lunes, 1 de junio de 2015

Jornadas en homenaje a CARLOS GERMÁN BELLI

Cal, arena, carne y alma
ENCUENTRO CON EL POETA CARLOS GERMÁN BELLI
Casa de América, 19 de mayo

Carlos Germán Belli y Francisco José Cruz en el Sala Wilfredo Lam de Casa de América
 Fran Cruz, Chari Acal, Carlos Germán Belli e Inmaculada Lergo (directora de las jornadas)
Inmaculada Lergo, Mario Vargas Llosa, Carlos Germán Belli y J.M. Caballero Bonald
VÍDEO: 

Mañana, tarde y noche
RECITAL POÉTICO
Residencia de Estudiantes, 20 de mayo

Jesús Munárriz, Carlos Germán Belli y Fran Cruz

En alabanza de Carlos Germán Belli
por FRANCISCO JOSÉ CRUZ

Fran Cruz presentando la lectura de Carlos Germán Belli
Reconozco que en mi titubeante juventud literaria no estuve, ni mucho menos, a la altura de la exigente obra de Carlos Germán Belli. Por este simple motivo, tardé bastantes números, o sea años, en publicarlo en Palimpsesto, revista de poesía que, bajo los auspicios municipales, fundamos en Carmona Chari –mi mujer– y yo en 1990, y de la que por estas fechas se cumple su veinticinco aniversario. Sólo cuando, pasada una década, mi añorado Eugenio Montejo me lo presentó en Sevilla, donde ambos participaban en unas jornadas poéticas organizadas por la Universidad Menéndez y Pelayo, en otoño de 2000, empecé a interesarme de verdad en su escritura y tuve el honor de editar en 2003, dentro de la colección Palimpsesto, anexa a nuestra revista, ¡Salve, Spes!, uno de los grandes poemas de largo aliento escritos en nuestro lengua. Desde entonces, no he dejado de hincarle el diente a los prolijos versos del maestro peruano con insaciable fruición golosa. El trato, a la vez discreto y cálido, de Carlos Germán Belli, siempre más atento al prójimo que a sí mismo, fue un grato acicate para entrar por fin en su poesía, en la cual advertí, junto a otras tantas cosas, la íntima correspondencia entre su modestia personal y la del atribulado hablante de sus poemas, cuya condición marginal –presente en más de un sentido en su obra– asoma ya en las entreveradas expresiones en desuso de sus conversaciones como ecos de su timidez e inusual cortesía.
      Pero, naturalmente, mi devoción por sus versos y su desprendida actitud ante ellos no la sostiene nuestra ya larga y entrañable amistad. Aquel lejano encuentro hispalense, al que le siguieron otros en Cajamarca, Lima, México, Guadalajara, Texas, Madrid o Carmona, coincidió con mi creciente necesidad creadora de cultivar y rehacer a mi manera ciertas formas cerradas de la tradición. En esta búsqueda, encontré un oportuno e indispensable estímulo en el exacto equilibrio estrófico de su poesía, tan nutricia y tentacular como abarcadora. Este afán constructivo acoge y moldea contenidos tan singulares y ricos en perspectivas imaginativas que contagian a estas rígidas estructuras de una elasticidad insólita.
      Por sus planteamientos formales y consecuente visión de la vida, la obra de Carlos Germán Belli posee un carácter único, sin parangón en la poesía actual de nuestra lengua. La amalgama de sus registros, provenientes de distintas épocas –sobre todo de la barroca–, desarrolla un vasto y dinámico mundo propio, capaz de autoabastecerse a través de sus afinadas correspondencias en todos los niveles de la escritura, cuyas exigencias recompensan con creces los esfuerzos del lector para no perderse un ápice de la riqueza expresiva de esta poesía, que va de un aplastante sentimiento de insignificancia a una entrelazada plenitud amorosa y espiritual.
