lunes, 2 de marzo de 2015

Presentación de ESTACIÓN POESÍA nº 3








      Con motivo de la presentación del nº 3 de la revista cuatrimestral Estación Poesía, dirigida por Antonio Rivero Taravillo, en la sede del Centro de Iniciativas Culturales de la Universidad de Sevilla, patrocinador de la publicación, Francisco José Cruz intervino junto a otros poetas, leyendo su poema «El abrazo», aparecido en dicho número.
Concepción Fernández (directora del CICUS), Antonio Rivero Taravillo 
(director de Estación Poesía) y Francisco José Cruz, leyendo su poema "El abrazo".

EL ABRAZO

Este miedo a quedarnos
el uno sin el otro,
a no morirnos juntos

–hagamos lo que hagamos,
aunque estemos absortos
cada cual en lo suyo–

nos trenza en un abrazo
tan carnal y redondo
que da la vuelta al mundo,

como si así los años
no pasaran del todo
mientras seamos uno…

hasta que ya el cansancio
de la vida, a su modo,
desate nuestros músculos

y quede entre mis brazos
tu ausencia sin contorno
o la mía en los tuyos. 

domingo, 1 de febrero de 2015

CARTA PÓSTUMA A WISŁAVA SZYMBORSKA

Ahora que ya te has ido
para siempre en pleno sueño,
aunque no me conociste,
me animo a hacerte unos versos.

Qué bien te entiendo yo siempre
a través de tus silencios,
silencios que en tus poemas
dicen aún más que los verbos.

Como no sé cómo suenan
en polaco tus desvelos,
tu sentido del humor
–tan inquietante y perplejo–,

los imagino en mi lengua
a través de esos silencios
que en español o polaco,
muestran los mismos misterios.

Estupor e incertidumbre,
esos hermanos eternos,
parecen entre tus líneas
encontrarse en su elemento.

Tus palabras se conforman
con dar el tono concreto
para que hablen por sí solos
las situaciones, los hechos.

Ahora que ya te has ido,
con gratitud te confieso
que he tratado de callarme
a tu manera en mis versos,

callarme con otros ritmos,
otra métrica, otros ecos,
no los tuyos, y nombrar,
sin nombrar,  mi desconcierto.

Qué bien me entiendo a mí mismo
cada vez que te releo.

Publicado en Sibila, revista de arte, música y literatura, nº 43 (Sevilla, abril de 2014)

