Con motivo de la presentación del nº 3 de la revista cuatrimestral Estación Poesía,dirigida por Antonio Rivero Taravillo, en la sede del Centro de Iniciativas Culturales de la Universidad de Sevilla, patrocinador de la publicación, Francisco José Cruz intervino junto a otros poetas, leyendo su poema «El abrazo», aparecido en dicho número.
Concepción Fernández (directora del CICUS), Antonio Rivero Taravillo (director de Estación Poesía) y Francisco José Cruz, leyendo su poema "El abrazo".
Una de las tantas satisfacciones que me depararon mis dos visitas a
Bogotá junto a Chari, mi mujer, por diversos motivos literarios, en 2003 y
2006, fue conocer y tratar personalmente a Gustavo Adolfo Garcés, de quien
había leído tiempo atrás algunos poemas sueltos que ya entonces no me pasaron
inadvertidos. Así pues, como me ha ocurrido con frecuencia en mi vida de
lector, mi admiración por su poesía es más vieja incluso que nuestra amistad.
Una palabra cada día mantiene en todo los aspectos creativos la
despejada y sutil atmósfera de sus libros anteriores, acordes con las
fijaciones sensibles y emotivas de un poeta auténtico que sabe que las
experiencias diarias, por mucho que se repitan –o precisamente por ello– nunca
se agotan. En este sentido, la división en dos partes del volumen no sugiere,
al menos a simple vista, cambio sustancial alguno, salvo, tal vez, un mayor
matiz de ambigüedad o de abstracción introspectiva en la segunda, afín, hasta
cierto punto, al complejo y escurridizo espíritu de Emily Dickinson, a quién
Garcés rinde un discreto tributo al encabezar los poemas de esta parte, a
diferencia de los de la primera, con un número aleatorio.
Las fuentes rastreables de
una obra, sin las cuales no existiría, nunca la explican del todo, pero sí nos
ayudan a situarla, a ampliar su horizonte y, por ende, a sentir cabalmente, en
diálogo con otras de aquí y de allá, de ayer y de hoy, su singularidad y
belleza. Las de Garcés nutren una riquísima corriente de ascetismo expresivo y
espiritual que, sin salirnos de Colombia, irriga la escritura de José Manuel
Arango, en donde calladas aguas de Occidente y Oriente confluyen. De este
venero recoge Garcés la actitud contemplativa, la contención verbal y el hecho
de que todos los elementos del poema, por insignificante que resulten, cumplan
una función necesaria en su organigrama, incluidos los significativos espacios
en blanco. Sin embargo, en la poesía de Garcés no hay esa tensión dialéctica ni
la flexibilidad métrica de Arango, cuyos versos, sin descartar a veces la
prosa, se alargan o se acortan para adaptarse lo más posible al contenido y
tono de cada poema. En la poesía de Garcés, al contrario que en la del maestro,
los temas se decantan siempre en una misma solución formal, subrayando así su
carácter unitario. Los poemas se apoyan en versos encabalgados de arte menor,
de medida fluctuante y se distribuyen en secuencias frecuentemente regulares. Estos
recursos, al complementarse, favorecen la concentración estática de una idea,
una sensación o una imagen para dejarla en primer plano en detrimento de
cualquier desarrollo anecdótico. Si el encabalgamiento rebaja la contundencia
expresiva hasta lo inaudible, la división estrófica marca el verdadero ritmo
interno de los textos. En ellos, cada estrofa delimita un mínimo bloque de sentido.
De ahí que, sin necesidad de puntuación, nos dejemos llevar «de uno a otro
silencio», atendiendo a la música del significado de que hablaba Roberto Juarroz.
En este orden de cosas, es recurrente, pues, encontrar versos aislados entre espacios
en blanco, no tanto para destacarlos en la página como para poner la pausa
requerida en cada momento.