     Al lado de causas personales, dos procedimientos aglutinantes favorecen, a mi juicio, dicha evolución: la metamorfosis y el aparente anacronismo del lenguaje. La primera ya alienta en los tempraneros y tenebrosos poemas de Belli, imbuidos de desazón kafkiana. La ductilidad imaginativa –que del claustro materno al más allá transita por todos los tiempos y los tres reinos naturales– irá minando, poco a poco, el pesimismo a ultranza y la demoledora falta de autoestima, sin que para ello sea necesario renovar las imágenes. A partir de Oh Hada Cibernética (1962) Belli adoptó, sin abandonarla ya más, su inconfundible amalgama de recursos retóricos, donde arcaísmos, neologismos, pronombres enclíticos e hipérbatos, al convivir con la jerga peruana, frases hechas e imágenes ultramodernas, conforman un intrincado espesor verbal y sintáctico que en ningún caso rebaja la emoción del poema, sino que la potencia, como si la calidad humana de su contenido emanara íntimamente de tan compleja estructura. Por esto, la apariencia anticuada de este abigarrado estilo refuerza tanto la situación degradada e incluso despersonalizada del hablante como anticipa las pautas para salir de ella. Hasta que Belli no empieza a usar la estrofa regular, con su inalterable distribución métrica, los poemas dominados por el resentimiento y el fracaso –aunque dentro de su tono más propio y de una medida fija– son breves, concentrados, casi constreñidos, acordes con el exabrupto, la queja o el desahogo. La aparición de la estrofa –conductora de un lenguaje cada vez más proteico y rico en paladeables aliteraciones, herederas del mejor modernismo– revela un afán orgánico que, sin modificar de inmediato la visión negativa de las cosas, aumenta la confianza del hablante en sí mismo y, subrepticiamente, amplía la mirada del poema en consonancia con su mayor o menor despliegue formal. Así pues, la amplitud de miras ayuda a descubrir los aspectos positivos de la vida –antes escamoteados por sistema–, sus goces efímeros y, más adelante, coincidiendo con las extensas estancias petrarquescas, el deleite amoroso, donde la amada es carnal y celeste a la vez, fruto de una visión deudora de la mística.
     Sin embargo, ciertos altibajos anímicos no desaparecen del todo de la poesía de Belli, pero alcanzada la transformación vital, incluso los poemas más desengañados, mantienen un fondo compasivo y paciente que los distinguen del nihilismo, la ironía corrosiva y el humor negro de sus libros iniciales. En dicha conversión interior –que va de la intrascendencia a la trascendencia–, los temas y los símbolos tópicos de este mundo poético, como el bolo alimenticio o el Hada Cibernética, sin dejar de ser centrales, adquieren un sentido ambivalente de carencia o placer según los casos. De ahí que los poemas de madurez hagan frecuentes guiños a los de juventud en pos de una indeleble unidad y de una suerte de propósito de enmienda, que es también esta obra.
      Sus recreaciones de determinados esquemas clásicos –que suponen una vuelta de tuerca y una llamada de atención crítica sobre la progresiva pérdida de significación formal del poema– separa la obra de Belli de la de compañeros de su generación como Blanca Varela, Jorge Eduardo Eielson o Javier Sologuren, aunque comparta con ellos su afán renovador y sus comienzos vanguardistas, cuya impronta está dentro de algunos de sus mecanismos expresivos, y justifica su atrevida decisión de volver hacia atrás.
      La poesía de Carlos Germán Belli está a la vez dentro y fuera de nuestro tiempo, aquí y allá hasta anudar las dos orillas del Atlántico. Por ello, sus hospitalarias estrofas, cerradas como entrañables refugios contra los embates de la vida y recitadas por él con su particular y demorado tono salmódico, nunca nos dejan solos ante las eternas incógnitas.
Carlos Germán Belli, firmando ejemplares de su antología
Estos que son aquí (Point de Lunettes, Sevilla, 2015)
Fran Cruz con el poeta Jesús Munárriz (director de la editorial Hiperión)

VÍDEO:



Carlos Germán Belli, el poeta del Hada Cibernética
EXPOSICIÓN BIBLIOGRÁFICA
Instituto Cervantes, 21 de mayo

Rafael Roncagliolo (embajador del Perú en España), Carlos Germán Belli,
Alonso Ruiz Rosas (director del Centro Cultural Inca Garcilaso) y Víctor García de la Concha (director del Instituto Cervantes)
¡Salve, Spes! (col. Palimpsesto, Carmona, 2003), entre las demás ediciones del maestro peruano expuestas en la vitrina.