viernes, 9 de enero de 2015

GUSTAVO ADOLFO GARCÉS, ENTRE LO QUE NO SE SABE Y LO QUE NO SE DICE

Una de las tantas satisfacciones que me depararon mis dos visitas a Bogotá junto a Chari, mi mujer, por diversos motivos literarios, en 2003 y 2006, fue conocer y tratar personalmente a Gustavo Adolfo Garcés, de quien había leído tiempo atrás algunos poemas sueltos que ya entonces no me pasaron inadvertidos. Así pues, como me ha ocurrido con frecuencia en mi vida de lector, mi admiración por su poesía es más vieja incluso que nuestra amistad.
      Una palabra cada día mantiene en todo los aspectos creativos la despejada y sutil atmósfera de sus libros anteriores, acordes con las fijaciones sensibles y emotivas de un poeta auténtico que sabe que las experiencias diarias, por mucho que se repitan –o precisamente por ello– nunca se agotan. En este sentido, la división en dos partes del volumen no sugiere, al menos a simple vista, cambio sustancial alguno, salvo, tal vez, un mayor matiz de ambigüedad o de abstracción introspectiva en la segunda, afín, hasta cierto punto, al complejo y escurridizo espíritu de Emily Dickinson, a quién Garcés rinde un discreto tributo al encabezar los poemas de esta parte, a diferencia de los de la primera, con un número aleatorio.
      Las fuentes rastreables de una obra, sin las cuales no existiría, nunca la explican del todo, pero sí nos ayudan a situarla, a ampliar su horizonte y, por ende, a sentir cabalmente, en diálogo con otras de aquí y de allá, de ayer y de hoy, su singularidad y belleza. Las de Garcés nutren una riquísima corriente de ascetismo expresivo y espiritual que, sin salirnos de Colombia, irriga la escritura de José Manuel Arango, en donde calladas aguas de Occidente y Oriente confluyen. De este venero recoge Garcés la actitud contemplativa, la contención verbal y el hecho de que todos los elementos del poema, por insignificante que resulten, cumplan una función necesaria en su organigrama, incluidos los significativos espacios en blanco. Sin embargo, en la poesía de Garcés no hay esa tensión dialéctica ni la flexibilidad métrica de Arango, cuyos versos, sin descartar a veces la prosa, se alargan o se acortan para adaptarse lo más posible al contenido y tono de cada poema. En la poesía de Garcés, al contrario que en la del maestro, los temas se decantan siempre en una misma solución formal, subrayando así su carácter unitario. Los poemas se apoyan en versos encabalgados de arte menor, de medida fluctuante y se distribuyen en secuencias frecuentemente regulares. Estos recursos, al complementarse, favorecen la concentración estática de una idea, una sensación o una imagen para dejarla en primer plano en detrimento de cualquier desarrollo anecdótico. Si el encabalgamiento rebaja la contundencia expresiva hasta lo inaudible, la división estrófica marca el verdadero ritmo interno de los textos. En ellos, cada estrofa delimita un mínimo bloque de sentido. De ahí que, sin necesidad de puntuación, nos dejemos llevar «de uno a otro silencio», atendiendo a la música del significado de que hablaba Roberto Juarroz. En este orden de cosas, es recurrente, pues, encontrar versos aislados entre espacios en blanco, no tanto para destacarlos en la página como para poner la pausa requerida en cada momento.
      Este estricto esquema, basado en escuetas yuxtaposiciones, ya nos avisa de que la poesía de Garcés, sin ser obvia, no da rodeos: su precisión está en su parquedad. Lejos de cualquier idea preconcebida, se diría que, en vez de buscar una concepción del mundo, plantea una lúcida y condescendiente predisposición para aceptar el misterio de la existencia, no exenta, sin embargo, de ramalazos de abierta inconformidad o disgusto. Por esto, como proclama su poema «Poética», «los versos / […] son todo curiosidad / y expectativa». Poesía que encuentra su fértil terreno entre «lo que no se sabe / y lo que no se dice», entre el asombro y la pregunta, donde está «todo / consagrado / tal vez / a ocasionarnos / pequeños / estremecimientos», mediante breves estampas humanas, impresiones anímicas o esenciales imágenes de la naturaleza. La manera de acercarse a estas últimas y dejarlas en el poema, sin más aditamento que su sola presencia, es hermana de la de Nuevas canciones de Antonio Machado. Una de ellas, escrita en Baeza y tocada de nostalgia por Soria, reza así: «Y habrá cigüeñas al sol, / mirando la tarde roja, / entre Moncayo y Urbión». ¿No nos transmite esta coplilla la misma imantación contemplativa que el poema «Águila» de Garcés: «Entre la luz roja / del atardecer // anda y desanda / el cielo»? Quizá la diferencia entre ambos poemas, amén de la rima y el metro, estribe en un mayor grado de entrañable cordialidad del primero, dadas las cautelosas prevenciones del poeta colombiano con el lenguaje, que no en vano es recurrente asunto de sus poemas. Esta suerte de desconfianza expresiva o extrema exigencia me trae a la memoria esta voz del argentino Antonio Porchia: «Cuando digo lo que digo es porque me ha vencido lo que digo».
      Una palabra cada día o, lo que es casi lo mismo en este indeleble mundo poético, un poema cada día para rumiarlo con la demorada atención que merece.

Francisco José Cruz
Carmona, septiembre de 2014

Prólogo a Una palabra cada día de Gustavo Adolfo Garcés (Letra a letra, Bogotá, 2015)

miércoles, 3 de diciembre de 2014

¡AY DEL CARPE DIEM!

Con qué facilidad
nos vamos del momento en el que estamos,
lamentando su fuga
aun antes de que pase,
sin haberlo vivido plenamente.

Con qué sorda insistencia
recuerdos y temores nos distraen,
dejándonos así
con un pie en el ahora
y el otro en el ayer o en el mañana.

Tanto desequilibrio
a cierta altura de la edad nos lleva,
involuntariamente,
de una cosa a otra cosa
hasta que a duras penas nos centramos.

Publicado en Sibila, revista de música, arte y literatura, nº 43 (Sevilla, abril de 2014)

sábado, 1 de noviembre de 2014

ARTE POÉTICA

Cómo voy a olvidarme
de que sin ti yo nada hubiera escrito,
si eres tú quien les da
a mis prosas y versos
la humedad afectiva y su sentido.

Con los años, mi amor,
ya no sé qué es lo tuyo y qué lo mío
en esta fiel tarea
de ser tu amanuense,
poniendo tus ideas en mis ritmos.


