Con el nº 30, Palimpsesto cumple veinticinco años de
existencia ininterrumpida, gracias al permanente y exclusivo patrocinio de las
sucesivas corporaciones municipales. Esta fidelidad nos ha permitido, con el
tiempo, afianzar aspectos técnicos y afinar los criterios estéticos hasta
encontrar un espacio propio dentro de la vorágine literaria del presente.
Recuerdo que cuando salió el primer número, en la primavera de 1990, aún no
estaban abiertas ni la Biblioteca ni la Oficina de Turismo y que nuestra
revista era la única publicación periódica bajo los auspicios del Ayuntamiento,
como lo es hoy, aunque, a diferencia de entonces, Carmona ofrece ahora una
variada oferta cultural a la altura de sus consolidadas instituciones. Así
pues, al cabo de un cuarto de siglo, Palimpsesto,
desde la inevitable marginalidad de la poesía, forma también parte del cada vez
más rico mosaico de esta ciudad pentamilenaria.
Toda fecha redonda es digna de destacarse
y, más aún, si tenemos en cuenta que, salvo meritorias excepciones, la vida de
las revistas literarias suele ser muy corta, ya por falta de sustento
económico, por desavenencias entre sus miembros o por ponerse al servicio de
movimientos o escuelas que pronto se agotan. Esta fugacidad, sin embargo, contrasta
con la constante proliferación de nuevas revistas. Sin este fenómeno editorial,
no se entendería cabalmente la compleja historia de la poesía contemporánea:
una revista, por modesta que sea, hecha con el debido rigor, favorece el
diálogo entre poetas de diversos países, generaciones e idiomas, en aras a la
imprescindible continuidad del legado poético y, por ende, de la memoria escrita
de tantos autores olvidados.
Para celebrar la sostenida trayectoria de
Palimpsesto, de acuerdo con su vocación
hispanoamericana, ilustran las páginas de este número imágenes que, procedentes
de diversos campos artísticos, nos hablan de un fructífero mestizaje entre
España y los pueblos del nuevo continente, cuyo encuentro, desde 1492, a la vez
con felices y penosas consecuencias (como siempre ha ocurrido en la historia
del hombre), irriga decisivamente todos los ámbitos de la vida, empezando y acabando
por el de la lengua, pues, como bien dicen estos versos de Eugenio Montejo,
«algunas de nuestras palabras / son barcos cargados de especias; / vienen y van
según el viento / y el eco de las paredes. // Otras tienen sombras de plátanos,
/ vuelos de raudos azulejos / […] Detrás de todas queda el Atlántico».
La colaboraciones de este número, de un
modo u otro, ponen de manifiesto este sin par sincretismo creador. Así, Beatriz
Barrera, profesora de la Universidad hispalense y estudiosa de la literatura
colonial, nos presenta al desconocido poeta Luis de Ribera (nacido en Sevilla a
mediados del siglo XVI), quien en su juventud viajó a México y Perú, donde
escribió sus Sagradas poesías,
salpicadas de alusiones bíblicas de insólito erotismo. El impecable ensayo
sitúa a la obra de Ribera en su contexto histórico e intercala, al hilo de sus
explicaciones, algunos de sus sonetos más llamativos.
Al contrario de Luis de Ribera, el poeta
colombiano Jaime Jaramillo Escobar ha ejercido gran influencia en el curso de
la poesía colombiana desde su primer libro, Poemas
de la ofensa, aparecido en 1968. Por este motivo, Robinson Quintero Ossa
mantiene una chispeante conversación con Jaramillo Escobar en torno a los peligros
y hallazgos, defectos y virtudes de la obra inicial de un autor novel. El hecho
de que el entrevistador se enmascare en la figura ficticia de un maestro de
taller de poesía, pensando en sus jóvenes alumnos, le da al diálogo una
perspectiva desacostumbrada.