VÍDEO:


Fran Cruz conversa con la profesora Inmaculada Lergo (comisaria de la exposición)
Francisco José Cruz con el poeta peruano Alonso Ruiz Rosas (director del Centro Cultural Inca Garcilaso del Ministerio de Relaciones Exteriores del Perú)
Carmela Benavente de Belli, Carlos Germán, Chari Acal y Fran Cruz en la Residencia de Estudiantes
Madrid, del 19 al 21 de mayo de 2015

viernes, 1 de mayo de 2015

F. J. Cruz llora la muerte en EL ESPANTO SEGURO por Diosceline Camacaro

«No quiero que me repitan que los muertos no pierden la sangre;
que la boca podrida sigue pidiendo agua». 
Federico García Lorca

Decía Vladimir Jankélévitch que la muerte es una certeza. Esa figura ineludible que nos acompaña se distingue en El espanto seguro, obra de Francisco José Cruz, donde cada texto refleja el miedo profundo que siente el poeta ante la posibilidad de dejar de existir.
      Quizá tenía razón Ciorán cuando aseguraba que la muerte se presenta únicamente a través de esta emoción. El espanto seguro, publicado por la Biblioteca Sibila-Fundación BBVA (2010), además de ser el título del libro de Cruz es un verso del poema «Lo fatal» de Rubén Darío: «Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto, / y el temor de haber sido y un futuro terror... / ¡Y el espanto seguro de estar mañana muerto!».
      Nacido en 1962, Francisco José Cruz es defensor de la métrica y de la tradición del lenguaje poético, él ve a través de su fino oído que le permite componer con maestría versos de destacada musicalidad y además reconocer con rapidez un decasílabo, dodecasílabo o un alejandrino. Este autor originario de Alcalá del Río, Sevilla, fue amigo durante muchos años de Eugenio Montejo. En la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo (FILUC) del año 2013, donde dictó su primer taller de poesía, señaló a los asistentes que él de alguna manera le respondió a Montejo con su versión de «La mesa»: «Si una cosa de las que tiene encima / le dijera que siempre no fue mesa, / que sus patas fueron antes raíces /–aunque las tenga lisas, torneadas–, / lo negaría con todos sus clavos».
      Su poesía es música con sentido, que conmueve, cautiva e invita a desentrañar lo que ama y lo que teme. El génesis de El espanto seguro es una «Canción de cuna», donde se abrazan la vida y la muerte: «Quizás te acostumbres / a tubos y a pruebas / antes de que a casa / conmigo te vengas. / Duérmete, mi niño, / pero no te mueras».
      El poeta se presenta como hijo en «Alguna excusa», donde habla sobre su padre y la muerte que se aproxima y le demuestra que siempre fueron dos extraños: «fueran los que fueran. Cuando no hubo dudas / de que en meses se nos moría mi madre / y él ya sólo deambulaba por la casa, // yo sabía que buscaba alguna excusa / con tal de hablar conmigo y desahogarse». La memoria del escritor emerge como un laberinto en «Hasta el final», mostrándonos su sufrimiento, la pérdida de su hermano y la imposibilidad de ayudarlo y asimismo la dura «Despedida» de sus padres: «Una semana antes de morir mi madre / dejamos a mi padre en el hospital / con anginas de pecho descontroladas. // Ella en su cama, invadida por el cáncer, / y él de pronto ingresado de gravedad / cuando más necesitaba acompañarla.// Los dos sabían –cómo iban a engañarse– / que no volverían a verse jamás / aunque al despedirse lo disimularan».
      La genialidad de este sevillano se manifiesta en la musicalidad de sus versos. Si leerlo es un gusto, quienes lo hemos escuchado recitar sentimos que su voz es canto y sus poemas flamenco. Una muestra del ritmo que prevalece en sus escritos es «Canción de la carne»: «Tus carnes de medio siglo / y las mías de otro medio / mezclan un siglo de carne pletórico de deseo / Arrebato irreprimible de grasas músculos nervios / de glándulas inflamadas donde se hunden los dedos».
      Por otra parte, la ceguera de Cruz lo lleva a capturar imágenes con su imaginación y su cuerpo, donde sus manos, dedos, olfato y oído son visor, obturador, diafragma y flash, que le permiten componer versos que detallan una «Foto a un viejo león» como si estuviese frente a él: «Ya la jaula le queda grande / después de eterno diecinueve / años entre férreos barrotes / indiferentes. // De sus propias herrumbres reo, / ruge o se queja por su muerte: / sabe que no son los barrotes / los que hoy le duelen»; la «Vieja foto de estudio», donde aparece de niño o a describir «A una tortuga»: «Nunca se sabe / de entre qué piedras /del jardín sales, / pero pareces / piedra sonámbula cuando te mueves».
      Revelando los infortunios de la vida que, según él, está colmada de sombras escribe: «Siempre a los otros les caen las desgracias / –uno de esos tumores, por ejemplo, / que no dan ninguna esperanza–. // Siempre a los otros, mientras yo me dejo / llevar por mis afanes o rutinas / sin preocuparme de mi cuerpo».
      Para luego cerrar con una «Canción de sepultura» que enuncia cómo la existencia desaparece del cuerpo: «Púdrete, amor mío, / que no hay más remedio, / púdrete sin mí, / que aún no me he muerto. // Púdrete, púdrete / dentro de tu sueño, / púdrete aunque yo / sin ti ya no duermo. // Púdrete, amor mío, / que no hay más remedio, / púdrete, púdrete / hasta el último hueso».
      Cruz nos muestra una obra prodigiosa, íntegra, que hace visible su mundo y sus miedos. En cada texto pareciera que podemos reconocernos en un espejo íntimo y escuchar en la poesía: la voz de la muerte, la pesadilla, la vejez, la efímera esperanza y llegar a creer lo que decía Federico García Lorca «más fuerte que la muerte es el amor».