Publicado en Sibila, revista de música, arte y literatura, nº 43 (Sevilla, abril de 2014).

sábado, 4 de octubre de 2014

Homenaje a don ANTONIO MACHADO en Carmona

Francisca Aguirre y Fran Cruz. ©R.Acal
Francisca Aguirre y Antonio Machado:
un encuentro decisivo
por Francisco José Cruz
 
©A.C. Karcomen
Las fechas redondas ejercen en nosotros una atávica atracción, ya sea para conmemorar un personaje, una batalla u otro acontecimiento célebre de cualquier índole. Estas efemérides reconcilian a la comunidad consigo misma, reforzándola en sus creencias o, en caso contrario, liberándola de inconfesables remordimientos, aunque a veces resulten anacrónicas e incluso inoportunas por no coincidir, pasado el tiempo, con las maneras e ideas de una época.
      Cuando Francisco Hidalgo, director de la Sede Olavide en Carmona, me propuso organizar un acto dedicado al 75 aniversario de la muerte de Antonio Machado, me pareció que, equidistante de la erudición académica y del lugar común, debería estar alentado por su entrañable verso «Poesía, cosa cordial», dada la arraigada presencia de su figura y su obra en nuestros corazones, al margen de los cambiantes gustos literarios. No en vano, Juan Ramón Jiménez, durante su larga vida, mediante ensayos, notas y entrevistas, consideró siempre a Antonio Machado el poeta más importante de su generación y de las que iban asomando por entonces en el horizonte poético de la lengua. Pensándolo despacio, comprendí además que la propuesta de mi amigo estaba más que justificada, si tenemos en cuenta la perentoria necesidad que sentimos hoy de modelos éticos y estéticos que reanimen nuestra alicaída confianza en el ser humano, desorientado como pocas veces en su historia. Así pues, dejarnos llevar por el ejemplo de don Antonio en esta grave coyuntura actual es, al menos, un consuelo seguro. En él, vida y obra, conducta y pensamiento se corresponden íntimamente como las dos caras de una misma moneda. Sin ir más lejos, a lo largo de su intachable trayectoria, su equilibrado sentido de las formas poéticas, tan dúctiles como serenas, tan fieles a una tradición como a sus propias intuiciones expresivas, reflejan ya el humanismo de su filosofía antidogmática, asumiendo en ella las irreductibles contradicciones del hombre. De ahí la reiterada apelación de sus versos y prosas al diálogo con el otro que somos y con los otros, hasta que atender y entender sean verbos casi sinónimos: «No es el yo fundamental / eso que busca el poeta, / sino el tú esencial».
      Quizá no haya hoy en España nadie con más autenticidad moral –no digo crítica– para recordar a Antonio Machado que la poeta Francisca Aguirre. Nacida en 1930, a sus nueve años, acompañada por sus padres y sus hermanas, una lluviosa noche de finales de enero, atravesó en penosísimas condiciones la frontera hacia Francia, camino del exilio, junto a miles y miles de personas despavoridas y derrotadas, entre las cuales, según lógicos indicios, se encontraría seguramente el maestro sevillano. Francisca Aguirre refiere en su poema «Frontera» esta verosímil coincidencia de una niña –ajena a tan dramática circunstancia– con el viejo poeta que moriría en Colliure casi un mes más tarde. Ella con su familia, tras esperar infructuosamente en el puerto de El Havre semanas enteras un barco que la trasladara a alguna parte civilizada del mundo, no tuvo más remedio que volver a España para soportar incalculables humillaciones por ser hija del pintor Lorenzo Aguirre, quien al formar parte del gobierno de la República, fue asesinado a garrote vil en 1942. Ni siquiera las súplicas de Francisca y sus hermanas, en insólita visita al Palacio de El Pardo, un 16 de julio a la hija de Franco, niña también como ellas, aprovechando que era su santo, evitaron la muerte de su padre.
      Marcada, pues, por la miseria moral y económica de posguerra, no cedió nunca, sin embargo, a las tentaciones del rencor o la venganza, sino que, muy al contrario, siguiendo el conmovedor consejo de su abuelo materno, se metió dentro todo su dolor y lo puso a trabajar a favor de la vida. Con esta disposición generosa, fue haciendo suyos los principios humanistas de la Institución Libre de Enseñanza, heredados de su familia e inspiradores de la obra machadiana. Ellos le han permitido comprender a fondo las maravillas y los horrores de nuestra especie, hasta darse cuenta de que sólo la piedad, la educación y la cultura son capaces de enfrentar la barbarie y darnos algo de felicidad. En este afinamiento de la sensibilidad descubrió en su adolescencia la poesía de Antonio Machado, cuyo conocimiento ahondó y compartió de manera decisiva, ya en su juventud, con los poetas Félix Grande –su marido–, y Luis Rosales, quien la colocó junto a él en el Instituto de Cultura Hispánica, donde trató a grandes autores hispanoamericanos de la segunda mitad del siglo XX, como Julio Cortázar, Octavio Paz, Juan Carlos Onetti, Ernesto Sábato o Juan Rulfo. En este estimulante ambiente, pese a la cerrazón política de aquellos momentos, Antonio Machado no dejó de ser su referencia más luminosa, aunque su carácter pasional, expansivo y elocuente, a la vez compasivo y enérgico, parezca oponerse al talante abstraído y silencioso del poeta sevillano.
      Su obra poética, que es una fiel indagación de sus experiencias vitales y artísticas –en ella vida y arte resultan, en el fondo, inseparable– se reúne hasta 2000 en el volumen titulado Ensayo General, al que le siguen, entre otros libros, Nanas para dormir desperdicios (2008) o Historia de una anatomía (2010), por el que recibió el Premio Nacional de Poesía en 2011. Espejito, espejito es su libro de recuerdos, un estremecedor testimonio personal de esta mujer admirable, que por primera vez visita Carmona.
      Francisca Aguirre nos mostrará en su charla, con el contagioso fervor de una discípula agradecida, cómo los versos del maestro –más allá de sus incomparables virtudes líricas– la ayudan a vivir, sintiendo en ellos al hombre que los escribió más cercano, sin duda, que aquella aciaga noche de 1939, hace ahora 75 años.
©A.C. Karcomen
©A.C. Karcomen
La poeta Guadalupe Grande se incorpora a la mesa para el coloquio.©R. Acal 
©A.C. Karcomen
©Televisión Carmona
©Televisión Carmona
De izqda. a dcha.: Chari Acal, Pepe Gutiérrez (profesor de Matemáticas), Fran Cruz, Goyi Plaza (profesora de Literatura y ferviente machadiana), Paca Aguirre y Lupe Grande. ©R. Acal
  
