien, aunque en este libro volvemos a encontrarnos con los temas recurrentes del asombro ante la fugacidad del tiempo, la vislumbre de esa silueta huidiza, a veces burlona, siempre amenazante, que se percibe a través del frágil tejido de la existencia, que juega a romperlo y que acabará rompiéndolo (¡qué difícil se nos hace nombrar a la muerte!), el autor nos acerca a ellos de una manera un tanto más dulcificada, optando por lo que yo llamaría un amable pesimismo. La humilde proximidad de los objetos y sujetos que provocan la perplejidad del poeta y de los que no surge la revelación sino la pregunta; la total ausencia de artificios retóricos y casi de imágenes metafóricas; esa afinada sensibilidad hacia el sujeto inmediato, hacia el breve lapso en el que sujetos y objetos se desprenden de su anonimato y se enlazan al poeta a través de una conmovedora corriente de empatía, antes de disolverse definitivamente en el tiempo; ese algo tan cercano en espíritu al haiku japonés… todos esos elementos construyen una suerte de vanitas doméstica, un memento mori desdramatizado en el que el autor, con verdadera gentileza, ha sabido silenciar las campanadas fúnebres.
          Nada de lo que destaco debería confundirse con la llamada poesía de la cotidianidad en cuyo resignado abandono de toda búsqueda más allá de la inmanencia, bajo su falsa apariencia de serenidad alimentada de prosaicas tautologías, siempre acaba asomando la angustiosa vacuidad de existir, la entrega impotente a una realidad autista, la alienación y la indiferencia en medio de una corriente caótica que todo lo convierte en fragmentos y material de derribo. Muy al contrario, en los poemas de Francisco José Cruz, la breve contemplación que precede al asombro, a la duda reflexiva, incluso al estupor, ese vago escalofrío que estremece la consciencia, ya es un primer paso hacia la redención.
          Son muchos en este libro los poemas que me gustaría reseñarles, como por ejemplo esos poemas amatorios de los que tan orgullosa debe sentirse la persona a la que van dirigidos; tan refinados a fuerza de discreción, tan pudorosamente elípticos, tal como corresponde a alguien que sabe muy bien (como sin duda lo sabemos todos los presentes), que, llegados a ciertas alturas de la vida, las confesiones públicas de amor deben ceñirse estrictamente al elogio de la ternura y al agradecimiento, porque todo lo demás podría interpretarse como delirios de un viejo verde.
Pero sería muy descortés por mi parte acaparar su atención más tiempo del razonablemente necesario, de manera que sólo comentaré brevemente aquellos en los que en mi opinión –y sin tener demasiado en cuenta mis preferencias– mejor se aprecia el relieve de las cualidades que quiero resaltar. En primer lugar los titulados A Jaume d’Olesa…, Ante la tumba de Joseph Brodsky y Carta póstuma a Wislawa Szymborska porque constituyen el resumen, la declaración sinóptica del posicionamiento estético y vital de nuestro autor: el metro, la rima, la tonalidad concreta, la sintaxis diáfana y la convicción de que la experiencia poética puede encontrarse a pocos centímetros de nosotros sin necesidad de buscarla en las regiones etéreas.
          Ya desde los últimos poemarios de Francisco José Cruz, venimos apreciando su progresiva vuelta a la métrica, pero es en este último donde la pauta silábica domina de principio a fin para sorpresa de nuestro oído tan desacostumbrado ya tras décadas de uso y abuso del verso libre y de un acomplejado desprecio por el arte declamatorio. No es infrecuente que en los ambientes poéticos más snobs, el metro y la rima se consideren bagatelas propias de aficionados de gusto dudoso. Un vago escalofrío, al margen de cualquier dogmatismo, nos demuestra que un poema debe llevar implícita su partitura y también, indirectamente y por oposición, nos advierte que dejar que un poema supere la prueba de la lectura en voz alta confiando en las intuiciones de un recitador habilidoso, es una actitud de padre poco responsable.
          En 1922, Jean Cocteau en su ensayo El secreto profesional, decía lo siguiente: «Las infidelidades a la rima, a las reglas fijas, en pro de otras reglas intuitivas, nos devuelven a la regla fija y a la rima con un nuevo escrúpulo». Ya por aquel entonces, Cocteau percibía la necesidad de un remedio a la metástasis verbal que estaba poniendo en peligro la vida de la poesía. La cura no significaría una vuelta atrás sino una verdadera renovación.
          Medir y rimar tal vez sea más fácil de lo que parece, pues al fin y al cabo es una cuestión de técnica y existen buenos manuales para esto; lo difícil es conseguir que la forma no acabe imponiéndose y condicionando al contenido. La palabra acompañada de música es una canción. La música acompañada de palabras una ópera; sólo cuando música y palabra son indivisibles podemos decir con seguridad que estamos ante un poema. En un brocado, el oro y la seda se entretejen para formar la tela. Si tiramos y tiramos de un hilo suelto sea de oro o de seda, al final no tenemos ni brocado ni tela. Tal es la naturaleza musical de un poema.