Publicado en Colofón. Revista literaria (Caracas, 19 diciembre de 2014)
http://colofonrevistaliteraria.blogspot.com.es/

sábado, 4 de abril de 2015

DESDE ENTONCES

Como leemos juntos
desde hace tanto tiempo,
ya tu voz son mis ojos
y al oírte hasta veo
los espacios en blanco
y la pausa final de cada verso.

Así, de línea en línea,
como en lúcido sueño,
nos fundimos en uno
durante todo el texto
hasta oírme en tu voz
y tú callarte en mi absorto silencio.

Una noche de agosto,
frente al mar sanluqueño,
sacaste de tu bolso
un librito de versos
de Juan Ramón Jiménez,
cuyas hojas aún las mueve el viento.

Me leíste –leímos–
un rato en el paseo
marítimo. Esa noche
la carne se hizo verbo
o el verbo se hizo carne
y desde entonces vivimos completos.

Publicado en Sibila, revista de arte, música y literatura, nº 44 (Sevilla, octubre, 2014)

lunes, 2 de marzo de 2015

Presentación de ESTACIÓN POESÍA nº 3








      Con motivo de la presentación del nº 3 de la revista cuatrimestral Estación Poesía, dirigida por Antonio Rivero Taravillo, en la sede del Centro de Iniciativas Culturales de la Universidad de Sevilla, patrocinador de la publicación, Francisco José Cruz intervino junto a otros poetas, leyendo su poema «El abrazo», aparecido en dicho número.
Concepción Fernández (directora del CICUS), Antonio Rivero Taravillo 
(director de Estación Poesía) y Francisco José Cruz, leyendo su poema "El abrazo".