VÍDEOS:
© A.C KARCOMEN

Televisión Carmona:


 Palacio de los Briones, sede de la Olavide en Carmona, 26 de septiembre de 2014

jueves, 4 de septiembre de 2014

ANDRÉS BARRIOS, POETA GOLIARDESCO


Conocí a Andrés Barrios –artista polifacético por antonomasia– en casa de Eugenio Montejo, la misma noche en que nuestro añorado poeta hubiera cumplido 75 años. Allí, su mujer Aymara y su hijo Emilio Alvar convocaron en torno a su recuerdo a varios amigos íntimos y, en un ambiente cálido, de emociones contenidas, Andrés Barrios y Bartolomé Díaz Sahagún –el dúo de El taller de los juglares– nos hicieron el inesperado regalo de cantar para nosotros, a instancias de los anfitriones, las piezas musicales compuestas sobre poemas de Chamario, las juguetonas rimas infantiles del colígrafo Eduardo Polo. Además de la deliciosa belleza de las composiciones, me atrajeron, de manera hipnótica, las dotes interpretativas de Andrés, quien a cada canción le daba el justo matiz cómico que requería, modulando, por momentos, la voz como un consumado ventrílocuo.
      Estas mismas cualidades, sólo entrevistas en aquella entrañable reunión, se exhiben con desvergonzado descaro en este ramillete de situaciones jocosas, procaces, repugnantes, críticas, irreverentes o macabras, según los casos, que nuestro poeta goliardesco, con la habilidad de un tierno prestidigitador verbal lleva al colmo del divertimento hasta quitarnos de encima la pesada ropa de viejos pudores líricos y humanos. El libro, sin confundir el poema de humor con la chabacanería del chiste barato, despliega sus fábulas y cuentos juglarescos mediante un ritmo encantatorio, casi de danza, donde, respetando la estructura clásica del soneto o del sonetillo, predomina un verso de arte mayor, que distribuye sus acentos en cláusulas tetrasilábicas y cuyas sugerentes rimas nunca suenan a ripio.
      Así pues, estos poemas de Andrés Barrios, tan reales como imaginativos, se sitúan por derecho propio dentro de la larga y desatendida tradición humorística de nuestra lengua y nos recuerdan que la poesía puede ser también un saludable modo de reírnos de nosotros mismos hasta la más hilarante exageración.

Carmona, febrero de 2014

Prólogo a Sonetos y aquellos de Andrés Barrios (Libros del fuego, Caracas, 2014)