Acompañan a estos dos amplios bloques
poemas del mexicano Antonio Deltoro (hijo de españoles exiliados tras la guerra
civil), en los que el asombro y la lucidez se entreveran con la ironía
metafísica y una lúdica aceptación de la vejez; del cubano, afincado en Estados
Unidos, Alejandro Anreus, donde se unen el tono coloquial y el carácter ético; de
la italiana Patrizia Cavalli, de gran densidad introspectiva, traducidos por
Fabio Morábito; del español Antonio Moreno, imbuidos de meditación
contemplativa; de la jovencísima chilena Micaela Paredes, cuyo dominio formal
augura un prometedor mundo propio; del músico y artista plástico venezolano
Andrés Barrios, que con su tono desenfadado, grotesco e irreverente se ríe de
toda trascendencia y, al hacerlo, pone de relieve nuestras vergüenzas y
debilidades, al estilo de un viejo juglar. Abre el número un conjunto de
veintisiete poemas breves del maestro chileno Pedro Lastra, titulado
«Transparencias», donde una admirable decantación expresiva recoge un personal
mundo de silenciosas perplejidades en que la frontera entre el sueño y la
vigilia se difumina.
En las últimas páginas de la revista, el
poeta cubano Manuel Díaz Martínez conmemora los cien años de la Antología de Spoon Rivers, libro único
de la poesía en lengua inglesa y, por ende, del siglo XX, escrito por el
estadounidense Edgar Lee Masters, cuyos poemas son monólogos en forma de
epitafios, a través de los cuales los mismos muert0s, ya libres de las
obligadas apariencias de la vida, narran entre todos la intrahistoria de un
pequeño pueblo de su Illinois natal, con sus miserias y grandezas cotidianas,
resultando un gran friso de la sociedad de la época, compasivo y crítico a la
vez.
Si
cosmopolita es el contenido de la revista, lo es también la poesía del puertorriqueño
Luis Palés Matos (1898-1959), de quien el escritor Toni Montesinos ha preparado
para nuestra colección una muy cuidada antología de sus poemas. La poesía de
Palés Matos alterna el tono intimista en serenas y equilibradas estructuras
clásicas con la desatada voluptuosidad de los ritmos afrocaribeños, donde el
verso suena de tal manera que podría bailarse, dejándose llevar a un tiempo por
el ir y venir de las poderosas imágenes del trópico.
Pocos
conciertos habrá más idóneos para celebrar las Bodas de Plata de Palimpsesto con la poesía del nuevo
continente que Las idas y las vueltas,
cuyo título ya evoca el incesante trasiego cultural entre las dos orillas del
Atlántico desde los viajes colombinos. Resulta tan frustrante hablar de música
con un lenguaje ajeno a ella, cuando lo suyo es escucharla, que uno tiene la
tentación de callarse y dar paso inmediato al espectáculo. Sin embargo, nunca
está mal ponerse en situación, máxime, como es el caso, si el arriesgado
propósito y singular hallazgo de esta obra lo sugieren. Dirigida por Fahmi
Alqhai e interpretada por Arcángel y la Accademia
del Piacere, en ellas dialogan, con una desenvoltura sin precedentes, la
música colonial del barroco y el cante jondo, dos estilos tonales y temáticos
tan distintos que parece imposible que entren en contacto sin caer en una especie
de fusión caprichosa o aleatoria sucesión de piezas. Lejos de dar esta
impresión, la riqueza de ambos mundos musicales, sin renunciar a sus características
ni interferir uno en el otro, logra que el flamenco y la música antigua
compartan el espacio de una misma canción y que alternen en una continuidad
armónica, gracias a la dulzura y versatilidad de Arcángel, cuya voz alcanza por
momentos acentos líricos, y a la sintonía de las violas de gambas con la
guitarra flamenca, capaces de acompañarse mutuamente, pasando de las delicadas
insinuaciones cortesanas del violín a los duros rasgueos raciales de la guitarra
hasta convencernos de la necesidad de esta insólita comunión melódica.
Entre la toná del comienzo y la alegre guaracha-guajira del final van y
vienen por las ondas sonoras y atlánticas granaínas, romances, folías, siguiriyas
y alegrías para crear un océano musical y poético, que es el privilegio de las
culturas mestizas como la hispanoamericana. Les dejo ya con este bellísimo
concierto, recordando estas palabras de Miguel de Cervantes –quien no pudo
cumplir su reiterado deseo de ir a América–, puestas en boca de la hermosa Dorotea,
fino personaje del Quijote, de cuya segunda parte se conmemora este año el IV centenario
de su publicación: «La música compone los ánimos descompuestos y alivia los trabajos que nacen del espíritu». Con ustedes, Las idas y las vueltas.