EL ABRAZO

Este miedo a quedarnos
el uno sin el otro,
a no morirnos juntos

–hagamos lo que hagamos,
aunque estemos absortos
cada cual en lo suyo–

nos trenza en un abrazo
tan carnal y redondo
que da la vuelta al mundo,

como si así los años
no pasaran del todo
mientras seamos uno…

hasta que ya el cansancio
de la vida, a su modo,
desate nuestros músculos

y quede entre mis brazos
tu ausencia sin contorno
o la mía en los tuyos. 

domingo, 1 de febrero de 2015

CARTA PÓSTUMA A WISŁAVA SZYMBORSKA

Ahora que ya te has ido
para siempre en pleno sueño,
aunque no me conociste,
me animo a hacerte unos versos.

Qué bien te entiendo yo siempre
a través de tus silencios,
silencios que en tus poemas
dicen aún más que los verbos.

Como no sé cómo suenan
en polaco tus desvelos,
tu sentido del humor
–tan inquietante y perplejo–,

los imagino en mi lengua
a través de esos silencios
que en español o polaco,
muestran los mismos misterios.

Estupor e incertidumbre,
esos hermanos eternos,
parecen entre tus líneas
encontrarse en su elemento.

Tus palabras se conforman
con dar el tono concreto
para que hablen por sí solos
las situaciones, los hechos.

Ahora que ya te has ido,
con gratitud te confieso
que he tratado de callarme
a tu manera en mis versos,

callarme con otros ritmos,
otra métrica, otros ecos,
no los tuyos, y nombrar,
sin nombrar,  mi desconcierto.

Qué bien me entiendo a mí mismo
cada vez que te releo.

Publicado en Sibila, revista de arte, música y literatura, nº 43 (Sevilla, abril de 2014)