Este estricto esquema,
basado en escuetas yuxtaposiciones, ya nos avisa de que la poesía de Garcés,
sin ser obvia, no da rodeos: su precisión está en su parquedad. Lejos de
cualquier idea preconcebida, se diría que, en vez de buscar una concepción del
mundo, plantea una lúcida y condescendiente predisposición para aceptar el
misterio de la existencia, no exenta, sin embargo, de ramalazos de abierta
inconformidad o disgusto. Por esto, como proclama su poema «Poética», «los
versos / […] son todo curiosidad / y expectativa». Poesía que encuentra su fértil
terreno entre «lo que no se sabe / y lo que no se dice», entre el asombro y la
pregunta, donde está «todo / consagrado / tal vez / a ocasionarnos / pequeños /
estremecimientos», mediante breves estampas humanas, impresiones anímicas o
esenciales imágenes de la naturaleza. La manera de acercarse a estas últimas y
dejarlas en el poema, sin más aditamento que su sola presencia, es hermana de
la de Nuevas canciones de Antonio
Machado. Una de ellas, escrita en Baeza y tocada de nostalgia por Soria, reza
así: «Y habrá cigüeñas al sol, / mirando la tarde roja, / entre Moncayo y
Urbión». ¿No nos transmite esta coplilla la misma imantación contemplativa que
el poema «Águila» de Garcés: «Entre la luz roja / del atardecer // anda y
desanda / el cielo»? Quizá la diferencia entre ambos poemas, amén de la rima y
el metro, estribe en un mayor grado de entrañable cordialidad del primero,
dadas las cautelosas prevenciones del poeta colombiano con el lenguaje, que no
en vano es recurrente asunto de sus poemas. Esta suerte de desconfianza
expresiva o extrema exigencia me trae a la memoria esta voz del argentino
Antonio Porchia: «Cuando digo lo que digo es porque me ha vencido lo que digo».
Una
palabra cada día o, lo que es casi lo mismo en este indeleble mundo
poético, un poema cada día para rumiarlo con la demorada atención que merece.
Francisco José Cruz
Carmona, septiembre de 2014
Prólogo a Una palabra cada día de Gustavo Adolfo Garcés (Letra a letra, Bogotá, 2015)
Las fechas redondas ejercen en nosotros
una atávica atracción, ya sea para conmemorar un personaje, una batalla u otro
acontecimiento célebre de cualquier índole. Estas efemérides reconcilian a la
comunidad consigo misma, reforzándola en sus creencias o, en caso contrario,
liberándola de inconfesables remordimientos, aunque a veces resulten
anacrónicas e incluso inoportunas por no coincidir, pasado el tiempo, con las
maneras e ideas de una época.
Cuando Francisco Hidalgo, director de la Sede Olavide en Carmona, me propuso
organizar un acto dedicado al 75 aniversario de la muerte de Antonio Machado,
me pareció que, equidistante de la erudición académica y del lugar común, debería
estar alentado por su entrañable verso «Poesía, cosa cordial», dada la
arraigada presencia de su figura y su obra en nuestros corazones, al margen de
los cambiantes gustos literarios. No en vano, Juan Ramón Jiménez, durante su
larga vida, mediante ensayos, notas y entrevistas, consideró siempre a Antonio
Machado el poeta más importante de su generación y de las que iban asomando por
entonces en el horizonte poético de la lengua. Pensándolo despacio, comprendí además
que la propuesta de mi amigo estaba más que justificada, si tenemos en cuenta
la perentoria necesidad que sentimos hoy de modelos éticos y estéticos que reanimen
nuestra alicaída confianza en el ser humano, desorientado como pocas veces en
su historia. Así pues, dejarnos llevar por el ejemplo de don Antonio en esta
grave coyuntura actual es, al menos, un consuelo seguro. En él, vida y obra,
conducta y pensamiento se corresponden íntimamente como las dos caras de una
misma moneda. Sin ir más lejos, a lo largo de su intachable trayectoria, su
equilibrado sentido de las formas poéticas, tan dúctiles como serenas, tan
fieles a una tradición como a sus propias intuiciones expresivas, reflejan ya
el humanismo de su filosofía antidogmática, asumiendo en ella las irreductibles
contradicciones del hombre. De ahí la reiterada apelación de sus versos y
prosas al diálogo con el otro que somos y con los otros, hasta que atender y
entender sean verbos casi sinónimos: «No es el yo fundamental / eso que busca
el poeta, / sino el tú esencial».