Carlos Germán Belli y Francisco José Cruz en el Sala Wilfredo Lam de Casa de América
Fran Cruz, Chari Acal, Carlos Germán Belli e Inmaculada Lergo (directora de las jornadas)
Inmaculada Lergo, Mario Vargas Llosa, Carlos Germán Belli y J.M. Caballero Bonald
VÍDEO:
Mañana, tarde y noche
RECITAL POÉTICO
Residencia de Estudiantes, 20 de mayo
Jesús Munárriz, Carlos Germán Belli y Fran Cruz
En alabanza de Carlos
Germán Belli
por FRANCISCO JOSÉ CRUZ
Fran Cruz presentando la lectura de Carlos Germán Belli
Reconozco que en mi titubeante
juventud literaria no estuve, ni mucho menos, a la altura de la exigente obra
de Carlos Germán Belli. Por este simple motivo, tardé bastantes números, o sea
años, en publicarlo en Palimpsesto,
revista de poesía que, bajo los auspicios municipales, fundamos en Carmona
Chari –mi mujer– y yo en 1990, y de la que por estas fechas se cumple su
veinticinco aniversario. Sólo cuando, pasada una década, mi añorado Eugenio
Montejo me lo presentó en Sevilla, donde ambos participaban en unas jornadas
poéticas organizadas por la Universidad Menéndez y Pelayo, en otoño de 2000,
empecé a interesarme de verdad en su escritura y tuve el honor de editar en 2003,
dentro de la colección Palimpsesto,
anexa a nuestra revista, ¡Salve, Spes!,
uno de los grandes poemas de largo aliento escritos en nuestro lengua. Desde
entonces, no he dejado de hincarle el diente a los prolijos versos del maestro
peruano con insaciable fruición golosa. El trato, a la vez discreto y cálido,
de Carlos Germán Belli, siempre más atento al prójimo que a sí mismo, fue un
grato acicate para entrar por fin en su poesía, en la cual advertí, junto a
otras tantas cosas, la íntima correspondencia entre su modestia personal y la
del atribulado hablante de sus poemas, cuya condición marginal –presente en más
de un sentido en su obra– asoma ya en las entreveradas expresiones en desuso de
sus conversaciones como ecos de su timidez e inusual cortesía.
Pero, naturalmente, mi devoción por sus
versos y su desprendida actitud ante ellos no la sostiene nuestra ya larga y
entrañable amistad. Aquel lejano encuentro hispalense, al que le siguieron
otros en Cajamarca, Lima, México, Guadalajara, Texas, Madrid o Carmona,
coincidió con mi creciente necesidad creadora de cultivar y rehacer a mi manera
ciertas formas cerradas de la tradición. En esta búsqueda, encontré un oportuno
e indispensable estímulo en el exacto equilibrio estrófico de su poesía, tan nutricia
y tentacular como abarcadora. Este afán constructivo acoge y moldea contenidos
tan singulares y ricos en perspectivas imaginativas que contagian a estas rígidas
estructuras de una elasticidad insólita.
Por sus planteamientos formales y
consecuente visión de la vida, la obra de Carlos Germán Belli posee un carácter
único, sin parangón en la poesía actual de nuestra lengua. La amalgama de sus
registros, provenientes de distintas épocas –sobre todo de la barroca–,
desarrolla un vasto y dinámico mundo propio, capaz de autoabastecerse a través
de sus afinadas correspondencias en todos los niveles de la escritura, cuyas
exigencias recompensan con creces los esfuerzos del lector para no perderse un
ápice de la riqueza expresiva de esta poesía, que va de un aplastante
sentimiento de insignificancia a una entrelazada plenitud amorosa y espiritual.