          Cuando el susceptible Apolo, un dios cuya belleza y crueldad corrían parejas, castigaba a alguno de sus protegidos por alguna afrenta, no les retiraba la voz sino el don de escuchar, y desde ese momento las profecías de las sibilas se tomaban por los gritos de una borracha y los poetas, que ya no discernían las palabras cantadas por las hojas del sagrado bosque de laureles, quedaban reducidos a lamentables compositores de ripios. Todavía hoy, cuando ponderamos la capacidad de una persona para la música decimos: «Qué buen oído tiene!».
Como muestra cito esas deliciosas partituras que son «En el tren», «Bajamar», y «Canción de la marea».
En la primera de las composiciones, la repetición del mismo esquema métrico y el mismo verso al principio de cada estrofa, los largos intervalos entre ellas (semejantes a grises y aburridas estaciones), el sobresalto de ese verso aliterado que recrea el chirrido de las ruedas sobre los raíles; son recursos que nos cuentan sin necesidad de pormenores descriptivos la monotonía de un viaje previsible cuyo destino, por conocido, carece de interés. El último verso igual podría enlazarse al primero iniciando un bucle sin fin que nos llevaría a leer el poema una vez y otra hasta quedar atrapados en la pura encarnación del tedio y el sinsentido.
Cualquiera de ustedes que practique la magia en sus ratos libres, sabe de sobra que no basta con conocer las palabras, también hay que conocer la cadencia y la entonación con las que deben ser pronunciadas para que se obre el milagro y se desate la tempestad. Es la música la que convierte el galimatías en un conjuro verdadero y poderoso. Igualmente, en este poema, su musicalidad transmuta la imagen trivial de un tren que se desplaza en experiencia palpable, tan densa y elocuente como un cuerpo dotado de alma.
En «Canción de la marea» la presencia del oleaje es tan notoria que casi nos hace superfluo el comentario. La marea sube, la marea baja… y en el reflujo de cada ola se inserta brevemente la voz evocativa del poeta que construye sus imágenes para que las olas las arrasen como castillos de arena; reiterativas e incansables como en esos juegos entre un niño y un adulto. Aquí, el niño es el mar y el mar es el sonido del mar recreado por el ritmo silábico. Aquí, las olas no existen por el simple hecho de nombrarlas, existen porque la vigorosa ondulación de su músculo de agua y su perpetuo vaivén, son la misma música que las invoca.
«Bajamar», ya en su misma estructura verbal y visual (pues resulta un involuntario caligrama), casi llega a materializarse como un paisaje en el que contemplamos la progresiva retirada del agua desde el largo verso inicial hasta los versos cada vez más cortos y adelgazados; pasando de la poderosa cresta de la ola que avanza arrastrando tras de sí el borde del mar, al debilitado cabrilleo de las ondas que lamen el fondo fangoso y dispersan, desganadas, despojos y diminutas maravillas.
Leyendo estos tres poemas no puedo evitar asociarlos con esas delicadas miniaturas para piano que son las Gymnopedias y las Gnossiennes de Erik Satie. No sabría explicarles por qué mi mente ha tejido un hilo secreto que los conecta.
Y ya que hablamos de partituras, forzosamente he de referirme a la más extensa y solemne de todas: «Vía Crucis», un canto monódico en catorce poemas compuestos, cada uno, por dos estrofas liras de verso blanco. La lira, que ya viene prestigiada por el uso que de ella hizo San Juan de la Cruz en el Cántico, en este caso ha sido despojada de la rima para darle una sonoridad más abrupta, más dramática, sin concesiones al halago de los sentidos. La disparidad métrica que introducen los dos versos endecasílabos y la distribución asimétrica de los heptasílabos, crean un avance entrecortado, son como obstáculos en un camino. Evocan un penoso y sombrío arrastramiento al que se le niega el alivio de la rima. Se diría que a veces tienen la textura de un tronco seco que nos llena las manos de astillas. En cada una de las catorce estaciones, la primera lira es una larga pregunta que abarca la descripción del momento contemplado. La segunda lira es la respuesta que el poeta narrador se da a sí mismo, una respuesta siempre en tono condicional: «quizás», «pudiera ser», «tal vez»… Una respuesta que parte de la incertidumbre y conduce a la humildad. Una respuesta que establece una distancia de respeto en la que no caben ni la familiaridad meliflua ni la culpabilidad impostada (tan comunes en este género). Un puñado de respuestas que sólo revelan una evidencia: la fatal necesidad de que así deben ser las cosas, porque el rito no se explica, simplemente se vive como se vive la experiencia poética. La doctrina pertenece a un plano en el que el poeta no pretende entrar.
Sólo el último poema carece de respuesta, porque ¿quién esperaría respuestas de un cadáver? Ni siquiera la pregunta va dirigida al sujeto del poema. Ya solamente cabe constatar la consumación de un hecho; narrarlo sin interferencias subjetivas para que permanezca como una imagen congelada en el tiempo:
y, cuidadosamente,
                    lo acostó en un sepulcro
                    donde nadie había estado todavía.