viernes, 9 de enero de 2015

GUSTAVO ADOLFO GARCÉS, ENTRE LO QUE NO SE SABE Y LO QUE NO SE DICE

Una de las tantas satisfacciones que me depararon mis dos visitas a Bogotá junto a Chari, mi mujer, por diversos motivos literarios, en 2003 y 2006, fue conocer y tratar personalmente a Gustavo Adolfo Garcés, de quien había leído tiempo atrás algunos poemas sueltos que ya entonces no me pasaron inadvertidos. Así pues, como me ha ocurrido con frecuencia en mi vida de lector, mi admiración por su poesía es más vieja incluso que nuestra amistad.
      Una palabra cada día mantiene en todo los aspectos creativos la despejada y sutil atmósfera de sus libros anteriores, acordes con las fijaciones sensibles y emotivas de un poeta auténtico que sabe que las experiencias diarias, por mucho que se repitan –o precisamente por ello– nunca se agotan. En este sentido, la división en dos partes del volumen no sugiere, al menos a simple vista, cambio sustancial alguno, salvo, tal vez, un mayor matiz de ambigüedad o de abstracción introspectiva en la segunda, afín, hasta cierto punto, al complejo y escurridizo espíritu de Emily Dickinson, a quién Garcés rinde un discreto tributo al encabezar los poemas de esta parte, a diferencia de los de la primera, con un número aleatorio.
      Las fuentes rastreables de una obra, sin las cuales no existiría, nunca la explican del todo, pero sí nos ayudan a situarla, a ampliar su horizonte y, por ende, a sentir cabalmente, en diálogo con otras de aquí y de allá, de ayer y de hoy, su singularidad y belleza. Las de Garcés nutren una riquísima corriente de ascetismo expresivo y espiritual que, sin salirnos de Colombia, irriga la escritura de José Manuel Arango, en donde calladas aguas de Occidente y Oriente confluyen. De este venero recoge Garcés la actitud contemplativa, la contención verbal y el hecho de que todos los elementos del poema, por insignificante que resulten, cumplan una función necesaria en su organigrama, incluidos los significativos espacios en blanco. Sin embargo, en la poesía de Garcés no hay esa tensión dialéctica ni la flexibilidad métrica de Arango, cuyos versos, sin descartar a veces la prosa, se alargan o se acortan para adaptarse lo más posible al contenido y tono de cada poema. En la poesía de Garcés, al contrario que en la del maestro, los temas se decantan siempre en una misma solución formal, subrayando así su carácter unitario. Los poemas se apoyan en versos encabalgados de arte menor, de medida fluctuante y se distribuyen en secuencias frecuentemente regulares. Estos recursos, al complementarse, favorecen la concentración estática de una idea, una sensación o una imagen para dejarla en primer plano en detrimento de cualquier desarrollo anecdótico. Si el encabalgamiento rebaja la contundencia expresiva hasta lo inaudible, la división estrófica marca el verdadero ritmo interno de los textos. En ellos, cada estrofa delimita un mínimo bloque de sentido. De ahí que, sin necesidad de puntuación, nos dejemos llevar «de uno a otro silencio», atendiendo a la música del significado de que hablaba Roberto Juarroz. En este orden de cosas, es recurrente, pues, encontrar versos aislados entre espacios en blanco, no tanto para destacarlos en la página como para poner la pausa requerida en cada momento.
      Este estricto esquema, basado en escuetas yuxtaposiciones, ya nos avisa de que la poesía de Garcés, sin ser obvia, no da rodeos: su precisión está en su parquedad. Lejos de cualquier idea preconcebida, se diría que, en vez de buscar una concepción del mundo, plantea una lúcida y condescendiente predisposición para aceptar el misterio de la existencia, no exenta, sin embargo, de ramalazos de abierta inconformidad o disgusto. Por esto, como proclama su poema «Poética», «los versos / […] son todo curiosidad / y expectativa». Poesía que encuentra su fértil terreno entre «lo que no se sabe / y lo que no se dice», entre el asombro y la pregunta, donde está «todo / consagrado / tal vez / a ocasionarnos / pequeños / estremecimientos», mediante breves estampas humanas, impresiones anímicas o esenciales imágenes de la naturaleza. La manera de acercarse a estas últimas y dejarlas en el poema, sin más aditamento que su sola presencia, es hermana de la de Nuevas canciones de Antonio Machado. Una de ellas, escrita en Baeza y tocada de nostalgia por Soria, reza así: «Y habrá cigüeñas al sol, / mirando la tarde roja, / entre Moncayo y Urbión». ¿No nos transmite esta coplilla la misma imantación contemplativa que el poema «Águila» de Garcés: «Entre la luz roja / del atardecer // anda y desanda / el cielo»? Quizá la diferencia entre ambos poemas, amén de la rima y el metro, estribe en un mayor grado de entrañable cordialidad del primero, dadas las cautelosas prevenciones del poeta colombiano con el lenguaje, que no en vano es recurrente asunto de sus poemas. Esta suerte de desconfianza expresiva o extrema exigencia me trae a la memoria esta voz del argentino Antonio Porchia: «Cuando digo lo que digo es porque me ha vencido lo que digo».
      Una palabra cada día o, lo que es casi lo mismo en este indeleble mundo poético, un poema cada día para rumiarlo con la demorada atención que merece.

Francisco José Cruz
Carmona, septiembre de 2014

Prólogo a Una palabra cada día de Gustavo Adolfo Garcés (Letra a letra, Bogotá, 2015)

miércoles, 3 de diciembre de 2014

¡AY DEL CARPE DIEM!

Con qué facilidad
nos vamos del momento en el que estamos,
lamentando su fuga
aun antes de que pase,
sin haberlo vivido plenamente.

Con qué sorda insistencia
recuerdos y temores nos distraen,
dejándonos así
con un pie en el ahora
y el otro en el ayer o en el mañana.

Tanto desequilibrio
a cierta altura de la edad nos lleva,
involuntariamente,
de una cosa a otra cosa
hasta que a duras penas nos centramos.

Publicado en Sibila, revista de música, arte y literatura, nº 43 (Sevilla, abril de 2014)