Al lado de causas personales,
dos procedimientos aglutinantes favorecen, a mi juicio, dicha evolución: la
metamorfosis y el aparente anacronismo del lenguaje. La primera ya alienta en
los tempraneros y tenebrosos poemas de Belli, imbuidos de desazón kafkiana. La
ductilidad imaginativa –que del claustro materno al más allá transita por todos
los tiempos y los tres reinos naturales– irá minando, poco a poco, el pesimismo
a ultranza y la demoledora falta de autoestima, sin que para ello sea necesario
renovar las imágenes. A partir de Oh Hada
Cibernética (1962) Belli adoptó, sin abandonarla ya más, su inconfundible
amalgama de recursos retóricos, donde arcaísmos, neologismos, pronombres
enclíticos e hipérbatos, al convivir con la jerga peruana, frases hechas e imágenes
ultramodernas, conforman un intrincado espesor verbal y sintáctico que en
ningún caso rebaja la emoción del poema, sino que la potencia, como si la calidad
humana de su contenido emanara íntimamente de tan compleja estructura. Por
esto, la apariencia anticuada de este abigarrado estilo refuerza tanto la situación
degradada e incluso despersonalizada del hablante como anticipa las pautas para
salir de ella. Hasta que Belli no empieza a usar la estrofa regular, con su
inalterable distribución métrica, los poemas dominados por el resentimiento y
el fracaso –aunque dentro de su tono más propio y de una medida fija– son
breves, concentrados, casi constreñidos, acordes con el exabrupto, la queja o
el desahogo. La aparición de la estrofa –conductora de un lenguaje cada vez más
proteico y rico en paladeables aliteraciones, herederas del mejor modernismo–
revela un afán orgánico que, sin modificar de inmediato la visión negativa de
las cosas, aumenta la confianza del hablante en sí mismo y, subrepticiamente,
amplía la mirada del poema en consonancia con su mayor o menor despliegue
formal. Así pues, la amplitud de miras ayuda a descubrir los aspectos positivos
de la vida –antes escamoteados por sistema–, sus goces efímeros y, más
adelante, coincidiendo con las extensas estancias petrarquescas, el deleite amoroso,
donde la amada es carnal y celeste a la vez, fruto de una visión deudora de la
mística.
Sin embargo, ciertos altibajos anímicos no
desaparecen del todo de la poesía de Belli, pero alcanzada la transformación vital,
incluso los poemas más desengañados, mantienen un fondo compasivo y paciente
que los distinguen del nihilismo, la ironía corrosiva y el humor negro de sus
libros iniciales. En dicha conversión interior –que va de la intrascendencia a
la trascendencia–, los temas y los símbolos tópicos de este mundo poético, como
el bolo alimenticio o el Hada Cibernética, sin dejar de ser centrales,
adquieren un sentido ambivalente de carencia o placer según los casos. De ahí
que los poemas de madurez hagan frecuentes guiños a los de juventud en pos de
una indeleble unidad y de una suerte de propósito de enmienda, que es también
esta obra.
Sus recreaciones de determinados esquemas
clásicos –que suponen una vuelta de tuerca y una llamada de atención crítica
sobre la progresiva pérdida de significación formal del poema– separa la obra
de Belli de la de compañeros de su generación como Blanca Varela, Jorge Eduardo
Eielson o Javier Sologuren, aunque comparta con ellos su afán renovador y sus
comienzos vanguardistas, cuya impronta está dentro de algunos de sus mecanismos
expresivos, y justifica su atrevida decisión de volver hacia atrás.
La poesía de Carlos Germán Belli está a
la vez dentro y fuera de nuestro tiempo, aquí y allá hasta anudar las dos
orillas del Atlántico. Por ello, sus hospitalarias estrofas, cerradas como
entrañables refugios contra los embates de la vida y recitadas por él con su particular
y demorado tono salmódico, nunca nos dejan solos ante las eternas incógnitas.
Carlos Germán Belli, firmando ejemplares de su antología Estos que son aquí (Point de Lunettes, Sevilla, 2015)
Fran Cruz con el poeta Jesús Munárriz (director de la editorial Hiperión)
Carlos Germán Belli, el poeta del Hada Cibernética
EXPOSICIÓN BIBLIOGRÁFICA
Instituto Cervantes, 21 de mayo
Rafael Roncagliolo (embajador del Perú en España), Carlos Germán Belli, Alonso Ruiz Rosas (director del Centro Cultural Inca Garcilaso) y Víctor García de la Concha (director del Instituto Cervantes)
¡Salve, Spes! (col. Palimpsesto, Carmona, 2003), entre las demás ediciones del maestro peruano expuestas en la vitrina.