Quizá no haya hoy en España nadie con más autenticidad moral –no digo
crítica– para recordar a Antonio Machado que la poeta Francisca Aguirre. Nacida
en 1930, a sus nueve años, acompañada por sus padres y sus hermanas, una
lluviosa noche de finales de enero, atravesó en penosísimas condiciones la frontera
hacia Francia, camino del exilio, junto a miles y miles de personas despavoridas
y derrotadas, entre las cuales, según lógicos indicios, se encontraría seguramente
el maestro sevillano. Francisca Aguirre refiere en su poema «Frontera» esta
verosímil coincidencia de una niña –ajena a tan dramática circunstancia– con el
viejo poeta que moriría en Colliure casi un mes más tarde. Ella con su familia,
tras esperar infructuosamente en el puerto de El Havre semanas enteras un barco
que la trasladara a alguna parte civilizada del mundo, no tuvo más remedio que
volver a España para soportar incalculables humillaciones por ser hija del
pintor Lorenzo Aguirre, quien al formar parte del gobierno de la República, fue
asesinado a garrote vil en 1942. Ni siquiera las súplicas de Francisca y sus
hermanas, en insólita visita al Palacio de El Pardo, un 16 de julio a la hija
de Franco, niña también como ellas, aprovechando que era su santo, evitaron la
muerte de su padre.
Marcada, pues, por la miseria moral y económica de posguerra, no cedió
nunca, sin embargo, a las tentaciones del rencor o la venganza, sino que, muy
al contrario, siguiendo el conmovedor consejo de su abuelo materno, se metió dentro
todo su dolor y lo puso a trabajar a favor de la vida. Con esta disposición
generosa, fue haciendo suyos los principios humanistas de la Institución Libre
de Enseñanza, heredados de su familia e inspiradores de la obra machadiana.
Ellos le han permitido comprender a fondo las maravillas y los horrores de
nuestra especie, hasta darse cuenta de que sólo la piedad, la educación y la cultura
son capaces de enfrentar la barbarie y darnos algo de felicidad. En este afinamiento
de la sensibilidad descubrió en su adolescencia la poesía de Antonio Machado,
cuyo conocimiento ahondó y compartió de manera decisiva, ya en su juventud, con
los poetas Félix Grande –su marido–, y Luis Rosales, quien la colocó junto a él
en el Instituto de Cultura Hispánica, donde trató a grandes autores
hispanoamericanos de la segunda mitad del siglo XX, como Julio Cortázar, Octavio
Paz, Juan Carlos Onetti, Ernesto Sábato o Juan Rulfo. En este estimulante
ambiente, pese a la cerrazón política de aquellos momentos, Antonio Machado no
dejó de ser su referencia más luminosa, aunque su carácter pasional, expansivo
y elocuente, a la vez compasivo y enérgico, parezca oponerse al talante
abstraído y silencioso del poeta sevillano.
Su obra
poética, que es una fiel indagación de sus experiencias vitales y artísticas
–en ella vida y arte resultan, en el fondo, inseparable– se reúne hasta 2000 en
el volumen tituladoEnsayo General, al que le siguen, entre otros libros,Nanas para dormir desperdicios (2008) oHistoria de
una anatomía
(2010), por el que recibió el Premio
Nacional de Poesía en 2011.Espejito,
espejitoes su libro de recuerdos, un
estremecedor testimonio personal de esta mujer admirable, que por primera vez
visita Carmona.
Francisca Aguirre nos
mostrará en su charla, con el contagioso fervor de una discípula agradecida,
cómo los versos del maestro –más allá de sus incomparables virtudes líricas– la
ayudan a vivir, sintiendo en ellos al hombre que los escribió más cercano, sin
duda, que aquella aciaga noche de 1939, hace ahora 75 años.