De esta manera tan enigmática, se hace el silencio y concluye el libro.

Carmona, abril de 2019

Texto leído en la presentación de Un vago escalofrío en el Aula Maese Rodrigo (Antigua Capilla del Hospital San Pedro), Carmona, 5 de abril de 2019.

Lectura de Francisco José Cruz en Carmona



Con motivo de la presentación de su libro
Un vago escalofrío, organizada por la Biblioteca Municipal de Carmona, Francisco José Cruz dio una lectura de sus poemas, introducidas por el escritor Antonio Calvo Laula. Abrió el acto el alcalde de la ciudad, Juan Ávila.
Juan Ávila (alcalde de Carmona), Fran Cruz y el escritor Antonio Calvo Laula

© Televisión Carmona

Juan Ávila (alcalde), Fran Cruz, Chari Acal, Antonio Calvo Laula y Ramón Gavira (concejal de Cultura)
Carmona, Aula Maese Rodrigo (Antigua Capilla del Hospital San Pedro), 5 de abril de 2019.





miércoles, 20 de marzo de 2019

Lectura de Humberto Ak'abal en el III Encuentro Sevilla, Casa de los Poetas (26 de octubre de 2006)

El poeta guatemalteco maya k'iche' Humberto Ak'abal ofreció una lectura de sus poemas el 26 de octubre de 2006 en el III Encuentro Sevilla, Casa de los Poetas, "Fronteras fecundas", dirigido por Francisco José Cruz, bajo los auspicios del Ayuntamiento hispalense, siendo delegado de Cultura Juan Carlos Marset.