Fran Cruz conversa con la profesora Inmaculada Lergo (comisaria de la exposición)
Francisco José Cruz con el poeta peruano Alonso Ruiz Rosas (director del Centro Cultural Inca Garcilaso del Ministerio de Relaciones Exteriores del Perú)
Carmela Benavente de Belli, Carlos Germán, Chari Acal y Fran Cruz en la Residencia de Estudiantes
«No quiero que me repitan que los muertos no pierden la sangre;
que la boca podrida sigue
pidiendo agua».
Federico García Lorca
Decía Vladimir Jankélévitch que la muerte es una
certeza. Esa figura ineludible que nos acompaña se distingue en El espanto
seguro, obra de Francisco José Cruz, donde cada texto refleja el miedo
profundo que siente el poeta ante la posibilidad de dejar de existir.
Quizá tenía
razón Ciorán cuando aseguraba que la muerte se presenta únicamente a través de
esta emoción. El espanto seguro, publicado por la Biblioteca
Sibila-Fundación BBVA (2010), además de ser el título del libro de Cruz es un
verso del poema «Lo fatal» de Rubén Darío: «Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo
cierto, / y el temor de haber sido y un futuro terror... / ¡Y el espanto seguro
de estar mañana muerto!».
Nacido en
1962, Francisco José Cruz es defensor de la métrica y de la tradición del lenguaje
poético, él ve a través de su fino oído que le permite componer con maestría
versos de destacada musicalidad y además reconocer con rapidez un decasílabo,
dodecasílabo o un alejandrino. Este autor originario de Alcalá del Río,
Sevilla, fue amigo durante muchos años de Eugenio Montejo. En la Feria
Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo (FILUC) del año 2013,
donde dictó su primer taller de poesía, señaló a los asistentes que él de
alguna manera le respondió a Montejo con su versión de «La mesa»: «Si una cosa
de las que tiene encima / le dijera que siempre no fue mesa, / que sus patas
fueron antes raíces /–aunque las tenga lisas, torneadas–, / lo negaría con
todos sus clavos».
Su poesía es
música con sentido, que conmueve, cautiva e invita a desentrañar lo que ama y
lo que teme. El génesis de El espanto seguro es una «Canción de cuna»,
donde se abrazan la vida y la muerte: «Quizás te acostumbres / a tubos y a
pruebas / antes de que a casa / conmigo te vengas. / Duérmete, mi niño, / pero
no te mueras».
El poeta se
presenta como hijo en «Alguna excusa», donde habla sobre su padre y la muerte que se aproxima
y le demuestra que siempre fueron dos extraños: «fueran los que fueran. Cuando
no hubo dudas / de que en meses se nos moría mi madre / y él ya sólo deambulaba
por la casa, // yo sabía que buscaba alguna excusa / con tal de hablar conmigo
y desahogarse». La memoria del escritor emerge como un laberinto en «Hasta el
final», mostrándonos su sufrimiento, la pérdida de su hermano y la
imposibilidad de ayudarlo y asimismo la dura «Despedida» de sus padres: «Una
semana antes de morir mi madre / dejamos a mi padre en el hospital / con
anginas de pecho descontroladas. // Ella en su cama, invadida por el cáncer, /
y él de pronto ingresado de gravedad / cuando más necesitaba acompañarla.// Los
dos sabían –cómo iban a engañarse– / que no volverían a verse jamás / aunque al
despedirse lo disimularan».
La
genialidad de este sevillano se manifiesta en la musicalidad de sus versos. Si
leerlo es un gusto, quienes lo hemos escuchado recitar sentimos que su voz es
canto y sus poemas flamenco. Una muestra del ritmo que prevalece en sus escritos
es «Canción de la carne»: «Tus carnes de medio siglo / y las mías de otro medio
/ mezclan un siglo de carne pletórico de deseo / Arrebato irreprimible de
grasas músculos nervios / de glándulas inflamadas donde se hunden los dedos».
Por otra
parte, la ceguera de Cruz lo lleva a capturar imágenes con su imaginación y su
cuerpo, donde sus manos, dedos, olfato y oído son visor, obturador, diafragma y
flash, que le permiten componer versos que detallan una «Foto a un viejo león»
como si estuviese frente a él: «Ya la jaula le queda grande / después de eterno
diecinueve / años entre férreos barrotes / indiferentes. // De sus propias
herrumbres reo, / ruge o se queja por su muerte: / sabe que no son los barrotes
/ los que hoy le duelen»; la «Vieja foto de
estudio», donde aparece de niño o a describir «A una tortuga»: «Nunca se sabe /
de entre qué piedras /del jardín sales, / pero pareces / piedra sonámbula
cuando te mueves».
Revelando
los infortunios de la vida que, según él, está colmada de sombras escribe: «Siempre
a los otros les caen las desgracias / –uno de esos tumores, por ejemplo, / que
no dan ninguna esperanza–. // Siempre a los otros, mientras yo me dejo / llevar
por mis afanes o rutinas / sin preocuparme de mi cuerpo».
Para luego
cerrar con una «Canción de sepultura» que enuncia cómo la existencia desaparece
del cuerpo: «Púdrete, amor mío, / que no hay más remedio, / púdrete sin mí, /
que aún no me he muerto. // Púdrete, púdrete / dentro de tu sueño, / púdrete
aunque yo / sin ti ya no duermo. // Púdrete, amor mío, / que no hay más
remedio, / púdrete, púdrete / hasta el último hueso».
Cruz nos muestra una obra prodigiosa, íntegra, que
hace visible su mundo y sus miedos. En cada texto pareciera que podemos reconocernos
en un espejo íntimo y escuchar en la poesía: la voz de la muerte, la pesadilla,
la vejez, la efímera esperanza y llegar a creer lo que
decía Federico García Lorca «más fuerte que la muerte es el amor». Publicado en Colofón. Revista literaria (Caracas, 19 diciembre de 2014) http://colofonrevistaliteraria.blogspot.com.es/
Con motivo de la presentación del nº 3 de la revista cuatrimestral Estación Poesía,dirigida por Antonio Rivero Taravillo, en la sede del Centro de Iniciativas Culturales de la Universidad de Sevilla, patrocinador de la publicación, Francisco José Cruz intervino junto a otros poetas, leyendo su poema «El abrazo», aparecido en dicho número.
Concepción Fernández (directora del CICUS), Antonio Rivero Taravillo (director de Estación Poesía) y Francisco José Cruz, leyendo su poema "El abrazo".
Una de las tantas satisfacciones que me depararon mis dos visitas a
Bogotá junto a Chari, mi mujer, por diversos motivos literarios, en 2003 y
2006, fue conocer y tratar personalmente a Gustavo Adolfo Garcés, de quien
había leído tiempo atrás algunos poemas sueltos que ya entonces no me pasaron
inadvertidos. Así pues, como me ha ocurrido con frecuencia en mi vida de
lector, mi admiración por su poesía es más vieja incluso que nuestra amistad.
Una palabra cada día mantiene en todo los aspectos creativos la
despejada y sutil atmósfera de sus libros anteriores, acordes con las
fijaciones sensibles y emotivas de un poeta auténtico que sabe que las
experiencias diarias, por mucho que se repitan –o precisamente por ello– nunca
se agotan. En este sentido, la división en dos partes del volumen no sugiere,
al menos a simple vista, cambio sustancial alguno, salvo, tal vez, un mayor
matiz de ambigüedad o de abstracción introspectiva en la segunda, afín, hasta
cierto punto, al complejo y escurridizo espíritu de Emily Dickinson, a quién
Garcés rinde un discreto tributo al encabezar los poemas de esta parte, a
diferencia de los de la primera, con un número aleatorio.
Las fuentes rastreables de
una obra, sin las cuales no existiría, nunca la explican del todo, pero sí nos
ayudan a situarla, a ampliar su horizonte y, por ende, a sentir cabalmente, en
diálogo con otras de aquí y de allá, de ayer y de hoy, su singularidad y
belleza. Las de Garcés nutren una riquísima corriente de ascetismo expresivo y
espiritual que, sin salirnos de Colombia, irriga la escritura de José Manuel
Arango, en donde calladas aguas de Occidente y Oriente confluyen. De este
venero recoge Garcés la actitud contemplativa, la contención verbal y el hecho
de que todos los elementos del poema, por insignificante que resulten, cumplan
una función necesaria en su organigrama, incluidos los significativos espacios
en blanco. Sin embargo, en la poesía de Garcés no hay esa tensión dialéctica ni
la flexibilidad métrica de Arango, cuyos versos, sin descartar a veces la
prosa, se alargan o se acortan para adaptarse lo más posible al contenido y
tono de cada poema. En la poesía de Garcés, al contrario que en la del maestro,
los temas se decantan siempre en una misma solución formal, subrayando así su
carácter unitario. Los poemas se apoyan en versos encabalgados de arte menor,
de medida fluctuante y se distribuyen en secuencias frecuentemente regulares. Estos
recursos, al complementarse, favorecen la concentración estática de una idea,
una sensación o una imagen para dejarla en primer plano en detrimento de
cualquier desarrollo anecdótico. Si el encabalgamiento rebaja la contundencia
expresiva hasta lo inaudible, la división estrófica marca el verdadero ritmo
interno de los textos. En ellos, cada estrofa delimita un mínimo bloque de sentido.
De ahí que, sin necesidad de puntuación, nos dejemos llevar «de uno a otro
silencio», atendiendo a la música del significado de que hablaba Roberto Juarroz.
En este orden de cosas, es recurrente, pues, encontrar versos aislados entre espacios
en blanco, no tanto para destacarlos en la página como para poner la pausa
requerida en cada momento.
Este estricto esquema,
basado en escuetas yuxtaposiciones, ya nos avisa de que la poesía de Garcés,
sin ser obvia, no da rodeos: su precisión está en su parquedad. Lejos de
cualquier idea preconcebida, se diría que, en vez de buscar una concepción del
mundo, plantea una lúcida y condescendiente predisposición para aceptar el
misterio de la existencia, no exenta, sin embargo, de ramalazos de abierta
inconformidad o disgusto. Por esto, como proclama su poema «Poética», «los
versos / […] son todo curiosidad / y expectativa». Poesía que encuentra su fértil
terreno entre «lo que no se sabe / y lo que no se dice», entre el asombro y la
pregunta, donde está «todo / consagrado / tal vez / a ocasionarnos / pequeños /
estremecimientos», mediante breves estampas humanas, impresiones anímicas o
esenciales imágenes de la naturaleza. La manera de acercarse a estas últimas y
dejarlas en el poema, sin más aditamento que su sola presencia, es hermana de
la de Nuevas canciones de Antonio
Machado. Una de ellas, escrita en Baeza y tocada de nostalgia por Soria, reza
así: «Y habrá cigüeñas al sol, / mirando la tarde roja, / entre Moncayo y
Urbión». ¿No nos transmite esta coplilla la misma imantación contemplativa que
el poema «Águila» de Garcés: «Entre la luz roja / del atardecer // anda y
desanda / el cielo»? Quizá la diferencia entre ambos poemas, amén de la rima y
el metro, estribe en un mayor grado de entrañable cordialidad del primero,
dadas las cautelosas prevenciones del poeta colombiano con el lenguaje, que no
en vano es recurrente asunto de sus poemas. Esta suerte de desconfianza
expresiva o extrema exigencia me trae a la memoria esta voz del argentino
Antonio Porchia: «Cuando digo lo que digo es porque me ha vencido lo que digo».
Una
palabra cada día o, lo que es casi lo mismo en este indeleble mundo
poético, un poema cada día para rumiarlo con la demorada atención que merece.
Francisco José Cruz
Carmona, septiembre de 2014
Prólogo a Una palabra cada día de Gustavo Adolfo Garcés (Letra a letra, Bogotá, 2015)